Si no hablo de ti me muero

Que yo haya nacido en el habanero barrio de Cayo Hueso es una verdad a medias.Yo nací en Maternidad de Línea, eso me hace habanero cien por ciento, ¿no? Viví los dos primeros años en la calle Santiago, que está detrás de la antigua compañía de electricidad en el barrio de Pueblo Nuevo, en un solar que no sé si aún existe. Pero de aquel lugar mis recuerdos son muy vagos. Después nos mudamos para el Callejón de Hamel; exactamente en la calle Hospital. Para no hacerte la historia larga, el solo hecho de cruzar la calle Zanja cambió mi vida y mi lugar de nacimiento. Ahora es muy difícil convencer a la gente que ha escrito cosas sobre mí de lo contrario, entonces se queda Cayo Hueso. También es cierto que es ahí donde comienza la historia de mi vida, en el Callejón de Hamel, donde ocurrió mi infancia, donde están los primeros recuerdos. Pero también viví en Oquendo entre San Rafael y San José en un solar del que no recuerdo el nombre ahora mismo, hasta que fuimos para la Lisa.

El barrio de Cayo Hueso que yo recuerdo era un lugar muy vivo que, además de los ruidos que puede haber en cualquier lugar de la ciudad, tenía sus propios olores. Había olor a frita, estaba el olor de la panadería La Candeal –que no sé si existe– donde mi padre nos mandaba a buscar siempre una flauta de pan crujiente, lo mismo para desayunar que para comer.Yo no creo haber comido nunca más un pan como aquel de mi infancia, salvando las distancias y las vivencias. Recuerdo mucho el mostrador del Lazo de oro, donde hacían un caldo gallego riquísimo que muchas veces nos mató el hambre en la casa. Iba con Pancho (así le decimos desde niño a mi hermano Francisco) llevando una lata grande en una jaba de saco, lata que si no me falla la memoria era de chorizos gallegos, y regresábamos con cuidado de no quemarnos porque lo servían muy caliente, y para que no se botara ni una gota. Mira qué cosas tiene la vida, yo he estado muchas veces en España, en casi todas las ciudades, y no he comido allí, hasta hoy, un caldo gallego con ese sabor.

Jugar…, jugaba en el parque de Trillo. Estudiaba en una escuela que estaba al frente llamada Encinosa y después de clases mataperreaba por allí. Recuerdo que en la esquina de San Rafael y Oquendo había un señor que hacía guitarras, o las arreglaba, y allí más de una vez vi a Sindo Garay. Aquella figura pequeña, que siempre tenía un cigarro lo mismo en la boca que en la mano, y que pasaba horas allí probando guitarras y cantando. A veces yo me detenía a escucharlo; para ser más exacto me detenía a observarlo entre un juego y otro, pero era curiosidad de muchacho. Otras veces estaba allí simplemente tomándose un trago de ron. Recuerdo que era capaz de cambiar una misma melodía cuantas veces quisiera y siempre sonaba perfecta.

¿Qué aquello me haya influenciado? Si te afirmo eso te diría una mentira. Yo era un niño y aquello me llamaba mucho la atención. Era más curiosidad que otra cosa. Ah, lo que sí es un grato recuerdo.No tuve conciencia de lo que representaba aquel anciano llamado Sindo Garay hasta muchos años después.

Cayo Hueso siempre ha sido un barrio de músicos y de música, pero honestamente en mi infancia la música era “eso” que hacía mi padre y que muchas veces no alcanzaba para comer. Lo que no te puedo negar es que desde siempre la guitarra fue el instrumento que me cautivó. Tal vez por esa razón muchas veces me paraba allí, en la puerta de aquel lugar, para admirar las guitarras, su sonido, y, por qué no, a aquellos señores –a muchos los conocí después– que pasaban horas y horas con una guitarra en la mano.

Cuando crezco, tendría unos doce o trece años, comienzo a tomar conciencia del ambiente musical que me rodeaba, como la gente del movimiento del feeling: Ángel Díaz, César Portillo y José Antonio Méndez, a los que veía por allí.Y eso mismo me pasó con la rumba.Yo no era de meterme en los solares cuando había alguna rumba o un “toque” –estabanademás las leyendas de violencia cuando había una fiesta de santo–, pero aquella música se me fue colando en el cerebro y estalló con el paso del tiempo.
 

Juan Formell, la inspiración de la música
 

¿Travesuras?, como todos los muchachos, unas más peligrosas que otras. El barrio de Cayo Hueso siempre ha tenido problemas con el agua.Yo iba con mi hermano hasta Mazón y San Miguel, donde hoy están los estudios de la televisión, a una toma de agua con un tanque grande en una chivichana sin freno y después cruzábamos Infanta a una velocidad que daba miedo. Me colgaba en los tranvías que bajaban por la calle San Rafael hasta Galiano. Sí, sí, con chores cortos y a veces hasta medio rotos de tanto correr con mi hermano y los amiguitos del barrio. Yo soy tres años menor que él y de alguna manera era “la mascota” de aquel grupo. Después íbamos hasta la Plaza del Vapor y me extasiaba con los olores de las comidas que cocinaban allí, lo mismo los chinos que cualquier otra persona.

Realmente tuve una infancia feliz. Ah, que hubo momentos difíciles, los hubo, muchas familias los tuvieron. En el caso nuestro, muchas veces mi papá pagaba tres meses de alquiler y después no tenía para pagar las mensualidades y nos mudábamos nuevamente, pero siempre dentro del barrio, hasta que compró una casita allá en la Lisa donde él y mi madre pasaron sus últimos años.

También tengo vagos recuerdos de las cosas que pasaban en la Universidad. Uno estaba jugando y de pronto sentía una sirena y eran las perseguidoras subiendo por San Lázaro para la Universidad. Estaban las manifestaciones de los estudiantes…

Te hablaba de sonidos, también estaba el sonido del feeling que me acompañó en la infancia.Yo conocía a Ángel Díaz desde niño; vivía en el callejón de Espada. La calle Hospital divide ese callejón del de Hamel, y uno veía a aquellas personas y las identificaba.Tú sabes que ese sonido lo tengo aún fresco.

En mi casa siempre se escuchó música, de hecho siempre había música por obra de mi padre, Francisco Formell. Eso lo he contado decenas de veces, lo que nunca he dicho es que mi padre, y me enorgullece decirlo, fue compañero de estudios de Amadeo Roldán y de Alejandro García Caturla, de Harold Gramatges… Era un hombre de oído absoluto, tanto que, créeme que no exagero, era capaz de decirte la nota exacta en que sonaba el claxon de una guagua, algo que muchos músicos no pueden hacer.

A la luz de los años he pensado que en mi infancia vi en la casa más partituras que frijoles. Puede parecer un chiste, pero papá además de hacer arreglos era también copista musical, una tarea muy difícil y que pocas personas hacen con rigor.

Las influencias musicales las puedo considerar hoy confusas. Era un niño y me dediqué a vivir mi infancia hasta que la vida me colocó en el camino de la música. Pero debo decirte que mis padres siempre insistieron en que estudiáramos y fuéramos ingenieros o doctores o abogados. ¿Te imaginas yo abogado o médico…? En la casa, además de música, había tiempo para lecturas y para los estudios.

A mi hermano Francisco, desde que nació, papá le puso el piano en las manos, debió ser por el hecho de que era el primogénito y llevaba su nombre, recuerda que siempre el mayor de los varones heredaba el nombre del padre. Y a pesar de que mi hermano siempre tuvo musicalidad la música no era lo suyo. Estudió ingeniería y es un gran geólogo, doctor en geología, pero con el paso de los años y de la misma vida ha terminado formando parte de mi equipo de trabajo.

¿Cómo llego a la música para encaminar mi vida? Primero ya yo sentía inclinación por la guitarra. De hecho cantaba con amigos canciones de los tríos de la época, Los Panchos, Los tres caballeros y otros tríos. Me aprendía aquellas canciones y sus acordes.

¿El momento en que decido asumir la música como forma de vida? Creo que en el fondo eso llenó de orgullo a mi padre. Fue después que cerraron el Instituto de El Vedado, que era donde yo estudiaba, por la situación política de aquellos años. Su primer consejo fue hacerme saber que en una orquesta cualquiera, con cualquier formación, hay dos instrumentos que siempre “comen”, porque no sobran: el piano y el bajo, y como yo había comenzado tarde en este asunto de la música, el piano me iba a resultar difícil. Así que quedó el bajo. Y al bajo volqué todas mis energías, y con mis energías llegaron los desencuentros, los malos entendidos y hasta algún que otro disgusto, porque él quería enseñarme a su manera y yo quería aprender de otra.

Pero volviendo a aquellos años de mi adolescencia, ya había escogido la guitarra y tenía disposición, tocaba de “oído”. Mi padre me ve la actitud ante la música y entonces la cosa se vuelve seria. Comienzan las clases y un aprendizaje en el que entraron todas las influencias musicales que me rodeaban.

Tú sabes que con mi padre a mí me pasa lo mismo que con la pelota, te explico: se puede ser un gran tercera base pero un mal mánager. Lograr esas dos cosas es a veces difícil, y eso pasaba con Francisco Formell: un gran músico pero no muy bueno como pedagogo. Dar clases con él era una batalla campal. Si era Fa sostenido y tú dabas Fa natural, detrás venían el par de cocotazos y las palabrotas en masas, tanto, que comencé a hacerle rechazo. Hasta que encontré la mejor de las tácticas que me permitió tener un gran maestro: me pasaba horas haciéndole preguntas y pidiéndole consejos, conversando con él, revisando partituras y escuchando música juntos. Oíamos todo tipo de música, sobre todo clásica, y eso me dio, sin yo saberlo, un bagaje increíble en cuanto a la apreciación musical. Te confieso que aún sigo siendo su gran fanático.

¿Su error? Creo que fue no haberme hecho estudiar música desde pequeño. De haberme puesto a dar clases de modo formal en unconservatorio y no con él, creo que hubiera aprendido a tocar el piano, aunque fuera como estudio complementario, o hubiera escogido otro instrumento. Hay también otro fenómeno con mi padre y es que cuando comencé a hacerle rechazo por su método de enseñanza, él fue cambiando su actitud, pero no mucho. También estaba enfermo y el tiempo se le estaba acabando. Eso me permitió aprovecharlo muchísimo.

Ser un gran músico le permitía hacer arreglos con una facilidad tremenda. ¿Me permites una incidental? Hace años, recién muerta mi madre, no sé cómo me vi en su casa revisando papeles viejos, y me encontré un grupo de partituras de mi padre que tenían fecha de los años 50, de finales de aquellos años. Bueno, de momento estaba sentado tarareando nota por nota y, no me lo creerás, pero me sonaban actuales. No te quiero decir con esto que mi padre fue precursor de nada, sino que se trataba de una música fresca, con un swing tremendo si se compara con lo que se hacía en su tiempo.

A mí me fascinaba ver trabajar a mi padre. Tenía un oficio impresionante y un oído absoluto. Tú le tarareabas una melodía y él la escribía de modo perfecto. Te puedo afirmar que esa fue una de las más grandes y hermosas influencias musicales de mi vida, tanto, que todas las bases sobre las que comencé a escribir música, fueron las que él me enseñó.

Así estuvimos hasta que la muerte me privó de un excelente profesor y de un gran amigo, en el momento que más ansiedad de saber tenía como músico. Pero la vida y la música debían seguir su curso. Curiosamente, él muere en el año 1969.

Profesionalmente debuté tocando en sextetos y septetos, haciendo sopa. En aquellos años, finales de los 50, lo más que hacían los sextetos y septetos que no estaban establecidos, que no tenían un nombre, era tocar donde se pudiera. Lo mismo en una fiesta, que en un baile, que en una esquina. Y la sopa daba para comer. Hasta que cambió la vida. Pero con orgullo puedes escribir que Juan Formell, como músico, hizo sopa.

Antes te había comentado mi relación natural con la guitarra y la atracción que aquella tienda o taller de reparaciones ejercía sobre mí desde que la descubrí siendo un niño. Con los años aprendí que se les llama lutier a quienes se dedican a este trabajo. Bueno, en la medida en que fui creciendo me involucré en cuanto trío aparecía en el barrio y ese tocar de oído creo que fue lo que hizo que siempre me llamaran para tocar en cualquier lugar. De aquel comienzo hoy concluyo que era un buen guitarrista, hasta que comenzaron los otros estudios musicales.

Hay un detalle que pocas veces se menciona cuando se habla de la música que he hecho y es que el haber aprendido a tocar en los septetos es la manera más completa de conocer gran parte de los secretos de la música cubana. Si tú analizas la historia descubrirás que muchos de los grandes alguna vez pasaron o estuvieron en un septeto.

No es nada complicado deducir que si yo había comenzado a tocar en sextetos y septetos el son debía fascinarme. Creo que una gran influencia en mi vida la ejerció la orquesta Aragón, lo mismo que Chapottín con su conjunto. Y qué decirte de la voz de Miguelito Cuní y la música norteamericana que escuchaba por las emisoras de radio CMOX y Radio Kramer. Escuchaba a todos los grandes del rock de aquellos años. Y los tríos, que fueron muy influyentes en esa primera etapa de mi vida musical, más el feeling. Entonces me lancé a escribir música sin tener una madurez de conocimientos, sin una total formación; formación que después completé con otros estudios.

A la luz de los años me doy cuenta de que aquella pasión inicial por escribir música no fue más que un acto temerario que me salió bien. En pocas palabras: yo era muy arrestado, y me atreví a hacer cosas a como diera lugar.

Bueno, con ese poco bagaje y mucha temeridad –no olvides a Francisco Formell– me lanzo a hacer mis primeras composiciones y los primeros arreglos de mi vida y de mi carrera. No paraba de escribir música, era como una enfermedad: mezclaba sonidos que estaban en mi cabeza y querían estallar. Y todo eso comenzó a llamar la atención de algunas personas: de Elena Burke, de Aída Diestro, que era mi amiga, y con quien aprendí muchos secretos de este mundo de la música, y me divertí.

La necesidad de superarme era inevitable. En casa se estudiaba mucho, recuerda que mis padres querían que fuera médico o ingeniero o abogado, cualquier cosa menos músico, y por esa razón leer y estudiar no me resultaba tedioso. Esa necesidad me hizo tomar cursos con Félix Guerrero, con Tony Taño, con Rey Díaz Calvet y con otros músicos de la época.

En aquel momento mi nombre se comenzó a hacer conocido como instrumentista, contrabajista fundamentalmente, que leía bien, y eso me abrió las puertas de los programas de televisión y de radio con muchos artistas –estamos a comienzos de los 60–, hasta que empiezo a trabajar en el Club Barbarán con el maestro Rubalcaba. Antes te hablaba de las influencias, haber trabajado con Rubalcaba, con Peruchín y con Juanito Márquez, que era un buen guitarrista, me dio un bagaje más profesional. Fue otra escuela para estas lides, además de que ya había comenzado a estudiar armonía y esas cosas.

Con ellos completé el aprendizaje que Francisco inició, porque después de eso yo era capaz de escribir lo mismo para una orquesta de cinco o seis saxofones, que de tres trompetas.En fin, hacer un arreglo para una jazz band me era pan comido. Le hacía un arreglo a cualquiera y aún creo poder hacerlo después de tantos años. Luego te cuento una anécdota sobre esto mismo con el maestro Armando Romeu.

¿Generoso Giménez? Qué clase de personaje ese, pero qué músico más completo. Ese fue otro de mis maestros. Yo me gané la plaza en la banda de la policía por oposición. Me presenté a examen y gané. Aquella era una banda sinfónica que tenía un repertorio clásico impresionante. No olvides que yo vengo de la calle y con una formación incompleta, pero me había ganado la plaza por mi manera de solfear y de leer a primera vista. Estaba ante una nueva experiencia que sería de alguna manera determinante en mi vida profesional futura.
 

Guitarra en mano, haciendo de la música de varias generaciones de cubanos
 

Te puedo decir que Generoso me vio algo distinto a los demás, en aquella época se hacían actividades fuera de la banda y un día me dice: Formelito, te voy a empezar a usar. Y así fue. Él además de la banda de la policía dirigía la orquesta de Radio Rebelde y la del Benny, donde hice como tres o cuatro suplencias. También toqué con el Benny en algunos bailes. Gracias a sus enseñanzas supe que en la música popular la sencillez y la simpleza son determinantes. Recuerdo el día en que llegó con el arreglo del tema “Mi son Maracaibo”, me parece estar viendo la partitura que tenía escritas pocas cosas: pon pipi, pon piri, pon piri pon piri. Y después decía: mil veces más. Y a mí se me ocurrió decirle: maestro, ¿y esto no tiene más nada?, y su respuesta fue genial: deja que tú lo oigas. Eso parece sencillo pero tenía una gracia y una genialidad insuperables. Con cuatro notas movió una cantidad de gente, y hoy es un clásico de la música cubana.

Salí de la banda de la policía tiempo después, más preparado musicalmente y con una formación increíble, para entrar en un nuevo mundo. Cargando la guitarra y el bajo, además de algunos sueños, sin saber que era un trovador.

La guitarra y el trovador… Primero, es un instrumento fácil de cargar. Un piano pesa mucho. Segundo, para armonizar, desde mi perspectiva, tiene sus ventajas que la diferencian del piano. Cuando uno se inicia como yo, esa es la mejor forma de entrarle a la música, tanto es así que yo todo lo hago con la guitarra, y uno se pasa todo el tiempo probando armonías una y otra vez.

En los 60 yo era muy espontáneo creativamente. Quería contar y escribir todo lo que pudiera. Escribía muchísimo, no perdía la oportunidad de escribir donde quiera y sobre lo que pudiera. Entonces, como escribía, quería cantar; de hecho a mí me gusta cantar. Pero tengo presente que en la música hay quien puede componer y además tiene una voz privilegiada, ahí tienes el caso de Pablo Milanés, y está el que escribe bien y no es buen cantante. En ese último grupo entro yo y te puedo incluir a Silvio, que es un compositor muy bueno que se ha tenido que fajar solo con la guitarra, pero tiene una gracia del carajo.

No te niego que el compositor de un tema es quien mejor lo canta, es él quien lo ha sentido, el que conoce sus emociones. Pero en mi caso, pasé a ser un trovador íntimo. También hay condicionantes, yo tuve en mis manos una orquesta, eso era una ventaja, que a la vez me permitió probar todas aquellas ideas que tenía en mi cabeza. Pero trovador, como tal, no soy. He tenido la suerte de que escribir algunas canciones que le han gustado a la gente. En cuanto a lo de cantar, canto en público mis canciones cuando no queda más remedio, y son esas que he reservado para amigos y la intimidad. Pero más que trovador creo que soy un cronista. Me gusta contar historias que involucren a las personas, sus sueños, sus alegrías, sus vivencias. Para ser un trovador de verdad hay que tener determinadas cualidades que yo no tengo, además, no me gusta.

Me gustan las historias que he contado en el teatro y en el cine. Tuve la suerte de escribir la música de la obra Vivir en Santa Fe, de Nicolás Door, o de La Barbacoa, de Abraham Rodríguez, a quien, por cierto, conocí cuando niño en el barrio de Cayo Hueso. Y está la película Los pájaros tirándole a la escopeta, de Rolando Díaz. Después de esas experiencias tengo unos deseos locos de que alguien me llame y me diga: hazme la música para esta obra o para este filme, es un reto al que me quiero someter. Con ganas vuelvo a escribir para ellos, quiero hacer otra música, lo necesito.

¿Tú sabes quién era Erick Romay, el actor y director también de Cayo Hueso? Nos conocemos desde niños. Con él estuve un tiempo haciendo música para televisión. Me llamaba a las seis de la mañana y me entregaba un guión para escribir la música de algo que saldría tres horas después. Eso me retó como creador, y así fue por un largo tiempo, día tras día.

¿Aportes y la Nueva Trova? Lo primero que debo decirte es que hay una convergencia generacional. El hecho Nueva Trova como tal surgió paralelo –es mi criterio–. Yo dejé muy rápido la guitarra y tuve la suerte de tener una orquesta en mis manos, como antes te decía, pero en mis comienzos trataba los mismos temas, a mi manera, con mis inquietudes. Lo que sí fui muy cuidadoso en mis letras, utilizando elementos propios de la trova, y ellos, a su vez, fueron utilizando los que yo estaba desarrollando y que estaban ahí, en el son, en la música popular. Hubo influencias de unos y otros, porque recuerda que somos de la misma generación. Pablo y Silvio son los grandes de la Nueva Trova y por escribir bajo su influencia mis letras son lo que son, aunque yo no soy un buen poeta.

Tú me pides ejemplos de ese cuidado en los temas, te puedo poner dos importantes: “Si no hablo de ti” y “La Habana joven”. Son dos textos hechos con mucho cuidado del lenguaje, aunque para mí el lenguaje al escribir un tema es fundamental, por respeto a quienes lo van a escuchar y a bailar. Lo mismo pasa con los coros, pero dentro de la crónica que siempre he escrito. Poesías he musicalizado de Guillén, ¿te acuerdas de “Cuando yo vine a este mundo”? y fue un hit entre los bailadores. En ese momento volví a sentirme trovador pero con la particularidad de tener una orquesta para mezclar y experimentar.

¿Lo de Armando Romeu? Te lo cuento ahora que estamos más relajados. Haber trabajado en orquestas de cabaret me dio un bagaje para escribir para el formato de jazz band. Yo toqué con la Riverside cuando Juanito Márquez era su director musical y con Juanito, que era un gran guitarrista, aprendí muchas más cosas y seguí completando mi formación musical. Bueno, tú sabes que en los años 60 había orquestas de música moderna en todas las provincias. Menos para la de La Habana, yo escribí para el resto de ellas. Un buen día me manda a buscar Armando Romeu, y cuando llego me hace una pregunta complicada: Juan, ¿quién te enseñó dodecafonismo? Aquello me dejó loco, no sabía de qué me estaba hablando. En ninguna parte maestro, me está hablando en inglés. El hombre coge una partitura de una obra mía escrita para la Orquesta de Música Moderna de Santa Clara y me dice: esto es dodecafonismo puro y perfecto. No tienes que aprenderlo, ahórrate esos estudios.

El tema se llama “Demacrado”, y aquí vuelvo a Francisco Formell, sin proponérselo, me había enseñado una de las teorías musicales más complejas del siglo xx. Yo no sabía su nombre pero en el fondo de mí estaba esa información que usaba sin proponérmelo, la letra y la sangre surtiendo efecto. Mira lo que es la vida, uno de los más grandes directores de orquesta de Cuba de todos los tiempos, un sabio, me reconocía estudios académicos que yo desconocía. Aquello me llenó de orgullo.

¿A quiénes he influenciado y quiénes me han influenciado con la música latina de estos tiempos? Yo tuve la suerte de tener en las manos una orquesta. Recuerda que entro en la orquesta Revé por accidente, que era una charanga, y allí comencé a hacer cambios, a experimentar cosas. Primero fue la guitarra eléctrica, después, los sintetizadores y de ahí a los trombones. Pero recuerda que la estructura musical de la que partí para escribir, la que más me influenció, fue el formato jazz band. Aquello de alguna manera estaba en lo que fui trabajando con la charanga.

Las influencias ya te las dije, pero quizás me faltó Nueva Orleans. Desde mi modesto entender, porque, también está la música que fui escuchando de todas partes. ¿Tú has visto una música más fascinante que la brasilera?, su percusión, su manera de trabajar las voces, es del carajo. Todo eso lo fui fundiendo, fusionando como se dice ahora que todo es fusión.

Te voy a decir algo con toda honestidad, no me he detenido a pensar a quiénes he influenciado. Creo que lo que he hecho ha sido reflejar mi tiempo.

La Habana… volvemos a La Habana, de acuerdo, pero casi me tengo que ir que ya Samuel está en el estudio trabajando. ¿Les dieron café? Tráele café y agua a Emir y al fotógrafo y dale un jugo al niño. Por cierto, lo pariste.

La Habana es una ciudad que tiene un encanto del carajo. Te imaginas lo que es para mí haber nacido en La Habana, vivir en La Habana… Yo viví una Habana durante la niñez y la adolescencia, después he vivido otra durante mi juventud y esta de ahora. Me duele que se estén perdiendo cosas, que se esté desgastando y destruyendo. De todas formas, ahí está Eusebio con sus ideas y su gente buscando soluciones.

La Habana lleva vendedores ambulantes, pregoneros, gente andando por las calles… Hay dos o tres zonas de La Habana que me encantan y que extraño mucho. Una, es la Manzana de Gómez, la otra, la Plaza del Vapor y la otra es por Monte y Egido, donde primero ensayó la orquesta.

Mira, el alma de una ciudad es su gente. Tú quieres un lugar más hermoso que el parque Maceo. Siempre me gustó sentarme en ese parque y ver la vida pasar. Allí sentado escribí “La Habana joven”, un tema emblemático de la orquesta y hecho para una novela.

Fíjate hasta dónde La Habana está presente en mí que la obra de Abraham Rodríguez está basada en La Habana, la de Nicolás Dorr también ocurre en La Habana y Los pájaros…, igual. Más habanero que eso no se puede ser.

¿Mi legado a la ciudad? Yo creo que lo más importante que he hecho es dejar lo que he vivido de esta ciudad, en esta ciudad. He tenido la suerte de poder entrar en la vida de varias generaciones de cubanos.

Eso es una especulación tuya pero te voy a contestar, el legado de un artista es su obra y la trascendencia no es fácil. Hay quien ha trabajado mucho y no ha trascendido, ojalá lo logre. Pero si solo trasciende “Sandunguera”, soy feliz porque logré algo. Y que me recuerden como un hombre que gracias a Dios con su guitarra y sus canciones contó parte de la historia de sus vidas.

¿Que me defina? Después de más de cincuenta años haciendo música, viviendo mi música, viendo cómo muchos cubanos quieren a Van Van, yo me defino como un autodidacta con suerte. ¿Quieres más?

Notas:
 
Publicado en La Gaceta, La Habana, mayo 14 de 2011.