The Listening Room
Fotos: Cortesía de Danza Contemporánea de Cuba.

 

La obra The Listening Room (Aula de audición), del coreógrafo inglés Theo Clinkard, es el resultado de la estrecha colaboración entre Danza Contemporánea de Cuba y el British Council. El título anuncia de antemano el carácter trasgresor de esta puesta, pues tradicionalmente se va a ver la danza al teatro y no a una sala de audición. Al disociar las acostumbradas relaciones entre la música y la danza, hace un guiño al espectador hacia donde deberá guiar su atención: a la estructura de la banda sonora, a la cual estará supeditado el baile escenificado.

Clinkard fue conformando esta pieza poco a poco, en estrecha relación con los bailarines, intercambiando con ellos reflexiones acerca de la vida, de la existencia, de la entrega apasionada a los entrenamientos y al montaje. Construyó una imagen artística compleja con la labor participativa de estos. Sus demandas las dirigía a crear climas sicológicos propicios a la interpretación de las ejecuciones, con la finalidad de que dieran respuesta a sus inquietudes creativas y al por qué de las variadas actitudes de las personas en la sociedad, tema sobre el cual empezó a estructurarla.


Theo Clinkard y bailarines de Danza Contemporánea de Cuba 
durante el montaje de The Listening Room en la sede de la compañía.
 

En su perspectiva de la realidad, el individuo aparece elevado a una categoría superior en el entramado social. Se detiene por eso en el estudio minucioso de la contribución de cada bailarín a la imagen total de la obra. Trabajó junto a ellos, durante todo el tiempo de montaje, a nivel de las micro-acciones danzarias, para revelar una singularidad en sus personalidades, en su manera de darse a los demás. También se detuvo a indagar en cómo podían encausar favorablemente los matices hacia la expresión más adecuada y ajustada de su idea-meta, a fin de revelar esa riqueza de lo múltiple que era su objetivo principal. Por tal razón, destaca el papel primordial y activo de lo fragmentario en la composición artística.

Durante el espectáculo, un pasaje me hizo recordar la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de 2008, cuando de pronto, en medio del óvalo del gigantesco estadio deportivo, salió de un enigmático ómnibus —signo identificador de Londres— un frenético grupo de personas en representación de la sociedad inglesa, para dar un adelanto de la ceremonia de bienvenida que brindarían a los participantes en la cita olímpica de esa ciudad en 2012. Aquellos modelos estaban vestidos con atuendos muy diferentes, impregnados de un espíritu muy plural. No se movían en grupos, sino atomizados, donde el sujeto tenía un valor importante. Era ese el signo distintivo. Daban una muestra de cuán diversa y polifacética es la nación inglesa. Es exactamente el aliento y la naturaleza de la visión de lo social que Clinkard logró representar en The Listening Room. Eso le confiere una nota alta; a mi juicio, un mérito indudable, porque captó el espíritu de una juventud inquieta a la que pertenece.


Theo Clinkard y bailarines de Danza Contemporánea de Cuba 
durante el montaje de The Listening Room en la sede de la compañía.
 

Si observáramos el escenario desde arriba y no tanto a nivel frontal, se resaltaría cómo los bailarines siguen movimientos muy erráticos. Son individuos inmersos escénicamente en su mundo interno, independizados de la subordinación a un todo unificado. Eso lo subraya muy claramente. Tan aislados y ensimismados están en ellos mismos que se comportan de un modo caótico e imprevisible. Eso sorprende al espectador y lo aturde. Es evidentemente un efecto provocado. Rechazarlo por extraño implicaría perder la dirección de a dónde se encamina esta obra.

El desorden escénico en la actuación recuerda poderosamente al establecido por las ciencias respecto al movimiento browniano, donde las partículas de los líquidos saltan de una manera aleatoria de acuerdo a sus niveles internos de energía y a las influencias externas operantes en ellas. Se manifiesta acá en el retozo caótico y particularizado de los danzantes sin apuntar a una uniformidad. Como ocurre en lo browniano, cada uno de los elementos constitutivos —en este caso los bailarines—  trazan su propio desplazamiento con una gran soltura del cuerpo y de evoluciones libres en el espacio.

Según se desprende de su enfoque coreográfico, las maneras de comportarse las individualidades en un medio grupal obedecen, en principio, a descargas de sus impulsos internos. Pueden en ocasiones llegar a mostrarse entrelazados, acoplados en hileras en un tratamiento coral. ¡Qué imagen para establecer una comunión integradora! Sin embargo, no constituyen un cuerpo unificado. Son sujetos diferenciados aun en esa reunión, casi una sumatoria por la disposición de uno al lado del otro. Lo hace a través de dos signos: uno, el vestuario, igual en ambos géneros, personificado en combinaciones de color; el otro, en los inseparables aparatos de audición que arrojan músicas desiguales a sus oídos. Hasta cuando participan juntos divirtiéndose alegremente, en última instancia están separados, inmersos en sus pequeños mundos y dinámicas propias. Responden a las motivaciones profundas de sus temperamentos. Se expresan sueltos, componiendo figuras en sus giros, sin prever nada, frenando en seco y arrancando en el mismo instante en otra dirección; tendiendo a describir un dibujo complejo, bailado en desborde energético, entregados a experimentaciones libres. Es la exaltación de la espontaneidad de los cuerpos para revelar sus deseos.


The Listening Room en su temporada de estreno en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso,
mayo de 2016.
 

Desarrolla esa diversidad en las más elementales expresiones del actuar cotidiano, traducida a elaboraciones artísticas. Por instantes ha mostrado ciertas recurrencias a pequeñas agrupaciones que pudieran hacer creer se trata de evoluciones coordinadas de antemano, siguiendo derroteros establecidos cuidadosamente por el autor. Sin embargo, es una especie de ilusión. Son, en el fondo, espontáneas, imprevisibles, completamente aleatorias, como él se ha propuso resaltar. A los efectos perceptivos, el observador puede considerarlas intencionales, aunque no lo sean.

La imagen resultante obtenida coreográficamente pone a prueba cómo la pretensión estética de unificar las partes al todo no es nada simple. Esa organización estructural ha sido una de las nociones puestas en crisis en el arte del siglo XX. Se ha comprobado que las obras de arte pueden seguir una ruta complicada, permitiendo la presencia interna de lo desestructurado en grados que varían notablemente. Como coreógrafo, él ha querido jugar intensamente con esa idea, llevándola a extremos.

La interrogante artística es si detrás de ese desorden, de ese caos en la estructura, en cuanto a las desarticulaciones sonoras y danzarias, puede residir un orden subyacente y cómo sería de particular. O desde un punto de vista perceptivo, si aun careciendo de cohesión, de direcciones integradoras de las entidades particulares, puede mostrarse a la mirada externa como una imagen unificadora del conjunto. En esto hay una evidente provocación e ironía de su parte.


The Listening Room en su temporada de estreno en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso,
mayo de 2016.
 

El asistente a la sala puede también suponer que las dispersiones y agrupaciones que observa son la consecuencia de asociaciones espontáneas, no encausadas por los intérpretes ni su director debido a la fuerte carga de la improvisación. Lo deja en una apreciación resbaladiza, ambivalente. Se trata en el fondo de insinuar ciertas regularidades ocultas tras el comportamiento supuestamente caótico. Aspecto gnoseológico dubitativo, recurrente en el terreno de las artes, las ciencias físicas y las sociales en el pensamiento contemporáneo.

Esos comportamientos evidencian propensiones ocasionales que pueden manifestarse tanto en la práctica escénica como en la vida real, pues la puesta realizada sirve de modelo analógico de la sociedad. Esto no se puede perder de vista. Igual que en un juego de billar, los acercamientos y las separaciones responden a los rodamientos y energías de las bolas llevadas por el azar, el cual asume un rol cardinal. El ordenamiento es aleatorio, caótico, no de coordinaciones trazadas de antemano. Esa es la dinámica predominante en los grupos humanos a los ojos de Clinkard, según su experiencia intelectual, deducible en el análisis de esta obra. Atendiendo a ese presupuesto, exploró variadas combinatorias durante los ejercicios preparatorios y los ensayos, siempre sobre el principio de bordear lo azaroso.

Al respecto, la perspectiva de todos integrados en una imagen cohesionada es un efecto ilusorio, aunque en ciertos momentos los acercamientos pudieran hacer pensar lo contrario. Las motivaciones que los impulsan cuando propenden a encausamientos de sinergias son, en gran medida, fortuitas; pues ante todo siguen las distintas sonoridades que escuchan por sus equipos.


The Listening Room en su temporada de estreno en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso,
mayo de 2016.
 

Explora de este modo el problema artístico de la dispersión compositiva en lo danzario, estructuraciones que permitan un cierto grado de autonomía en asociaciones complejas, no unitarias, notablemente desestructuradas. Con eso, participa del cuestionamiento estético de la cohesión interna de la obra de arte sustentada por la Modernidad, idea que entró en crisis en el siglo XX, dando lugar al reconocimiento y validez de formas dispersas y, por consiguiente, más confusas al proceso de percepción. El sistema de los códigos y concepciones artísticas se amplió a lo desestructurado como una de las nuevas y más fecundas vertientes de la creación artística.

En The Listening Room se propuso acentuar el componente diverso y no la aglutinación en un todo cohesionado, al seguir los bailarines músicas desiguales. Creó la apariencia visual de estar todos bailando una sola música general, esa que es escuchada por el público, cuando en verdad siguen la que escuchan individualmente, por medio de los audífonos.

Al producirse el cese de aquella música general, no se detienen, continúan bailando entre ellos. En ese momento, los receptores deberán asumir un papel activo, también individual, al tratar de desentrañar el por qué de ese extrañamiento en el procedimiento sonoro-danzario. Los receptores pasarán a acompañarlos visualmente con el desencadenamiento imaginario de una sutil música interior. Llenarán mentalmente el vacío en un modo cercano a lo fundamentado por la teoría sicológico-perceptiva de la Gestalt respecto a la visualidad. Curiosamente, Clinkard parece estar próximo a esta teoría al sugerir el establecimiento de completamientos perceptivos. En este caso se activa en ausencia de lo sonoro y, además, en el efecto ilusorio de ver posibles agrupaciones de bailarines donde no los hay realmente. Saca a relucir así el carácter engañoso de las maneras de estructurarse las obras de arte, uno de los fundamentos claves en la construcción actual de las representaciones artísticas.

Con esta puesta en escena se ha encaminado a escrutar el silencio y la música del alma humana a través de los actos comunicativos gestuales, visuales y auditivos de la danza contemporánea. Llegar a esa zona difícil y profunda es un desafío asumido por este artista, cuyas investigaciones avanzan en esa dirección creativa.