Sobrevida cubana

Merece comentarse nuestra capacidad de sobrevivir. Mucho se ha dicho acerca del choteo cubano, del jolgorio y de la alegría que nos caracterizan como pueblo, pero poco de nuestra resistencia cotidiana. Panfletos aparte, merecemos un guiño, una pequeña dosis de eso que llaman amor para vivir. Algunos textos, en la cuerda frágil que se mueve entre la sátira y la burla, entre la crítica y la mofa, se refieren a “la política del parche cubano”. Un ejemplo: ¿Se acabó el esparadrapo? Usamos teipe. ¿Se acabó el teipe? Usamos una tira de tela. ¿Se acabó la tela? Un pedazo de nylon ¿Se acabó el nylon? Un trozo de cartulina… y así, hasta el infinito.

Aunque sea rigurosamente cierta esa ductilidad con la cual asumimos escaseces, faltan detalles que reflejan nuestra empecinada manía de no dejarnos vencer. Con frecuencia blasfemamos, emitimos quejas a todas las instancias posibles, armamos dimequetiré “en una cuarta de tierra”, y saltamos como conejos ante pequeñas ofensas. No nos satisfacen muchas de las respuestas que recibimos a nuestros reclamos diarios, y, sin embargo, aquí seguimos. Bajo la prédica de “existencia es resistencia”, soportamos embates de diversa índole, ya sean internos, externos, de ambos bandos, o de la madre naturaleza, al parecer confabulada con quienes menos daño le hacen.
 

La madre naturaleza también se confabula contra quienes menos daño le hacen. Foto: Desinformémonos
 

Resulta muy sano descender de los pedestales para ser justos en la repartición de esfuerzos, de consagraciones, de renuncias que derivaron en opciones. Muchos elegimos permanecer, estar, y es así como contribuimos, en la medida de nuestras posibilidades. Si, por ejemplo, es más que meritoria la solidaridad que profesamos como un principio irrenunciable, también hay que reconocer el esfuerzo de los médicos, maestros, técnicos y personal calificado que ejerce su profesión en medio de nuestra corrosiva cotidianidad. Rindo homenaje al personal de la salud que enfrenta no solo enfermedades en Cuba (y las angustias que ello implica en términos de desgaste emocional, físico y de todo tipo) sino que, además, tiene que lidiar con la incertidumbre de cuál medicamento estará “en baja”, cómo sustituirlo, de dónde sacar fuerzas para apaciguar a los pacientes que claman por sus remedios habituales, y ofrecerles opciones con una sonrisa que cuesta esbozar. Vayan a mis antiguos colegas de profesión, el aplauso cerrado que casi nunca escuchan. Lo mismo a los maestros, esos trabajadores que imparten clases bajo la condición que sea menester. A esos llamados “cubanos de a pie”, que día a día salen a forrajear en los agromercados, en los puntos de leche, en los del pan, y abordan el transporte que puedan, para llegar, como puedan, a sus trabajos y luego retornar a sus hogares, cuyos techos son de zinc, o de madera o de cemento, también hay que reconocerles el descomunal desgaste.

No puedo dejar de mencionar a los artistas en esta suerte de homenaje que pretendo rendir. Conozco bien de cerca cuánto esfuerzo personal implica que una publicación (libro, revista, folleto, periódico) esté lista en el tiempo anunciado, que una obra teatral sea exhibida según se promocionó; un concierto, una presentación de libros, un recital, un espectáculo del mejor humor: todo exige, más allá del rigor profesional del buen arte, que cada quien deje su piel, su voz, su tiempo y su rostro a merced de la función que el público merece, porque en gran medida ese mismo auditorio se desgasta en el cambalache del día a día. Es dura, sí, la sobrevida cubana. Ayudémonos a hacerla un poquitín mejor y seamos menos egoístas. Ya lo dijo Silvio, quien, por cierto, también deja mucho de sí en su libre y excelentemente polémico blog Segunda Cita.