Sin Máscaras y a flor de piel

La excelente muestra que ha ocupado las salas transitorias del segundo y tercer piso del Museo Nacional de Bellas Artes, en su edificio de Arte Cubano, es al mismo tiempo un repaso justo y una provocación. Como aclara su curador Orlando Hernández, se trata de un recorrido por miradas y tratamientos diversos sobre el tema racial desde las numerosas perspectivas de artistas de nuestras artes plásticas, en un conjunto que asume pintura, escultura, fotografía, colografía e instalaciones de video. Sin Máscaras, que así se llama este haz de piezas que desde el 28 de julio y hasta el 1ro. de octubre estuvo a disposición de los visitantes.


La exposición Sin Máscaras, supone un recorrido por diversas miradas hacia el tema racial. Foto: cnap.cult.cu

 

Unas veces activa y otra desde el debate necesario sobre la nacionalidad en la cual la huella y la presencia de la raza nos exigen diálogos que revisiten la historia y la reescriban en función de dar espacio a figuras, hechos y cuestiones no siempre aireadas que hoy ya resultan impostergables. Chris von Christierson y su esposa, coleccionistas sudafricanos asentados en Londres, dieron inicio a esta colección focalizada en el arte afrocubano contemporáneo en el año 2007. Más de 400 obras componen dicha búsqueda, y parte de ella se deja ver en La Habana, en un arco que incluye a Wifredo Lam, uno de los máximos nombres de nuestra pintura en el siglo XX, y llega hasta creadores muy recientes. La órbita acoge visiones de la religión, la historia, la cotidianidad, la discusión constante sobre los mitos y estereotipos, la incomodidad de los mismos así como su manejo a ratos cínico y turístico, a ratos disparada mediante recursos que no eluden la ironía, el erotismo, el humor, más allá de las técnicas empleadas. Encontrar en un mismo punto obras de Belkys Ayón, Manuel Mendive, José Bedia, Santiago Olazábal, Choco, Diago, Marta María Pérez, Elio Rodríguez, René Peña, Lázaro Saavedra, Ruperto Jay Matamoros, Carlos Garaicoa, Vincench, Alexis Esquivel y muchos más ratifica la excepcionalidad de la muestra, que por desgracia no posee catálogo a la mano del espectador. Junto a esas obras, se exhibe el documental Raza, en el cual varios de los estudiosos más agudos sobre el tema ofrecen criterios que complementan lo que se ve en los muros: Esteban Morales, Roberto Zurbano, Lázara Menéndez, Tomás Fernández Robaina, junto a Gerardo Alfonso y otros artistas e intelectuales. Acaso debió programarse algún encuentro con estas personalidades y varios de los artistas, para refractar lo que Sin Máscaras nos dice en un ámbito de diálogo vivo.

Desde los trazos de Lam que reinventan las firmas abakuá al enjuiciamiento tácito de prejuicios aún vigentes, desde el replanteo de instantes aún por relatar debidamente como la guerra de Angola y el fin o sobrevivencia de algunas utopías, Sin Máscaras fue más allá del cuerpo y del color de la piel para convocarnos a discusiones aún más intensas.

Su curador deseaba que más allá del disfrute estético, esta exhibición pueda tener alguna utilidad social. No creo esté errado su deseo, por el contrario, esta es una muestra que en sí misma ya tiene un grado de provecho que rebasa el notable acontecimiento artístico que sin dudas es. A la salida de la muestra, me dirigí nuevamente a la sala de Lam del mismo edificio. Pensé en la dimensión creciente de su obra, y recordé aquellas piedras pintadas por Lydia Cabrera que tuve en mis manos en alguna tarde de Miami. Sin Máscaras rehúye lo complaciente, no se quiso entender como una colección pasiva de interrogantes. Ya ahí está la primera utilidad de una muestra que es, además de notable, resultó sumamente pródiga en su multiplicidad de formas, contenidos y cuestionamientos.