Tanto Welcome en Cuba o nos estamos comiendo los unos a los otros

Tengo que contarlo con vergüenza: yo tampoco le di el asiento al señor mayor. Iba con migraña y a punto de vomitar, sin haber podido medicarme desde las cuatro de la tarde en que me empezó el aura y tuve que seguir trabajando hasta las ocho porque estoy en cierre de revista. Lo más cercano a la solidaridad que hice fue ofrecerle llevarle su bolsita de nailon que ni siquiera pesaba, “Pero me hace un favor, mija, mire cómo está esto”, dijo y se entregó a los malabares de tratar de aguantarse de alguien, porque ya le faltaban los tubos al P15 y no podía acomodarse de otro modo.

“Y pensar que uno tiene que venir mañana a trabajar”, ya había dicho la señora al lado mío que esperaba desde las seis y media en la parada, “Con cambio de horario y todo y ya se ha hecho de noche, y el cabrón P15 no acaba de llegar, ellos doblan ahí mismo en el Parque de la Fraternidad, a veces, los he visto yo”, siguió diciendo, y yo con mi punzada en el ojo igual pensé que estaba exagerando, porque al cubano le gusta exagerar.

“No, no, y ¿qué me dice usted de la parada del Quijote?, ya la gente viene directo para esta porque nunca pasa por ahí, se desvía aquí mismo y se salta esa parada”, dijo otro hombre que fumaba muy cerca de nosotras, y allí sí tuve que darle la razón, porque lo he visto yo misma, y no solo cuando el P15 ha estado abarrotado y no cabe un alma más, sino cuando ha pasado alguno un rato antes y esta va casi vacía y baja por G hasta 17 y dobla para ir corriendo hasta Carlos III para adelantársele al otro, o más cordialmente para parar en las paradas que no paró el otro para dejarle la lucha al compañero.

La lucha consiste en hacer público, en llenar bien a tope el vehículo, porque ahora que los choferes son los gestores de sus propios dineros y se ocupan de mantener los carros en buen estado, son los dueños y hay que hacer el pan, y a veces creo que quieren hacer todo el pan en una sola vuelta, como anoche, que después de tres horas apareció el flamante y la gente ya gritaba “La cola, cojan la cola, porque yo llevo tres horas aquí y no se me cuela nadie”.

El muchacho detrás del que marqué me sugirió que hablara con el chofer a ver si me dejaba subir antes, en la parada que hace para subir a los empleados y a los casos sociales, se me notaba mucho que andaba muy mal y algún gesto de terror tuve que hacer para que la señora al lado mío dijera “Sí mija, vaya, si total, mira a aquellos manganzones subiendo y cogiendo asientos, y a usted se le ve que está enferma”. Fui hasta allí y delante de mí una mano joven y fuerte extendió cinco pesos al chofer y entró a escoger su asiento, yo hablé de mi migraña y el chofer hizo el gesto de cabeza que indicaba “ve pa´lla trá” y me senté al lado de las manos jóvenes que ponían audífonos a los oídos.

También cogí la maleta de “Esto es lo que toca”. “El cubano es lo más bajo de la cadena, la peor raza, esto es lo que nos merecemos”. Y recordé a la señora que saliendo de la Fiscalía de F y 19 negaba con la cabeza mientras repetía roja en su cólera: “Terrorismo ni terrorismo. Terrorismo es esto que vivimos cada día los cubanos, porque nos estamos comiendo vivos los unos a los otros, y nunca pasa lo que tiene que pasar”.

Entonces el borracho que se sentó en el suelo armando un caos entre los que ni en firme cabían, empezó a cantar “Ya lo pasado, pasado, no me interesa”. Y me miró a los ojos y me extendió la mano pidiéndome un pago por su música. Los muchachones comenzaron a burlarse de él y hasta hubo alguno que le dio un empujón con el pie tratando de hacerse espacio. Yo saqué un peso de mi cartera y se lo di al mulatico de al frente para que se lo alcanzara, y de mano en mano le llegó y lo miró con desdén, lo lanzó al techo de la guagua, y al tiempo de los “Oye, oye, ¿qué es eso?” de a quien le cayó la moneda en la cabeza, me gritó que qué me pensaba, “¡Qué miserable eres!”.

“No es fácil, mijita”, me dijo el señor mayor al que no le di el asiento. “De madre”, se solidarizó uno de los muchachones. Y el borracho gritó “¡Esto es Cubita la bella, pa´ comer y pa´ llevar!”, “Sobre todo pa´ llevar”, pensé yo en mi cavilación de mitad de la cabeza ardida en la migraña, y recordé el espectáculo que sirvió de opening al Festival de Teatro de La Habana, y a Susana Pous diciendo luego lo mucho que se había quedado admirada de que sus bailarines no supieran responder a la pregunta de por qué tanto Welcome en La Habana, tanta apertura al otro, tanta necesidad de posar para ser remunerados con algo.

Así es la mente humana, se pierde en ciertas cosas. Pero llegué a la casa y me tomé mis pastillas, me di un baño y me acosté a dormir.

 La belleza de Cuba es innegable, la de su gente debe serla igualmente
 

Me despertó en el teléfono un mensaje de una amiga que a su vez tenía unos amigos extranjeros que querían conocer Cuba y necesitaba saber si yo les podría hacer el city tour. “¿Dime para cuándo?”, le respondí, y ajusté mis tiempos de edición y puse mi mejor sonrisa mientras decía en un inglés sin demasiada vergüenza Welcome to Havana, nice to meet you. Con la propina que gané me di el lujo de pagarme un almendrón hasta mi trabajo, el reproductor de música cantaba el “Despacito, suave suavecito, nos vamos pegando poquito a poquito” que tanto furor ha conseguido, y hasta me cogí medio que bailando. Cogimos por Malecón y el mar estaba precioso, recordé el “La Habana le abrió sus piernas…” de Carlos Varela, pero no tenía ganas de filosofar y me dejé llevar por el ritmo pegajoso que luego siguió en su versión en francés. Llegué a mi trabajo y, antes de poner una coma o eliminar un complemento en la revista, tuve que sentarme a escribir, y ni siquiera sé bien sobre qué trata este texto.