Títeres en la mirada sobreviviente

La celebración de la décimo séptima edición del esperado Festival de Teatro de La Habana (FTH), del 20 al 29 de octubre, despejó las expectativas sobre si se realizaría o no la cita más antigua de las tablas cubanas, que incluye siempre un segmento internacional de valía en su programación general. Circunstancias naturales que, por supuesto, inciden en lo económico y material, casi dan al traste con el evento. Pero no fue así, el ojo atento del cartel diseñado por el joven creador Omar Batista, sobrevivió a los oscuros pronósticos para observar con agudeza los convulsos días teatrales capitalinos. Digo convulsos por el estremecimiento que recorre en estos tiempos la vida en el planeta, cada vez más amenazada por los propios humanos, sobre todo por los más poderosos.


 

El 17 FTH quiso ser reflejo, a través de palabras como sociedad y resistencia, de lo que ha permitido permanecer al arte escénico, en medio de un mundo tecnológico y sofisticado que pretende robotizar los sentimientos y hasta los pensamientos de los seres vivos. Tales características marcaron las propuestas artísticas del festival de manera especial, lo cual no quiere decir que todo fuera laudable ni mucho menos perfecto. El teatro se parece a la vida y el jolgorio habanero fue un espejo de esos propósitos imposibles que los artistas nacidos en la Isla y otros lares hacemos posibles.

Vislumbrar o conjeturar lo que nos traerá el teatro del futuro, es para mí un ejercicio arriesgado. Ojalá que tanto desenfreno y absurdo cotidiano nos revelara las claves de lo que vendrá. Solo nos queda trabajar y batallar para que el “efecto”, palabra tan presente en la actual edición, de la acción de los hombres y mujeres que habitamos la tierra, sea mayormente de consecuencias positivas y optimistas.

En ese maremágnum de diez días, en que se pretendió examinar el universo desde las armas del teatro, hubo zonas espectaculares, promocionales y teóricas más activas que otras. El teatro para niños y de títeres, tanto nacional como internacional, se ubicó en un área restringida (diez puestas en escena de carácter familiar, callejero o para adultos) en una muestra que alcanzó más de 40 títulos en las diferentes secciones de la programación, a la que se sumó el Foro Unima “Diálogos titiriteros de resistencia en la sociedad actual”, dentro de los siete días que ocupó el evento teórico nombrado “Escenarios críticos”, más el taller del argentino Eugenio Deoseffe “Animando (Seminario intensivo de introducción al teatro de animación)”, entre las cinco opciones prácticas y pedagógicas del 17 FTH, y la presentación del libro Teatro Incompleto, antología del dramaturgo Roberto Espina, también de Argentina, recientemente fallecido y con una obra imprescindible en el teatro de figuras hispanohablante, entre las 15 publicaciones lanzadas por varias editoriales criollas y foráneas.

¿Que pudo ser mayor la presencia del teatro para niños y de títeres en el FTH? Pues claro que sí, pero es esa una posibilidad que no está solo en la labor del equipo curatorial del evento escénico habanero, sino también en las manos de los propios hacedores de la manifestación, ya sea desde los espectáculos que estrenamos en el periodo precedente al cónclave teatral, o mediante proyectos expositivos, de formación profesional, editoriales o de cualquier índole creativa que potencien y promocionen dentro del FTH un arte que tiene muchísimo que decir y mostrar.

Corroboran mi opinión los trabajos invitados de otras regiones de la geografía mundial. El propio Eugenio Deoseffe y su montaje Lupa, mundos para mirar de cerca, al decir del joven estudiante de teatrología Charles Wrapner, consiguió “una reflexión sobre el mundo contemporáneo no exenta de un humor muy cuidado y detallista”, y Monigote en papel carbón: historia negra y ensuciante, del Théâtre de la Pire Espèce, de Canadá, nos mostró un hermoso e imaginativo trabajo con figuras, papeles y objetos manipulados, tal vez un tanto extenso de tiempo. Ambos títulos, catalogados por el festival como teatro familiar, fueron programados en un horario que excluyó a muchos niños y niñas de la opción de disfrutar algo que también está pensado para ellos.

El otro grupo internacional invitado fue Merlin Puppet Theatre, de Alemania-Grecia, con Casa de payasos, obra para adultos que a través de una interesante y satírica visión de la sociedad del primer mundo, logró cautivar al público asistente. La muestra cubana fue integrada por los montajes Como la noche y el día, de Alas Teatro, de Pinar del Río; Érase una vez un pato, de Teatro La Proa, Historias bien guardadas, de Teatro La Salamandra, Las descabelladas historias de Polichinela en La Habana, de Teatro del Caballero —todos de la capital—; Los dos príncipes, de Teatro de Las Estaciones, de Matanzas; Superbandaclown, de Teatro Tuyo, de Las Tunas, y Cuba de sol a mí, de Teatro Andante, de Bayamo; avalados todos por los principales premios y distinciones de los concursos teatrales del país, o destacados por la crítica especializada en sus valoraciones. La exigua presencia de aquí y de allá dentro del evento parece haber sido analizada y diseccionada con fino escalpelo por los curadores del FTH, a diferencia de lo ocurrido con las demás manifestaciones, donde no creo que haya primado un criterio de jerarquización en la selección, y sí la conformación de un amplísimo muestrario que dio cabida a propuestas de distintas calidades.

Espectáculos unipersonales, de calle, intervenciones itinerantes, prácticas amateur, documentales, descargas oníricas, performances, ejercicios posdramáticos, danza, y hasta géneros inclasificables, integraron las otras secciones del programa con agrupaciones de adentro y de afuera concebido para el FTH. Algunas puestas en escena estaban a tono con las exigencias discursivas del teatro contemporáneo y otras no, mas percibí que no todas las que estaban “bien alantico” proponían un producto final atractivo y contundente, ni todas las que tenían conexiones con las convenciones tradicionales eran inferiores por no seguir las tendencias de moda y viceversa. Hubo de todo. La mirada sobreviviente del ojo crítico y tenaz del 17 Festival de Teatro de La Habana fue muchas veces exacta, otras orientadora, las más flexible, sobre todo con las propuestas de allende los mares, y a veces hasta guardó revelador silencio.

Ver y vivir este festival con sus encuentros y desencuentros, sorpresas y decepciones, momentos especiales y experiencias asombrosas, me hizo pensar, más allá del anhelado e inasible futuro del teatro, en la esencialidad de nuestro oficio, practicado y defendido por mis colegas, entre las luces y las sombras propias de una profesión que ha sobrevivido durante siglos a tendencias, veleidades humanas, fenómenos atmosféricos, creaciones de excelencia y resultados para echar al olvido, y continúa ahí, firme, tan necesaria como el aire que respiramos y nos hace sentir vivos.