Traspasos escénicos, de cánones y fronteras

Para quienes creemos —no con satisfacción y pese a algunos detractores— que la probada calidad del teatro cubano actual se circunscribe a un ámbito limitado de grupos, la reciente edición de Traspasos Escénicos nos sorprendió con cierta movida diferente, de sabor a aires nuevos, a partir de que la mitad de los montajes presentados en la cartelera del evento llegaron de fuera de la capital y conquistaron a los espectadores con funciones a lleno completo, por obra y gracia de sus rotundos resultados artísticos. Y si razones prácticas, ajenas a la voluntad de los artistas, no nos permitieron ver de conjunto otras puestas programadas como Harry Potter: se acabó la magia, de El Público y Éxtasis, un homenaje a la madre Teresa de Ávila, de Buendía, el hecho de contar con la presencia del Teatro de Las Estaciones con Cuatro y El retablillo de Don Cristóbal y la Señá Rosita, Teatro Tuyo con Superbandaclown, y Trébol Teatro con Jacuzzi, por sí solo hacía valer al evento, mucho más si tuvieron la oportunidad de compartir, y confrontarse con Diez millones, de Argos Teatro; La cita, del Centro Promotor del Humor; Los basureros, de Maniobras Teatro, y Abducción tranquilla, de Gigantería.


Convivencia con Carlos Celdrán. Foto: René Suarez Ramirez y Osmara Alberteris Cañizares


El lector enterado habrá percibido también, a simple vista, que el promedio de edad de los artistas involucrados en estos espectáculos es mucho menor que la media en la población del país, lo que también alienta a quienes solemos frecuentar las salas e intentamos luego formular una reflexión crítica, y a menudo nos lamentamos por ciertos síntomas de estancamiento y rutina, o del tedio y el desencanto que nos provocan algunas funciones.

Teatro de Las Estaciones es hace rato, y por derecho propio, presencia obligada en cualquier evento de la escena que se respete en la isla.

Hay dos puestas habaneras entre las elegidas que aún no he visto. Por eso, a punto del cierre de La Jiribilla —contra el cual escribo estas notas—, voy a detenerme únicamente en el teatro llegado a estos lares de más allá de los bordes capitalinos. Lo primero a constatar es que la eficaz curaduría es reflejo consecuente del mejor quehacer de la escena, aunque hubieran podido añadirse otros dos montajes: El espejo y Le Chevalier Brindis de Salas.

Teatro de Las Estaciones es hace rato, y por derecho propio, presencia obligada en cualquier evento de la escena que se respete en la isla. Por eso solemos verlos a menudo por acá y ponernos al día de su incesante quehacer. Animado por el empuje creativo de Rubén Darío Salazar y Zenén Calero —más callado, pero no menos activo—, el equipo que lo integra transita normalmente de una obra titiritera cubana a un experimento de diálogo con la música de cualquier género o a la incursión en un clásico. Aquí estuvo esta vez por partida doble. Y aunque en rigor Cuatro, la puesta de teatro coreográfico con la que Yadiel Durán recibió una beca de creación en Matanzas, no se haya lanzado al ruedo bajo la sombrilla de Las Estaciones, el compromiso de los líderes del grupo y de dos de sus actores con el proceso creativo marca su pertenencia indudable al emblemático grupo titiritero y más.

Cuatro es un canto a la cultura y a la cubanía toda, a partir de cruzar en utópica coexistencia las figuras de José Jacinto Milanés, Rita Montaner, Ernesto Lecuona y Haydée Santamaría, amorosamente recreados desde una visión del presente por Yadiel Durán, María Laura Germán, Iván García y Anis Estévez, respectivamente. El discurso verbal, elocuente en su parquedad a partir de fijar esencias y proyecciones entrañables de cada uno, se articula con la intensidad del gesto y con el movimiento que transita por distintas técnicas corporales en aras de una expresividad lírica y apasionada a un tiempo. Deliberadamente performativo al valorar la presentación explícita de y desde los actores-bailarines, elude la biografía y el pedestal vacuo, para tender un puente hacia los espectadores, en especial pensando en los más jóvenes, con cuatro seres extraordinarios.

Al representar El retablillo de Don Cristóbal y la Señá Rosita, acuden por cuarta vez a Lorca y se inspiran en dos de sus textos breves para títeres en la creación de una puesta chispeante y maliciosa dirigida al público adulto, que recrea un hito legendario de los Hermanos Camejo y el Guiñol Nacional de Cuba, y demuestra cómo también se puede jugar con lo popular y la farsa gruesa por medio de los muñecos y el retablo, y expandirlos al proscenio en un juego de teatro dentro del teatro, que hace oportunos guiños al aquí y el ahora, y pone a prueba la versatilidad de los actores.


Jacuzzi. Foto: Abel Carmenate


Ya conocía, gracias al Festival Nacional de Teatro Joven, la impronta del dramaturgo, actor y director Yunior García, un artista que destaca dentro de su generación por la singularidad de su estilo, realista y transgresor, y por perseverar en la defensa de un espacio vivo, en permanente actividad, para el teatro de la ciudad de Holguín, donde le sigue un grupo de jóvenes. No obstante, Jacuzzi me sorprendió gratamente; primero, por la limpieza y la austeridad de su discurso visual, expuesto casi a la mano de los espectadores; luego, por el preciso desempeño de los actores: la seguridad del propio Yunior, la absoluta verdad de Víctor Garcés y el arrojo de Yanitza Serrano —en efectivo doblaje con Heidy Torres Padilla y Carlos M. Peña Laurencio—, y más tarde, por la capacidad para exponer verdades y subterfugios de tres posturas juveniles frente a la realidad, ilustrativas del presente contradictorio en que vivimos. Descarnada y polémica, ajena a tipologías y paradigmas, Jacuzzi confronta ideas, mueve a pensar en circunstancias comunes, y multiplica las preguntas que nos lanza, entre la profusión de símbolos numéricos y objetuales, las autorreferencias que rebasan al referente mismo, y las urgencias contenidas en el discurso.

Un invitado argentino me comentó que Superbandaclown era la única puesta de Traspasos Escénicos en la que no percibía alusión directa a la cubanía y que podría verse en cualquier escenario del mundo. Coincido con su segunda apreciación, por el humanismo esencial que defiende el montaje de Ernesto Parra, aunque la siento muy cercana en el modo de entender el humor, a través de apreciables gradaciones que aquí van de lo sutil a lo estridente en calculada dosificación. Los actores tuneros devenidos payasos exhiben una técnica que se vale de la repetición, para introducir giros nuevos en la progresión de cada gag y mantener viva la sorpresa. Y aunque en la vida cotidiana este grupo extrañe referentes y mayores confrontaciones artísticas, a más de sólidas tradiciones, ha logrado configurar una estética, que se traduce en la proyección física que se apoya en el ritmo y elude la palabra, en el trabajo con el color y las formas —ahora con el blanco y negro como base del vestuario y el espacio, sobre los que restallará el arcoíris de la ilusión en el clímax—, y en el manejo de la emoción, como cuando en Superbandaclown exaltan el trabajo y la perseverancia, al honrar al personaje más humilde y hacer de su ternura una conexión invisible compartida entre artistas y espectadores, que sobrevive a la conga cubanísima con que nos despide en la calle.

Traspasos se ha nutrido de expresiones diversas, más allá de cánones y de fronteras geográficas. Y mientras escribo, resuenan los ecos de otra acción, ajena al evento, pero reciente y engarzada en el mismo espíritu optimista que me anima. En la lejana Santiago, el Estudio Teatral Macubá, bajo la dirección de Fátima Patterson, estrena Caballas, inspirada en los sueños de Alberto Lescay. La fuerza barroca de sus imágenes es otra apuesta por el futuro de la escena cubana. Ya me muero por verla.