“Son unos hachepés. ¡pero son nuestros hachepés!”

Aquel ser, poseedor de una esplendorosa lengua corrosiva, capaz de soltar chisguetes de ácido de acumulador, lo dijo: “Son… ¡el Ministerio de Colonias Yanqui!”.

La Organización de Estados Americanos (OEA) surgió nadando en un nauseabundo caldo de cultivo: la Guerra Fría. Se funda, no por casualidad, en Bogotá, cuando transcurría 1948. Es decir, en la Colombia del tiranuelo Gustavo Rojas Pinilla.

Siempre esa entidad mantuvo idílicas relaciones con los déspotas de “nuestras sufridas repúblicas”.


Foto: Internet


Tacho Somoza ensangrentó a Nicaragua. Fue el hombre al cual no le tembló ni un músculo al dar la orden de que un jovencito opositor fuese lanzado, desde un helicóptero, en el hirviente cráter de un volcán. (Recordar el verso que Ernesto Cardenal, refiriéndose al hecho, le dirige a Dios: “Señor, ¡yo te juro que no tuve nada que ver con eso!”). Ah, pero aquel asesino de su pueblo —y agresor de Costa Rica— no tuvo ni el más leve roce con la OEA.  

Papa Doc François Duvalier gobernó a Haití a golpe de ejecuciones masivas. Al parecer, los poderes ejecutivo, legislativo y judicial los ejercían los 40 mil tontons macoutes, sangriento cuerpo paramilitar creado por Duvalier. Pero nada de esto se reflejó en una actitud condenatoria de la organización regional.

Alfredo Stroessner era un militarote capaz de albergar muy tiernos sentimientos. En primer lugar, protector en Paraguay de nazis fugitivos. Y tenía sus caprichos. Por ejemplo, arrestó a un pedagogo, bajo cargos de terrorista, por haber publicado un tratado sobre educación. Mientras lo torturaban, llamaron telefónicamente a la mujer, para que escuchase sus quejas de dolor insufrible. En el transcurso de la comunicación ella murió de un infarto cardíaco. No obstante, la OEA no le dedicó al tirano ni una ligera reprimenda.

Sin ir más lejos. Aquí, en los lóbregos sótanos de las estaciones policiales batistianas, se sacaban uñas y ojos y se tronchaban testículos. Pero aquel a quien sus guatacas —entiéndase aduladores— llamaban El Hombre, El Indio, El Mulato Lindo de Banes, jamás recibió ni un leve cocotacito de la OEA. Y los amos norteños le estuvieron suministrando armamento casi hasta el final de su feroz mandato.

Claro, los de la OEA estaban inspirados por unas palabras de quien consideraron campeón de la superdemocracia. Franklin Delano Roosevelt dijo, con respecto a los sangrientos dictadorcillos de Nuestra América: “Sí, son unos hachepés. ¡Pero son nuestros hachepés!”.


Caricatura tomada de Internet


No terminan en eso los pecadillos de la organización panamericana. Ahí está el caso de Guatemala, en 1954. El presidente Jacobo Arbenz había osado intervenir, a favor de los muertos de hambre, 96 mil hectáreas de tierras ociosas de la United Fruit Company. Inmediatamente se formó una coalición: la torva Mamita Yunái, el Ejecutivo USA, el Pentágono y la CIA, quienes montaron la Operación PBFORTUNE. Entrenaron desde los quintacolumnistas que iban a volar puentes y comunicaciones, hasta a los 400 invasores. Comenzó también la operación WASHTUB, que era un plan para situar un falso depósito de armas soviéticas y demostrar que Guatemala tenía nexos con Moscú. Los invasores contaron el apoyo de la US Navy, para bloquear marítimamente, y de la US Air Force, con el fin de bombardear los puntos neurálgicos del gobierno. Así se frustró la Reforma Agraria. Claro, la frutera Mamita, contenta. Y la OEA, batiendo palmas. (Once años después, el hecho, con variantes, se repetiría. Sobre República Dominica avanzan 41 buques y 42 mil paracaidistas y marines. Logran derrotar a las fuerzas populares. Y, quienes ustedes saben… ¿qué hacen? Pues aplaudir, según era de esperar. Detrás quedan 3 500 civiles dominicanos muertos).

Mi país, cotidianamente, nos regala amaneceres hermosos. Pero ninguno como cierta alborada de enero.

Desde entonces, extrayéndolo de El Génesis, tuvimos el propósito de reinventar el Paraíso Terrenal en nuestros predios. En Isla de Pinos. En Guardalavaca. En Cacarajícara. En las montañas de la Maestra, donde, según el decir del capitán-geógrafo Antonio Núñez Jiménez, “hasta el aire es verde”.

Coño, le dimos la tierra al que la trabaja, para que alimentase dignamente a su prole. No soportamos que un millón de nuestros compatriotas fueran iletrados, y partimos los brigadistas “por llanos y montañas” para llevar “la luz de la verdad”, según dice el himno de Saborit. Barrimos al desempleo. No hubo más guajiritos con el vientre convexo por las ascarides lumbricoides que les iban arrebatando la vida.

Era de esperar la respuesta de los cipayos, de los execrables lamebotas. El 31 de enero de 1962 Cuba es expulsada de la OEA, según la Resolución VI, aprobada en Punta del Este, Uruguay.

Hoy, le declaran guerra sin cuartel al bolivariano gobierno de Venezuela.

Yo lo repito: era de esperar.

Y el asunto me hace trae a la memoria una frase del escritor irlandés Oscar Wilde: “El único encanto del pasado consiste en que es el pasado”.

Ah, pero la OEA ha sido materia excrementicia, ayer y hoy. Nunca la infamia pasará a su pasado. Es coherentemente estercoliza.

Como dice mi pueblo: “¿Qué tú esperabas? ¿El vuelto?”.