Sergio Cevedo, escritor perfeccionista

Cuando el sábado 31 de octubre Raúl Aguiar presentó en la calle de madera el libro de cuentos premiado en el Concurso “Alejo Carpentier” de 2015, escrito por su colega Sergio Cevedo, lo hizo con tal pasión, que dejó poco espacio para quienes intentáramos reseñar La gran ola de Kanagawa.

Allí, además de describir su larga y fecunda amistad con Sergito, sin que faltara la admiración que despierta dicho colega entre alumnos y profesores del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (donde ambos trabajan), Raúl catalogó los ocho cuentos del libro como micronovelas, y señaló que salvo la última de las narraciones, el resto puede ubicarse en cualquier lugar que no sea Cuba.

Con estos antecedentes, me adentré en el mundo —más bien los mundos— dibujados por Cevedo, no solo porque es este narrador uno de los más encantadores personajes de nuestro ámbito cultural actual, sino porque consideré sano comprobar hasta qué punto el presentador se había ceñido al análisis puramente literario del libro, y hasta donde se había dejado llevar por el impulso afectivo. Con gran satisfacción, compruebo que Raúl tiene toda la razón: La gran ola de Kanagawa es una colección de cuentos impecables.

“De regreso a casa”, texto con el que se inicia la lectura, sienta las bases que regirá el resto de las interpretaciones, en cuanto a una mezcla coordinada entre realidad e imaginación, entre posibilidad e irrealismo, juego y musicalidad: se entonan las palabras más que se leen. Los eventos que Sergio cuenta en este libro no solo pertenecen por completo a la ficción (obvio) sino que han sido creados de forma que adquieren modulaciones sinfónicas. “El Asesino”, “A la orilla del mar”, “Las reuniones”, “Tal vez el oficial no les dio pase”, nos colocan al lado, de frente o incluso en la piel de seres anodinos a quienes les espanta el anonimato; o de criaturas delirantes; o de vacuos seres que pululan entre la banalidad; o de tristes prostituidos por la vida (respectivamente). Todo esto ocurre a través de claves musicales: con ritmos, con vaivenes logrados mediante preguntas-estribillos que se repiten en el momento preciso para dar respiro, cadencia, “encores” en el concierto: ¿Pero qué puede preocuparte?; ¿Cómo se siente ahora?; ¿Hay que caminar mucho?; ¿Por qué no nos mudamos?; ¿Por qué no vienen los soldados?; ¿Y después, qué pasó?; ¿De verdad que es verdad?; ¿Y me preguntas eso a mí?; ¿Qué haces, qué haces?

Una especie de calma silenciosa llega con “Desde el puente de Brooklyn” y con “La cicatriz”, entreactos de la función, para dar paso entonces al aria final, a la obra maestra del libro-concierto, titulada, no faltaba más, “La gran ola de Kanagawa”.  En 22 cuartillas Sergio Cevedo logra el sumario de más de 40 años de giros tendenciosos, cuyas causas y consecuencias apenas comienzan a dejarse ver. Es aquí, en la descomunal ola que el genio japonés supo dibujar tantas veces, donde mejor se aprecia el contoneo de lo que se dio en llamar “orientaciones”, sin que se tuvieran en cuenta particularidades ni se admitieran discrepancias elementales. Rigideces, oportunismos, conveniencias extra ideológicas hicieron de las suyas, y ahora Sergito se apropia de cuanta miseria encuentra para conformar la canción del cierre con la cual, lejos de clausurar la puerta, la abre de par en par como quien dice: “!Aquí está el pecho, mujer, Solavaya!”.

La postura del narrador de este bonsái de tsunami resulta curiosa en extremo: ¿dónde está exactamente, en el monte Fuji, en la cresta de la ola, surfeando en los intersticios marinos? Ah…el misterio deben descubrirlo los lectores. Por lo pronto, adentrémonos en el universo perfectamente dibujado por el autor, escuchemos los rumores melódicos del baile, y aprendamos de una vez cómo se convierte en milagro el barro.