Superbandaclown: una mirada otra al arte de los payasos

No conocí el trabajo de Teatro Tuyo hasta hace dos años, cuando vi por vez primera Gris en el pasado Festival Nacional de Teatro de Camagüey. Y eso bastó. Las rojas narices de los Tuyos borraron de un plumazo —como dicen los grandes— mis caóticos recuerdos de los payasos de fiestas infantiles, con sus gags regurgitados y sus bromas fastidiosas. Aquella obra, y las otras que viera a lo largo de estos dos años, en especie de caprichosa precuela clownesca, fueron colocando el arte del payaso —o clown— en un espacio de devoción reservado para grandes actores. En ellos estaba encarnada una técnica actoral compleja de difíciles matices, que nada tenía que ver con el trabajo vodevilesco que yo había experimentado durante mi infancia.

Una vez más llegó a Camagüey la tropa liderada por Ernesto Parra. Esta vez con Superbandaclown, el espectáculo estrenado en marzo de este año, que ha tenido ya los lauros del Festival Nacional del Humor donde mereciera el Gran Premio Aquelarre 2016, entre otras distinciones que también otorga la cita.


Foto: Sonia Almaguer

 

Superbandaclown pertenece a ese tipo de obras que, como espectadora, no quiero “entender”. Con esta puesta en escena me dejo llevar por las sensaciones y emociones que sus protagonistas pulsan dentro de mí. Y es gratificante el resultado, tanto por lo que experimento como público o como alguien que ha visto en su vida bastante teatro.

La puesta en escena hace equivalentes tanto la cultura europea como la isleña, encontrando en la música un elemento que, como lenguaje mundial, aúna, equilibra y valoriza lo esencialmente humano, sin importar su procedencia ni su nivel de validación como elemento cultural.Con la sencillez —que no simpleza— característica de las obras de Teatro Tuyo, comienza esta fábula que gira en torno a la música. Los protagonistas, artistas de una pequeña orquesta de cámara, esperan en la primera escena la llegada del Gran Maestro que ha de conducirlos en la interpretación de la Oda a la Alegría. Sin embargo, una carta llegará anunciando que el maestro ha muerto, hecho que catapultará a cada uno de estos músicos hacia la empresa de llevar a cabo la interpretación de la pieza de Beethoven desde su propio conocimiento musical.

Se sucederán entonces divertidas escenas donde cada uno de los músicos obliga a sus colegas a seguirles en la interpretación de clásicos de la música cubana: Ritmo Pilón, Lágrimas Negras, Chan Chan… De esta manera, la puesta en escena hace equivalentes tanto la cultura europea como la isleña, encontrando en la música un elemento que, como lenguaje mundial, aúna, equilibra y valoriza lo esencialmente humano, sin importar su procedencia ni su nivel de validación como elemento cultural.


Foto: Abel Carmenate

 

Los recursos dramáticos utilizados durante la puesta varían, previniendo la perdida atención de la audiencia, y el desgaste del esquema en sí mismo. Por momentos será el trompeta quien guíe la conga, el cantante hará una interpretación silente de Lágrimas Negras con montuno incluido —quizá uno de los momentos más logrados—, donde el “pa´l piso” será interpretado por el grupo al pie de la letra; y aquella grabadora, como un músico más, aprenderá e imitará sonidos.

Otro de los aciertos de la puesta es la caracterización de los payasos, quienes trabajados en su individualidad logran una amplia gama de comportamientos. Hay en la tropa payasos de energía suave y movimientos dubitativos como Belo, otros de energía marcial como la payasita Chela, o la soprano, interpretada por Aixa Prol, quien resulta una payasa seria y a la vez temida por todos. Este elemento de caracterización se convierte en uno de los pilares fundamentales del trabajo de los actores de Teatro Tuyo; sus clowns pueden ser definidos como personajes en toda la extensión de la palabra, cuyo comportamiento errático provoca las peripecias de la obra.

A pesar del predominio del color blanco —trajes de gala, parrillas de refrigerador convertidas en atriles— contra el telón de fondo negro que resulta una especie de pantalla, los colores se convierten en los portagonistas absolutos de la escena. La diversidad cromática se halla presente en la partitura que define a cada personaje, por ejemplo. También se encuentra en la escena final, donde tras unificar las voces a la vez que los colores de las diferentes partituras, se crea una eclosión sensorial y la Oda a la Alegría se mixtura en conga y el regocijo llena nuestros pechos, adaptado a un esquema musical muy cubano y también jubiloso.


Foto: Abel Carmenate

 

La composición escénica redunda en cuadros muy claros, efectivos, incluso muy cinematográficos, sobre todo las escenas finales donde la obra alcanza su clímax. Ernesto Parra ha bebido de las películas silentes para conformar la escena de la pelea, donde las partituras vuelan de un lado a otro del escenario como en aquella mítica “pelea de la tarta”, y los personajes terminan pateando las piernas de todos los otros a su alrededor, provocando un entretenido caos.

Como si contempláramos un jardín japonés, esta Superbandaclown de Teatro Tuyo parece ingenua cuando la técnica ha sido ocultada, y la mano del hombre, del artista, no deja su huella tras esa emoción aparentemente espontánea que provoca en los espectadores. Sin embargo, se trata de una pieza de inteligente factura que habla de la comunión entre los hombres, cuyo sentido final desborda al individuo, haciendo un llamado a la hermandad como único camino posible hacia el éxito.