Tírame la hora

La lengua no es solo un medio de expresión
o de comunicación, no es solo forma...

 Dr. Marlen Domínguez

 

Si “googleamos” el sintagma nominal “idioma español” esta es una de las respuestas que más comúnmente aparecen: “Lengua romance procedente del latín hablado. Pertenece al grupo ibérico, y es originaria del Reino de Castilla. Es la segunda lengua del mundo por el número de personas que la hablan como lengua materna tras el chino mandarín, con 437 millones de hablantes nativos. Es hablada principalmente en España e Hispanoamérica”.

Pero para los que hablamos este idioma es algo más que una cifra, es parte de nuestra vida, de nuestra cultura y de nuestra idiosincrasia. Decirse hablante de español muchas veces está subvalorado, y se escucha con frecuencia a personas que dicen “oye, el español es fácil, para qué estudiarlo”.

He tenido la experiencia, primero como estudiante y luego como profesora, de la poca importancia que le brindamos a la enseñanza de la lengua materna. Muchos de mis estudiantes —por no decir que todos— aseguraban conocer muy bien el idioma, pero una pregunta tan sencilla como: cuántos tiempos verbales existen en el español, borraba de sus rostros el semblante de expertos lingüistas, con el que inocentemente se habían coronado.


 “En la variedad del Español hablado en Cuba se encuentran variaciones propias de la cultura jaranera”.
Foto: Internet

 

Una cosa es saber hablarlo, tener un vocabulario superior a la media, o acorde a nuestro nivel de instrucción, y otro caso muy diferente es conocer y domar esa fiera enardecida que es nuestro idioma, y sobre todo la variedad que hablamos en la Isla. Si difícil es dominar la gramática, imagínense cuán difícil resultaría para un hablante extranjero —cualquiera que sea— dominar nuestra lengua oral.

Varias características formales respaldan el español cubano —por llamarlo así—, como pueden ser el predominio del seseo y la no distinción del fonema castellano interdental /z/ y digamos “casa” en lugar de “caza”; pérdida de la /d/ intervocálica después de acento, en palabras llanas y digamos pasa(d)o; vestí(d)o; pué(d)e; de(d)o; pelú(d)a.

La /s/ postvocálica o final se desvanece en el habla cotidiana de los cubanos, especialmente en las provincias orientales y en lugar de los tomates, decimos lo tomate; pasa lo mismo con e(s)palda. Otro rasgo peculiar del cubano hablado en la zona oriental de la Isla y que se encuentra en el resto del español antillano es el intercambio de /l/ y /r/ implosivas. Es el caso de que “alma” se pronuncie “arma”, y a su vez “arma” se oye como “alma”. Este intercambio es más frecuente al final de palabra: “amol” por “amor”, “calol” por “calor”, “mujel” por “mujer”, “trabajal” por “trabajar”.

Más allá de esos cambios fonéticos que podemos apreciar en la variedad de español que hablamos todos los nacidos en Cuba, se encuentran variaciones propias de la cultura jaranera y familiar del cubano. Aquí es muy frecuente el predominio del tuteo, a muy pocos se trata de “usted”. Por ejemplo, en regiones de Hispanoamérica como Colombia es muy común el uso de “usted” para dirigirse a personas cercanas. Sin embargo, en Cuba apenas tratamos así a nuestro jefe el primer día de trabajo, luego, aunque lo seguimos tratando con respeto, lo comenzamos a tratar de “tú”.

Existen muchas explicaciones lingüísticas para este fenómeno, como que se observa una pérdida de terreno de “usted” en beneficio de “tú”, que es sentido como más igualitario y sin la carga jerárquica que tiene “usted”. Pero todo buen criollo sabe que más allá de esa razón, se encuentra la verdadera esencia del cubano. Ese ser familiar, que le dice a todo el mundo “mi vida”, “mi amor”; que a los ancianos les dice “abuelito” o mi “viejo”; que a los cuarentones les dice “temba”; que a las madres les dice “pura”; donde todos somos primos de todos y el chofer de la guagua nos da un “chance”.

Reímos de nuestras desgracias, como forma de sobrellevarlas. Usamos la creatividad y la versatilidad del idioma para crear frases graciosas y decir: “fulano estiró la pata o guindó el piojo”, “mengano se está jamando un cable”, “siclanejo tiene guayabitos, le patina el coco, está fundido o tiene cruzados los cables”.

Extrapolamos frases y palabras de cualquier ámbito que nos sea conocido, de la música, de la religión o de la pelota. Nos complace decir que hay alguien “tapándonos la letra” o que “estamos en tres y dos”; si algo se pone “caliente” o alguien hace algo inaudito decimos como en la canción de Manolito Simonet “en La Habana hay una pila de locos”.

Se juega con el doble sentido y sin aludir propiamente a eso que en cualquier país se pensaría, decir “me la pusiste dura” es dar a entender que alguna pregunta es bien difícil. Somos de donde a quienes saben mucho de algo le decimos eres “un bárbaro”, “un salvaje”, “una fiera”, “un animal”. Donde si alguien es desorganizado, sea cual sea el motivo, se le dice que está formando un “arroz con mango”. Este es el país en el que da igual si eres un doctor o panadero, herrero o ingeniero, a todos en algún momento nos dicen: “tírame la hora ahí”.