Tengo la nariz roja y no es de estornudar

Primero. La cosquilla
“Todos somos clowns en potencia”, dijo Ernesto Parra y un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Ya me imaginaba haciendo destrozos en un taller del cual habían acontecido apenas los preliminares. Finalmente teníamos ―los actores de Teatro de Las Estaciones― la oportunidad de saber un poquito más sobre ese universo que nos fascina de Teatro Tuyo. Y ahora que estaba justo frente a nuestras narices, nos sentíamos viviendo una pesadilla donde el mayor miedo era no poder controlar el temblor en las piernas.

Sin embargo, la cosquilla comenzó.

Rubén Darío siempre insiste en la importancia para el actor titiritero de pensar en títere. Esta habilidad se adquiere, por supuesto, con la práctica y el estudio diarios, y un día te descubres dueño de un conocimiento que antes no soñabas dominar. Lo mismo sucede con el clown. Mientras nosotros pensamos en títere, ellos viven en clown: y en eso consiste —que me perdonen los más estudiosos que yo—  la fuerza poética de un símbolo.


 

Ahí comenzó mi taller. Quienes me conocen saben que creo en la multiplicidad de saberes y haceres. No me bastan los talleres en los que aprendo una cosa, tengo que entrecerrar los ojos e intentar ver más allá. Solo que esta vez me sorprendería a mí misma, pues los secretos del clown —si me permite Papote [1] la metáfora— no entran por los ojos, sino por el olfato. Y la cosquilla se convirtió en picazón.

Después. La picazón
Títere y clown están ligados por calidad poética y cualidad teatral. Ambos seres impregnados de rareza; ambos extracotidianos —cómicos, absurdos, exagerados, inesperados, ridículos—; y ambos con una extraverbalidad latente desde la propia concepción de su diseño, hasta lo más profundo de su corazón.

Como los títeres, los clown son superhumanos, capaces de hacer las cosas que los humanos no podemos hacer. Sus visiones del mundo son diferentes. Para ambos somos un público raro, distinto, al que hay que conquistar mediante los recursos propios de cada técnica. Son los OVNI de la escena: seres que provienen de alguna otra parte del cerebro con un alma indéntica a la nuestra, pero con otras formas, otro lenguaje, otra ideología.

¿Cómo sacamos una puntilla? Pues muy fácil, con un martillo de orejas, diríamos nosotros, los seres terrestres que hemos adquirido destrezas infinitas con el devenir de los años. Para el clown no sería igual. Serían la misma puntilla y el mismo martillo, pero el punto de vista es diferente. Para el títere… bueno, quizá el títere sea la puntilla, o el mismísimo martillo. Y en eso consiste ―que me perdonen otra vez si es necesario― la fuerza teatral del símbolo.

Finalmente. El estornudo
Cuando reunimos en un mismo sitio a titiriteros y clowns ―y fui testigo en Las Tunas―, obtenemos un resultado inquieto. Ninguno puede estarse tranquilo en un sitio por mucho tiempo. Como en clown, en títere siempre está sucediendo algo. ¿Será que de tanto colocar nuestra fe en algo, nos vamos convirtiendo en ello?

Cuando me vi en escena por primera vez con una nariz, no me sentí rara y me dejé llevar, pero sabía que no lo estaba haciendo bien. La mitad del disfrute era vencida por la mitad que siempre me exige estar consciente de dónde estoy y qué hago. La picazón se iba haciendo cada vez más fuerte en mi cabeza, a medida que encontraba los vasos comunicantes entre un género y otro.

El estornudo llegó como un subtexto: sencillo. Luego la lectura fue volviéndose absurda, y de tan absurda se me puso roja la nariz. El clown, como el títere, es lo mejor de nosotros mismos, el alter ego de quienes somos, la acción que no tenemos destreza para realizar, la emoción que casi nunca nos atrevemos a expresar. En eso consiste ―y esta vez no pido perdones― la fuerza humana del símbolo.


N.A.: Este trabajo tiene mucho de la propia deducción de la autora, por lo tanto no se recomienda citar, transcribir, o hacer en casa nada de lo que se diga, sin la supervisión de los padres, o el consentimiento de Ernesto Parra.


Notas:
1. Papote se nombra el payaso que interpreta desde lo más auténtico de sí mismo el actor, dramaturgo y director Ernesto Parra, líder del Teatro Tuyo de Las Tunas.