Social, sus Damas, mi álbum de apuntes

Cuando Nancy Alonso, a través de su exhaustiva investigación de los archivos de Emilio Roig de Leuchsenring, se encontró con la revista Social de junio de 1919, dedicada por completo a las mujeres, tuvo esa fortuna que tantos investigadores añoran: dar con la joya secreta, escondida bajo los pliegos del tiempo.

El hallazgo tenía muchas aristas. Para ella en principio fue constatar una vez más lo que ya se dejaba ver en el enorme cúmulo de correspondencia de Emilio Roig, es decir, que no solo el chiqueo del nombre «Emilito» se debía al afecto, sino también, y mucho, a la extendida admiración por su carácter, humanidad y sentido de la justicia, entre los colegas de su época. En efecto, en cuanto a lo que nos concierne, no es muy frecuente encontrar caballeros que sepan defender, sin paternalismos ni subestimaciones frívolas, la labor de las mujeres intelectuales cubanas.

En segundo lugar, y no menor, conocer de primera mano, a través de ese número monográfico de la revista Social, la intensidad, facundia y belleza de la labor de las mujeres cubanas en las primeras décadas del siglo xx. Junto a ello, la gallardía estética de la revista, el humor y la simpatía que traslucen sus páginas, la posibilidad de relacionarse con otros ángulos de poetisas, narradoras, artistas y, como perla del broche, el hecho de descubrir un eslabón perdido en la secuencia del reconocimiento a la labor desarrollada por las mujeres en el ámbito de la cultura.

La cubierta de ese número de la revista ya es, de por sí, una maravilla: como una estampa graciosamente costumbrista, a la puerta de una casa de dos plantas llega un petimetre con un ramo de flores que se queda entre molesto y sorprendido ante el letrero sobre la puerta que advierte que la entrada es «Solo para señoras»; entretanto, a las ventanas superiores, las privilegiadas para la familia de posición, se asoman una jovencita y su perro, una anciana con su consuetudinario gato y una cotorra, en tanto desde un vano de la planta baja, una morena rubicunda se aprovecha del desconcierto del visitante para tomar una flor de su ramo[1] Y con tal cartel de «Solo para señoras» se daba anuncio y graciosa conceptualización del contenido que vendría a continuación del número dedicado por entero a las creadoras cubanas.

Cuando salió este ejemplar, ya Social tenía un sitio asegurado en el gusto de los lectores y en la futura periodización de la prensa habanera y nacional. Fue la expresión de la vanguardia intelectual y el órgano del Grupo Minorista. Aunque su fundador y director, Conrado Walter Massaguer, inició Social como una publicación de entretenimiento, tuvo el tino de aceptar que fuera más allá de una mera referencia de eventos de «sociedad» y para ello se agenció la presencia que le daría el respaldo culto al diseño y a los contenidos con la asociación de Emilio Roig hasta llegar a convertirse en su Director literario.

La revista en sus inicios contó con tres mil ejemplares, de salida mensual y costaba entre treinta y cuarenta centavos, lo cual, en aquel entonces, no resultaba ni mucho menos una publicación barata. El refinamiento que había alcanzado en Cuba el oficio de las impresiones, una faena con alta tradición, permitía desde sus comienzos la calidad visual de la revista, un objeto no solo para leer, sino para ojear y hojear con deleite.

Era, en efecto, una edición lujosa, pero con sustancia, y si bien estaba dirigida a una minoría con recursos, su existencia cabe reconocerla como un hito en el desarrollo de la cultura cubana. La adquiría, claro está, aquel sector que, de manera muy gráfica, se catalogaba como «high life», mas también el mundillo intelectual cubano, y ahora, gracias al empeño de Massaguer, Roig y sus colaboradores queda en los archivos una muestra de la vida cubana en las primeras décadas del siglo, con tanta prestancia como cualquier editorial de los señoríos parisinos o neoyorquinos.

Así llegó a asentarse Social como un compendio entre el intelectualismo cultural humanista y la crónica social, entre la hondura de sus textos de peso y el savoir vivre chic, entre los roles tradicionales femeninos y la emancipación de la mujer, entre la invasión de la naciente publicidad y el arte creativo del ingenio.

Gracias al empeño de Massaguer, Roig y sus colaboradores queda en los archivos una muestra de la vida cubana en las primeras décadas del siglo, con tanta prestancia como cualquier editorial de los señoríos parisinos o neoyorquinos.

Cabe anotar que en los tiempos en que se comienza a publicar Social, el art déco, exportado de las dichas grandes metrópolis, París y New York, «hacía su agosto» (tal solían decir los anuncios) como deslumbrante «arte nuevo» o «moderno», en todas las esferas de la vida social y del glamour habanero. Mucha información novedosa del impulso decorativo en boga llegaba a Social y a sus lectores, entre otras, de la corresponsalía nada menos que de Alejo Carpentier, quien firmaba sus colaboraciones acerca de las modas bajo el femenino seudónimo de Jaqueline (¡para toda una tesis de género daría el análisis de por qué el célebre escritor escogería para su crónicas un apelativo mujeril!).

Pero ya desde sus comienzos la tónica del diseño había sido implantada por su director, diseñador, caricaturista y patrocinador cultural de primera, Conrado W. Massaguer, fundador, como se ha dicho, de la publicación y miembro del Grupo Minorista, vanguardia intelectual y política. Y el art déco que marcaría estos años de entreguerras se adueñó del estilo de la revista. Este cosmopolita movimiento que, como ningún otro, penetraría en la manera de vestir, de peinarse, de amueblar el hogar, de la publicidad, sobre todo de la arquitectura (como bien todavía puede reconocerse en soberbios edificios habaneros), era el resultado de una amalgama de tendencias, gustos, descubrimientos que, con la llegada del nuevo siglo, copaban las galerías de exhibición y los salones de la vida cotidiana.

Ya se sabe, las pasarelas dan la tendencia, pero no caminan sus modelos por la calle de todos los días. Uno se pregunta cómo podían resistirse en los veranos caribeños tantos perifollos.

Entre las secciones de la revista dedicadas a temas de la mujer, además de «Modas femeninas», está la de «Cultura física» redactada por Marisabel Sáenz y cabe mencionar también el texto dirigido a «Cómo educar a los niños. Algunos preceptos de educación», firmado por una llamada Madame de Fetiché. Del sector habitual de «Higiene y belleza femeninas», de frecuencia sostenida bajo el seudónimo de Casilda, puede tomarse en cuenta esta recomendación: «Hay que evitar los trajes apretados, los perfumes fuertes que debilitan las carnes, el excesivo calor y la humedad, con un guante de crin deben friccionarse a diario el nacimiento del cuello y la proximidad de los hombros».

Y, como una sección destacada, aquella dedicada a las escritoras cubanas bajo la rúbrica de Emilio Roig, quien con el titular de «Poetisas cubanas» consagró mensualmente un texto durante todo el año 1919 a poetisas fallecidas.

Terminado ese año, el siguiente continuó Roig su noble sección con las escritoras que comenzaban a publicar sus primeros textos poéticos, añadiendo a la crítica literaria un tono de reportaje con una entrevista a la poetisa en cuestión. Labor encomiable que aspiró a sistematizar el conocimiento de la escritura de las mujeres y abrirles un espacio en una de las revistas más leídas de aquellos tiempos, espíritu generoso de Emilio Roig que no tendría epígonos entre los intelectuales cubanos de décadas posteriores.

Integran el cuerpo de Social secciones fijas para el buen ver y el confort, la educación y la salud; poemas, narraciones, textos sobre arte, reportajes; noticias de la sociedad cubana y del mundo; presentaciones de visitantes; variada y amena lectura ilustrada con sabiduría, enmarcados sus textos y fotos en elegante diseño art déco.

El estilo art déco llegaba como una amalgama del cubismo, del llamado «fauvismo» (término que proviene de una peculiar muestra que hizo exclamar a un crítico que aquello parecía «Donatello entre las Fieras»), del art nouveau de Mucha y de las artes decorativas europeas, del movimiento del Bauhaus y su propensión a lo utilitario, de la novedad de las culturas entonces periféricas, como la africana y las prehispánicas, sin abandonar los abalorios del Oriente. Atrás parecerían quedar las sensuales curvas del art nouveau y en su lugar se enseñoreaban unas ríspidas rectilíneas. Pero a cambio entraba la voluptuosidad de unas imágenes mundanas que andaban tras el detalle sensitivo y la provocación erótica.

Integran el cuerpo de Social secciones fijas para el buen ver y el confort, la educación y la salud; poemas, narraciones, textos sobre arte, reportajes; noticias de la sociedad cubana y del mundo; presentaciones de visitantes; variada y amena lectura ilustrada con sabiduría, enmarcados sus textos y fotos en elegante diseño art déco.

En Social, el art déco tuvo su magnífico representante, no solo en la representación de la moda (tanto femenina como masculina), en la promoción de los carteles cinematográficos, en la gráfica de la decoración interior, en la selección de las ilustraciones a los textos, en las cubiertas, en las caricaturas, en las tiras cómicas, sino, de manera muy original, en la imaginativa muestra de los anuncios.

Como bien dice uno de sus propios lemas, «Ser elegante no cuesta más que ser cursi», la publicidad de la revista Social se realizaba con arte, delicadeza y humor: en uno de sus números, con un pícaro dedo que se inclinaba hacia las partes sureñas del cuerpo, una joven aludía a un medicamento para solucionar la presencia de ácido úrico en el organismo [2] en otro para promover la leche de magnesia se utiliza nada menos que el suplicio de Tántalo, el infeliz que, castigado por los dioses, no podía satisfacer su apetito aunque tuviese muy cerca ricos condumios [3] en aquel dos señoras ironizan sobre sí mismas para pregonar sobre la famosa tienda por departamentos El Encanto; y con un encantador desnudo, y el slogan de «La verdad se impone», se da a conocer un producto contra la caspa, todos fraguados con fina línea, buen gusto, humor e intención culta.

En sus páginas, personajes de la época se acuñaron en algunos de sus caracteres como los deportistas en trusas; el petimetre; la modernísima garçonne de pelo corto y sofisticada; la flapper como la provocadora de shorts y cabellera flamígera; hombres y mujeres sofisticados, jóvenes liberadas, mujeres art déco surgidas al principio del siglo xx. Entre ellos algunos aportes como las llamadas por su autor con jocosidad, las «Massa-Girls».

De esta manera, los principales ilustradores de la época encontraron abierto un portón grande con Social, entre ellos Jaime Valls y Mario Carreño (que firmaba a veces Karreño), teniendo como aguerrido capitán a Massaguer. Juntos asentaron una visualidad periodística de excepción.

No quiero dejar de mencionar que si bien, siguiendo la propensión sexista, otras publicaciones de la época se ensañaban con las feministas con caricaturas muy desagradables y con burlas sangrientas, ese machismo rampante no tuvo cabida en Social. Aunque Massaguer, elegante humorista que sabía atrapar las señales de su tiempo, se permitió intercalar una que otra humorada en su revista.

Bromas aparte, ¡cuánto habla de la nobleza de Roig y Massaguer el apoyo a las intelectuales cubanas! Y ello, en medio de las fieras y tergiversadoras campañas antifeministas y antisufragistas detrás de las que se escondía el rechazo a que las mujeres cubanas tuvieran el merecido lugar que les correspondía en el ejercicio del poder y en el devenir de la afirmación de la nación. No debe olvidarse que la etapa de esplendor de Social coincide con la época del sufragismo.

Los conservadores, y en general la mayoría de los hombres en las esferas de gobierno y dirección, negaban la capacidad intelectual de la mujer. ¿Qué había en el fondo de esa actitud? Las pugnas por la posición, el miedo a perder territorio, el ansia de control proveniente de un patriarcado que solo dejaba espacio a la mujer como esposa, madre, hija o sirvienta.

No es grato recordar que, pasadas las luchas independentistas donde la mujer cubana tuviera una participación activa y con la llegada de las leyes democráticas, se instauró con la República la continuación de un machismo patriarcal y, cabe decir, cínico, con el aquello de que «las disposiciones del rey se obedecen, pero no se cumplen», espíritu nefasto que ha perdurado hasta hoy.

Los conservadores, y en general la mayoría de los hombres en las esferas de gobierno y dirección, negaban la capacidad intelectual de la mujer. ¿Qué había en el fondo de esa actitud? Las pugnas por la posición, el miedo a perder territorio, el ansia de control proveniente de un patriarcado que solo dejaba espacio a la mujer como esposa, madre, hija o sirvienta.

Los rígidos códigos heredados de la colonia, aplicaban sus grilletes en el ambiente de las primeras décadas del pasado siglo. Es más, muchos de ellos han sobrevivido incluso hasta la segunda década del siglo xxi. Por ende, en las investigaciones y estudios no se trata solo de arqueología, sino de traer a la palestra del debate un actual problema práctico y teórico.

La pregunta sería: ¿quiénes son los interesados en mantener un estatus con un orden marginador?

La protesta feminista, pues, por las condiciones de la época se agudizó. Y aunque se agruparon en clubes femeninos, en grupos sufragistas y obtuvieron victorias legales, el feminismo cubano no dejaría de ser un espejismo si no se alcanzaban cambios radicales profundos y perdurables.

En aquel entonces, mientras más protestaban las mujeres, más se asentaba una propaganda misógina. Entre los tantos sarcasmos y críticas, se acusaba al movimiento feminista cubano de ecléctico. Y eso es cierto, había muchas tendencias dentro del movimiento feminista cubano, pero estaban unidas en una cosa: en la comprensión de que la libertad comienza por la igualdad. Por lo demás, ¿cuál movimiento se puede vanagloriar de ser compacto? Incluso algunas de ellas se despistaron y atacaron a otras por lo que se dio en llamar el «garzonismo», como una metáfora de la homosexualidad femenina. No puede negarse tampoco que hubo confusión en el feminismo cubano con un lastre conservador y por las posturas ante la dictadura de Gerardo Machado, pero unas y otras, sufragistas o no, de distintas clases sociales, doctas o no, estaban unidas en un ideal social con un énfasis marcado en la educación.

Aquellos ataques misóginos provenían también de ver la paja en el ojo ajeno, y de manera muy interesada porque, vamos a ver, ¿a quién le podía convenir que las mujeres no pudieran votar? Al ridiculizar la participación de la mujer se pretendía aniquilar su representatividad entre las fuerzas vivas de la sociedad.

En la defensa de la mujer y en la organización de los eventos femeninos tuvieron una notable participación las intelectuales de entonces. Ellas fueron las ideólogas, las fundadoras, las promotoras de un cambio. Entre varias figuras, a mi modo de ver, se destacaron: Mirta Aguirre (1912-1980) desde la izquierda consecuente; Mariblanca Sabas Alomá (1901-1983), una adelantada en considerar tan malo el adulterio femenino como el masculino; Camila Henríquez Ureña (1894-1973), con textos y acciones encaminados a la unidad y la organización de las mujeres, y Aurelia Castillo (1842-1920), quien desde sus primeros textos se ocupó por elevar a primer plano a otras mujeres, con una magnanimidad sin par.

En la página 13 de Social, de febrero de 1918, por ejemplo, ante el fallecimiento de Amalia Simoni, viuda del Mayor General Ignacio Agramonte, el tributo a la camagüeyana se cumple con un texto de su coterránea Aurelia Castillo, siempre con su pluma dispuesta a elogiar a otras mujeres, con el título de «Para un héroe, una belleza», donde, entre otras sentidas frases, dice: «Para pintar a Amalia sería muy gráfica la expresión inventada por serviles cortesanos, repetida en pleno deslumbramiento de imaginación por multitudes primitivas y no primitivas, y que en plena democracia perdura: “¡Parece una reina!”».

No es de extrañar, pues, que Aurelia Castillo estuviese entre las primeras en dar cumplida respuesta a la solicitud de Roig y Massaguer para un número especial de la revista Social dedicada, como se ha dicho, por completo a la mujer. Por supuesto, no era la primera vez que se promovía un proyecto de esta índole. Esta idea tuvo de antecedente, entre otros, el célebre Álbum cubano de lo bueno y lo bello (1860), de Gertrudis Gómez de Avellaneda, y también algunas publicaciones editadas en provincias durante el siglo xix. El más sobresaliente fue el número de El Fígaro habanero, que salió el 24 de febrero de 1895 (¡qué puntería!), coordinado —por quién si no— por Aurelia Castillo de González, con textos sobre educación, arte y literatura, y grabados, dibujos y fotografías con el tema de y por la mujer. Años más tarde, no puedo dejar de consignarlo en este breve recuento, Cuba tuvo el honor de contar —entre el año 1936 y 1961— con la revista Lyceum, publicación periódica de la institución femenina del mismo nombre que tanto hiciera por la cultura cubana y por el progreso de la mujer.

Con la nota de Massaguer en la que decretaba que era el único con derecho a firmar con su nombre masculino en una revista dedicada por entero a las mujeres quedaban expresadas, en su estilo humorístico, las intenciones del número especial de Social.

Otra graciosa frase de un anuncio parece servir de simpática continuidad a la cubierta de «Solo para señoras»: el gracejo criollo de la revista —por bien decir, el choteo—, no se limitaba, como se ha dicho, a las secciones previstas de humor, sino, excepto en la gravedad requerida de algunos textos, se convirtió en la tónica general de la publicación. Un humor fino y, de tanto en tanto, con pícaro y refinado doble sentido, como es el caso de la página publicitaria de este número especial, dedicada por entero a promover la compra de efectos domésticos, cuyo rótulo propagandístico hace el llamado de esta manera: «La señora puede estar mejor servida…».

La contracubierta, sin firmar, pero con el sello de la línea de Massaguer, funciona de atractivo cierre a la revista, sin descuidar la original promoción de la venta de terrenos en la playa de Marianao: «Buena compañía», con un apuesto galán deportista y una flapper de boquita de corazón.

En cuanto a las ilustraciones se refiere, y sin saber a ciencia cierta a quién corresponde la firma de María Teresa de la cubierta (aunque todo parece indicar que se trata del propio Massaguer), una firma femenina con el lustre de un trabajo intelectual en el terreno de las letras, es otra de las sorpresas de este número. Nada menos que Lydia Cabrera (1889-1991) colabora con un impetuoso dibujo de una mujer, «La argentina». Abajo del acápite de «Ellas» y con el pie de ilustración que indica: «LA ARGENTINA (Sra. de Paz) La aristocrática bailarina que nos visitó hace dos años. (Caricatura por Lydia Cabrera y Bilbao Marcaida)». Así se nos presenta nuestra etnóloga y narradora en otra faceta poco conocida de la creación.

Junto a esta enérgica caricatura, en el número especial aparece otro gentil dibujo de Lydia Cabrera, con un trazado distinto, esta vez de líneas suaves y ambiente bucólico: bajo el título «Pastoral» y la presencia de ¿dos damiselas?, una de ellas con vestido tradicional y la otra, algo ambigua, con la nueva moda de los pantalones, encabeza el Índice.

Todo este número resulta de un atractivo impresionante, pero si hubiera sido solo por dar con estas ilustraciones de Lydia Cabrera… ¡ya bien valían los desvelos investigativos!

En las secciones de fotografía fue seleccionada una prodigiosa foto, «La danzarina norteamericana Desirée Lubkowska», realizada por una mujer, según anuncia el pie de foto: «Por Marcia Stein, una mujer fuerte en el arte de Daguerre».

Como detalle curioso, las ilustraciones a la publicación en general y en particular a los textos de poemas y narraciones, casi siempre son realizados por caballeros y casi siempre se trata de desnudos femeninos. Habría que preguntarse qué pensarían entonces las escritoras con una conciencia feminista irrenunciable y que habían señalado en el debate la instrumentación del cuerpo femenino sólo como un objeto de placer. De todas formas, lo valiente no quita lo cortés ante la belleza de alguna de estas obras. Para ejemplificar, nada mejor que la sección, aunque esta se llama «La mujer en el arte», se trata en realidad de la mujer representada por el arte y como modelo del arte, y dice el pie de grabado de las obras del artista checoslovaco Korbel:

Nunca más oportuno que en este número consagrado a la mujer, dedicar una página a estas dos lindas obras de Korbel. La fuente está ejecutada en Cuba y con modelo del país. La figurita de la izquierda es «Otoño», exhibida en el Salón de Pintores, el pasado mes.

La más notable de las ilustraciones es la imagen de un estudio fotográfico de Arnold Genthe (como se indica, «el gran artista de N. York»), apuntalada con una frase del escultor francés Auguste Rodin:

Nada en la naturaleza es tan bello como una mujer… La mujer semeja a veces, una flor, cuyo tallo se inclina en la flexión del torso, para mostrar, ofrecida, la corola hecho de los senos, el rostro, los cabellos… otras veces, el cuerpo femenino volcado hacia atrás, es, tendió, el arco de Eros… y en ocasiones es una urna… Sentad a una mujer en el suelo y contempladla vista de espaldas: en tal postura, la silueta del dorso, del talle y de las caderas, dibuja la forma exquisita de un ánfora prodigiosa, que guarda la ida del porvenir… [16].

Extraordinarias y bellas frases, sin dudas, pero no puedo dejar de sonreírme imaginando a la vez la sonrisa irónica que debe haber aparecido en el rostro de algunas de las colaboradoras de Social al ver comparadas sus espaldas con un ánfora… por muy prodigiosa que fuese. Pero en definitiva, entre estos textos y sus desnudos de mujer, el loable propósito de la redacción de Social de reunir un buen número de escritoras se vio finalmente cumplido como puede apreciarse en el «Índice» de la revista.

También en este número quedan homenajeadas las que ya no estaban, con el recuerdo de tres poetisas fallecidas: Juana Borrero (1877-1896), Mercedes Matamoros (1851-1906) y Martina Pierra de Poo (1883-1900), esta última (bastante olvidada en tiempos que siguieron) en la sección de «Poetisas Cubanas» confeccionada, como se ha dicho, por Roig.

El soneto de Juana Borrero se titula «Medioeval» y en él está la inefable Juana Borrero de cuerpo entero, con todo el aura modernista de su nocturnal y transido romanticismo.

Al pie del soneto «La orgía», de la cienfueguera Mercedes Matamoros (a quien Aurelia Castillo tildaba de «alondra» y de las pocas poetisas que cuentan con un busto en su terruño natal), la redacción de la revista explica algunas de las ausencias, declarando:

Aunque habíamos pensado insertar en este número de junio, dedicado a la mujer cubana, trabajos de las distinguidas e ilustres escritoras Dulce María Borrero de Luján, Patria Tió de Sánchez de Fuentes (Elsa) y María del Villar Buceta, el no haber llegado a tiempo los originales de tan notables poetisas nos obligan a dejarlas para el próximo número.

A lo largo de Social, otras ausencias notables se dejan sentir, de manera especial: Camila Henríquez Ureña, Renée Méndez Capote y Loló de la Torriente:[4]

Como ya se ha explicado en la nota introductoria, 28 autoras fueron seleccionadas para este libro, presentadas según la cronología de su nacimiento. El empeñoso rastreo de datos, la revisión de todos los números de Social y otras publicaciones como Carteles o El Fígaro, las pesquisas de fechas de nacimiento y de fallecimiento, los lugares donde vivieron, el cotejo de textos de difícil acceso, el escudriñamiento y la verificación de las fotos y demás tareas de escrutinio e investigación, algunas casi detectivescas por la complejidad y por el silencio en que quedaron envueltas muchas de estas vidas, es todo mérito de Nancy Alonso, cuya acuciosidad y excepcional memoria permitió desentrañar algunos de los misterios. Las autoras de hoy colaboraron gentilmente y algunas con auténtico fervor, y descubrieron también, por su parte —unas muy especialmente con inestimables testimonios de trato personal con ellas—,[5] pliegues recónditos de muchas de las trayectorias de las 28 «Damas de Social», nuestras venerables antepasadas.

(…)

Casi todas ejercieron el periodismo, casi todas fueron feministas, casi todas pasaron por el Lyceum, casi todas estudiaron Letras, casi todas escribieron poemas, casi todas intervinieron en las inquietudes sociales de su tiempo. Todas dejaron un trazo profundo en el progreso de la cultura cubana. Todas se merecen el recuerdo y el homenaje. Y alguna vez, alguna plaza, alguna calle, alguna biblioteca cubana, llevará sus nombres. Estas son las Damas, las intelectuales cubanas que marcaron una época y pasaron su destino por las páginas de Social.

Fragmento del epílogo del libro Damas de Social, Ediciones Boloña, La Habana, 2014

 


[1]Social, vol. 4, jun. 1919. Siempre que citemos este número, se consignará dentro del texto el número de la página entre corchetes.

[2]Social, vol. 15, jul. 1930, p. 95.

[3]Ibídem, vol. 17, feb. 1932, p. 73.

[4] Y entre las ausencias de las contemporáneas en este libro se hallan Susana Montero y Nara Araújo, tempranamente fallecidas, quienes hubieran participado con nosotras con la sabiduría y el rigor que las caracterizaban.

[5]Como Natalia Bolívar, sobrina de Natalia Aróstegui; María Teresa Linares, dilecta discípula de María Muñoz, y Graziella Pogolotti, amiga de familia de Flora Díaz Parrado; lo cual añade una emotividad extra a sus bellos textos.