Todavía estoy escuchándolo…
Fotos: Archivo CREART


Tenía un nombre castizo y un apellido común. No le conocí. Es decir, no como uno dice conocer a un vecino o un amigo; pero lo escuché tanto, me asombré tanto, le aplaudí tanto, que tal vez a estas alturas ya no sea del todo cierto.

Primero tendré que despejar las brumas del tiempo para verme frente al televisor en blanco y negro, para que de allí surja imponente Raquel Revuelta, metida en la piel de Doña Bárbara, la devoradora de hombres. Y sus sirvientes, sus matones, despojados de toda voluntad. Uno de ellos, el Melquiades de José Antonio Rodríguez.

El niño que era yo, se quedaba pasmado ante la Doña, lo mismo que despreciaba a sus lacayos Melquiades y Balbino Paiba. Odio y éxtasis. ¡¿Cómo?! ¿Cómo lo hacían? ¿Cómo puedo recordarlos, prendidos en algún rincón de mi memoria, agazapados en un gesto, en una frase?


 

No sé si será casualidad que ande juntándolos en mis recuerdos, a la Revuelta y al José Antonio, digo. Perdóneseme en todo caso, mas ellos tuvieron vidas paralelas, como anverso y reverso de una medalla. Los habitaba la pasión y el rigor. El carácter iba aferrado a sus nombres, a sus huesos.

Dejaron su huella en la pantalla chica y en la grande, en los estudios de la radio, pero el teatro fue siempre su espacio natural. Como el río de Heráclito, no se bañaron jamás en las mismas aguas. Cada función tenía su propia corriente. Amaban el riesgo, la obsesión. Actuaron y fundaron; la una, Teatro Estudio; el otro, el Buscón. Sin desmedro de otros grandes, fueron los más grandes.

Pongamos un orden a las evocaciones. A decir verdad, José Antonio Rodríguez se me aparece en la plenitud como el ingeniero de Polvo Rojo (Jesús Díaz, 1981). No es que no hubiese antes muestras de calibre, son mis años. La filmografía cubana, generalmente tan habanera, llevó esta vez  al celuloide la historia de la planta niquelífera de Moa, detenida tras el abandono de la isla del personal técnico y estadounidense que laboraba en ella. Bajo la égida del ingeniero corporizado por José Antonio, echa a andar aquel monstruo. Son los años iniciales de la Revolución.


 

El tema fabril (tan recurrente en algún momento en cierta producción audiovisual cubana, bajo el influjo del “realismo socialista”), y las circunstancias de enfrentamiento político en que se mueve la acción de la obra y las de su propio estreno, marcan la cinta. Por si fuera poco, el actor asume a un personaje de carne y hueso, de la vida real.

No sé cuantas licencias se habrá tomado, pero nada más lejos del maniqueísmo. Ningún resquicio.

Tales presupuestos podrían comprometer a cualquiera, en el diseño, trazado psicológico, desempeño del personaje. Podrían coartarlo. A otros, tal vez, mas no a José Antonio. No sé cuantas licencias se habrá tomado, pero nada más lejos del maniqueísmo. Ningún resquicio. Tan convincente fue aquel  ingeniero, aquel héroe, que el jurado del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano le entregó el Premio Coral de actuación en la cita de 1982.


 

No le conocí, repito. Nunca le vi quitarse la piel del personaje y volverse de pronto José Antonio, solo José Antonio. No tuve el privilegio. No puedo contarles. Mientras su Grupo Buscón buscaba un Otelo, yo me detenía a mirarle desde lejos. ¿Es que acaso actor y hombre no se intercomunican y se cohabitan? ¿No se fecundan y se extravían? ¿Se tuercen y se salvan?

En los actores hay algo demoníaco. Van sajando de sí como pozos sin fondo, van llenándose de otros. La actuación es un rejuego hermoso y macabro que José Antonio sabía perfilar, sabía insuflar a los demás, sabía tirar del hilo hasta lograr la tensión mayor, y lo soltaba, justo antes de que se quebrara.

Así hizo Las impuras, telenovela basada en la obra de Miguel de Carrión y bajo la dirección de Roberto Garriga. Ya se sabe, las impuras eran más honradas que las honradas… José Antonio Rodríguez interpretó a Rigoletto, el jorobado. La cámara se regodeaba. Cada aparición suya resultaba un suceso. Sobrevenía el susurro, la confesión, la ironía, el verbo. La vida destilando con sus excesos y sus ritos. Hasta su espalda actuaba.


¿Y su voz? ¿Qué agregar de la voz de un desconocido? La voz humana es capaz de portarlo todo. Toda grabación de la voz es un intento, un acto de alquimia, porque aprehende algo del espíritu de quien la hace y no la devuelve jamás. José Antonio supo descubrirle sus colores. Hacía volar los textos que su voz tocaba. Develaba el puente inasible del poema, la tesis de un material científico, el sortilegio de una vida; sin rebajar un ápice comunicación y arte.

Fue a él a quien le encargaron, hace algunos años, aquellos mensajes televisivos sobre las consecuencias del bloqueo norteamericano a Cuba. Eran breves, como latigazos. ¿Acaso se puede olvidar como terminaban?  ¿Alguien puede? “En Cuba sobra c…oraje”, decía. No era coraje, precisamente, lo que se sobreentendía. José Antonio Rodríguez era francamente insuperable. Todavía estoy escuchándolo…