Tiempo muerto

La frase del título la oí muchas veces en la infancia. Se usaba para designar los largos meses en que no había zafra y los trabajadores debían inventar qué hacer para el simple y sublime acto de comer. Aunque nací después de 1959, esos males que en la escuela repetían con insistencia, pertenecían al pasado reciente. La mía era tierra también humilde, pero no cañera. Mi abuelo me hablaba de “excursiones” para cortar caña y buscar algunos pesos, pero en nuestra zona la zafra era más bien tabacalera y lo más que se sacaba del surco eran frijoles, arroz, boniatos y plátanos. Si no había mercado, faltaban los zapatos y las muchachas de la casa remendarían el único vestido de ir a los bailes, pero hambre ―dura y pura― no se pasaba, pues lo que salía de las manos servía para ser llevado a las numerosas y expectantes  bocas.

Hoy lo de Tiempo Muerto me viene por otra vía. El verano ―pródigo en espaldas quemadas, muchas horas frente a la tele y escaso en reuniones o citas puntuales― resulta escaso en cuanto a programación beisbolera y los adictos a ese deporte echamos de menos los grandes batazos o las jugadas de leyenda. Claro, falta el juego en sí (que además sería terrible bajo el “solazo” de agosto), pero abundan las especulaciones, los comentarios y las controversias.  Casi siempre en este período se da a conocer la preselección para el equipo Cuba y ―tras semanas de entrenamiento y conjeturas― se anuncia la nómina final. En el comienzo uno tiende a fabricar su equipo ideal dejándose llevar por la pasión del territorio. Pero a medida que se acerca el campeonato del mundo, empieza a ver concordancia en cuanto a lo que será mejor para esa novena que lleva sobre el pecho las cuatro letras de la patria. Siempre hay casos discutibles y discutidos hasta la desesperación y la ronquera.

Después ―ya en el torneo― nos olvidamos un poco de que en ese puesto debía estar el fulanito de nuestras preferencias y afectos. Solo se retoma el litigio en las peñas y las esquinas si el sutanejito que entró a última hora lo hace mal y pone en peligro la victoria. A veces pienso en cómo verán esos juegos cruciales estos jóvenes que sueltan el alma en el terreno, durante ocho o nueve meses, y al final ―por una pulgada de valoración o porque cabían 24 y no 26 o 27― se quedan fuera del momento crucial. También supongo que la gloria internacional resulta el clímax; pero al que de verdad le gusta la pelota, goza en cada partido de cualquier etapa o nivel. Y los que dieron a conocer quiénes montarían en el avión son humanos y pueden equivocarse. Ellos constituyen el principal jurado, pero no el único. En cada partido hay un vencedor, un ídolo, alguien que se lleva los aplausos, y el enamorado del deporte sabe que esa jornada no será el torneo del orbe, pero sí que en ese instante de confirmación y regocijo no hay nada en el mundo más importante que el aplauso sincero.


Publicado en el número 221 de La Jiribilla.