Tras las huellas de Actas del Folkore Cubano

El estudio del folclore cubano tiene una larga tradición en nuestro país, no solo a través de revistas y sociedades; también se ha estudiado en las universidades con el fin de establecer su real jerarquía. Tiempo atrás dedicamos nuestra columna a la revista Archivos del Folklore Cubano (La Habana, 1924-1930), publicada como órgano de la Sociedad del Folklore Cubano, creada por Fernando Ortiz en 1923. Hoy traemos la titulada Actas del Folklore, nacida como boletín del seno del Centro de Estudios del Folklore del Teatro Nacional de Cuba y editada por la sección de Publicaciones de este último.


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Fungió como asesor de esta revista Argeliers León (1918-1991), quien ya era una figura establecida en estas lides, pero al que es obligado volver cuando se habla de esta publicación y, en general, sobre el folklore en Cuba, junto a su compañera en la vida, María Teresa Linares. Para el año de aparición de Actas del Folklore, ya Argeliers acumulaba una larga experiencia profesional como alumno en el Conservatorio Municipal de La Habana, del cual sería profesor más tarde; había estudiado armonía y composición con el español José Ardévol, y en París y Chile completó estudios, además de haber sido discípulo de Fernando Ortiz y de María Muñoz de Quevedo en las escuelas de Verano de la Universidad de La Habana. Igualmente, en 1942, había formado parte del Grupo de Renovación Musical, dirigido por Ardévol, e integrado, entre otros, por Harold Gramatges, Edgardo Martín, Serafín Pro y Julián Orbón.

Este grupo tuvo una especial trascendencia en la vida cultural cubana de las décadas del 40 y del 50, pues sus integrantes se propusieron “organizar conciertos y conferencias para dar a conocer, cultivar y difundir la buena música, según las más puras tendencias actuales; crear en nuestro país una conciencia artística, por medio de una labor que tenga como fin originar un concepto musical típicamente del siglo XX y tratar de hacer una obra constante de crítica orientadora y constructiva sobre los más importantes problemas de la música universal y, muy particularmente, sobre aquellos extremos que de una forma u otra atañen a nuestro arte”, según se lee en el documento que dio fe de vida a dicha organización musical de vanguardia. Como afirma Radamés Giro en su Diccionario Enciclopédico de la Música Cubana:

[…] al medio musical cubano le faltaba entonces muchos factores, adolecía de peligrosos retrasos, desconocía casi totalmente su pasado histórico, carecía —como todo el medio cultural cubano— de una escala de valores regida por la jerarquización que se produce normalmente en toda cultura desarrollada; tenía un marcado retraso con relación a las corrientes europeas vigentes y con respecto a lo que en Estados Unidos ocurría, además de ignorar casi totalmente la música del resto del continente; sufría del general estancamiento académico que habían traído al país numerosos profesores españoles que habían sido los gestores de casi todo el movimiento cultural cubano, a través de conservatorios privados.

A este grupo se integró Argeliers León, además de impartir clases de teoría y solfeo tanto en el Conservatorio Municipal como en las escuelas de verano que cada año promovía la Universidad de La Habana.

Al triunfo de la Revolución fue nombrado director del Departamento de Folklore del Teatro Nacional de Cuba, momento en que surge la revista que hoy comentamos; posteriormente trabajó en el Departamento de Música de la Biblioteca Nacional, donde fungió como director de su Revista de Música; dirigió el Instituto de Etnología y Folklore de la Academia de Ciencias de Cuba y en la Casa de las Américas ocupó la jefatura de su Departamento de Música y la del boletín Música. Sin dudas su participación directa en la fundación de Actas del Folklore lo condujo a emprender empresas similares en los otros lugares donde, posteriormente, trabajó.

Argeliers León fue, ante todo, un estudioso acreditado de la música cubana; a él se deben obras para bandas, coro, coro y orquesta, conjuntos instrumentales, música electroacústica, guitarra, orquesta sinfónica, orquesta y solistas y piano, entre sus contribuciones fundamentales. Escribió numerosos artículos y libros, como Teoría de la música (1942), Sistemas musicales (1944) y Lecciones del curso de música folklórica de Cuba (1948), entre otros títulos.

El primer número de Actas… apareció  en enero de 1961 y en él expresaron que esta revista “se propone ser una publicación que aborde temas científicos  y referencias documentales que sirvan de base para la investigación”. En sus páginas aparecieron, además de los trabajos elaborados por los miembros del centro, artículos que reprodujeron de revistas cubanas y extranjeras del pasado como Archivos del Folklore Cubano y Estudios Afrocubanos, siempre referidos a distintas manifestaciones del folklore. Colaboraron en sus páginas el propio Argeliers León, Miguel Barnet, Marcelino Arozarena, Rogelio Martínez Furé, Carolina Poncet y Renée Méndez Capote.

En diciembre de 1961, a raíz de la creación del Instituto Nacional de Etnología y Folklore, dejó de publicarse con el número 10-12, que entre 1966 y 1969 divulgó la revista Etnología y Folklore, dedicada a la publicación de trabajos e investigaciones llevadas a cabo por los miembros de la institución que la editaba. Así, publicaron trabajos sobre el desarrollo de las culturas africanas en Cuba, y sobre las religiones de igual origen y su permanencia en la sociedad cubana. También dio a conocer artículos sobre cuestiones literarias dentro del campo de trabajo que privilegiaban. Estuvieron entre los colaboradores el propio Argeliers, José Antonio Portuondo, Julio Le Riverend, Ángel Augier y algunos extranjeros asentados en Cuba provenientes de otras islas caribeñas, como René Depestre. 

Cumplidamente, Actas del Folklore llevó a cabo una sólida tarea de renovación de nuestro patrimonio cultural, en particular del que provenía de la entonces olvidada África, continente considerado ya la cuna de nuestra civilización.