Tejer y destejer historias

Luego de entrar y salir mil veces en los capítulos de esta trama confrontando fechas, descubriendo matices que  cobran creciente intensidad a través de la suma de aportes de los músicos que han desfilado por ella con toda la pasión de un acorde bien puesto, con el esplendor de un solo instrumental, con el acierto al concebir una introducción o un discurso acompañante capaces de sembrarse en la memoria de varias generaciones para volverse inseparables de la obra, no puedo privarme de armar mis razones, empeñarme en juntar los puntos luminosos, enunciar el santo y seña de mis propias constelaciones y poner sobre el tapete un relato muy personal de la historia que nos reúne en estos párrafos.



 

Pablo Milanés hizo entrada con su voz y su guitarra en un estudio de grabaciones para dejar registrada la primera pieza de esta colección, Versos de Martí (disco 01, 1974) en un momento en que el disco se abría a un nuevo capítulo, a tono con los dictados de tecnologías que veríamos aparecer trazando líneas divisorias y al mismo tiempo abriendo puertas, colmada de figuras hasta entonces desconocidas, un tanto enigmáticas para el simple cultor y los seguidores del cancionero popular. Productores, arreglistas, comenzaban a ejercer su especial señorío sobre la tierna obra de arte condicionando el “qué” y el “cómo” de una liturgia expresada por medio de terminologías que muchos no llegamos jamás a comprender; un lenguaje que, sin embargo, plenamente asimilado por la más joven generación y, por supuesto, asentado en el proyecto de vida y obra de un hombre de música de la talla de Pablo, se convertiría en la herramienta perfecta para plasmar y perpetuar la obra de su propia autoría,  desplegar su arte como intérprete y realizar una labor de rescate y lanzamiento en favor de manifestaciones de su cultura que irían quedando salvadas para la memoria o listas para dar el primer impulso y allanar el camino a otros creadores e intérpretes.

El paso multiforme de Pablo Milanés por el disco, toma cuerpo en el riguroso ordenamiento cronológico de esta discografía cuya edición viene a nuestro encuentro agradeciendo de antemano la escucha simple (acaso desenvuelta al azar, tal vez movida por preferencias personales) pero, sobre todo, reclamando, la audición inteligente, capaz de tomarle el pulso al deleite de apreciar los valores nada fortuitos que ella atesora. Tiene, por si fuera poco, la virtud suprema de poder proyectarse en tantos sentidos como episodios ha sido capaz de originar el quehacer de Pablo, en una trayectoria que rebasa las cuatro décadas de tensa y constante actividad.

Revuelvo los papeles donde he almacenado durante estos días tantas explosiones sentimentales, tantas sentencias como dudas y certezas, en mi empeño de tomar las riendas de una leyenda sonora propia, entre las muchas que no me cansaré de armar a partir de las piezas de este singular rompecabezas. Comienzo por celebrar la presencia viva de Emiliano Salvador y Eduardo Ramos, compañeros de labor de Pablo en años cercanos ya a su primera aparición en discos cuando, estrechamente vinculados al impulso y las enseñanzas de Leo Brouwer, formaban parte del  Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Debo destacar, a manera de premisa, la persistencia de Pablo en elegir siempre con acertada visión el equipo que, impuesto de sus ideas, afín a sus proyecciones, le asistiría en el propósito de hallar un lenguaje exacto para hacer entrega de aquellas canciones llamadas a perpetuarse a partir de su entrada en el universo del disco, que ya resonaban en la noche habanera de casa en casa, de parque en parque, de bar en bar y, sobre todo, de voz en voz.



 

Más de una docena de títulos de Pablo Milanés llamados a permanecer en la preferencia de legiones de amantes del género y, en algunos casos, incorporarse al gran repertorio de la canción sin tener en cuenta fronteras de cualquier tipo, se dieron a conocer entre 1976 y 1979 en tres primeros discos desde donde el sello vocal de este intérprete comenzó a proyectarse, de manera creciente, como una señal siempre bienvenida. Ya en el primero de ellos, La vida no vale nada (disco 02, 1976) el pianista Emiliano Salvador da a conocer esa visión instrumental que sirve como respaldo y contraparte inseparable del canto en la canción “Para vivir”, y cuyo extraordinario poder de vigencia se hace evidente a nuestros oídos cuando escuchamos su segunda grabación (disco 06, 1980) acaso con el reclamo de que reconozcamos en ella una razón más que justa para dar fe de la contribución de este músico a la fijación de elementos de estilo en la entrega  del arte de Pablo. Por ese mismo camino, con esa misma voluntad de hallar un lenguaje instrumental para cada pieza, nos entregaría la primera armazón para Amor (disco 04, 1979).

No se había quedado atrás Eduardo Ramos, convertido de manera creciente en un hombre del disco en su triple papel de productor, instrumentista y orquestador, cuando lanza sus entramados para las primeras grabaciones de Años y Yo no te pido (disco 3, 1978). Así, por mandato del talento y la afinidad, iba tomando consistencia en torno al protagonista de esta historia, el grupo que se completaría con el percusionista Frank Bejerano y adoptaría para siempre un sentido de equipo que, a mi modo de ver y desde la perspectiva que el justo y minucioso ordenamiento de esta colección hace posible ante una mirada atenta, se revela como piedra angular en el trazado exitoso de toda una descomunal entrega de vida y obra. Difícil resulta resumir en pocas palabras la contribución de Eduardo Ramos a la trayectoria discográfica de Pablo Milanés. Productor, director musical, orquestador y multi-instrumentista, buena parte de su historia, que abarca además su faceta como compositor (disco 33, 1994) puede ser el origen de una de las rutas para el trazado de una apreciación muy especial de este material. 


 

La presencia del pianista y arreglista Jorge Aragón trae al mundo de Pablo Milanés un clima que hace posible la expansión más plena de su sentido rítmico y su vocación por esa especial soltura que, a veces, presenta su canto ante nuestros oídos como si se tratara de una improvisación, como si un fragmento cuya letra y música de sobra pensados, pulidos y concebidos, estuviesen naciendo en el momento en que quedaron grabados. A tono con la atractiva y —por demás‒ definida estética de los ochenta, el joven incorporó a su equipaje como instrumentista y a su natural comprensión y gusto por el arte de este compositor e intérprete, un excelente dominio de los teclados. Cuando nos acercamos a la zona de su catálogo llevada al disco entre 1983 y 1987, percibimos un clima lleno de espacios por donde el ritmo se proyecta entrando y saliendo con toda libertad, donde una sensación de diálogo perfecto entre las partes vocal e instrumental ata y desata, lanza y retoma cada frase y su silencio, para deleite del entendido y júbilo del buen entendedor. Al igual que sucede con las ideas ya indelebles colocadas por Emiliano en Para vivir, las invenciones concebidas por Aragón para “Cuánto gané, cuánto perdí” (disco 11,1983),El breve espacio”, “Ya se va”, “Comienzo y final de una verde mañana” (disco 14, 1984) o “Ámame como soy” (disco 18, 1987), bastan para honrar su memoria. Más de una vez, en este recorrido, me he recreado en la audición atenta de esa primera versión grabada de “Comienzo y final de una verde mañana”, donde relucen con especial esplendor, en igual medida, el sentido rítmico y el nivel de improvisación de esos cuatro puntos cardinales que reconocemos en Pablo, Aragón, Eduardo y Bejerano. Más allá de los pasajes de conjunto y, sin traicionar su esencial equilibrio, Aragón despliega en ella, a manera de puentes instrumentales, dos solos que, a mi juicio, bastan para dejar un rastro claro de su aporte a la mejor música de su tiempo.

Buena parte de esta discografía recoge la labor de Pablo como hombre de cultura, desde su prodigiosa musicalidad que reúne en un solo ser al cantante, al compositor, al poeta y al intérprete capaz de amoldarse a cualquier estilo, a cualquier manifestación musical brotada no importa dónde, no importa cuándo. En una era donde hemos visto crecer posibilidades insólitas para la fijación y expansión de cualquier instancia sonora, el mundo tuvo que contar con él. Casi a partes iguales, figuran en esta historia de su tránsito por el disco, a partir de su presencia vocal como razón de ser e hilo conductor, el cuidado por la entrega de su incesante actividad como creador y su preocupación por hallar formas de rescate para aquellas manifestaciones del arte amenazadas por el olvido o la frustración.

No sería justo soslayar una faceta donde Pablo, el cantante, se acerca a diversas formas de nuestro cancionero tradicional. Mano a mano con algunos de sus más descollantes cultores y estudiosos (encabezados por los hermanos Guillermo y Alipio Rodríguez Rivera), concibe esta Serie que titula Años, donde pone a salvo de quedar como una presencia sólo conocida entre quienes frecuentaban algunos bares y restaurantes de la capital o en la desaparecida “Peña de Sirique” al tresero, guitarrista y cantante Luis Peña (el Albino), con quien se junta en una primera, contagiosa muestra del más añejo sabor (disco 05, 1979). Abundando en esta línea, la segunda muestra, igualmente rica y valiosa, incorpora a la aventura al guitarrista Octavio Sánchez (Cotán) (disco 16, 1986) y, en una tercera incursión, junto a Cotán y a los integrantes del muy querido dúo Los compadres, encabezados por Lorenzo Hierrezuelo,  tomaría la delantera en el empeño de proclamar al mundo el arte de uno de los integrantes de aquel dúo, el compositor, cantante e instrumentista Francisco Repilado, “compay Segundo” (disco 24, 1990).



 

Seis volúmenes de esta discografía están dedicados a garantizar una visión clara de esa veta de nuestro cancionero de tema amoroso cuyo primer capítulo de vida se proyecta entre 1940 y 1960, acuñada por sus cultivadores iniciales como feeling. En el transcurso de los años 40 y 50 fue brotando,  robusteciéndose y sembrándose en pequeños grupos, esta expresión donde, por igual, creadores e intérpretes que parten de instrumentos armónicos como el piano y la guitarra, insisten en mantener vivas las esencias de un arte que a fuerza de ser auténtico, no ha cesado de transmitirse de una en otra generación y expandirse adoptando infinidad de rostros, a tono con esa vocación de libertad que históricamente ha seducido o escandalizado a sus devotos o detractores. Me extiendo en este punto porque ya en 1963, a sus 20 años, (Pablito) Milanés se revelaba, sin saberlo, como una fuerza renovadora capaz de garantizar, de manera ejemplar, la continuidad de esta forma del cancionero cubano.

De sobra conocido resulta el punto de giro que la canción “Mis 22 años”, creada en 1965 representó en la historia del entonces novel autor e intérprete. Pieza única en la canción cubana de aquellos tiempos, una especie de credo o fe de vida donde, luego de la introducción en un perfecto estilo libre conectado con el feeling,  Pablo pone en órbita esa manera suya de llevar a la guitarra la cadencia suave de un son cubano que entra y sale de sus casillas si de armonía se trata, inmerso en un deje tan pegado a la tierra, a la atmósfera toda de nuestro ser, que en ella quienes ya desde entonces le mirábamos con buenos ojos, reconocimos un rescate mil veces bendecido, un punto de partida hacia muchos caminos que valía la pena recorrer. Más allá de sus insuperables canciones de los años anteriores, que resonaron en la noche habanera de casa en casa, de parque en parque, de bar en bar, aunque también de voz en voz, Mis 22 años se cantó y tarareó a la manera de un himno de bienvenida al joven autor e intérprete en nuestra vida musical de los sesenta, y se las arreglaría para seguir marcando el paso en los tiempos futuros, aunque sólo se registrase en Filin 1 (disco 07,1981). Este Volumen,  dedicado al rescate del feeling acrecienta su valor documental cuando empareja esa expresión  con la sonoridad de los tiempos que corren en el momento de su grabación, en virtud de la presencia en él de aquellos jóvenes músicos cultivadores del jazz,  capaces de concebir arreglos donde hacen gala de su poder de comprensión evidenciado en solos para piano o sintetizador, concebidos por Emiliano Salvador y, muy especialmente, en la relevante presencia de Eduardo Ramos como bajista y guitarrista; cuya histórica concepción para guitarra española en “Delirio”, de César Portillo de la Luz, no ha parado de asombrarme…

Un verdadero aporte, en esta labor de rescate que debemos a Pablo Milanés, se concentra en la sólida muestra presente en sus discos, del arte de guitarristas como Martín Rojas (discos 21 y 22,1990; 25 y 26,1991; 28,1992) en su doble papel de instrumentista y arreglista y ‒más recientemente‒ el joven Jesús Cruz (Jesusín), sobre quien recae la tarea de asumir la cada vez más significativa producción musical de Pablo, anterior a 1965 (disco 41, 2005) antes de dar por completada la Serie, con una muestra de primer orden que el propio Pablo se encarga de presentar; donde resplandece la obra de autores como Ela O’Farrill, Luis García o  Salvador Levy, representativa del repertorio de feeling  más gustado de los años sesenta (disco 45, 2008).

Cuando Pablo presta su voz para cantar las músicas de otro, reluce más su canto y, por eso mismo, tantos otros se han paseado de su mano por entre las curvas de sus melodías y los acertijos de sus frases. Una muestra de estas promisorias aventuras se ofrece desde sus conjunciones con la venezolana Lilia Vera (disco 08, 1981), el puertorriqueño Andy Montañez (disco 42, 2005), el español Víctor Manuel (disco 34. 1995) o, más recientemente, con los compositores cubanos Chucho Valdés (disco 44, 2007), José María Vitier (disco 49, 2014) y Raúl Torres (disco 46. 2008), sin dejar a un lado dos piezas invaluables como Querido Pablo (disco 15, 1985) y Pablo querido (disco 40, 2002), donde se evidencia esa constante práctica suya de acercarse al otro, que pone a prueba su capacidad sin límites de llegar hasta lo más hondo de una música, trátese de la época, el estilo, el ritmo, la cercanía o lejanía entre culturas que siempre, de su mano, acaban por demostrar hasta qué punto las cosas del alma son capaces de hermanarnos.



 

La relevante figura del arreglista puede desatar una atractiva aventura donde se darán la mano el placer de la audición y las sutilezas de la percepción. No es posible dejar de mencionar, en los primeros pasos de Pablo por el disco, a Rafael Somavilla o Tony Taño. Es justo referirnos a un músico de la talla artística y la capacidad de comprensión hacia la obra de este compositor como Ricardo Miralles, cuya presencia aquí, a partir de Yo me quedo (disco 10, 1982) es capaz de generar incontables jornadas de escucha y reflexión. Es en ese disco donde aparece, con rasgos definidos, la versión de “Yolanda” que continúa desatando nuestro aplauso de bienvenida desde el primer compás.

A partir de Proposiciones (disco 19, 1988) el tecladista y orquestador Miguel Núñez a quien muy pronto se sumarían Dagoberto González y un grupo de excelentes músicos, se encargaría de colorear, en buena medida, la entrega sonora de Pablo. Su particular estilo pianístico se hace reconocer en incontables ejemplos hasta llegar al disco donde se conmemora el medio siglo de vida de una canción que su autor reconoce, con justicia, como el nudo marcador de un antes y un después y se pone punto final a esta colección (disco 50, 2015).

Pocas encomiendas han resultado para mí tan riesgosas como el intento de resumir en palabras una carga donde se dan la mano la emoción y la conciencia, a partir del contacto con los componentes sonoros y documentales de este material. Nada más alejado de mis deseos que armar una guía o trazar para mis iguales un orden prestado, con el propósito de acceder a lo que rebasa los límites de una colección para mostrarse como un cuerpo vivo, listo para colmar las ganas de conocer buena parte de la vida musical cubana en el último tercio del siglo XX y los primeros tres lustros del siglo XXI. El tránsito de Pablo Milanés por el panorama musical de su tiempo, se revela con especial transparencia en esta caja de hilos que permite tejer y destejer infinidad de historias, desde la convicción de que no existen distancias para el espíritu.