“Siempre he creído que un cineasta debería ser un renacentista”
Fotos: Cortesía Muestra Joven ICAIC
 

Cuando La Jiribilla solicitó su colaboración para dialogar sobre la Muestra Joven ICAIC tuvo la deferencia de romper el silencio personal sobre los años frente a la gestión institucional del cine cubano y hablar en tanto impulsor y gestor de cuanto cambio sea necesario a favor de los nuevos creadores y el buen arte.

El escritor y periodista Omar González dirigió el ICAIC desde comienzos del año 2000 hasta mediados de 2013, y en la actualidad, coordina en Cuba la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales En Defensa de la Humanidad, pero su pensamiento no deja “quieto” al séptimo arte y le busca una y otra vez resquicios y salidas, maneras de optimizar y aterrizar el deber ser de instituciones y realizadores, y entre ellos los jóvenes protagonistas de esa compleja película que hoy rueda el cine cubano.


 

Usted ha visto crecer la muestra, ¿en qué medida cree que ha logrado apoyar a los jóvenes realizadores?
Voy a romper con usted un pacto que hice conmigo mismo: no hablarcon la prensa de la gestión interna del ICAIC hasta que hubieran pasado por lo menos cinco años de que se aceptara mi solicitud de liberación del cargo de Presidente. Esta ocurrió definitivamente en la primera mitad de2013; así que han transcurrido apenas tres años, por lo que todavía es muy pronto para ceder a las tentaciones. Voy a hablarle, entonces, de lo que se relaciona con mi actividad en ese organismo y de algunas ideas que teníamos, aunque aún estén estrenándose largometrajes y documentales que se gestaron con mi participación, se hayan solucionado algunos problemas, y perduren o existan otros.

No solo la he visto crecer, sino que me reconozco en su nacimiento, en sus defectos y en sus virtudes.De la Muestra, que fue parte esencial de mivida, puedo decir que no solo la he visto crecer, sino que me reconozco en su nacimiento, en sus defectos y en sus virtudes, al igual que en el caso de la Muestra Itinerante de Cine del Caribe, la Videoteca Contracorrientey el Festival Internacional de Cine Pobre, por hablarle solo de algunos eventos y proyectos relacionados con el arte, la cultura y el pensamiento contemporáneo. En el caso específico de la Muestra, fue una creación de Senel Paz, Juan Antonio García Borrero y un servidor, como solíamos decir en otra época. Confieso que no partí de ningún referente, aunque después tomé conciencia de que la Asociación Hermanos Saíz había creado un evento similar hacía algunos años, entre cuyos organizadores más activos estuvo Jorge Luis Sánchez, quien, por cierto, presidiría el Comité Organizador de este nuevo evento luego de que Juan Antonio planteara su deseo de ser relevado, atendiendo a que residía en Camagüey y a que tenía algunos compromisos internacionales y otros proyectos que no podía postergar.

La idea se gestó en las postrimerías del 2000; un año de mucha creatividad en el ámbito cultural, a pesar de la insondable crisis en que se encontraban las instituciones desde el punto de vista productivo, tecnológico, económico, psicológico, la que se había acentuado en el ICAIC, donde el Período Especial ocasionó irreparables estragos, al igual que en la esfera del Libro, de donde yo procedía.

La Muestra surgió, precisamente, como expresión de resistencia en un contexto de creciente participación renovadora.La Muestra surgió, precisamente, como expresión de resistencia en un contexto de creciente participación renovadora. (Siempre he pensado que la actitud de resistencia es creadora, vivificante, mientras que la de supervivencia apaga el espíritu, anula el pensamiento, promueve la rutina y paraliza la acción). Téngase en cuenta, incluso, que esta iniciativa no recibió la misma acogida por parte de todos los integrantes del equipo de dirección del ICAIC, ni siquiera entre los realizadores, y tampoco fuera de la institución, excepto en la Asociación Hermanos Saíz, que se involucró en ella, aunque no con demasiado entusiasmo. Tuvimos que bregar solos, resistir, durante muchísimo tiempo, y pasábamos un trabajo enorme para colocar una opinión favorable al evento en los medios. Se confundían los desaciertos e insuficiencias de una obra inacabada con la actitud de la institución, que estaba haciendo lo que tenía que hacer: dialogar con responsabilidad, asumir el reto y honrar su existencia.

Como si fuera hoy, se configura ante mí una reunión que sostuviéramos en la Presidencia del Instituto con un grupo de guionistas, productores, realizadores, donde alguien —felizmente abanderado de los jóvenes poco después— espetó de la forma más franca y honesta posible: “Pero cómo vamos a hacer una muestra de nuevos realizadores, con premiación, financiamiento de proyectos y todo eso, si los viejos no tenemos trabajo.” Y era verdad, pero también sabíamos que el camino hacia la recuperación, no pasaba por cruzarnos de brazos.


 

La hicimos, y ahí están los resultados: 15 ediciones abriéndole espacio a los jóvenes; sin dinero, con el mínimo apoyo externo, mucha cooperación de la distribuidora y las productoras del ICAIC y, como dije, con algunas dudas y suspicacias tanto dentro como fuera de la Institución.

Este evento surgió también como respuesta institucional a la irrupción de nuevas tecnologías y nuevos lenguajes audiovisuales, como parte de la necesidad de democratizar verdaderamente el ICAIC y abrir sus puertas a la innovación y la renovación.Este evento surgió también como respuesta institucional a la irrupción de nuevas tecnologías y nuevos lenguajes audiovisuales, como parte de la necesidad de democratizar verdaderamente el ICAIC y abrir sus puertas a la innovación y la renovación—en el 2000, por ejemplo, el promedio de edad de los directivos y especialistas principales era de casi 60 años, y no existía ningún órgano colectivo de dirección en el primer nivel—y, al mismo tiempo,surgió para jerarquizar la producción nacional por todas las vías posibles, mediante la selección de los nuevos talentos, en un espacio público, transparente, abierto, con participación de los creadores en los jurados y en la organización del evento, sin la sombra del capricho, como lo iban a ser la propia Muestra y los demás espacios similares que se pusieron en marcha. Eran momentos en que, prácticamente, lo único que hacíamos eran algunas muy contadas coproducciones, sobre todo con España, en las que, por lo mismo, tampoco podía decirse —y no estoy haciendo juicios de calidad, pues se realizaron filmes muy importantes— que abundaba la diversidad temática, ni de género, ni siquiera de autores. O sea, como consecuencia de la situación económica, el cine cubano había perdido algunos de sus rasgos fundamentales: su talante joven (los “nuevos” directores dentro de la institución rozaban también los 60 años—y todos, con mayor o menor suerte, iban a hacer su primer largometraje de ficción relativamente pronto); su diversidad estética, y, por otra parte, reitero, había que proponerse reanimarlo también desde el punto de vista de su capacidad productiva, que resultaba determinante para recuperar su vitalidad, incluyendo la realización de filmes de animación, sumamente deprimida entonces. En este último aspecto, fue clave la decisión de Fidel—asistido por algunos de los realizadores más importantes de los Estudios, que dialogaron con él— de desarrollar la producción digital de animados, para lo cual se acondicionó el otrora edificio de la Distribuidora Nacional de Películas y se realizó una inversión millonaria en todas las monedas posibles. Los buenos resultados de aquella determinación, luego del entrenamiento y el aprendizaje imprescindibles, están a la vista de todos. Han quedado Meñique y un sinnúmero de largometrajes, cortos, videoclips, mensajes de bien público y programas de televisión en soporte digital. Al mismo tiempo, teníamos una nueva generación de cineastas que no recibía ningún apoyo del Instituto, ni siquiera para darse a conocer en los eventos que se realizaban en el país—como el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano— y que optaba por la emigración, no solo hacia el exterior, sino hacia otros sectores —en el mejor de los casos, hacia la televisión— y las escuelas, por suerte, formando y formando nuevos profesionales, pues una actitud pragmática hubiera hipotecado el futuro de tal modo, que hoy los Estudios serían un cementerio de trastes relativamente modernos pero sin pasado ni gloria. O sea, vivíamos una crisis en los dos sentidos posibles: de desarrollo y de subdesarrollo.

El parque tecnológico del ICAIC, tanto en producción como en exhibición, era completamente obsoleto no ya en el año 2000, sino desde mucho antes; sin embargo, contábamos con un “saber hacer” cine a la altura de cualquier país productor del mundo, que venía de una rigurosa tradición formativa y del hecho mismo de que aquellas poquísimas coproducciones que hacíamos, servían para el adiestramiento de nuestros técnicos-artistas, lo que nos situaba en el vórtice de las paradojas, pero sin inmovilismo gnoselógico. Sabíamos cómo y sabíamos más, pero no podíamos hacer el cine que necesitábamos.Que conste—y aquí sí quiero opinar sobre el momento actual— a pesar de la ostensible diversidad de las fuentes de producción y el limitado crecimiento, el cine cubano, y la cultura en su conjunto, todavía no han remontado esa cuesta productiva, y los problemas tecnológicos y económicos supongo que tiendan a agudizarse a escala institucional si no se opta por la diversificación de las fuentes financieras y la consiguiente realización de impostergables inversiones. Cuba tiene un potencial humano y económico en la cultura, que la sitúan en condiciones de convertirse en un gran exportador no solo de servicios, sino de bienes culturales. De lo contrario, seguiremos muy por debajo de nuestras capacidades intelectuales.

Cuba tiene un potencial humano y económico en la cultura, que la sitúan en condiciones de convertirse en un gran exportador no solo de servicios, sino de bienes culturales. De lo contrario, seguiremos muy por debajo de nuestras capacidades intelectuales.No todas las expectativas se cumplieron tampoco con respecto a la Muestra, que ocasionalmente se disoció de su razón de ser y cedió a lo coyuntural, a lo episódico. Y, además, porque una cinematografía emergente, ni siquiera pública o estatal, jamás ha sido privativa de una sola institución en ninguna parte—del primer ICAIC tampoco— sino de un conjunto de entidades (incluidas las financieras), políticas específicas (considerando las culturales, las informativas) y normas jurídicas que la arropen y encaucen (contenidas no solo las leyes de cine, sino las leyes por y para el cine). Y a ese espacio de los nuevos realizadores ni al ICAIC se les podía pedir que solucionaran lo que no estaba en condiciones de solucionar el país, inmerso en otras prioridades. Se trata, en fin, de una industria cultural nombrada cine que comporta y sintetiza la participación de todas las manifestaciones artísticas y literarias, y no de un rapsoda en la cumbre de una montaña, apelando a los dioses mientras blande una cítara. De ahí el mérito indiscutible de muchos cineastas cubanos y de la propia Muestra. Una vez dije que hacer cine en Cuba era un acto heroico, y no me arrepiento. Recuerdo que tuve que firmar nueve solicitudes de permiso para el rodaje de un par de secuencias publicitarias en la Avenida del Puerto. Si no fuera irracional, diría que era también burocráticamente heroico. Por el bien del cine cubano y del sentido común, espero que esto haya cambiado.


 

Digo más, la Muestra, en su aparente modestia, resulta imprescindible para escribir la historia del audiovisual cubano de los últimos 20 años; sobre todo para mapear la producción cinematográfica independiente o alternativa en nuestro país. Quien no haya pasado por ahí, diríase que no existe o, para no ser absoluto, que es una excepción injustificada. Y aquí incluyo a los realizadores llamémosles “establecidos”—ya que el evento ha propiciado, deliberadamente, la interacción de las diferentes generaciones que actúan en el panorama audiovisual cubano— y más allá, porque ha acogido a músicos, literatos, artistas plásticos, diseñadores, teóricos de la cultura, sociólogos, investigadores y quién sabe a cuántos otros. Se trata, más que del cine, del audiovisual en una sociedad como la nuestra y en tiempos de una revolución del conocimiento, de la que son parte las tecnologías. La Muestra siempre se propuso estar por encima de los compartimientos, de las parcelas, de la camisa de fuerza de los géneros y de los dogmas temáticos y estilísticos. No buscábamos los eternos discípulos imitadores de los maestros, buscábamos creadores, aunque estuvieran en su fase balbuceante, como un McLaren villaclareño, que apareció sin saber quién era Norman McLaren. Puro talento en su fase más pura. El problema tampoco era adivinar qué iban a ser aquellos jóvenes, sino saber lo que ya eran. Estábamos registrando el futuro, y tomábamos nota de ello, pero nos bastaba con conocer el presente; había que articular aquellas demandas de conocimiento y aquellos reclamos de espacio. Y allí era donde debían actuar los mecanismos de participación e integración de la sociedad,y ya dije que esto no siempre ocurrió con el mismo denuedo. Así empezó, como un proyecto muy serio, pero con demasiados frentes abiertos.

Una cinematografía emergente, ni siquiera pública o estatal, jamás ha sido privativa de una sola institución en ninguna parte.Cada año que pase, el cine cubano le deberá más a la concepción de la Muestra no sólo como proyecto, sino como programa cultural anticipatorio. Le voy a poner dos ejemplos, que ni siquiera son los más importantes: 1) A partir de la primera edición se experimentaron formas de producción novedosas y audaces para entonces. El resultado más conocido es Tres veces dos, pero también se realizaron otros cortos y documentales con apoyo de la institución y economía, llamémosla, híbrida, para no confundirla con la mixta, que siempre remite al dólar, al euro, a las monedas fuertes, de las que nosotros no disponíamos, y 2) En la Muestra fue donde primero el cine independiente esconocido y reconocido como un fenómeno de connotación positiva en Cuba, y donde más se luchó contra la demonización del concepto, que entre nosotros era un problema. Esa convicción no vino de ninguna otra organización social o entidad académica del país, se defendió y se legitimó en cada encuentro de jóvenes realizadores. Allí están los textos de los catálogos y del Bisiesto para corroborarlo. Las dos compañeras que tenían a su cargo el evento desde el punto de vista de la Presidencia del Instituto y la directiva del evento—en particular, Marisol Rodríguez, quien ha hecho una labor encomiable desde la primera edición, junto a su equipo histórico de especialistas— tenían muy clara esta misión, que no les había sido impuesta, sino que habían hecho suya porque la compartían y enriquecían continuamente. Su rol fundamental era consolidar y preservar el espacio de cualquier provocación o torpeza (que no faltaron, por cierto: unas más que otras), con lo que se ayudaba a desmitificar el problema y se propiciaba el desarrollo de nuevas formas de hacer cine, que respondieran a la época en que estábamos viviendo. A esto último contribuyeron significativamente quienes dirigían las tres entidades encargadas de la producción:la Productora Internacional, Audiovisuales ICAIC y los Estudios de Animación. En resumen, se logró articular un equipo de trabajo muy capaz, con los realizadores a cargo de las decisiones político-culturales más trascendentes.


 

Después de todo, el problema entonces no era únicamente establecer y esclarecer el concepto, sino, al mismo tiempo, reconocer el fenómeno y asimilarlo como parte de la evolución del cine y del progreso de nuestra sociedad.Otra actitud era y es, sencillamente, ir contra natura, negar la realidad, perder el rumbo. Hace muchísimo tiempo que una película puede producirse íntegramente por un individuo. Un individuo que puede ser parte de una empresa, una cooperativa, una institución o una transnacional, pero que también puede decidir hacer su película, verla y compartirla en Youtube. Él solo, él con su familia o él con sus amigos y seguidores. Y quizá, no precisamente por la suerte, pudiera llegar a convertirse en un suceso viral. Esto era inimaginable hace apenas diez años. Tal vez ese mismo individuo se descapitalice y no pueda cubrir los gastos de su segunda aventura fílmica heroica, quizá apele al crowdfunding y lo consiga.

Se trata, en fin, de una industria culturalnombrada cine que comporta y sintetiza la participación de todas las manifestaciones artísticas y literarias, y no de un rapsoda en la cumbre de una montaña, apelando a los dioses mientras blande una cítara. De ahí el mérito indiscutible demuchos cineastas cubanos y de la propia.Lo que estoy tratando de recalcar es que hay que acabar de comprender que la dinámica social y la evolución de los procesos culturales, no pasan únicamente por la voluntad individual del creador o del ejecutivo, aun cuando estos últimos dispongan de tantos recursos materiales y financieros que condicionen un encargo determinado. En el ICAIC siempre ha sido una premisa insoslayable la especificidad del arte cinematográfico y la de sus hacedores. Pero este no es necesariamente el único problema ante la realidad que se nos viene encima, sino que va más allá y se encuentra con las dificultades que incorpora la dimensión económica e industrial del cine en una realidad variable como la nuestra, donde el factor económico cobra cada vez más importancia. Es algo que toca a cualquier creador, incluyendo a los independientes, quienes generalmente no hacen el cine que quisieran, sino el que pueden hacer. O sea, esa supuesta libertad absoluta, allí donde más se pregona, no existe, y cuando pareciera que existe, termina por vérsele los “hilos invisibles” del mercado. Nadie medianamente sensato puede pretender que confundamos automáticamente, a estas alturas de la vida, libertad con mercado, mercado con calidad. Por eso sigo pensando que el objetivo de la Muestra no debe ser jamás apostar por el cine fácil de los presupuestos asegurados o de los aldeanos peseteros y vanidosos, sino por el que surge desde y para la alteridad como acto de resistencia y rebeldía artística. No renunciar a la experimentación, a la búsqueda del hallazgo difícil, al heroísmo de un cine que se propone ser diferente porque quiere ser arte. 

Que nadie venga ahora a renegar de ella sin haberla conocido, sin saber de qué se trata y, sobre todo, si es un advenedizo.

La Muestra, en su aparente modestia, resulta imprescindible para escribir la historia del audiovisual cubano de los últimos 20 años.En una entrevista publicada en el Bisiesto del 29 de febrero del 2004, usted afirmó que “las muestras de nuevos realizadores nos han complicado la existencia, como suele decirse, pero nos han enriquecido notablemente”. ¿Luego de 15 ediciones como argumentaría esa afirmación?
Parto de una premisa que pudiera interpretarse como una incitación al riesgo: “Los problemas se resuelven complicándose”. Desconfío mucho de la gente que elude los deberes de su responsabilidad por temor a equivocarse. Prefiero afrontar las consecuencias de actuar, de llamar las cosas por su nombre, de errar y no disfrutar los supuestos beneficios de una pasividad confortable, ni de la demagogia. 

Aprendimos mucho de ellas. Logramos representarnos —no solo en el Instituto, sino más allá, lo que le sirvió de algo al país—la complejidad de un fenómeno que era nuevo entre nosotros —la existencia de un cine cubano más allá del ICAIC, más allá de las instituciones— participar de su desarrollo y anticiparnos a los que serían sus problemas en el futuro. Y era “nuevo” porque se había insistido hasta la saciedad en que el cine cubano era el que se producía en el ICAIC e, incluso, en que el cine cubano prácticamente había surgido con el ICAIC en 1959, con lo que se anulaba de un plumazo un pasado quizá no siempre glorioso, pero, a fin de cuentas, con mérito propio. Eso está escrito y publicado, inferido y dicho. Acerca de todo esto y más se meditaba y se debatía en la Muestra, y se hicieron propuestas que no siempre encontraron la receptividad necesaria. Con lo que quiero decir que el evento no solo se ocupaba del cine que hacían los jóvenes, sino de la totalidad real del cine cubano, de reescribir la historia.

La Muestra siempre se propuso estar por encima de los compartimientos, de las parcelas, de la camisa de fuerza de los géneros y de los dogmas temáticos y estilísticos.En su existencia, esa cita de nuevos creadores ha resultado el mejor calibrador del presente-futuro del cine cubano. Allá los que jamás se percataron de ello o voltearon la cara para no verlo. Esto fue así hasta el punto en que, cuando la Muestra dejaba de ser el escenario para la diversidad y la calidad artísticas, la conexión de la institución con la masa crítica de la producción audiovisual, se resentía.

La Muestra le huyó a la rutina tanto como al igualitarismo populista. No era un cajón de sastre; tampoco el cenáculo de los elegidos. Siempre la vimos como parte de un programa para recuperar la Institución, y a partir de ahí, continuar desarrollando nuestro cine. Complicándonos, desde luego. Porque entendíamos que era un error gravísimo debilitar la Institución para enfrentar entonces la recuperación del cine cubano.

Los cineastas sin el ICAIC no tenían asidero alguno—como no fuera su obra precisamente “icaicentrista”— en las procelosas aguas de una sociedad abocada a importantes cambios económicos y socioculturales, como ya hemos dicho. Ignorar esto equivalía a suicidarse como grupo, tendencia o movimiento artístico. Por eso, al cabo de los años, comprendo aún mejor las preocupaciones de la dirección histórica del Instituto respecto a la cohesión entre los cineastas y la Institución, y su abroquelamiento ante cualquier hecho que amenazara la integridad del proyecto. Era un problema no solo cultural, sino político. Algo que no siempre se ha conseguido, pues depende de ambas partes, pero que, aún en las condiciones actuales —cuando el proyecto pudo haber cambiado en las apariencias, pero no en lo esencial— debería ser un objetivo permanente de los creadores y de los ejecutivos no solo del ICAIC, sino de todas las instituciones culturales.

Cada año que pase, el cine cubano le deberá más a la concepción de la Muestra no sólo como proyecto, sino como programa cultural anticipatorio.También en esa ocasión citó como uno de los objetivos más nobles e importantes de la Muestra, el que fuera un espacio de diálogo intergeneracional. ¿Lo considera un objetivo cumplido? ¿Por qué?
Diría que ha sido un objetivo cumplido en buena medida. Hubo compañeros que propiciaron ese intercambio más que otros, en parte porque ellos también lo necesitaban. Opino que si los jóvenes realizadores dejan de tener una conexión orgánica con la historia del cine cubano —lo que no excluye que sea crítica, sino todo lo contrario— difícilmente van a encontrar su propio camino en un mundo tan confuso y estandarizado como el que nos toca vivir. Quien no tiene ni encuentra raíces, flota, vive al pairo. Y eso está bien para Remedios la Bella, quien, por cierto, iba de la mano de García Márquez; como el Dante de la Beatriz y Virgilio, aunque a los tres los guiara el primero; o Teseo, umbilicalmente ligado a Ariadna.

Nosotros somos simples mortales y no deberíamos proponernos descubrir el camino de los sinsentidos únicamente por renegar del de las obviedades.

Hay que acabar de comprender que la dinámica social y la evolución de los procesos culturales, no pasan únicamente por la voluntad individual del creador o del ejecutivo.En otra entrevista afirmó que la Muestra es un movimiento permanente, ¿qué otros espacios o iniciativas considera que podrían apoyar este movimiento?
En mis tiempos, la Muestra debió ser asumida como lo que era y no como lo que se pretendía que fuera. Mientras su efecto y su naturaleza eran ignorados o minimizados, transitábamos por senderos que se bifurcaban y el ICAIC quedaba solo ante problemas que lo superaban. Las organizaciones juveniles, por ejemplo, debieron acogerla como propia, y dejar de verla con suspicacias, generalmente ajenas a su propio universo. El debate de los jóvenes realizadores debería ser, sobre todo, con sus contemporáneos. Ellos hacen un arte que, incluso en sus limitaciones, explica déficits innegables de nuestra imagen como sociedad. Esto se advierte también en el devenir del Almacén de la imagen, el otro evento para jóvenes cineastas que se convoca en el país. Con magníficos resultados por cierto, y estrechamente ligado a la Muestrade Nuevos  Realizadores desde que esta surgiera. Era muy positiva la relación que existía en el período del que hablo, la que, estoy seguro, se ha diversificado y enriquecido en los últimos años.

En general, el sistema de eventos cinematográficos o audiovisuales que se realizaba en el país, debió articularse mejor, complementarse de una manera más eficaz. La idea de que en el ICAIC surgieran estos eventos, que se ocupaban de segmentos diferentes de la producción cinematográfica, perseguía tal integralidad. Una imagen lo más completa y estudiada posible del cine cubano y de la realidad en que se asentaba. Estos eventos buscaban llenar los vacíos que dejaba el Festival de La Habana,el cual ya no se caracterizaba por su apego al cine que se producía en la institución ICAIC. Imagínese que, ante el reclamo de algunos realizadores, habíamos decidido comenzar a trabajar en la celebración de un festival de cine cubano, el cual, de hecho, ensayamos en las salas de los cines Riviera e Infanta. Por suerte, esto dejó de ser un problema a finales de 2012, y ya en la pasada edición estuvo presente, de un modo u otro, prácticamente toda la producción cubana del año, lo que pudiera plantearle nuevos problemas a nuestro evento mayor.


 

Ahora el cine de los jóvenes, el nuevo cine, el novísimo o como lo quieran llamar —cine cubano a fin de cuentas—el de los nuevos realizadores y las nuevas formas de producción, pudiera penetrar aún más en los diferentes espacios de validación que existen en el propio Instituto y en otras instituciones afines, varias de ellas no precisamente culturales, aunque la Televisión Cubana le dé cabida como nunca antes en su programación. Tómese en cuenta que no fue sino en la primera década de este milenio que nuestra televisión empezó a exhibir una parte de la producción cinematográfica que hasta entonces había estado silenciada o era invisible en ese importante medio de comunicación. Sin embargo, nuestro cine precisa de una programación cada vez más intencional en los medios de alcance masivo, que en el mundo son los digitales y en Cuba ya empiezan a serlo. Ante la hegemonía absoluta del cine norteamericano, hay que proponerse la ubicuidad de las alternativas, que somos todos los demás, excepto una parte de Hollywood, la peor.

El objetivo de la Muestrano debe ser jamás apostarpor el cine fácil de los presupuestos asegurados o de los aldeanos peseteros y vanidosos, sino por el que surge desde y para la alteridad como acto de resistencia y rebeldía artística.Ante esta alarmante circunstancia, le digo con tristeza y responsabilidad que me pre(ocupa) que todavía sigamos viviendo en un país fragmentado, gregario, desde el punto de vista de la cooperación cultural. Da muchísimo trabajo que la gente interactúe y comparta no solo los perjuicios, sino las dudas y los beneficios. Muy pocos piensan, por ejemplo, en términos de complementariedad, de red, de interactividad. Muchos viven aún aferrados a su parcela, aunque parezca lo contrario.“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea…”, decía Martí. Así tenemos muchos todavía entre nosotros. Y ahora, con las diferencias sociales acentuándose, preparémonos para sufrir y afrontar los embates del egoísmo y el consumismo socialmente legitimador: el paradigma del que más tiene, del supuesto triunfador, frente al paradigma del que más sabe, del más abnegado. Llegar a tales extremos con indiferencia, equivale a haber perdido lo que verdaderamente nos distingue de buena parte del resto del mundo: la solidaridad, la dignidad y el respeto por la honradez y el conocimiento.


¿Qué retos considera tiene la Muestra actualmente?
No conozco el diseño de esta edición, pero algo supe de la anterior. Creo que antes (y seguramente ahora) debieron inclinarse mucho más hacia los contextos del audiovisual, en el mismo sentido en que Alejo Carpentier hablaba de los contextos en su teoría de lo real maravilloso. Siempre he creído que un cineasta debería ser un renacentista. Y no pienso en el arquetipo de Leonardo Da Vinci, sino en Titón, Humberto y Julio, mucho más próximos que Fellini, Antonioni o Truffaut. Todos con una formación cultural (e ideológica: no le tenían miedo a la palabra en su mejor sentido) que se echa de menos. Como mismo puede afirmarse que el cine siempre es mucho más que una institución específica, habría que reconocer que es un fenómeno que trasciende también a los cineastas llamados puros. La Muestra tiene que propiciar que los jóvenes creadores no solo expongan su relación con la realidad, sino que se encuentren con ella desde el punto de vista de los contextos culturales, políticos, económicos, tanto del país como del mundo; desde el punto de vista de la teoría, el conocimiento y la reflexión crítica. Hay que explicarse el mundo constantemente para poder transformarlo o, al menos, para saber sobrellevarlo y no perecer en el intento. No deberíamos confiar demasiado en ningún tipo de enseñanza. No somos escolásticos, pero siempre estamos en la obligación de enseñar y de aprender, y cualquier espacio es importante para ello. A ver si nos reencontramos ininterrumpidamente con la noción del cineasta como un ser culto y comprometido, rebelde en lo esencial, que conoce y se reconoce en su tiempo, que crea y re-crea, que es capaz de sobreponerse a los menesteres de las circunstancias e ir más allá de las escaramuzas y las anécdotas, del aspaviento irresponsable, que se propone ser demiurgo y monje, transformar el mundo o sencillamente hacerlo más llevadero, bien a través de su mirada o de la mirada de cualquier ser humano, aun sin tener plena conciencia de ello. Alguien, en fin, para quien la obra de arte no sea un pretexto, sino la razón de vivir.

Creo en ese artista como referente universal. No me interesa perder el tiempo en nimiedades, que sería como perder la única y breve vida que tenemos.