Servidor ilustre de sus conciudadanos

Confieso que soy de los habitantes de la ciudad que he padecido muchas veces por la falta de agua, que la he cargado de un pozo, de un carro cisterna, que he subido escaleras con ella descolgándome los hombros. Pero confieso además que cuantas veces paso por la esquina de Obispo y Avenida de Bélgica (Monserrate), donde se levanta la estatua de Francisco de Albear a tamaño natural, en mármol, obra del escultor José Vilalta, me detengo a agradecer a don Francisco que, pese a mis recuerdos y sinsabores personales, haya dotado a La Habana de un acueducto que en su tiempo fue una joya y aún lo es, por muchas razones.

Allí, en el populoso enclave, frente al restaurante Floridita, la inscripción del monumento reza como sigue:

Honró las armas y elevó la ciencia;

luchó cual fuerte sin manchar su historia;

sus obras ilustraron su existencia

y en las de Vento se labró su gloria.

Hacia mediados del siglo XIX La Habana recibía el agua de dos fuentes primordiales: la muy antigua Zanja Real y el Acueducto de Fernando VII, que databa de 1835 y ya tampoco satisfacía los requerimientos de una población creciente.

Sabedor de situación tan crítica, el coronel de ingenieros Francisco de Albear, al cabo de exhaustivos estudios y mucho pensar, presentó su proyecto de construcción de un nuevo acueducto con toma de agua de los manantiales de Vento, en la margen izquierda del río Almendares. Por Real Orden se dio la aprobación al proyecto de Albear y el 28 de noviembre de 1858 se iniciaron los trabajos.

No pudo Albear ver la terminación de su obra cumbre: después de dedicar décadas de su vida a la realización de su gran proyecto, murió el 23 de octubre de 1887, a los 71 años. Los trabajos no se concluyeron hasta 1893. Sin embargo, el Ayuntamiento habanero confirió el nombre de Canal de Albear al que era conocido antes como Canal de Vento y el 15 de marzo de 1895 se le rindió un homenaje público con la inauguración de un monumento al insigne constructor.

Al ingenio y la capacidad de Albear se debió también la construcción de la calzada de Batabanó, que conduce hacia el sur de la provincia, el proyecto de ensanche del muelle de San Francisco en La Habana, las obras del puente San Jorge sobre el río Bacuranao, el proyecto de reformas del Jardín Botánico de La Habana…

Del prestigio alcanzado por Albear dan cuenta algunos de los reconocimientos de que fue objeto: miembro corresponsal de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid, fundador de la Sociedad Geográfica de Madrid, miembro ordinario de la Sociedad Científica de Bruselas, socio de mérito de la Real Sociedad Económica de Amigos del País en La Habana y del Círculo de Hacendados de la Isla de Cuba, entre otros.

El acueducto, que fue su proyecto más ambicioso y relevante, mereció reconocimiento internacional con medalla de oro en la Exposición Universal de París en 1878. En el orden práctico el acueducto representó un alivio sustancial a la escasez de agua de los vecinos de la capital cubana.

Con más de un siglo de servicios, el acueducto inmortaliza el nombre de su constructor, don Francisco de Albear, quien pese a vestir el uniforme del ejército colonial español y haber demostrado su valor personal en conflictos bélicos en la Península, jamás participó como militar en encuentro alguno contra las tropas mambisas durante la Guerra de los Diez Años ni tampoco durante la Guerra Chiquita. Al contrario, dedicó su empeño, talento y saber a mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos.

Razones suficientes para que celebráramos este 11 de enero de 2016 el nacimiento, doscientos años atrás, de un cubano ilustre.