Te amo, y yo, y yo tambiƩn: el Necio y el Gnomo en Regla

Cuando llegué al concierto, Silvio cantaba que al buen revolucionario solo lo mueve el amor. “Te lo dije —le escuché decir a uno—, que aquella tarima del otro parque era para la actividad cultural, y esta para la política”, y hasta a mí me dio gracia y me reí. Ya mis amigos habían llegado y móvil en mano los encontré. “Estamos alante-alante, fila tres, palco cuatro”, y la risa eufórica por el buen chiste. “Ya cantó “Roxana”, “Gaviota” y la de Violeta Parra, y los extranjeros están enardecidos. Empezó a las seis y dos minutos, increíble, y presentó a Varela como un invitado muuuuy especial, y aclaró que todos eran especiales, pero que este era muuuy especial”, me puso al tanto Dalgis.


Fotos: Jorge Ricardo y Estudios Ojalá


Yo les conté de mi guagua a medio camino porque a diez cuadras a la redonda ya no dejaban pasar vehículos, y que hasta una señora se había bajado refunfuñando con que “Este lo que vino fue a joder, ahora yo a pie hasta allá abajo”; y unos cincuentones se admiraban por la multitud y se respondían entre sí: “Bueno, es que Silvio sí hala gente, aquí debe estar El Vedado en pleno, porque la gente de los repartos no tiene cultura, y aquí no debe haber más de cinco reglanos, fíjate cómo estaba esa lancha…”. Entonces me callé para escuchar “La cosa”, una de sus últimas canciones, y creo que todos le prestaron la misma atención porque aplaudieron con un fervor tremendo al Viene la cosa que solo la sinceridad destroza.

El resto fue uno y varios conciertos a la vez. “Cómo bailé yo eso en el círculo infantil, con un aro”, recordó la muchachita de al lado a los primeros acordes de “Reparador de sueños”. Y mientras el cuorum trataba de seguirle el ritmo a los nuevos arreglos, alguien protestó y dijo: “Eso él lo hace para que uno no cante”, y otro contó de aquel concierto en el que había parado para regañar al público porque no sabían aplaudir, a lo que Dalgis comentó: “Por eso yo le dije a mis estudiantes que vinieran, para que vieran todo lo que no se hace en comunicación masiva y de todos modos funciona”. “Es que el tipo es un caballo”, respondió Jose, y seguimos tarareando “Mi casa ha sido tomada por las flores”, que empezaba con el Pasa poco, pero pasa, compadre.



 

Luego Silvio presentó a sus acompañantes y al trío Trovarroco, que “ha hecho muchos barrios conmigo, y a los invisibles imprescindibles”, como en cada concierto, “que son los que hacen que esto sea posible, pues vienen antes, ven los espacios, indagan dónde es mejor hacerlo”. Y una vez callado el aplauso dedicó, “de todo corazón”, “Mujeres” a la virgen de Regla. Muchos gritaron La silla, “Historia de las sillas”, cuando en medio de “Mujeres” tuvo que parar porque no oía al resto de los músicos; algo andaba mal con la referencia, y Jose dijo: “Es que ya no hace así”, y ahuecó la palma de la mano derecha en el oído, rememorando ese gesto muy característico del Silvio de los ochenta y luego, al “Vamos a empezar otra vez”, rompió el aplauso.

Pero el público quería la silla, “Historia de las sillas”, y tras la preciosa ejecución del tres en “Quién fuera”, volvieron a pedirla, y a alguien le oí: “No lo sofoquen, caballero, que a él no le gusta que lo sofoquen”, y no sé si él lo escuchó, pero dijo: “Ahhh, “Historia de las sillas”, deja ver si la tengo, pero si quieren, pueden subir y cantarla”. Nadia recordó a su profesor de psicología, que había escrito en la pizarra en la primera clase de primer año: “El que siga buen camino tendrá sillas, peligrosas, que lo inviten a parar”. Y alguien gritó —cuando vimos al productor acercarle la hoja de papel que imaginamos todos sería la letra de la tan aclamada— “Te amo”; en otro extremo, otro gritó: “Y yo”, y al otro lado, otro más dijo: “Y yo”, y nosotros gritamos: “Yo también”.

Nos encantó ver a uno que jamás habría pasado por silviómano cantándole al oído a aquella que debió haber acudido solo por complacerlo a él: en su cara de “botada” brillaba la evidencia de no haberle escuchado al Silvio más que las canciones de tribuna abierta. Aquel “asere”, con todo y el oro en sus dientes, le comía la oreja a la muchacha en un raro frenesí carnal que le proporcionaba “La era”, y hasta “El necio”, que le arrancó un “¡Qué luz la de este hombre, tú, con lo de “asumir al enemigo”!, al señor con gorra que luego gritó: “Óleo, Melancolía, Unicornio, lo que tú quieras”, poseído por otro tipo de frenesí menos lascivo, pero poseído igual.



 

Y en eso, “Ojalá”, a la cual la fabulación popular le colgó hace mucho una connotación política que no me canso de desmentir en todas las plazas posibles, contándole a cualquiera que esa es la canción de amor más hermosa que se haya escrito nunca, y que se la escribió Silvio a Emilia, mi profesora de literatura, camagüeyana como la Carmen de José Martí. Y entonces “La maza”, y el romántico de los dientes de oro gastándole la oreja a la impávida, que debió llegar a un grado de calidez comprometedora, —mira, Silvio, si todas tus canciones sirven para enamorar—, cuando antes del fin de los aplausos, sin esperar al muuuy especial Carlos Varela, desaparecieron del sitio.

Ya había transcurrido más de una hora cuando Víctor Casaus, como en cada uno de los 81 conciertos, vino a hacer la cortina que permite el paso de Silvio a sus invitados. El director del Centro Pablo contó de la donación de libros que aparejan con la música, saludó el 330 aniversario de la villa que nació con el nombre de Gaicanamar, voz aborigen que significa “frente al mar”, hoy Regla, también llamada por Fidel Castro “la Sierra chiquita”; reconoció a los conjuntos locales Los Latinos y Rumba Habana, y, a propósito de anunciar la próxima gira de Silvio por Puerto Rico para presentar su disco Amoríos, exigió la liberación de Ana Belén Montes, puertorriqueña que tras un servicio de 17 años a la seguridad cubana, lleva 16 años en una prisión norteamericana y en muy mal estado de salud.



 

Entonces Carlos, quien además del aplauso de bien-recibido propició el “Y ¿por qué este hombre siempre se viste de negro?” de una de las tres señoras que ya habían alcanzado la baranda de separación. “Es que está de luto por su madre, algunos dicen que por Cuba, como Martí”, respondió la de la derecha, a lo que la de más allá agregó: “A mí lo que me parece es un `jipango´” (despectivo de hippie, me imagino), desdén que alumbró la zafia conclusión de Nadia: “Y esto lo dice la mamá de Yomil el Danny”. Nuestra carcajada y el Lasi-gle-sias-hablan-dee-la-sal-va-ción… de “Como los peces”, de la cual el señor de la gorra solo repetía el Aunque tú me has echado en el abandono que categorizaba como “Eso sí es un clásico”.

“Pero este concierto está calentico calentico —dijo Dalgis—. Silvio con todo lo suyo y la otra nueva de “Qué feos se ven los cuadrados queriendo imponer su patrón”, y ahora Carlos con “Lucas y Lucía”. Y la gente gritaba “El leñador”, ante lo cual Ileana recordó un concierto en el Latino en el que sí cantó “Leñador sin bosque” y en el que había caído tremendo palo de agua justo detrás del escúchame, madre, yo te pido que antes de que sea tarde comience a llover. Y la señora de al lado grita “Redondo, redondo”, cuando el Gnomo anuncia “Siete”, segundos antes de ser interrumpido por el aviso de la pérdida de una niña de tres añitos que luego apareció.  

“Muros y puertas” reventando la voz de los que repetíamos y la libertad solo existe cuando no es de nadie. Y Varela con “sú-bé-mé-le-gui-ta-rraaa”, en ese registro tan suyo, porque el audio estaba infame, y el “¿dón-de-es-tán-las-nu-bes-de-Reeeeegla?”, y “Foto de familia”, que suscitó más de una emoción difícil, y el que aquella muchacha, con el teléfono al oído, gritara sin que casi se le entendiera por la voz cortada: “Mami, oye a Varela cantando “Foto de famila”, ¿te acuerdas?, los quiero, mami, chao chao, que era solo para eso, pero los quiero”. Y “Telón de fondo”, “dedicada a mi generación, y a los fans de Betty Boop”, dijo Varela y dejó en manos de Aldo López-Gavilán un solo de piano hermosísimo.

No faltó un toque de folclor que hizo moverse a muchos como se esperaba, fueran de Regla o de El Vedado, como quería demostrar la señora salida de la lancha. Y luego el Pero Dios sigue siendo tu anzuelo colgando del cielo, y un niñito de como ocho años abrazado por su madre desde atrás, cantando a voz en cuello, y se la sabía completa, y se sacudía el pullover con la foto de los Rolling Stones como si fuera una bandera o un pañuelo, y volvía la cabeza a su madre de vez en cuando para cantar juntos mirándose a los ojos y apretando los puños como para que le alcanzara la voz.



 

Entonces “Como un ángel” para la despedida, con el coro de todos y el pinchito en el alma que provocan los basados en una historia real. Y la reconciliación de una parejita que había amarrado el rostro ante el “Es que Carlos Varela me lleva a un momento de mi vida inigualable”, del muchacho, y el “Lo siento”, de la muchacha, y el silencio largo que se rompió luego en el acompañamiento de la tenían encerrada en su habitación, y el beso que ya se daban mientas Carlos iba presentando a sus músicos en su tono “Varela”: “Al-do-Ló-pez-Ga-vi-láaaan”, para luego, como en el concierto homenaje a Santi, pedir una luz, la de los móviles, la de las fosforeras, la que fuera, una luz para la virgen de Regla. Y pedía “más, más, la virgen pide más”, y luego “A remar, a remar a remar, que la virgen de Regla nos acompaña”.

“Pero tenían que haber cantado juntos”, dijo Ileana en tono de desilusión. “Te amo”, soltó Dalgis, encogiéndose de hombros; Y yo, dije; Y yo, dijo Jose; “Y yo”, dijo Nadia; “Y yo también”, dijo el señor de la gorra, que salía, como nosotros, atropellado, de entre la multitud.