Títeres en el IX Festival de Teatro Joven

Del 15 al 20 de abril me fui a Holguín. Hacía quince años que no visitaba la llamada Ciudad de los parques, famosa por la Loma de la Cruz y otros sitios históricos y culturales. Allí se desarrolló la IX edición del Festival del Teatro Joven, convocado por el Consejo Provincial de Artes Escénicas, la Asociación Hermanos Saíz, el Teatro Eddy Suñol, la Dirección Provincial de Cultura y la entusiasta tropa de Trébol Teatro que lidera Yunior García, todos anfitriones entrañables.

Entre las diez compañías invitadas participaron seis con espectáculos de teatro para niños y de títeres, realmente mayoría para mi asombro y placer. En cada jornada, ya sea en la Sala Alberto Dávalos, la Sala Raúl Camayd, en el Teatro Eddy Suñol, o en un salón de la Casa Social de la Uneac holguinera, se sucedieron las presentaciones de esta especialidad.


Como la noche y el día. Fotos: Sonia Almaguer


Abrió el programa Como la noche y el día, delicado y eficaz trabajo de Alas Teatro, de Pinar del Río, que ha hecho de la actuación con títeres de mesa su principal lenguaje expresivo, explorado anteriormente en Historia de una media naranja y un medio limón, y Pepe y La Chata, ambas de renombrados autores pinareños como Nelson Simón y Nersys Felipe. Aplaudidas y premiadas las actuaciones de sus dos intérpretes en varios festivales y concursos, Alas Teatro, bajo la guía de Doris Méndez, es una agrupación para seguir de cerca, ubicada en una región donde el teatro para los más pequeños tiene otros inquietos colegas.

Cuando acudo al estreno de un grupo de teatro de títeres que inicia su andadura en las lides de los retablos, intento ponerme en la piel de los artistas que acarician su primera vez. Todos los que hemos intentado la peligrosa y vivificante aventura de fundar un conjunto teatral, hemos ido a por todas en la primera presentación, y ese riesgo es tan solo un retrato inaugural, una carta de introducción de lo que vendrá, nada más.

En varias ocasiones me he encontrado con los ojos brillantes del joven actor titiritero Leandro Peña, ahora también en labores de dirección artística y dramaturgia. Reconozco en él ese ardor de los que creen en las voces y el palpitar prestado de los corazones de los muñecos. Leandro posee una gracia natural para la animación de figuras y unas ganas más grandes que su estatura física, que es bien alta. Con esa avidez titiritera armó su Teatro Eclipse, junto  a varios colaboradores, y propuso el espectáculo Jirivo Jiribilla ¡El Guije!, en la segunda jornada del festival.

Una puesta en escena, sea con títeres o con actores, tiene casi siempre en su título las claves conceptuales de la historia. En Jirivo…, el Güije que desata la transformación de Carlitos, un niño apesadumbrado y también molesto por la ausencia de su papá en misión internacionalista, apenas tiene una intervención en el transcurrir de este argumento con tintes actuales. El gnomo criollo aparece intempestivamente, como las clásicas hadas de las narraciones para niños, y soluciona el conflicto del personaje protagónico, lo cual no le aporta la importancia necesaria para que se adueñe del nombre de una ficción, que tiene en Carlitos y su añoranza por el padre la más contundente razón.

El montaje acumula un compendio de fortalezas y debilidades, que transita desde el uso reiterativo y sin acciones dramáticas justificadas de las canciones (muy hermosas por cierto), hasta una forma de representar más apegada al teatro de actores que de títeres, cuyo origen se halla en una dramaturgia con mayor acento en el diálogo y la narración que en las acciones.

Una obra para el teatro de figuras, donde el actor y el títere comparten palabras y movimientos, debe tener códigos escénicos y de comportamiento muy claros para ambos: cuando es el titiritero quien está, cuando es el títere quien conduce la línea de acción, o cuando uno y otro se mezclan a voluntad de la dirección, sin rompimientos inútiles o innecesarios.

Aun la obra más fantástica debe apoyarse en el diseño de muñecos y escenográfico para  establecer con el público conexiones estéticas y psicológicas que definen las actitudes y procederes de los personajes. Para establecer una comunicación diáfana y divertida con los espectadores, no se necesita de afectaciones infantiloides en el decir ni en la gestualidad, mucho menos de guiños a frases y asuntos populares cotidianos, que nada aportan a una fábula que pretende hablar de ausencias, amores y mejoramiento humano.

En la noche de la segunda jornada, los de Las Estaciones propusimos nuestro espectáculo de títeres para adultos Retablillo de Don Cristóbal y la Señá Rosita, versión en clave de farsa que se inspira en los textos para retablo del poeta andaluz Federico García Lorca. Dos comentarios aparecidos en la publicación Palco 13, boletín del festival, reseñaron el paso de la puesta en escena de Matanzas, bajo los títulos Lorca por Darío, de Katherine Pérez, y Llenemos el teatro de espigas frescas (y lorquianas), de Edgar Ariel.


Retablillo de Don Cristóbal y la Señá Rosita, de las Estaciones


El tercer día, el Guiñol de Guantánamo presentó un montaje del que ya había escuchado. Una luna entre dos casas, el primer texto para infantes de tres a cinco años, de la prestigiosa dramaturga canadiense Suzanne Lebeau, autora de una literatura dramática reconocida internacionalmente por sus contundentes historias para niños y adolescentes.

Entre El Ogrito, la otra pieza de Lebeau estrenada en Cuba por el Guiñol de Holguín hace algunos años, y Una luna… en la mirada artística del joven actor y director Yosmel López, median las edades de los públicos. La segunda debe comunicarse mejor con los más pequeños, debido a su estructura dramatúrgica sencilla, la historia de amistad y amor entre Pluma y Taciturno, dos niños de los cuales no conocemos a su familia, solo sus casas, juguetes y un perro llamado Ratapelo.

Pocos textos, música contemporánea creada por Juanito Piñera, atractivo diseño plástico del propio Yosmel, con influencias de Joan Miró, excepto en los personajes y las casas, de una imagen más tradicional, junto a una actitud escénica aséptica en los titiriteros, desmarcan el espectáculo de otras propuestas del guiñol guantanamero, lo cual, en mi opinión, no significa que este montaje sea más efectivo que otros títulos del repertorio, sino tan solo diferente.

Asumir otras estéticas y conceptos artísticos es tentar riesgos y osadías en pos del desarrollo y el crecimiento. Estimular los deseos y derechos de explorar otras zonas de la creación es algo bien válido, en lo cual Yosmel trabaja desde hace algún tiempo. Habrá que seguir insistiendo y trabajando, más allá de los necesarios anhelos de innovación, hasta conseguir que esas variaciones escénicas alcancen de manera esencial su objetivo principal. En esos senderos Una luna… da sus primeros pasos.

En la tarde pude ver la versión juglaresca del mítico Teatro Escambray, sobre el cuento de Andersen Los dos ruiseñores, según la visión literaria de José Martí, publicada en la revista para niños La Edad de Oro. Martí es siempre una buena elección, sus metáforas e imágenes tornan el ánimo mejor. Eso consiguieron los jóvenes actores Arlettis González  y Roberto Águila con sus intensas energías físicas, buena interrelación y una enunciación vocal firme.


Superbandaclown


Objetos, telones, máscaras, instrumentos musicales y muñecos ayudaron a la narración ilustrada; elementos que, al igual que el vestuario, no están enteramente cuidados en su factura y en su concepto estético, algo para tener en cuenta en una propuesta que se ejecuta con la cercanía del espectador como principal precepto, y que en gran medida deja un buen sabor de boca entre los asistentes, al ser una representación escénica donde lo asiático y lo cubano se mezclan de manera orgánica y hermosa.

El cierre del evento en la sección para los príncipes enanos no pudo ser mejor. Superbandaclown, del Teatro Tuyo, de Las Tunas, dirigido por Ernesto Parra (galardonado por el festival con la Distinción Joven Maestro, junto a Rafael González, Zenén Calero, Norge Espinosa, Eberto García Abreu, Doris Méndez y quien escribe), confirmó una vez más por qué este divertimento clownesco con música ejecutada en vivo, obtuvo el Premio Villanueva de la crítica teatral en 2016. A golpe de trompeta, percusión y campana, sacaron al público asistente de la sala refrigerada del Suñol hacia la calle. Afuera llovía y el cielo estaba  gris, pero todos estábamos felices y esperanzados, con ganas de regresar a Holguín para vivir otro Festival de Teatro Joven.