The Rolling Stones: los “almendrones” británicos

Cada país tiene sus misterios. Entre los muchos nuestros, se ha vuelto moda turística viajar y tirar fotos a los viejos autos que inundan crecientemente nuestras calles; digo “crecientemente” pues pareciera —o parece— que tenemos una fábrica que se dedica a hacerlos. Chevrolet, Ford, Cadillac, Oldsmobile y Buick, entre otras marcas con modelos de los 40, 50, y hasta se pueden apreciar algunos de los años 10 y 20 de los 900, y lo mejor, la mayoría con todos sus aditamentos originales, o copias tan fieles que parecen acabado de salir al mercado. Esto, propagandísticamente, se ha manejado de diversas maneras: desde el campo enemigo dicen que Cuba es un museo viviente, detenida en el tiempo, lo cual —hablando en plata— quiere decir que nuestro Socialismo se ha quedado detenido en el tiempo, que somos retrógrados, etc. Pero la realidad es que nuestro pueblo ha tejido una lucha de resistencia admirable, de conservación y renovación de lo que tiene, entre ello esos viejos carros, hasta lograr que estén nuevos tras seis o siete décadas de explotación. Con inteligencia, emprendimiento y tesón se ha logrado vencer el paso de los años… ¡Caramba! Eso mismo han hecho Mick Jagger y sus legendarios Rolling Stones, de ahí que los vea como los Almendrones de la música británica.

¿Cómo puede ese “bicho” —cariñosamente hablando— burlarse del tiempo y hacer todo eso? Es el asombro y primera expresión de todo el que estuvo en el concierto.¿Cómo puede ese “bicho” —cariñosamente hablando— burlarse del tiempo y hacer todo eso? Es el asombro y primera expresión de todo el que estuvo en el concierto. Increíble que ese ser humano (no sé si encerrarlo en el campo de los mortales) se haya pasado dos horas y 15 minutos, brincando, bailando, corriendo como un loco de una punta a otra del escenario, y —por demás— cantando, con una energía y entrega total como únicamente puede hacerlo Mick Jagger. Aunque si bien no tienen que desplegarse todo el tiempo con esa locura sobre el escenario, habría que decir lo mismo del guitarrista Keith Richards y el baterista Charlie Watts, quienes vienen con él desde el inicio de la leyenda y se mantienen en la línea.


Foto: Yander Zamora
 

Con el nombre real de Michael Philip, nació el 26 de julio de 1943, es decir, que tiene 72 años de edad. Y no hubo truco, estuvo humano, vibrante, cautivador sin una pausa durante todo el concierto. La gente le busca mil explicaciones: ¿estimulantes? ¿drogas? ¿se cuida como gallo fino? ¿ejercicios yoga? ¿pesas? ¿dieta alimentaria especial? ¿corre varios kilómetros antes de cada concierto?…Queda todo en la bruma de la leyenda. El mismo flaco nervioso que irrumpió en la escena musical en 1962, hace 54 años.

 Lo más admirable de Los Rolling es la vida que tienen sus conciertos y la dedicación cotidiana que implica sostener ese nivel musical tan alto.Desde entonces, no han dejado de hacer música. Lo más admirable de Los Rolling es la vida que tienen sus conciertos y la dedicación cotidiana que implica sostener ese nivel musical tan alto. Pensemos lo que implican unos 25 discos, la mayoría con más de 1 millón de ejemplares vendidos, llegando hasta 6 millones. Y no lo digo por ese mecanismo mediático de valorar por lo que venden, sino porque esos seres que llevan décadas cargando toda la fama que puede tener un grupo musical, y toda fortuna personal acumulada para ni pensar en ganancias, sostengan ese espíritu de no perder el placer de salir a cantar, y darse por entero durante más de dos horas en conciertos que conllevan un desgate físico y emocional incalculable.  

Lo de Cuba tuvo ribetes de leyenda: primero, vinieron a cantar sin cobrar un centavo, y no solo eso, sino que haciendo gastos millonarios. Hay que pensar lo que implica el despliegue tecnológico y de personal que durante casi dos meses estuvieron planificando, montando escenario, luces, pantallas, audio…Realmente impresionante, y es verdad que dondequiera que uno se movía escuchaba al mismo nivel y veía como si tuviera el grupo al lado.   

Más allá de la cantidad, lo que me conmovió era la energía y alegría que hubo en semejante multitud.Si me preguntan lo que más me emocionó: el público. El equipo de Los Rolling mismos calculó 1 millón 300 mil personas. No creo que fuera a tal extremo, aunque el mar de gente me impresionó. Pero más allá de la cantidad, lo que me conmovió era la energía y alegría que hubo en semejante multitud. En estos mega eventos suelo pasearme entre la gente buscando captar el ánimo que reina y no vi siquiera una mala cara, ni escuché una mala palabra, o una expresión despectiva. La gente estaba radiante, todos bailando, hacían círculos, se abrazaban… un público variopinto, de todas las edades y afinidades: niños, viejitos setentones, tembas, jóvenes punk, raperos, troveros, extranjeros de todas partes, un coro de diversidades estrechándose, en un espacio común exclusivamente para el amor.


Foto: Kike
 

No pocos de los presentes escuchaban música de  Los Rolling por vez primera, incluso había quienes no tenían entre sus gustos el rock; aunque sin dudas algunos de los clásicos serían reconocidos de inmediato. Sin embargo, la  atención fue total y la comunicación progresiva, hasta el delirio colectivo en el instante en que Mick preguntó: “¿están listos?”, y la guitarra hizo el intro, con aire de toque de al combate que tiene “Satisfation”.

Unos hermanos de la Argentina me llamaron el domingo para entrevistarme en la radio, y me preguntaban si yo creía —como se estaba diciendo— que en Cuba culturalmente había un antes y un después de este concierto. Dije rotundamente que no. Cuando más, un punto alto de un proceso que viene desde siempre.

Aparte de las tantas excelencias musicales que tenemos, en Cuba ha pasado mucho, de gran importancia, en cuanto a visitas y conciertos; solo que por vez primera se despliega la información a nivel internacional.Aparte de las tantas excelencias musicales que tenemos, en Cuba ha pasado mucho, de gran importancia, en cuanto a visitas y conciertos; solo que por vez primera se despliega la información a nivel internacional, debido a la coyuntura que implica la visita de Obama (o sea, que nos quitan el pie de la censura global que no deja amplificar nada positivo con respecto a la Isla) y por ser Los Rolling Stones un suceso en niveles de impacto global imposible de ocultar.

Les expliqué todo lo acontecido en cuanto al rock, como los puentes musicales entre Cuba y EE.UU., los Festivales Jazz Plaza, los legendarios festivales de Varadero y, ahora mismo, otros eventos como El Festival Internacional de Guitarra, El Festival Leo Brouwer, Voces Populares, que organiza Argelia Fragoso, y otros muchísimos en Casa de las Américas, el Centro Pablo…, en los que han participado importantes figuras de renombre mundial o de un valor supremo musical, aunque los medios globales no los tengan en sus circuitos por ser alternativos a la hegemonía mundial.   

Es cierto que este concierto, con esa resonancia mediática, puede contribuir a ese proceso al que Cuba siempre ha estado abierta. Si no han venido más figuras musicales de renombre se debe a que el bloqueo lo ha impedido, a que se viene a cantar gratis, y a las amenazas de una ultraderecha que domina buena parte del mercado musical en los Estados Unidos. Lo de venir a cantar sin cobro, no es por tacañería institucional, es que los conciertos se hacen con entrada libre, por un concepto hermoso de la cultura como un derecho humano. (Y en esto es de suponer que vayan surgiendo, y de hecho hay, y habrá variantes, sin tener que sacrificar ese derecho).

Fue una fiesta popular con ese espíritu tan elevado que trae compartir el buen arte sin fronteras humanas, ni de razas, ni de clases, ni generacionales, ni de pueblos.Esto de no sumarme al “antes y el después” no rebaja para nada la noche tan especial que vivimos: es que no puedo negar un gigantesco proceso cultural que le precede, más allá de que Rolling Stones hay solo uno, y eso nos trae una resonancia positiva.

La noche del 25 de marzo fue muy especial y humanamente, vi a muchos —incluso desconocidos— abrazados, jóvenes con banderas cubanas —y de otros países— sobre sus hombros, familias, unos viejitos de más de 70 años —sin la conservación de Jagger— bailando. Algún que otro amigo me afirmó estremecido que era el sueño de su vida cumplido; otros, que nunca pensaron que ese día llegaría: fue una fiesta popular con ese espíritu tan elevado que trae compartir el buen arte sin fronteras humanas, ni de razas, ni de clases, ni generacionales, ni de pueblos.

El punto más gracioso (y acaso profundamente cultural) en la zona del center field por el que me desplazaba, lo puso una muchacha que se paseaba portando un cartel y, constantemente, la detenían para hacer sesiones de fotos: “Rolling Stones, no reggaetón”.