Travelling

Estamos en la parada del ómnibus con el sol encima de nuestras cabezas empeñándose en taladrarnos el cráneo. Estamos, a pesar del calor, abrazados como si la vida del uno dependiera del roce con el cuerpo del otro. Mi chico me mira sonriente, yo lo miro de igual forma y el resto de las personas de la parada nos miran con mala cara. Tal vez, porque todos esperan ver al resto de los futuros pasajeros también fatigados, ansiosos, molestos o al menos tener alguna de esas características; si no, asumen que no son dignos de estar en el mismo espacio esperando interminablemente un ómnibus. Es como si papá estuviera cerrando puertas por todas partes. Porque cuando él cierra la puerta hace un ruido horroroso, (papá, no la puerta). Un ruido que parece decir estoy molesto. Furioso cuando entro, furioso cuando salgo.

Hasta el vendedor de caramelos, también con cara de ansioso, nos anuncia su mercancía en un tono de reproche sacado de una película dramática de los sesenta. Sin importarnos le compramos un caramelo y pagamos con el billete más grande que tenemos. Él se demora en darnos el vuelto y el caramelo.

El ómnibus, cuando llega, se estaciona varios metros antes de la parada. Algunas personas comienzan a correr hacia él pero nosotros preferimos esperar; correr abrazados no es nada cómodo para ninguno de los dos. Después de unos minutos por fin se detiene cerca de nosotros y abre las puertas. Hay tantas personas dentro que se ven como piojos prendidos a una cabeza sucia. Me separo del cuerpo de mi chico y subo, o la masa uniforme que hay detrás me obliga a separarme y a subir. Un codo se atraviesa en mi cara y algo parecido a un bolso me comprime la espalda. Alguien me pisa tan duro que emito un grito.

Una noche mi chico puso su mano en un pedazo de mi cuerpo y la subió hasta llegar a otro y después dijo Puedo hacerte el amor con solo una mano; yo reí. ¿Lograrías hacerlo tú?, me preguntó. No sabía que responder, por eso me quedé en silencio. Y él siguió hablando sobre una pareja que se hacen sentir los mayores orgasmos del mundo solo con una mano. Lo decía incluyendo señoras y señores a cada momento en el tono que usa algún locutor de televisión. Lo llamó: Solo con manos. A mí me pareció divertido. Le seguí la rima hasta descubrir que era muy bueno haciéndome cosas con una sola mano y que yo no podía hacerle sentir nada a él. Pero, sobre todo, descubrí que era fanático a los reality shows. Según él, le venía de familia. Todas las mujeres en su casa habían sido fanáticas a esos programas y él se sentía en la obligación de continuar con la tradición.

Al escucharlo hablar me apasioné de su idea. No sé si por considerarla realmente buena o porque sólo debo pensar con entusiasmo en una cosa o escuchar hablar de ella con el mismo entusiasmo para interesarme completamente.

Cuando el ómnibus arranca estamos todos los piojos adentro; unos encima de otros y sólo quedan dos colgando de la puerta. Yo voy parada en el primer asiento detrás de la cabina del chofer. Intento encontrar a mi chico, pero al parecer ha desaparecido. No sé hacia dónde lo empujaron o hacia dónde se fue porque de pronto ya no puedo distinguir que pasa entre tantos codos, carteras, espaldas y otros pedazos de cuerpos. 

En el asiento delante de mí hay sentadas dos gordas que parecen estar discutiéndose un pedazo. La que está del lado del pasillo tiene afuera más de medio muslo presionado contra mi barriga o yo presionando contra el muslo de ella.

Se escuchan los últimos acordes de una balada y comienza un tema de rock duro que, en este momento, resulta muy armónico a la situación porque las gordas se comportan como si estuvieran dentro de una rueda de hardcore. Después de un rato la del pasillo luce derrotada. Se levanta, le echa una última mirada atravesada a la de la ventanilla que no se da por enterada y comienza a caminar hacia la puerta de salida.

Con el asiento libre, aprovecho para sentarme y salir del tumulto de personas. Es como subir a la terraza de un edificio no muy alto pero edificio y terraza al fin y al cabo.

La gorda me mira con mala cara y me parece que ya comienzo a acostumbrarme a que todos me miren hoy así. Después pone la cabeza en la abertura de la ventanilla como si la enmarcara un cuadro de vidrio.

Por el espejo retrovisor situado arriba del parabrisas casi no puedo distinguir a la gorda pero me veo a mí y al resto de los pasajeros del pasillo. Todos van conversando o atentos a sus cosas. Cada uno invadiendo el espacio personal del otro como una cadena unida a capricho sin importar forma o diseño de los eslabones.

Al final del pasillo encuentro a mi chico. El espejo lo refleja desde arriba como una toma aérea de cámara. Su eslabón está unido al de una chica bastante sexy, posiblemente más sexy que yo. Él al parecer piensa lo mismo porque está más unido a ella que a cualquier otro eslabón. La chica conversa con una amiga de espaldas a mi chico. No ha notado lo cerca que él está o no le molesta. Quizás le esté diciendo a la amiga, precisamente lo gracioso que es el chico que está a su espalda, tal vez no.

Si fuera otro el momento, no estuviera alejada de mi chico. Viajaríamos como cualquier pareja en un ómnibus infestado de pasajeros. Pero el reality de esta semana, consiste en eso: en las paradas, abrazados por siempre/en los ómnibus, separados a pesar de todo. Al parecer, estar coqueteando con esa chica es el todo de este viaje.

El a pesar detodo ha cambiado según las rutas. En algunas ha sido simplemente ir sentados uno al lado del otro aparentando no conocernos o escribir nuestros nombres en distintos asientos. Pero para él no es la primera vez que él todo se refiere a coquetear; ayer incluso llegó a intercambiar teléfonos con una chica. Sin embargo a mí el a pesar detodo no se me da muy bien, tal vez porque la idea de este reality no es mía. El tema lo escogió él como lo hace la mayoría de las veces.

La gorda sigue acaparando todo el posible aire que pueda entrar por la ventanilla. De vez en cuando sin ningún disimulo me empuja fuera del asiento. Ahora es mi muslo el que está pegado a la barriga de alguien más. Creo que en el próximo empujón saldré disparada como una jabalina o como cualquier otra cosa que se pueda lanzar con fuerza por los aires o por los techos de un ómnibus.

Mi chico ha ido avanzando con la chica. En este momento conversan los tres juntos. La amiga no parece divertirse, solamente sonríe de vez en cuando con algo que dice mi chico. Sin embargo, la chica ríe ampliamente, se lleva el mechón de pelo que le cuelga delante de los ojos hasta detrás de las orejas. Ese gesto lo conozco. Lo hacemos todas las chicas cuando estamos frente a algún chico que nos interesa. Es la cicatriz que nos queda después de crecer viendo tantas películas hollywoodenses. La estrategia de mi chico también la conozco. La utilizó conmigo, primero se hace el gracioso y después el atento. Pondrá cara de interesado cada vez que ella hable. Aparentará escuchar todo lo que diga.

Esa noche, cuando no logré que sintiera nada haciéndoselo con una sola mano, él me dijo No te preocupes, es la presión de saber que hay miles de personas mirándote. Entonces, yo me quedé pensando en que no lo había logrado delante de él, sino también delante de otras personas. Me imaginé la cara que pondría papá si me hubiera visto no lograrlo, me imaginé como sonaría al cerrar la puerta ese día. Y desde entonces decidí tomar los reality en serio y tratar siempre de hacer las cosas apropiadas y verme perfecta para quedar bien con todo el que me estuviera mirando. Porque al final para mí, lo divertido no está en lo que se hace, ni en la forma de hacerlo, sino en imaginarse que hay cientos de cámaras filmándolo todo y miles de televidentes viendo cada paso que das, cada gesto que haces.

Alguien se ha puesto delante de mi chico. Lo tapa casi completo. Ahora por el espejo puedo ver una parte de la amiga de la chica. Se ha alejado, dejándolos casi solos. Parece aburrida. La gorda sigue tapando el poco aire que pueda entrar por la ventanilla y el paisaje. La miro durante un rato pero ella no me devuelve la mirada. No quiere darse por enterada. Quiere, al parecer, una guerra sin contrincantes activos.

El ómnibus se detiene y varias personas se bajan. Ahora vuelvo a ver a mi chico. Está solo con la chica. La amiga va sentada. Ellos siguen conversando muy juntos; tanto que parecen pareja. Viéndolos ahí parados, aparece una idea en mi cabeza; una de esas sin antecedente lógico de pensamiento que me haga llegar a ella: Mi chico ha planeado este a pesar de todo. Es la misma chica del intercambio de teléfonos, quizás alguna antigua amiga.

Tal vez, sin que yo lo sepa, existe un segundo tema para el reality de esta semana y este sea uno de esos shows en los que llevan a una persona engañada para después mostrarle las grabaciones de una cámara oculta. Me imagino los anuncios en mi canal personal ¿Se enterará su chica?, Chica actual vs Antigua amiga. Imagino también como bajarán los ratings y la idea no me gusta. Eso me hace quedar muy mal. El público no gusta de las víctimas que, conscientes de su situación, no hacen nada al respecto. A esas las aborrecen. No sé cómo debería intervenir.

Ir atravesando el pasillo hasta llegar a ellos e interrumpir lo que sea que estén haciendo. Evalúo esa posibilidad. Con tantas personas resulta imposible. Levantarme sería como tirarme de la azotea de un edificio que, aunque no sea muy alto, es edificio y azotea al fin y al cabo. Decido esperar pacientemente a que aparezca el momento justo. Alguna de esas paradas en las que todos se bajan y por unos segundos el ómnibus queda vacío para, casi al instante, volver a llenarse; o un nuevo reality en el cual escoja yo el tema.

Después de un rato, cuando el ómnibus parece estar llegando a la parada final, la gente comienza a bajarse en cantidades considerables. Por suerte ya nos quedan sólo algunas rutas de ómnibus para terminar.

Me levanto, la gorda respira aliviada. Saca la cabeza de la ventanilla y se adueña del asiento. Deja que sus masas se rieguen por todo el plástico. Me doy cuenta que es lo que siempre quiso. Por eso los empujones y la rueda de hardcore. Lo próximo que se me ocurre es sacar un alfiler y pincharla para verla desinflarse como un globo. Para verla golpeándose como cuña de carrera con los extremos de la pista o con otra cuña hasta quedar revolcada. En eso llega mi chico y me abraza. Pasa un brazo por mi cuello y el otro por la cintura. Las dos chicas han desaparecido. Me doy cuenta que ya se acabó el recorrido y es tiempo de volver a la parte de abrazados a pesar de todo. Lo cual ya me está cansando. Eso de ir todo el tiempo pegados, resulta tonto. Yo lo miro como si papá fuera a cerrar una puerta, pero a él parece no importarle.

Bajamos del ómnibus y mientras caminamos a la parada de la próxima ruta le digo que ya tengo el tema del reality de la próxima semana. Él me mira particularmente entusiasmado. Saco el caramelo y se lo doy. Parte un pedazo. Se lo lleva a la boca y come tranquilamente. Mientras observo como lo hace, voy pensando en buscar una forma nueva de decirle adiós; alguna que conmueva a miles y miles de espectadores. 

 

Especial para La Jiribilla.

 

FICHA
Yeney de Armas: Escritora cubana. La Habana, 1988. Es miembro de la Asociación Hermanos Saíz. Graduada del centro de formación literaria Onelio Jorge Cardoso. Mereció el premio de narrativa Calendario 2015 por el libro Rapsodia bohemia, el premio César Galeano por el cuento Encuentre las doce diferencias, fue finalista del premio La Gaceta de Cuba por el cuento Después del desfile, y primera mención en el concurso Ernest Hemingway por el cuento Las hormigas también se ahogan; así como mención en el concurso David por el libro Encuentre las doce diferencias, y finalista en el premio Eduardo Kovalivker de narrativa breve con el cuaderno Rapsodia Bohemia. También obtuvo premio en narrativa infantil en concurso Eliécer Lazo 2015 por el texto Primos, y mención en el concurso Pinos Nuevos 2015 por el libro ¿Prefieres que guarde silencio? Cuentos y artículos suyos han sido publicados en revistas y antologías de Cuba, México y Ecuador. Su libro Rapsodia bohemia está en proceso de edición por la Casa Editora Abril.