Selección de poemas

Entre

 

Entre el sombrero y la suela de los zapatos habita el hombre. Entre los ojos y la nuca. Entre la diestra y la siniestra. Entre el primer llanto tan parecido a un alarido y el estertor final más parecido entonces a un suspiro. Entre lo que dice y lo que piensa. Entre el primer amor y el último rencor. Entre el pene de su padre y la vagina de su madre. Entre el fuego y su ceniza. Entre la cuna y el ataúd. Entre el olvido y la memoria. Entre nosotros, definitivamente, habita, incorregible, inmenso, el hombre.

 

Oreja de campesino

 

La triste oreja de Van Gogh sangrando su rojo bermellón, dónde coño va a poner su girasol, oreja sublime campesina cortada de cuajo con un tajo. Oreja de locura aparecida después en un mercado vendida como aderezo de potajes. Oreja capitana de deseos, oidora magnífica de músicas oníricas y sustos y forcejeos del alma que son ruidos vergonzosos de las tripas. Sobre el lienzo, un hombre sin su oreja desgrana sus últimos abismos, hace una cruz desnuda sobre el paisaje, una protesta contra los gobiernos del aire lanzándose al vacío con una túnica blanquísima ya sin su oreja, repito. Qué va a ser de la labriega que le lavaba los pies al caminante, qué va a ser de la cascada que se anunciaba al sediento sempiterno, qué va a ser de los rezos por ese suicida que ha muerto sordo de todos los amores. Detrás del fuego la ceniza es una huella, tal vez una fugaz cicatriz de la luz: a ese hombre atormentado que le faltaba un poco de silencio para adentrarse en los finales de sí mismo no le quedó otro camino que cercenarse en pedazos y en su mano, palpitando aún de todos los sonidos, su dichosa oreja campesina le dio las campanadas de todos los secretos.

Y fue feliz.

 

Matrimonio perfecto

 

Yo le contaba historias de mujeres fatales. Ella no me pedía dinero. Yo le regalaba peces con alas tornasoles. Ella escondía mis espejuelos. Yo dibujaba sus senos en la brisa de la noche. Ella se montaba a horcajadas sobre mí. Yo le leía poemas de Virgilio Piñera. Ella caminaba descalza por las calles. Yo le compraba palomas verdiazules. Ellas las convertía en una buena sopa. Yo me aparecía de pronto como un susto en medio de sus sueños. Ella me echaba de pronto con un susto del medio de sus sueños. Yo le perturbaba la vida. Ella me buscaba para hacer el amor. Yo era un desastre, una agonía, un animal con sed. Ella era la cura, la dicha, el agua pura.

 

Suponía una manzana

 

Cuando Guille afirmó que mi corazón parecía una rozagante manzana me asusté de veras y apreté el esternón hasta estrujar sus huesos. Ya sabes, hablo de Guille el de la ballesta, el que lanzó la flecha hacia una manzana sujeta por la cabeza de su hijo. Pero él insistía: qué hermosa manzana roja palpitante y palpaba sospechosamente las cuerdas tensas de su arco. Yo apenas discutía y me esforzaba porque una de mis costillas me pinchara alevosamente el corazón para que al derramar sus jugos pareciera no más un dátil una pasa seca una ciruela en conserva. Pero Guille sonreía mientras afinaba su puntería dirigiendo sugerentemente la flecha hacia donde suponía una manzana. A esas alturas yo teorizaba sobre la imposibilidad de que, en las difíciles condiciones del trópico, en un país bloqueado, sin fertilizantes ni tecnología de punta en el cultivo de frutos invernales pudiese darse justamente una manzana de primera en el pecho de un hombre mal alimentado. Pero Guille era de los que no se amilanan y persistía tarareando una canción de Carlos Varela en su propósito siniestro. Suerte que apareciste tú en ese momento difícil de mi vida y me robaste el corazón ante los ojos del mismo Guille que puso cara de estúpido Cupido. Esa noche en tu casa oriné un dulce jugo de manzanas.

 

Esta es la historia de una batalla feroz...

 

Esta es la historia de una batalla feroz inacabable ya duraba meses de duro sitio de escaramuzas sin fin emboscadas enfrentamientos de las huestes armadas peligrosamente hasta los huesos agresiones arteras incursiones de pequeña patrulla en el terreno de operaciones a veces fallas en las comunicaciones bombardeos sin descanso golpes limitados bloqueos zapadores sembrando minas en las interminables laderas intercambios bacteriológicos ataques químicos sin par encaradas polémicas diplomáticas ardides ideológicos campañas políticas espionajes e infiltraciones secretas una batalla sin armisticio posible sin treguas sin más banderas blancas que las sábanas sobre las cuales tú y yo nos empeñábamos por hacer combatir nuestros cuerpos interminablemente.

 

No he visto nunca una bellota...

 

No he visto nunca una bellota

pero tu sexo es eso

ni una flor de durazno

ni el tímpano de un sordo

pero tu sexo es eso.

No he probado el dulce

de champiñón y almendras

pero tu sexo es eso.

Jamás oí cantos de sirenas

pero tu sexo es eso.

No he muerto nunca aplastado por un sismo

pero tu sexo es eso

ni me quemaron en la hoguera

ni estuve tampoco bajo los cascos

de una caballería en estampida

pero tu sexo es eso.

No me estuve ahogando

en la profundidad del mar

pero tu sexo es eso.

Jamás vi al diablo y a dios

besándose en la boca

pero tu sexo es eso

ni sentí que en mi alma

habitaban ángeles

pero tu sexo es eso.

Nunca me vi dentro de un féretro

bajo tres metros de tierra

pero tu sexo es eso.

Jamás fui príncipe ni altar

ni bendecido por multitudes

ni líder ni oración ni talismán

ni insomnio ni dulce en almíbar

pero tu sexo es eso.

 

Tomado del blog Eurekíada

http://eureki.blogspot.com/

 

Ficha
 
Pedro López Cerviño: Escritor, poeta y promotor cultural cubano. Santiago de Cuba, 1955 – La Habana, 2017. Miembro de la UNEAC. En Santiago de Cuba fue Director de Cultura, fundador de la Columna Juvenil de Escritores de Oriente (CJEAO), del Taller Literario José María Heredia, de la Brigada Hermanos Saíz, y del Taller Cultural Luis Díaz Oduardo. Trabajó como especialista de medios de comunicación en el Canal Educativo de la Televisión Cubana. Guionista del programa Para leer mañana, dedicado a la promoción de la lectura. Fue subdirector del Teatro Heredia y director del Teatro Nacional de Cuba. Se desempeñó como especialista, y posteriormente director, de la revista Amnios.