Entrevista con Jorge Luis Sánchez
Entre las poderosas razones que garantizan la trascendencia de La muerte de un burócrata se cuenta la capacidad de la anécdota relatada, y de su puesta en escena, para combinar variantes tradicionales del género humorístico —como los enredos, el absurdo, la sátira y el humor negro— con los códigos del cine más moderno, nacionalista y ávido de comunicarse con su espectador natural, mediante narrativas y estilos populares y eficaces.
Para Tomás Gutiérrez Alea, La muerte de un burócrata (1966), su cuarto largometraje, era una película menor, sin grandes pretensiones, en la que logró todo aquello que se propuso. La realidad, como siempre ocurre, superó a la ficción.
De vivir aún, Gutiérrez Alea tendría mucha tela por donde cortar, con disímiles anécdotas que podrían rayar en lo absurdo, como ocurrió con La muerte de un burócrata.
Me complace observar que, pese a los años transcurridos desde su estreno, La muerte de un burócrata conserva intacta su frescura. Lamento tener que añadir que la burocracia también.