“Siempre he continuado el trabajo de Nicola”

El guitarrista y compositor Jesús Ortega es uno de los discípulos del maestro Isaac Nicola. Esa influencia la reconoce en su docencia, en la técnica que ha desarrollado, en su quehacer como músico. El centenario de su profesor motiva nuestro diálogo que, al suceder en el marco del Festival Internacional de Guitarra de La Habana —dedicado precisamente a esa conmemoración—, se adentra en otros tributos del evento, como el octogésimo aniversario de mi interlocutor. Y claro, se convierte en oportunidad para conocer su apreciación sobre los acordes que brotan hoy de la academia cubana.

Como ha dicho en otras ocasiones, hubo un momento en que se apasionó por el flamenco. Junto a su amigo Leo Brouwer buscaba una manera de tocar mejor el género. “Habíamos conocido a un guitarrista flamenco, Chucho Vidal, quien había sido discípulo de Sabicas y buscábamos mayor agilidad con los dedos. Buscando esa técnica llegamos a Nicola. Leo, primero; yo, después. Así se lo dijimos al Maestro y él buscó la forma de neutralizar aquello. Se ponía a tocarnos repertorios de vihuelistas del siglo XVI, piezas de su repertorio y otras. Yo no había escuchado nunca una Fantasía de Milán ni una Sonata del sol. Para nosotros era totalmente desconocido. Ahí mismo se me olvidó el flamenco, aunque lo siga disfrutando”.


Foto: Tomada de Internet
 

La trayectoria de Jesús Ortega, a sus 80 años, lo ubica como un reconocido concertista y pedagogo. En esa carrera, cuenta, fueron notables Harold Gramatges, “maestro de composición y amigo personal”, y “compañeros de estudios como Juan Blanco”. De hecho, es la música electroacústica una de las que más consume y marca también su producción. “El pasado Cubadisco otorgó un premio a Fanfarria de primavera, obra electroacústica”, recuerda. Y luego menciona otros nombres significativos en sus composiciones: Igor Stravinski, los cubanos Amadeo Roldán y García Caturla. “Me he dejado influir por la producción cubana culta de todos los tiempos; pero también por la rumba, el danzón, el son. Esto en cuanto a la creación personal, aunque en la ejecución de la guitarra, la importancia de Nicola es indiscutible”.

Nicola intentaba darnos las herramientas a sus alumnos y luego nos permitía una libertad de acción para aportar creatividad personal. Eso, para mí, ha sido de un valor enorme.Isaac Nicola tenía un principio: más que formar instrumentistas o virtuosos ejecutantes de la guitarra, quería lograr músicos.  ¿Cómo valora este propósito a la luz de hoy?
Esto es a lo que debe aspirar un profesor de cualquier instrumento o especialidad musical. El instrumento no es más que un medio para expresar algo, y si se trata de música, existe un abanico de posibilidades muy grande. Nicola intentaba darnos las herramientas a sus alumnos y luego nos permitía una libertad de acción para aportar creatividad personal. Eso, para mí, ha sido de un valor enorme, siempre he continuado su trabajo y trato con mis alumnos de formar músicos. Es un elemento fundamental de la enseñanza artística.

Sin embargo, el Maestro estaba en contra de todos los métodos— refiriéndonos a método como una pauta, un libro—. Para él lo más importante de la enseñanza era que el profesor tuviera claro sus objetivos y fuera muy flexible. La primera vez que me lo dijo fue porque yo había hecho un poco de empirismo, también con los métodos de Pascual Roch, de Carcassi, y otros. Me decía: “sí, todos esos son muy buenos, pero sin maestro no funcionan”. Solo servían de un elemento auxiliar en la enseñanza. Su profesor en España, Emilio Pujol, escribió un voluminoso texto que se llamaba Escuela razonada de guitarra, tratando de orientar a quienes querían estudiar la guitarra y suplir un poco la falta de profesores; y Nicola siempre se cuestionó el sentido, hasta ese punto llegaba. El método es bueno cuando lo conduce un profesor debidamente.

Hay una personalidad central en el desarrollo de Isaac Nicola como guitarrista y luego profesor, su madre Clara Romero. Ella organiza  la Sociedad Guitarrística de Cuba, impulsa el surgimiento de la revista Guitarra, erige las bases de la Escuela Cubana de Guitarra. En tiempos difíciles para el protagonismo de la mujer, se sitúa al frente de todo este movimiento…
Doña Clara era una mujer excepcional. Muy pequeña se la llevaron a Málaga —Romero es un apellido muy malagueño— y allí estuvo, aproximadamente, hasta los 17 años, cuando regresa a Cuba. Había estudiado en la escuela de (Francisco) Tárrega bajo la dirección de un discípulo de este que vivía en Málaga. Vuelve con una idea muy fuerte: que ante el empirismo existente, se sentaran  las bases de una escuela de guitarra clásica. Había otros como Pascual Roch, quien estuvo en Cuba, y Severino López, que trataban de enseñar la guitarra en el país; pero aquella idea de Clara fue prácticamente la razón de su existencia.

En el caso particular de Nicola su vocación de docente superaba la de intérprete.En los años 20 y 30 del siglo XX la mujer no era precisamente una figura que liderara algo. Había algunas como las de Castro, Rosalía y su hermana, pero en general son escasos los nombres de mujeres que encabezaron cosas. A esto se suma que tuvo diez hijos, de los cuales perdió dos, y tampoco la suya era una familia lujosa.

Ella logró convencer a la Dirección de Pro Arte Musical —liderada por María Teresa Montes de Giberga, una mujer bastante culta y muy emprendedora— para iniciar allí las clases de guitarra dedicadas a “las niñas de bien”; aunque ella se encargó de involucrar a otras. También convenció nada menos que a Amadeo Roldán, quien la siguió en ese propósito en el Conservatorio Municipal de La Habana, el único conservatorio oficial de música de todo el país.

Argeliers León, eminente etnólogo y musicólogo, de quien fui amigo, decía que ella tenía muy claro el concepto de que el folclor es esencial para la cultura cubana. En esa época era un concepto todavía poco comentado. Era la época de Fernando Ortiz, de los negristas en la cultura cubana…Por eso, estas ideas de Clara eran bien revolucionarias y ese fue un aporte valioso. Tampoco le importó en un concierto mezclar la mejor música de guitarra clásica con otras, y además, impulsaba a sus alumnos a componer.

Hizo, también, algo muy inteligente. Mandó a su hijo Isaac, que era en esos momentos el que más se destacaba, a estudiar en el exterior; fue un esfuerzo enorme, porque era una familia modesta. Cuando él regresa en los años 50, el organismo de Clara estaba resentido y muere. Su hijo continuará  su obra. Ella puso la semilla y mucho más en la escuela cubana. El árbol que empieza a crecer fue sembrado por Clara.

Se ha considerado a Nicola como “un guitarrista notable, pero un maestro excepcional”. ¿Usted cree que haya sido este acontecimiento familiar y la intención de continuar el legado de su madre, lo que hizo que el estreno en 1957 de Danza característica, de su alumno Leo Brouwer, significara su última presentación públicamente?
En el caso particular de Nicola su vocación de docente superaba la de intérprete. Aunque te puedo decir —porque fui uno de los alumnos privilegiados que lo escucharon con mucha frecuencia— que sobre todo en los comienzos de nuestros estudios, tanto los de Leo como los míos, él había hecho un dúo con otro guitarrista, José Rey de la Torre, y había tocado en Cuba y Estados Unidos con mucho éxito. Yo asistí al último recital del Maestro en Bellas Artes, en el edificio que hoy llamamos de Arte cubano, y fue muy hermoso.

Tenemos que hacer un alto y recuperar y perfeccionar la enseñanza de la guitarra en algunas zonas del país”. Si tú quieres ser un buen ejecutante, tienes que dedicar muchas horas al día para estar apto y tocar; no puedes atender una gran cantidad de alumnos. El Maestro fue director del Conservatorio de Música de La Habana, hoy llamado Amadeo Roldán. Lo sustituí cuando pasó a dirigir la Escuela de Música de la Escuela Nacional de Arte. Allí estuvo muchos años y de ahí  pasó al ISA, con muchas responsabilidades. No se puede hacer todo esto y, además, ser músico. Él eligió lo que le pareció su mejor rendimiento. La docencia es una vocación y tú la tienes o no, como la ejecución del instrumento también lo es. Con mucha frecuencia no coinciden las dos en una misma persona”.

Para Jesús Ortega, un aspecto admirable del Maestro fue su relación con sus alumnos, a quienes continuó tratando como tal y defendiendo, aun después de las aulas. “Esa vinculación humana es algo que siempre destacaría”, comenta el músico, quien junto a otros discípulos, entre ellos  Leo Brouwer y Marta Cuervo, aportaron en diferentes momentos a la divulgación y la pedagogía de la guitarra en Cuba, siguiendo las huellas de Nicola.

Es lo que se pretende con el Festival Internacional de Guitarra de La Habana. “La Escuela Cubana de Guitarra  se perfeccionó a partir de 1982 con el surgimiento de ese encuentro, porque todos los maestros que visitan nuestro país aportan con sus conferencias. Ese choque de ideas es fundamental”, dice Ortega.

La recuperación del festival, del que Nicola fuera uno de sus fundadores, tendrá que coincidir con otros esfuerzos en torno a la creación musical cubana. Según mi entrevistado, “necesitamos una campaña muy grande para mostrar la música cubana de concierto que es de primera línea. Hay muchos compositores olvidados. Por ejemplo, Esteban Salas no es solo el compositor más importante de Cuba del siglo XVIII y principios del XIX, lo es de toda América, incluyendo Estados Unidos. También hay un compositor manzanillero, el maestro Carlos Borbolla, que tiene una obra increíble. Por otro lado, tenemos que hacer un alto y recuperar y perfeccionar la enseñanza de la guitarra en algunas zonas del país”.

Sin embargo, para el también maestro de la guitarra cubana y actual presidente del Festival, hoy es más alto el nivel de los estudiantes y “tenemos numerosos guitarristas, fuera y dentro del país, con mucho talento”. Aun con las dificultades para encontrar el instrumento aquí, para renovar sus cuerdas, este sigue motivando a los jóvenes, quienes también incursionan en géneros más modernos utilizando la guitarra eléctrica, lo que logran, muchas veces, a partir de los conocimientos de la guitarra clásica.

Eso ocurre en la academia. ¿Y  fuera de esta?, le pregunto. “Existe también el empirismo, el cual sería tonto negar. Ahora mismo se presenta al Festival un guitarrista que se graduará de Ingeniería. Aunque en gran medida lo que ha conseguido ha sido con su esfuerzo, porque le gusta mucho la guitarra,  también lo he ayudado un poco…”. En otro momento de nuestro diálogo, afirma: “Sindo Garay, el Benny, demostraron que no era necesario formarse en una escuela para ser un gran músico; pero les costó más trabajo porque tuvieron que descubrir las herramientas que una academia les hubiera facilitado. Se puede, aunque el camino puede hacerse más largo.” Así, refuerza la necesidad de un profesor, una premisa que siempre defendió Nicola.