Selección de poesía

Mnemósine

1
Todos somos de algún modo Heráclito,
todos somos ese barquero a la deriva sobre el ancho Leteo.
Con sorpresa y hastío miramos en el torrente
las escenas bárbaras de nuestra propia historia,
y olvidamos para seguir.
Todos buscando y muriendo,
sembrando y segando sobre el valle que sus aguas fertilizan,
nuestras nimias conquistas;
todos anhelando despertar. Y al despertar,
todos somos de algún modo fantasmas, ilusiones,
cicatrices que el devenir arrastra sigiloso
hacia un lejano piélago inmensurable
que nuestra candidez quiere llamar Mnemósine.

2
Todos somos de algún modo Whitman
acodado en el gélido pasamanos del puente de Brooklyn,
mirando con fervor las torres subir hacia las nubes
y bruñendo palabras para cantarle al futuro.
Todos somos de algún modo el futuro, esa fruta podrida
cuyas semillas comienzan ya a germinar
entre la masa hedionda
para alzarse en ramas de un verde renovado
y frutecer y podrir y germinar otra vez
sobre la misma tierra.
Todos somos ese puente entre la primera y la última semilla,
entre el esplendor y la ruina de un bosque, de una ciudad;
todos cantándole al futuro nuestras viejas canciones,
como Whitman,
como si el frígido Hudson que nos embriaga
fuese Mnemósine.


In partibus infidelium

1
Cada mañana llega un gorrión al alero. Lo contemplo mientras bebo mi café. A veces le silbo imitando el trino de algún pájaro. Él me escruta inexpresivo, sacude sus alas, se acerca al borde del alero y salta. Yo termino el desayuno, me visto y corro a trabajar. No vuelvo a verlo en todo el día. Son sólo unos segundos cada mañana y, no obstante, me siento inclinado a llamarlo amigo. Debe ser la soledad.

2
Afuera hay celdas que se extienden de la costa al valle, del valle a la colina y más allá; una extensión monótona donde resaltan torres, chimeneas, antenas, campanarios, altas pilas de celdas luminosas, una junto a otra como estrellas congregadas, una sobre otra: galaxias alineadas de celdas donde la gente duerme y despierta a esta rutina de vivir a prisa, de morir despacio. Son celdas que aburren y entristecen.

Suerte de pato
Con las alas rotas,
con los sueños rotos,
con las nubes flotando sobre ti,
serenas,
saltas queriendo elevarte
por encima del turbio lodazal
mientras los perros se acercan
jadeantes.
Vaya suerte de pato
atrapado en el acto de emigrar
hacia imposibles primaveras.
Hoy serás pesado
y al anochecer, sin plumas,
serás manjar en la mesa
de un cazador satisfecho.


Suerte de cazador

Con los dientes apretados,
con la mano firme,
con el ojo frío anticipando la desesperación
de tu presa ―su caída,
su aleteo final entre las fauces―,
contienes el aliento y disparas.
Luego te ufanarás
de tu suerte, de tu destreza,
de la belleza que matas
limpiamente.
La vida es un trofeo,
una foto que exhibes con orgullo,
un vacío
que pretendes llenar
con tu victoria.


Conversaciones con la muerte

Soy un fabricante de historias, un apuntador de epifanías,
un desterrado que hizo su hogar entre dos mundos
igual de inhabitables, igual de inmensos.
Tomo nota de la tristeza, del júbilo, de los ecos
que resuenan en mi alma lavada por sucesivas añoranzas,
por sucesivos desencantos: tomo nota del frío o el calor
o la templanza con que miran los ojos cuanto existe,
cuanto parece existir.
De veleidades más o menos tangibles,
de retruécanos, lemas, trabalenguas, teorías
construye(ro)n otros los pilares de este puente: viejas palabras,
duras abstracciones que fijan todavía el contacto
con la ternura y la fe, con el silencio y la voz que ahora somos;
de veleidades construyo —como ellos— mis propios cimientos:
palabras, ¿sólo palabras?
Cuando la brisa esparza el polvo de mis huesos,
cuando la ausencia desligue mi memoria,
quedarán estos signos desgranándose entre millones de signos
similares: sin demasiada utilidad acaso, sin suficiente sentido
para quienes entonces construyan
sus propias historias, sus efímeros pilares.
Creo —quiero creer— que sin embargo
el puente seguirá
a través del vacío religando conciencias, abriendo
sobre cuanto parece existir
un horizonte, un punto cardinal
donde la aurora sea más que simple aurora,
donde el ocaso sea más que mero ocaso,
donde tú, aunque al fin siempre prevalezcas,
nos das tregua para habitar los verbos y acendrarlos
entre la carne y el alma, justo en mitad de la nada.
Soy un fabricante de historias como el resto de mi estirpe,
un soñador, un obstinado artesano de ilusiones,
soy estribo y rienda de la fe, de la locura,
y no elegí lo que soy, pero lo acepto;
por eso creo, por eso tengo que creer más allá de ti
en mí, en nosotros, en el misterio.

 

FICHA
Daniel Díaz Mantilla: Narrador, poeta, ensayista y editor. La Habana, 1970. Ha publicado Las palmeras domésticas (narrativa, Premio Calendario 1996), en∙trance (narrativa, Premio Abril 1997), Templos y turbulencias (poesía, 2004), Regreso a utopía (novela, 2007), Los senderos despiertos (poesía, Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas 2007) y El salvaje placer de explorar (cuentos, Premio Alejo Carpentier 2014 y Premio de la Crítica 2015).