Sergio Vitier, como rayo de luz para el teatro y la danza de Cuba

La noticia irrumpió en una tarde de domingo, con su carga de dolor y tristeza. Sergio Vitier, el hombre que iluminó con sus acordes musicales a la danza y al teatro de Cuba, se fue. Había llegado el momento de desatar los recuerdos de su paso por el reino de este mundo y de valorar sus contribuciones a la cultura cubana. 

Su infancia transcurrió entre versos —de la madre Fina, del padre Cintio, del tío Eliseo Diego— que sedimentaron su existencia, llevando múltiples referencias a su talento excepcional. La irreverencia, heredada de sus amigos Samuel Feijóo y José Lezama Lima, nutrió su espíritu. Con su tío Felipe Dulzaides supo de las posibilidades expresivas del jazz. Asistió a la actriz Miriam Acevedo en El gato tuerto. Con la Orquesta Cubana de Música Moderna exploró caminos sonoros  inéditos. En el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC encontró cauce su acervo cultural. La guitarra lo acompañaba siempre, aunque confesó que componía pensando en la orquesta. Y los tambores lo llamaban.

En 1978, cuando el panorama cultural cubano dejaba atrás una etapa de intolerancia y desafueros burocráticos, Sergio Vitier entraba a los salones del Teatro Nacional para enrumbar los caminos de lo que es hoy Danza Contemporánea de Cuba. Al fin un artista regía los destinos de la compañía fundada por Ramiro Guerra y la danza volvía al centro de la vida.  Trajo a Oru, —el grupo que creó en 1968, y con el cual su profundo conocimiento de las tradiciones y la contemporaneidad musical se permitía innovar sin límite alguno— que dialogó con la Orquesta de Percusión de la compañía, de la cual formó parte su amigo Jesús Pérez, a quien calificó como “músico increíble”.

La presencia de Sergio, que duró hasta 1983, estimuló la creatividad de coreógrafos como Nery Fernández en Amanda; de Eduardo Rivero en el Dúo a Lam; de Arnaldo Patterson en Contrastes; de Marianela Boán en Mariana; de Víctor Cuéllar en Fausto y Michelangelo, entre otras muchas obras que forman parte del patrimonio de la danza cubana.

Miguel Iglesias, director de Danza Contemporánea de Cuba y amigo de Sergio, con quien compartió su estancia en la agrupación, lo evoca ahora: “Sergio llegó a la compañía después de esa gran experiencia que fue el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Mi primer contacto con él fue en el montaje de Danzaria, la primera coreografía de Marianela Boán, yo hacía dúo con Regla Salvent, y Rubén Rodríguez lo hacía con Nery Fernández. Él decía que yo tenía alma de príncipe y corazón de carretonero, en eso nos parecíamos”.

“Cuando Sergio llegó, la compañía necesitaba la visión de un artista, habían pasado muchos directores que nunca debieron estar. Él promovió a la compañía, en su tiempo se hicieron más de 50 estrenos. Creo que La caza, de Jorge Lefevre, fue una de sus grandes inspiraciones para la danza, era desgarradora. En Michelangelo yo era intérprete y participé en la grabación de la música. Recuerdo a Caturla en la flauta y a Sergio dándole instrucciones. La mezcla en Oru de la voz de Rogelio Martínez Furé, de Merceditas Valdés, del bajo de Cachaíto López, de los tambores de Jesús Pérez, quien era miembro de la Orquesta de Percusión de la compañía, fue extraordinaria.

“Sergio unió la música popular con el folclor y con la música de concierto. En Ad Libitum mezcló las palmadas del flamenco con los batá. Disfrutaba estar entre músicos, estaba a mitad de camino entre la guitarra y los tambores, su música era una poética que trascendía el momento y te hacía llegar al Pico Turquino. De ahí viene mi admiración por él, y también mis contradicciones con un hombre que sabía ser amigo.

“Cuando Víctor Cuéllar montó Fausto, Sergio tocó y cantó el solo que acompañaba el momento de la transformación del cuerpo de Fausto, era la alegría de abandonar un cuerpo viejo por un cuerpo joven, era un canto a la eterna juventud. Yo estuve en la grabación, y cada vez que hacía la obra me inspiraba en la imagen de Sergio en el momento de la grabación, estimulado por una botella de ron Coronilla, parecía que se transportaba a otra dimensión. No sé quién decidió que fuera para la compañía, pero fue bienvenido, era necesario que un artista tomara el mando tras la etapa de intolerancia de los 70, en los que la compañía sobrevivió gracias a la fortaleza de lo que creó Ramiro Guerra. Sergio fue como un renacer, se dio cuenta de que gente como Nery, Marianela, Isidro Rolando, Víctor, tenían que crear”.

Miguel Iglesias fue uno de los protagonistas de Yerma, el montaje del maestro Roberto Blanco a partir de la obra de Federico García Lorca, en la cual compartieron escena actores y bailarines. “He tenido grandes alegrías en mi vida por haber vivido grandes momentos de la Historia de mi país y por haber trabajado con grandes figuras. Cuando Roberto Blanco hizo Yerma venía de pasar la ignominia del quinquenio gris, por eso su grupo se llamó Irrumpe, porque volvía a irrumpir en el teatro cubano. Allí estaba Jesús López como coreógrafo, Idalia Anreus y Omar Valdés como actores, Gabriel Hierrezuelo en la escenografía, Sergio Vitier en la música con el grupo Oru. Yo hacía el personaje de Víctor, nos llevamos todos los premios del Festival de Teatro de la Habana de 1980. Lo veo como uno de los grandes momentos del teatro cubano, y como uno de los grandes momentos de mi vida. Mi trabajo como bailarín y actor en esa obra estaba inspirado en la música de Sergio, pura poesía que se te metía en las venas”.

En Danza Contemporánea de Cuba se recuerdan anécdotas de Sergio que tal vez no deban publicarse, porque forman parte de la vida cotidiana de la compañía, y van siempre escoltadas por una carcajada limpia. Pareciera que su espíritu irreverente permanece allí, como estímulo para los más jóvenes, como sedimento para los mayores.

Venía el músico de componer  la banda sonora de ese filme clásico que es De cierta manera, uno de los más conmovedores testimonios de Cuba en Revolución. La estudiosa Rosa Marquetti tuvo la suerte de conversar con el compositor y guardar sus recuerdos de ese acto creativo: () me movía en Cayo Hueso y en otros barrios similares, y cuando aún no estaba de moda la utilización de los elementos yorubas fusionados con otros géneros, yo ya en 1967 comencé a recrear esa música junto a Rogelio Martínez Furé (…)”.

El brigadista, la narrativa de ese hito que es la Campaña de Alfabetización, dirigida por Octavio Cortázar; y En silencio ha tenido que ser, con el gran actor Sergio Corrieri, fueron otros de sus numerosos aportes al cine y a la televisión que calaron hondo en los espectadores.

Sergio también fue hombre de teatro, tanto que hasta llegó a ser el director del céntrico Teatro Mella, en tiempos en que esa institución era uno de los centros de referencia del teatro y de la danza donde, por ejemplo, era habitual asistir a presentaciones de la que es hoy Danza Contemporánea de Cuba, del Conjunto Folclórico Nacional, de los montajes del maestro Roberto Blanco. Con Mario Balmaseda colaboró para otra puesta en escena memorable, El carillón del Kremlin, y su universo sonoro nutrió Manteca, la estremecedora pieza de Alberto Pedro. También acompañó a Alicia Alonso y Antonio Gades en Ad Libitum, una coreografía de Alberto Méndez donde, por única vez,  convergieron estos excepcionales intérpretes en el escenario.

Lamentablemente, los aportes de Sergio Vitier al teatro y a la danza de Cuba no han sido registrados ni mucho menos valorados como merecen. Ahora corresponde a su familia, a los amigos, a quienes tuvieron la suerte de trabajar con él, a los estudiosos del teatro y de la danza, atesorar su huella, imborrable para siempre, en los escenarios del país.