Tanya

Tanya montó una tienda en las habitaciones del primer piso de su apartamento. Todas estas tardes he venido a ayudarla; juntos acomodamos estantes, escogemos los colores de las paredes ―marfil y pastel― y fantaseamos con éxitos y ganancias. Los vecinos, a la expectativa, rondan como polillas a las bibliotecas y husmean a través de los cristales. Preguntan por lo que se venderá ―ropas y zapatos―, opinan sobre las ventanas ―deberían poner rejas― y vuelven a sus balcones grises para seguir cuchicheando acerca de la pelirroja que ha venido a quitar la tranquilidad del edificio. Cuando le cuento, Tanya sonríe, no te preocupes, todos los papeles están en orden, no pueden hacer nada, vamos a acomodar la ropa en las estanterías, mira ahí están las cajas.

Hoy acomodamos los jeans y las camisas ―genial, has ido degradando los colores― a medida que anochece. Encendemos las lámparas. Adoro el fulgor que las luces frías dan a sus cabellos, su manera de ladear la cabeza hacia los costados cuando escucha y lo bien que me trata. No es como los demás de este edificio que me llaman retrasado, Dumbo, mequetrefe y solo sonríen si necesitan algún favor.

―Apenas terminemos pongo a hacer té, por ahí quedan algunos bizcochos de los que hice ayer. ¿Tienes hambre?

―Un poco.

―Corre, abre la puerta, alguien toca. ¿Quién será tan tarde?

Doy un par de saltos, abro y aparece una mujer pelirroja como Tanya, lleva un traje de hombre que no disimula sus curvas y a su lado hay un señor vestido de azul.

―Buenas noches, lindo, ¿está Tanya? ―dice con una sonrisa mientras saca un revólver plateado, de esos que salen en las películas de gánsteres y me apunta a la barriga.

Me quedo boquiabierto ―el que me viese ahora sí pensaría que soy tonto― y escucho a Tanya gritar cierra la puerta, no dejes que entren.

Forcejeo con la pelirroja sin importarme el arma, tiramos algunos estantes abajo, trato de sacarla pero el tipo azulado me suelta un puñetazo en la nariz que me tira al piso. Escucho a Tanya gritarles que me dejen, no tiene nada que ver, déjenlo salir, nos arreglamos entre los tres.

―Dale, lindo, muévete ―dice la pelirroja acomodándose la camisa.

―No, me quiero quedar.

―Vete, por favor, no le cuentes a nadie ―dice Tanya llorando.

Salgo, en algunos apartamentos han prendido las luces, puedo ver las siluetas de los vecinos. Corro hasta el teléfono público y marco el número de la policía, les cuento todo, doy la dirección y enrumbo hacia mi casa sorbiéndome los mocos. Al llegar a mi edificio siento el ruido constante de las sirenas.      

 

Abro los ojos, miro el reloj, once de la mañana. He dormido más de lo normal, mi padre debe haber puesto algo en la infusión que me dio para que me calmara. Me visto, desayuno y salgo corriendo para el edificio de Tanya. Me topo a uno de los vecinos que estaba asomado anoche, lo reconozco por sus espejuelos y esa calva que da a su cabeza el aspecto de algo estéril.

―Por fin, ¿qué pasó anoche? ―pregunto.

―¿Anoche?

―Sí cuando llegó la policía, en la tienda de Tanya.

―¿Tanya? No sé de qué me hablas, vete, que estás molestando.

Después dicen que soy anormal, si lo vi clarito en su balcón anoche, esa calva es imposible no reconocerla, deja apurarme.

Frente a la tienda hay una multitud que se mueve de un lado al otro como una bandada de gaviotas. Pregunto qué pasa y me dicen que una pelirroja ha abierto una tienda de ropas. El estómago me da brincos, estoy muy contento de que la policía haya ayudado a mi amiga. Me abro paso hasta la puerta, me asomo por los cristales y veo la cabellera roja de espaldas al mostrador; todo está como si ayer no hubiera pasado nada. Entro, me acerco sin que se dé cuenta, hola, le digo y la toco por el hombro. Se vira y sonríe.

―Hola, lindo, ¿en qué puedo ayudarte?

 

Especial para La Jiribilla.

FICHA
Julian Marcel Baldemira Celorrio: Narrador, traductor, artista visual, ilustrador y profesor. Nació en Puerto Padre, Las Tunas, en 1989. Labora en la Universidad de las Artes, ISA. Egresado del Centro Onelio. Miembro de la AHS. En este año, obtuvo el XVII Premio Celestino de Cuento con su libro Nubes oscuras alrededor de la cabeza, al que pertenece el cuento que hoy ofrecemos.