“Siempre he sido un escritor cubano hasta la médula y demasiado optimista”

Alberto Guerra Naranjo ha elegido pagar el precio de ser un escritor irreverente. Lo asume cada día como un acto natural, y se podría decir que de alguna manera disfruta ese estado de ánimo, como si exprimiera al máximo la teoría que enuncia, que el precio de ser uno mismo nunca es demasiado caro.

escritor cubano Alberto Guerra Naranjo
Alberto Guerra Naranjo ha elegido pagar el precio de ser un escritor irreverente.
Foto: Tomada de Internet

 

Sin embargo, dicha irreverencia no le ha impedido colocarse el traje de obrero de la palabra y de las estrategias para poner el hombro, como uno más, entre todos los que empujamos por la literatura cubana. Elegido, hace unos años, como Presidente de la Sección de Narrativa de la UNEAC, en amplia reunión de escritores, de manera democrática y en voto secreto; acaba de organizar el II Coloquio Nacional de Narrativa, algo que, en mi opinión, es uno de los eventos literarios más importantes de los últimos años.

Celebrado del cuatro al seis de abril en la Sala Villena de la UNEAC, el Coloquio Nacional de Narrativa dejó variadas impresiones. Quizá la más unánime fue ser un coloquio absolutamente necesario. Desde tu perspectiva de organizador ¿coincides con esta opinión? ¿Con qué te quedas del evento y qué hubieras deseado cambiar?

Estudié Licenciatura en Historia y Ciencias Sociales en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona a principio de los años ochenta, o lo que es lo mismo, soy un profesor de humanidades, alguien que después de transitar por diversas instituciones impartiendo clases, desde secundarias, preuniversitarios y universidades, llega a la conclusión de que intercambiar ideas, conceptos y puntos de vistas, a pesar de que estos tiempos tecnológicos pudieran indicarnos lo contrario, es una condición indispensable entre los humanos, sean estudiantes, profesores, carpinteros, oficinistas o escritores, y este coloquio nacional de narrativa lo corrobora una vez más.

Tienes mucha razón, un coloquio de narrativa es una conversación entre escritores donde nadie es invitado especial, una reunión entre personas que tienen como característica que no suelen andar reunidos con asiduidad como tal vez lo hagan los actores, los músicos o los bailarines. Entonces, cuando se reúnen durante tres días, aunque a uno le pudiera parecer que no van a asistir a la convocatoria, por estar ensimismados frente a las pantallas de sus computadoras, descubrimos que no, que necesitaban confrontarse, abrazarse, y que la sala Villena de la Unión de Escritores se repletó todo el tiempo.

Este II Coloquio Nacional de Narrativa, no por casualidad tenía un subtítulo llamado: un pretexto para el abrazo de las ideas, porque esa era su intención, vernos, tocarnos, abrazarnos, querernos y compartir nuestros cuentos leídos en alta voz y con el apoyo de los micrófonos. Si el primer Coloquio de hace un par de años lo dedicamos al grande profesor y promotor literario Salvador Redonet y al grande poeta, narrador y amigo Alberto Rodríguez Tosca, esta vez homenajeamos a los colegas escritores Nancy Alonso, Pedro López Cerviño y José Ramón Fajardo.

Nancy Alonso fue una excelente promotora y escritora cubana de cuentos, Cerviño fue un excelente poeta que nos promovió durante años en su espacio literario de televisión, Para leer mañana, y Pepe Fajardo, además de ser el autor de Nosotros vivimos en el submarino amarillo, libro de cuentos fundador de una estética que rompe con las anteriores, allá por los finales de los años ochenta, fue un extraordinario promotor cultural que desarrolló un trabajo tremendo con los enfermos de SIDA en el Sanatorio Los Cocos, donde junto a su compañera Lourdes dio motivaciones y esperanzas a aquellos enfermos, al punto de que algunos llegaron a publicar libros muy dignos.

En fin, que un coloquio sirve para honrar a los colegas que se nos van primero, pues como bien dice Salman Rusdhie, el autor indio de Los versos satánicos, “de aquí nadie sale con vida”, refiriéndose al universo, y es deber rendir homenaje y honrar, porque “honrar honra”.

Por otra parte, las mañanas de este II Coloquio Nacional de Narrativa, sirvieron para la reflexión teórica acerca del papel de la narrativa de los llamados Novísimos Escritores Cubanos, debido a que volvió a salir el tema en esta misma revista, La Jiribilla, a raíz del dossier realizado al escritor Rafael de Águila por su merecido premio Casa de las Américas, pero donde pareciera, por la controvertida dramaturgia ofrecida en dicho dossier, que  no fechaba un texto escrito hacía veinte años, ni se corregían las zonas anfibológicas y se mal exponía mi nombre junto al de otros dos escritores en el cintillo periodístico, que el legado de esos escritores llamados Novísimos Escritores Cubanos y del maestro Salvador Redonet, no quedaban bien parados, y mi deber como escritor y como Presidente de la Sección de Narrativa era reaccionar ante lo que consideré un tratamiento de esa época histórica y de su desarrollo estético, desatinado e injusto.  


Acaba de organizar el II Coloquio Nacional de Narrativa. Foto: Tomada de la página de Facebook de la UNEAC

 

También reflexionamos sobre los retos de la novela cubana actual en tiempos de internet, blog y páginas web, y el último día lo dedicamos a dialogar acerca de cómo suponemos que nos ven desde afuera, si acaso logran vernos, o solo reducen nuestra productiva y talentosa existencia a un par de escritores colocados en las editoriales europeas. Todo ello sumado a la imperiosa necesidad de empezar por querernos, promocionarnos y respetarnos, primero nosotros mismos, a través de nuestras instituciones, para luego trazar estrategias prudentes que nos catapulten allende los mares. Soy de los que se resiste a creer que no existo como escritor cubano de estos tiempos, que quiere vivir en Cuba y ser reconocido desde novena y cuarentidós, o desde el Reparto Flores, sitios donde vivo e intento ser feliz.

En las tardes ofrecimos entrevistas a destacados escritores cubanos (Emerio Medina, Rafael de Aguila, Antonio Rodríguez Salvador, Mirta Yañez, Eduardo del Llano, Marilyn Bobes, Mylene Fernández, Dazra Novak, Pedro Juan Gutiérrez) y luego posibilitamos que los micrófonos estuvieran disponibles para que se realizaran lecturas maratónicas de cuentos donde lo mismo participaron escritores reconocidos que jóvenes que comienzan en el oficio. Pero como si no bastara, al final nos íbamos a la glorieta de un parque cercano y continuábamos el verdadero coloquio, según decía un joven allí presente, esa vez acompañados de botellas de vodka, de refrescos y de la libertad posible que ofrece un parque.

Debo agradecer la presencia de maestros literarios como Eduardo Heras León y Reinaldo Montero, quienes no faltaron un solo día, además de agradecer la presencia de Víctor Fowler, Rodolfo Alpizar, Reinaldo Medina, Yoss, Ana Luz García Calzada, Laidi Fernández, Alberto Marrero, Raúl Aguiar, y otros.

Más o menos ese fue el II Coloquio Nacional de Narrativa, evento filmado y grabado, con el que pienso hacer dos o tres libros virtuales, cuando consiga quien me transcriba las interesantes palabras que allí se dijeron, y un documental.

Me quedo con todo el II Coloquio Nacional de Narrativa, y no lamento nada en falta, porque un coloquio, repito, es solo una conversación organizada, un pretexto para el abrazo de las ideas.

En el coloquio se notó la presencia de una gran cantidad de jóvenes narradores. ¿Cómo valoras la literatura escrita por los jóvenes en Cuba?

Además de estudiar pedagogía en Ciudad Libertad, también nací en Marianao y pertenecí a su taller literario, allá por los años ochenta. Recuerdo que, gracias al viejo linotipista, buena persona y escritor Dioscórides  Mora, el grupo de jóvenes que integrábamos el taller tuvimos la fortuna de publicar cuadernos cuando nadie en ninguna parte publicaba.

Dioscórides logró ponernos en las manos una imprenta, logramos hacer una antología con todos los del grupo y hasta fundamos la Colección Ariel, donde aparecimos publicados de manera individual. Aquello parecía increíble, pero se hizo posible gracias al viejo maestro y a nuestro empuje de jóvenes talentosos.

Dioscórides Mora, Ángel Silva, Edgar Estaco, Estanislao Cordero, Caridad Atencio, Eulalia Chirino, Naomi Pérez Fú, Eduardo Martínez Navarrete, Javier Iglesias, Rito Ramón Aroche, entre otros, y yo, logramos fundar el Grupo Madero. ¡Qué bien!, nos sentíamos jóvenes escritores cubanos que nos abriríamos paso a través del conocimiento, la lectura constante de los clásicos y de los actuales, el forcejeo fecundo con nuestras páginas en blanco y del tiempo.

Cierto es que no todos llegaron a ser escritores, pero tu pregunta me recuerda con gratitud aquella etapa de mi vida cuando era un jovencito de Marianao. También me recuerda el día en que me hicieron Presidente de la Asociación Hermanos Saiz en La Habana, por casualidad, cuando aparecí en una reunión en La Madriguera, debido a que la novia de turno no había ido a la cita en el parque El Quijote y entonces me dio por ir a otra de las reuniones convocadas por la dirección de la AHS, donde casi nunca había cuórum, porque a los jóvenes escritores aquello no parecía interesarles. Me eligieron Presidente debido a que el joven que estaba previsto no llegó a tiempo a la reunión, y a que hice una simple pregunta económica, de cuánto presupuesto disponemos para trabajar, pregunté y, sin imaginarlo, ya era el presidente de aquello.

Luego de reponerme de la sorpresa, les advertí que yo sí trabajaba en serio y que si me habían elegido iba a probar una frase de San Agustín que me encantaba, “La eternidad es el instante”, así que pedí de urgencia 200 sobres de carta con 200 sellos y con la ayuda de un amigo que tenía computadora rudimentaria en su trabajo, imprimí una carta que llegó a la casa de cada asociado, y los convoqué personalmente para reunirnos dentro de un mes en aquella Madriguera.

Recuerdo que el día acordado llovía fuerte, pero al llegar me topé con la sorpresa de que el sitio estaba repleto de jóvenes poetas y de jóvenes narradores, cada cual con su carta en la mano. O lo que es lo mismo, demostré que a los jóvenes escritores cubanos de la época sí les interesaba la AHS, pero nadie les canalizaba sus expectativas como debía hacerse. Organicé para ellos dos eventos quincenales y alternos llamados Pública poesía y Toma del cuento, donde poetas y narradores, respectivamente, hicieron sus primeras lecturas ante un teatro repleto de colegas. Recuerdo que pasados unos meses coordinamos nuestro primer evento en grande, Coloquio sobre Nosotros Mismos, que resultó tan exitoso como este Coloquio del que ahora me preguntas.

Los dolorosos años noventa los pasé, además de pedalear sobre una bicicleta china marca Forever, impartiendo clases en el Centro de Superación de Cultura Félix Varela, coordinando los Talleres Literarios en el Centro Nacional de Casas de Cultura, forjando mi familia contra viento y marea, agradeciendo el nacimiento de mi hijo, escribiendo mis cuentos en las noches en que había corriente eléctrica, enviando a concursos literarios, ganando algunos, publicando en plaquetes, en revistas, en antologías y en pequeños libros, intercambiando en eventos literarios con jóvenes y con viejos escritores, hasta que, de la noche a la mañana, ya entrado el nuevo milenio y con mi libro de cuentos publicado (Blasfemia del escriba. Letras Cubanas, 2000 y 2002), los más jóvenes escritores cubanos comenzaron a solicitar mis auxilios narrativos a través de mi proyecto por correo electrónico Café Naranjo.

Decenas de estos jóvenes, lo mismo antes de entrar que después de salir del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, a lo largo de toda la isla y sin mucha estridencia, formaron parte de mi proyecto literario Café Naranjo, experiencia que me permitía permanecer vinculado con sus presupuestos estéticos. Varios de aquellos jóvenes ya se han consagrado como escritores y tienen libros reconocidos y obtienen premios de resonancia.

Pero infiero que tu pregunta anda dirigida hacia los jóvenes de hoy, es decir, hacia aquellos que tienen alrededor de los treinta años y que son inéditos en su mayoría. Pues, confieso que como no asisto a eventos narrativos de la AHS, porque no me invitan, ni suelo ser jurado asiduo de esos concursos, solo reconozco a unos pocos que se me han acercado y no a la mayoría. Reconozco a algunos visibles y talentosos como Rolando Avalos, Niobel Tamayo, Elaine Vilar, Marta Alvarez, Alejandro Mustelier, Malena Salazar, Eric Flores, Ricardo Arana, Luis Dene, entre otros, como los recién conocidos del Grupo Ariete que coordina el escritor Raúl Aguiar, gracias al Coloquio: Nelson Pérez, Damián Leal, Iris Rosales, Nelson Ochagavía, Nguyen Peña, Marlon Duménigo, Pedro Ascui y Alejandro Rojas, entre otros.

Siguiendo con los retos. En esta era de la información, de medios digitales, de concursos internacionales por correo electrónico, de Amazon, de Facebook ¿cuáles serían para usted los tres retos más importantes de un escritor cubano de hoy?

Un escritor cubano de hoy, a mi juicio, tiene tres retos vitales: escribir bien, escribir bien y escribir bien. Pero, ¿qué es escribir bien? En el caso de un narrador, de un escritor de ficciones, lo primero que debe tener presente es capacidad para escuchar al otro, aptitud para asimilar la otredad, o dicho de otro modo, sentirse, más que centro del mundo, instrumento por el cual el mundo debe explicarse a través de un cuento o de una novela, y más que explicarse construirse, proyectarse, con absoluta libertad estética.

Cuando alguien no escucha y habla más de la cuenta, cuando se pavonea demasiado y pasa la vida ejerciendo cátedra en las mesas, ante otros, esa persona corre el riesgo de que las puertas de la coherencia se cierren, pues como habla tanto no permite hablar, no le permite entrada al mundo y eso cuesta.

En El olor de la guayaba, libro de entrevistas de Plinio Apuleyo Mendoza, el grande escritor García Márquez se refiere a este aspecto aclarando tres asuntos vitales para el escritor: preparación, vocación y decisión.  Esos tres asuntos funcionan perfectamente para estos tiempos de revolución tecnológica, porque un escritor trabaja siempre con las emociones y los sentimientos y hasta hoy a los humanos nos sigue diferenciando del resto de los animales este importante detalle.

Escribir bien, además, implica responsabilidad total con las demandas puntuales que reclame a los cuatro vientos tu tiempo histórico y sus velocidades. Casi nunca la academia puede determinar a ciencia cierta las causas de que una obra literaria sea leída y estudiada con inusitado fervor por centenas y centenas de lectores, y otras obras, aun cuando hayan recibido importantes premios y sus autores hayan sido promovidos con cálculo editorial, queden relegadas al olvido y la pulpa, porque, por suerte para todos, en Literatura nunca se tiene la última palabra y escribir bien se traduce en el fondo en ser un escritor auténtico y responsable con el uso arriesgado del lenguaje.

En tiempos tecnológicos como estos, no nos queda de otras que asumir las velocidades que se nos imponen, como mismo hizo Homero con su bastón y su lira para contar en las tabernas sobre Troya y sobre Ulises. El ciego fue tan efectivo con su tiempo que aún lo leemos con inusitado fervor.

Además del proyecto literario Café Naranjo y de estos dos coloquios nacionales de narrativa, ¿ha desempeñado usted alguna otra labor comunitaria que no haya mencionado?

Desde hace unos dieciocho años suelo visitar las cárceles, tanto de jóvenes como de mujeres, con la finalidad de que enriquezcan su mundo espiritual a través de la lectura de libros. Leo y converso con ellos como si lo hiciera en un recinto universitario, los trato como iguales que necesitan otra oportunidad, ellos y ellas me necesitan y yo también los necesito al comprender durante estos fecundos intercambios que las personas, aunque anden en situaciones difíciles como lo es la prisión, son capaces de soñar y de elaborar proyectos culturales de crecimiento y mejoría.

También suelo impartir cursos de literatura creativa y de guiones, pues aprovecho mi experiencia de cuatro años como profesor de guiones en el Instituto Superior de Arte (ISA) y como asesor de audiovisuales y dramatizados en el ICRT, trabajos que me han permitido condensar conocimientos que sumados a los literarios convierten mi teoría de la escritura en un recurso con cierta novedad.

Me gustaría mucho continuar impartiendo estos cursos de Escritura Creativa, hace unos años impartí uno en la sala Villena de la Unión de Escritores y se llenaba bastante.

La Soledad del tiempo, su primera novela, publicada en el 2009 y reeditada el pasado año por la editorial Unión y por la editorial Guantanamera, continúa emocionando a los jóvenes lectores que recién la descubren. Ambientada en el Período Especial, esa parte de la historia que para las nuevas generaciones se antoja algo lejano ¿qué sigue haciendo a esta novela tan vigente?

En una pregunta anterior reflexioné sobre esto. Con La soledad del tiempo traté de ser lo más honesto posible con mi tiempo histórico y con sus velocidades. Cuando me sentí preparado para escribirla, comencé esa ardua tarea sin pensar en recompensa alguna, solo en que estuviera bien escrita, es decir, que provocara ciertas emociones, que su lenguaje no ofreciera traiciones estéticas ni inverosimilitudes, que provocara desasosiego en el lector, que tuviera dosis de humor cubano sin que este llegara al peligroso gag del chistoso y que captara cubanía por sobre todas las cosas. Entretenimiento, reflexión, responsabilidad con la escritura, digamos que traté de no perder de vista estos parámetros.

Recuerdo que en 2009, cuando fue publicada, el hijo de Muiño, el responsable de almacén de la UNEAC, quien acostumbra a devorar todo lo publicado en la editorial Unión de su padre, la leyó y le dijo: “esto será un best seller aquí, díselo a ese escritor”. Por supuesto, me destornillé de la risa delante de la puerta del almacén, porque La soledad del tiempo no llegó a alcanzar ni el Premio de la Crítica de ese año, ni obtuvo el Premio Alejo Carpentier las dos veces que la envié a concurso, incluido uno de ellos donde el premio quedó desierto. Sin embargo, debo ser honesto y decir que esa novela aparece en varios listados de mejores libros del milenio, ha sido estudiada a profundidad por la academia, entre ellos, por los destacados ensayistas Jorge Fornet, de Casa de las Américas, Gina Picart, excelente escritora cubana, Carlos Uxo, de una universidad australiana y por Elzbieta Sklodowska, de la universidad de Washington en San Luis, EU. La soledad del tiempo, ha sido objeto, además, de numerosas reseñas críticas por parte de escritores como Marilyn Bobes, Arístides Vega Chapú, J. R. Fragela, Alberto Marrero, Eldis Baratute, Paula Guillarón, entre otros, al punto de que, si se lo proponen, con todas esos estudios críticos bien se pudiera organizar un libro de más de ciento cincuenta páginas.

Creo que la novela La soledad del tiempo viene a ser casi una prueba incontestable de que no hace falta un gran premio para convertir una obra en vital, en trascendente. Sin embargo, no es menos cierto que los premios legitiman de alguna manera el currículum de un escritor. ¿Por qué le interesan a Alberto Guerra Naranjo los premios literarios?

Te soy absolutamente sincero: no creo en los premios literarios. Los premios literarios confunden, lejos de aclarar las cosas. Emparentan, a través del acto de competir, a un deportista con un escritor, y la Literatura con mayúsculas es algo más que deporte. No me canso de repetirlo. Nuestro país, y el resto del mundo, anda repleto de escritores con sus currículos repletos de premios literarios que apenas ofrecen resonancias a los lectores y eso es sumamente penoso, lastimoso.

Pero en Cuba si no mandas a los premios literarios y los ganas, no te reconocen, te obvian como escritor, te ningunean, te olvidan, eso sin contar que pierdes la posibilidad de publicar tu obra más rápido y, de paso, obtener algún dividendo económico. No existe mejor manera de publicar. Es triste, pero es la realidad que nos toca, así es la realidad que me ha tocado. Y yo, como cualquier otro escritor, tengo talento y familia.

Confieso que hubo un tiempo en que dejé de participar en los concursos literarios, me dije, voy a predicar con el ejemplo, si no creo en los concursos, pues no participaré en ellos por razones éticas. Así me dije. Pero pronto me enteré por los amigos que, en reuniones y fiestas, lugares propicios para desmontar rivales, crear leyendas negras a los adversarios, sembrar adversos estados de opinión, entre otras argucias, varios escritores que me adversan decían que mi obra ya no contaba, que yo era un escritor terminado, que ya no tenía nada que decirle a ningún lector. Entonces, demostrarles lo contrario me obligó al abandono de mi postura anti concursos y ya me ves, ofrezco resistencia, participo en ellos obligado por las circunstancias.

Pero no solo me abro paso a través de los concursos literarios, sino que también tengo mi página web guerranaranjo.com gracias a dos amigos decididos a organizarme la enorme información acumulada y a promoverme como corresponde a cualquier escritor que se respete.

Recuerdo que en los años noventa el editor de Extramuros, José Antonio Michelena, me recomendó participar en el Premio Luis Rogelio Nogueras de Cuentos que ellos organizaban, si quería publicar rápido en aquellos tiempos de crisis de papel. Yo debía publicar porque, a pesar de mis buenos trabajos organizativos en la AHS, no era un Presidente creíble ante los escritores sino mostraba mis talentos como escritor. Así me dijeron mis jefes de entonces y en poco tiempo obtuve ese premio. Luego siguieron el Premio de la Ciudad, el Segundo Premio de Cuentos de Amor de Las Tunas, el Premio Ernest Hemingway y dos veces, casi consecutivas, el premio de La Gaceta de Cuba. A golpe de premios logré obtener prestigio como escritor de ficciones y luego abandoné el mecanismo cuando me llegaron becas, giras, publicaciones en antologías, viajes y bastante estudio académico sobre mi obra literaria.

Pero en los días que corren, aunque no crea en los concursos literarios, la vida me obliga a no escribir para la gaveta ni a regalar mi obra en las editoriales, donde pagan muy mal, y también me obliga a demostrarle a quienes tejen leyendas negras sobre mi persona y mi obra que aquí hay escritor para rato, porque al talento no hay quien lo detenga cuando se escribe con responsabilidad y desde el corazón. 

Mi mejor premio literario, te confieso, es haber sido publicado, sin permiso, en la antología española, Cuentos históricos: de la piedra al átomo (Página de Espuma, 2003), donde mi cuento Disparos en el aula aparece ubicado entre el cuento Tema del traidor y del héroe, de Jorge Luis Borges y el cuento Nos han dado la tierra, de Juan Rulfo. Sin contar que aparecen en ese libro monstruos narrativos de la altura de Augusto Roa Bastos, Manuel Mujica Lainez, Alfonso Sastre, Manuel Montalbán, Rodolfo Walsh, José Emilio Pacheco y otros.

¿Quieres mayor premio literario que ese? 

A pesar de ser uno de los escritores más leídos de Cuba, tu promoción fuera del país resulta insuficiente en comparación con la calidad de tu obra. Patrón que se repite en muchos de los grandes escritores cubanos en la actualidad. En tu opinión ¿a qué se debe este fenómeno? ¿Existe alguna manera de vencerlo?

Cierto, tal como ocurrió a finales de los años noventa, creo ser uno de los escritores más leídos en Cuba, gracias a la reedición de La soledad del tiempo y he saboreado con tremendo gusto los debates que los nuevos lectores y los nuevos escritores le hacen a esa imperfecta novela. Lo agradezco enormemente.

Pero también es cierto que soy un gran desconocido allende los mares y ese fenómeno se debe a varios factores. El primero de ellos es que entre nosotros no nos sabemos querer como deberíamos, la prueba está en los escritores funcionarios, que son jueces y partes de la vida literaria y la organizan a su justa medida aunque no quieran, resultan incapaces de elaborar estrategias de promoción que no los incluya a ellos mismos, y este tipo de egoísmo es tristemente razonable por nuestras escaseces materiales y por la incapacidad de colocarse a la altura de los tiempos y por no poder usar con destreza los favores de la revolución tecnológica e informática. Hasta que esos escritores funcionarios no asuman su papel como se debe o hasta que no sean debidamente sustituidos si no reaccionan debidamente a los cambios que les demanda la vida, seguiremos careciendo de estrategias reales y contundentes.

Cuando un escritor es ninguneado en su propio territorio, no puede esperar mucho del lado de allá. Vivimos una vida literaria de mucha componenda, de capas, capillas, grupitos, influencias, llamadas por teléfono, comentarios, opiniones adversas, es decir, elementos extra literarios que inciden en la jerarquización coherente de una obra de ficción. De ahí que muchas veces no te expliques cómo diablos el escritor X ocupa espacios indebidos y el escritor Y convive en la oscuridad y el ninguneo.

Otro elemento consiste en la voluntad de ninguneo con que nos tratan las editoriales extranjeras, quienes se ajustan y conforman con una cuota de escritores cubanos, dos o tres, tres o cuatro, como evidencia de que la Literatura Cubana no existe. Por tanto, ni nos buscan ni nos leen, ni el lector de otro territorio se interesará porque nadie lo convoca. Esa es la zona del bloqueo que nos toca por permanecer.

Recientemente acabas de obtener en España el XXIV Premio Internacional de Relatos Cortos José Nogales. De ahí se desprende una última pregunta, casi obligada. Después de haber concursado en el Premio Alejo Carpentier del año 2017, declarado desierto, provocando muchas reacciones en el gremio literario, entre ellas tu artículo publicado en la revista La Jiribilla, ahora, tras recibir este premio, cuál eliges ¿Premio Alejo Carpentier o Premio José Nogales?

Debo aclarar que antes de obtener hace poco el prestigioso Premio Internacional de Relatos Cortos José Nogales con El pianista del cine mudo, un cuento escrito hace cuatro o cinco años y de solo diez cuartillas, obtuve en diciembre pasado el Segundo Premio Internacional de Relatos Cortos sobre Discapacidad, en Valladolid, España.

Mirando en la distancia, menos mal que hay un día detrás de otro, ya casi agradezco a aquel jurado del Premio Nacional de Cuentos Alejo Carpentier, por declarar el premio desierto. De no haber sucedido algo así no hubiera buscado alternativas literarias. Los adversarios tienen la cara dura de confesar que eso no es nada, que aquellos son concursos de comarcas, que me puse a patalear demasiado por no sentir resonancia en nuestra prensa mientras las agencias del mundo repartían esa noticia, que solo tuve suerte. Pero los amigos me felicitan y toman estos premios como suyos. Eso es lo importante.

Debo asistir a Huelva, allí me entregarán el Premio Internacional de Cuentos José Nogales y estaré a la altura de un escritor cubano defensor de sus raíces y de sus desafíos históricos, de eso no te quepan dudas. Conmigo viajarán, como siempre, las memorias de mi bisabuelo, el Coronel del Ejército Libertador, Tiburcio Naranjo y la de mi padre, Cándido Guerra Guerra, guajiro oriental que se alzó a tiempo en la Sierra Maestra.

Yo prefiero que las cosas hayan pasado así, primero premio Carpentier desierto como estímulo y luego los premios internacionales de Valladolid y de Huelva, tal como ocurrieron los hechos que ya no puedo echar atrás. Aunque deteste los concursos, nadie quita que sorprenda y gane el Carpentier, en cuento o en novela, alguno de estos años que vienen. Siempre he sido un escritor, cubano hasta la médula y demasiado optimista. 

Y nos estrechamos las manos, símbolo de que hemos llegado al final de la entrevista. Él es Alberto Guerra Naranjo, uno de los escritores más importantes de Cuba, yo, un joven narrador que inicia su carrera, pero el debate dentro del Coloquio Nacional de Narrativa ha sido de igual a igual, como debería ser siempre más allá de títulos o premios.  Nos despedimos con una frase que resumiría un poco lo que vivimos en las horas de debate: “este es el verdadero coloquio”.