Selección de poemas


Páginas ingenuas sobre la ciudad

                                                            
         La poesía  tiene el espacio que necesita.
                                                                                                             
 André Bretón


Paso por la Habana con el disfrute invisible de la idea, 
con esa palabra: [ sana inquieta, musical,  autosuficiente] 
mientras los buzos escarban la basura y las Berenices esperan en las calles.

La poesía se hace en la ciudad.

La Habana y sus fantasías, un millón de personas transita perfecto por la ciudadUna fila de curiosos, circunda el horizonte. Todos quieren ser notables.

Se ama de pie, en las calles,  con el tiempo ciudadano en los rincones, 
con un Amor de Ciudad Grande que nadie pudo inventar.
Bajo los símbolos, el eco.
Bajo los adoquines, el tiempo. De gorja y rapidez son los tiempos

Qué es lo que falta en la noche,
los endemoniados testimonios de los Hombres honrados y de las Mujeres impuras.  

La saliva del hombre parisino sentado en un muro blanco.

La ciudad de tales jóvenes  supera el evangelio.
Versitos y más versitos,  sacuden al vecindario con lecturas de poesía.

¿Aburren?

Los heraldos  sobre la noche mágica, profanan los atardeceres
las anémonas se burlan de un cangrejo viejo,
el pescador, bajo el ojo del pez, enrolla el último carrete.

Los muchachos saborean las muchachas en el muro del Malecón.

Pido a Dios, en nombre del oficio salvarnos de la marginalidad
lo oportuno guarda los espacios.

Una buena historia para revolcar en su polvo los seres que te aman.

Cuantas ideas aprendidas sufren los dolores de viajar a pie, 
modelo vital, metástasis de Henry James.
La virtualidad  nos dejó el eje del alma como punto de mira,
levantan la voz, las Cecilias, los Matías, 
un huésped de cualquier casa, de cualquier calle, de cualquier verdad.

Aún espero que jóvenes y viejos vengan a oír la poesía de la Habana.
Los poetas hablen de sus minucias
en las azoteas,
en los balcones, pedazos de balcones,
en los parques
en la nueva ciudad, donde la poesía tiene todo el tiempo por delante.


 

Sola en la ciudad
 

I


No voy a escribir la historia de la ciudad, y envejecer.

Escribo a merced de las voces de los niños que juegan descalzos,
del agua de las alcantarillas,
del rubio alto del zapato negro al lado de una negrita,
de los gritadores y otros pregones,
del Cristo a tantos años de distancia.

Escribo para dar algún sentido a mis poemas,
tijereteando el pecho, el tatuaje del tiempo. 
Un manojo de lilas calientes  borran  los espejismos que rondan la ciudad.
Aquí en esta calle todo es negro, y en esta otra calle todo es blanco.
 

II

Quiero hallar la vivencia en   la luz,
en las estrellas de las que no se cansan de hablar tantos hombres, 
con la (mi) palabra,
como la mujer de la lámpara encendida,
con la solemne idea devivir en una ciudad vestida de arena.

Qué es lo que falta en la noche

Una mano que nos acaricie, un buen sueño.       

Ahora soy la solitaria,
la de los anillos,
la de la fotografía,
la señora con sombrero.
Las palomas gorgojan la mágica confidencia,
de sentarnos en el muro, zona franca,
gozar los sueños después de la bicicleta y la fatiga.

Un coro de ángeles (naked), se aproximan.
Seremos un cuadro de Van Gogh,
las bijiritas con alas de gaviotas, 
la criatura de Isla que no pudo ser el Tuerto Morejón,
la diferencia entre los que se fueron y los que todos los días se levantan a mirar el mar.
 

III

Nadie percibe si la colección de muertos muerde el pan, deambulan entre el oleaje y las  sombras. La memoria es hábil para suavizar la idea.

Los que quedan.

Justo a tiempo se refugian en medio de  la  armonía espontánea de la  noche.

Tengo palabras donde estar de pie en esas historias y hallar de nuevo la experiencia.

No es preciso venir de último a completar la soledad del hombre que cargaba de la Isla todo el peso.


 

Todo es objeto de memoria

 

La Habana

axiomas                                              metáforas                                              utopías

los porteros                                   hombres de bambú                     mujeres de mimbre

Lo que le dijo la rosa al lirio                                                  Cómo me gusta Apollinaire

Será la Ciudad

una lluvia de imprecisos sitios                                                  inventando la conciencia

cuando todo no es más que un objeto de memoria

 

Sueño con la caja de Pandora

un corazón pulsa                                                                  las crónicas de los vitrales

las fuentes                                                                                                las palomas

 

Sueños oriundos de no sé qué Paraíso

con el Tú del lado de allá

con el Yo del lado de acá

El Zócalo del Himeneo

la otra calle de las esperanzas                                                la que nunca piso Borges

las crónicas de las azoteas                                                      las fuentes, las palomas

Si nos dijeran los secretos de la ciudad
la impronta verbal del mañanero discurso

en la cola del P 1 4 5 9 16                                                              puntos suspensivos

1

la plétora de cifras
sencillamente cifras
Pascal junto a la computadora: Suma, Divide, Resta
Y Dios  no multiplica los panes y los peces  

Paso por  El Justo tiempo humano, Trilce, La Muerte de Narciso
Una temporada en el infierno,  Mi paseo solitario en primavera

buscadora de riesgos y noticias

La ciudad

la multitud                                                 Ay                                        la desmemoria

cabezas numeradas                                                                                    la promesa

la estampa del Padre Nuestro
la nueva calle de las Esperanzas

el hermoso nudo histórico                                                               el caracol nocturno 

la desmemoria
Tú que no eres de la Habana, qué me dices.



 

Aire letal

                             
                                    ¿qué traen las colinas azules del recuerdo?
                                                                                      
                     A. E. Housman


Un muchacho de la Habana ve brillar la luna
No recuerdo otra sensación para impulsar la vida.  Hay  que vivir. Qué ironía.
La teoría del Génesis, el aria de las crucifixiones, un instante futuro donde brotan
los pájaros maltrechos.
El poeta insiste. Porqué el hombre está aquí, cerca, frente a los sueños y el amor prohibido. Busca la colina azul.        
El muchacho de la Habana me persigue.  No me atrevo a pronunciar su nombre.        
Camino las calles —me cuentan su dolor— Sospecho, alguien  se suicidó.
Entre las multitudes, paradójicamente, un peregrino insiste en contemplar Jerusalén.


 

Memorias de una mujer de isla

                                        
                                               ¿Qué trajo la metamorfosis?
                                                                                                            Virgilio Piñera


Podrán las palabras estar de pie con capuchas negras, en el preciso momento en que se lava sus pezones, una mujer con ojos de mar. Me acostumbro a (ser) la misma mujer o la Encarnación de la mujer en el silencio, la imagen que reboza la realidad, y todos los secretos de la Isla.
No voy a aparentar las emociones  y volver al viejo libro de la muerte. 
―Iré a la cocina, colaré café, y pasaré la noche en vilo ―
Necesito alguien para hablar ― ¿Por qué no le llevo una tacita de café?―
No quiero ser araña, quiero ser paloma en un carro de fuego con muchas serpientes a mi lado. Los recuerdos, (amigos o enemigos), la mesa con la ausencia de las velas,  el amor una vez a la semana, nos privan de la capacidad de soñar.
No iré a la cocina. ―¿Iré?―     
Si pudiera saltar del lecho y beberme toda el agua maldita, la bebería toda para combinar la especulación y la experiencia, y vivir la noche de siempre.     
No tengo tiempo para la parte externa del recuerdo, para la bobería bestial de esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota
en lánguidas transformaciones, en el exorcismo de los hombres-conchas, (huitclos) que disputan las espinas de los peces, (preferibles a los huesos) pobladores del mundo en que se invive y sueña.
― ¿Por qué no le llevo café?― Hablaremos un rato.
Todos nos hemos desvestido, en la sistemática redondez de la plática, (encima, sí, del vientre) esperando una proposición en el momento en que nadie cree en Dios.   
La luz es una alegoría. La taza de café es otra alegoría.  Cada día perdido es una alegoría.
Reconocemos el diálogo de la luz  y la sombra a X millas de nuestros ojos,
los espejos estratégicos,
los dientes de los tiburones,
las eternas historias de los negros que fueron, y de los blancos que no fueron, o al revés o como parezca mejor (y también de los que se fueron) 
Admiramos a los que pueden pernoctar en la cueva, los que pueden reír en la piedra de los sacrificios,
(bien por Piñera que podía reír como un hereje)     
más
desconocemos que muy pronto vamos a practicar estas mortales elegancias de los fantasmas,
del hombre que se creía un mudo pez, una mariposa del Etna. 

Quién pudiera ser la mujer racional y pura, a las once en punto de la vida,  quién pudiera ser  el espacio que ignoramos, la memoria aferrada a esta isla.   
― ¿Decías algo? ―
― No, solo saboreo una taza de café ―




Recuento


        ¿Y que más entonces, después que llegue, después?
                                                    Rolando Escardó


Volvió la paz en des-uso. 
No existo más que yo y la ciudad. 
Una triste revisión periódica
de nombres. 
El peligro del blanco en el iris,    
dos sillas en su justo medio,
y otros
trucos para recordar      

Evoco los fantasmas del barrio en los antiguos predios de la calle, 
camino como antiguamente, a diestras y siniestras
mientras uno de los tantos locos, habla de la idea en el centro
de la NADA.

Y no es que se acabaron los locos para recordar,
quemar o volver esta ciudad al revés.  Encarnecida ciudad  de balaustres azules y viejas melodías.
Como diría Rolando:    
Y que más entonces, después que llegue, después,
alguien de otra ciudad que quiera abrir su tierno corazón.



Esta no es la casa última


  Por Lina de Feria


En la calle Calzada, minucias cotidianas vierten los olores del café en el fondo del día.  Pregunto: porqué soy siempre la araña que teje en la penumbra
el mito de la casa, los diálogos, los horizontes, sin decir una palabra.

¿Y qué remota historia estoy contando hecha de memorias?

Alguna teoría olvidan los difuntos, hablan del origen,
de ídolos en cruz,
del destino en un cuarto de burbujas,
historia en mi corteza de Avepesa más que las migajas, y los años
inventores de una casa llena de memorias.

Algunas palabras no se oyen.  Más cerca del cielo.   
Crepúsculos –silencios,
el Sagrado corazón,
la parvedad,
el marcapaso,
la imperiosa presencia del polvo 

                         (María no vino a limpiar)

El polvo persiste.
Otra vez la incertidumbre.
la “casa se echa a volar” Cierren las ventanas.
Entonces lo que pudo ser no es:

                                      La Casa muere.

Esta casa ya no es mía, (Lina)
Desaparecimos como el flaco habitante de la memoria,
sujetos a las eternidades,
los panes debajo del hombro, ordenando las arrugas,
en esa quietud diaria, el olor en las paredes, y los muros.

                        Perdura el aún del domingo.       

Sueño con otro libro, con otro Sagrado Corazón,
                               con otra comadrita,
                               con otra taza de café
                               con todo lo que tiene una casa que no existe
(después de tanta retórica,
cuando y donde,
cómo y por qué)    
ni una sola vez he oído la voz del Paraíso. 
Completamente anacrónica. 

En esta casa los centauros de la flor salpican los ojos de los niños,  
Quién pudiera detener el gusano adicto a las hojas, bajo las letras oxidadas de los pétalos 
           No hay respuestas para el sueño de los niños.

           Si supieras contarme algo diferente a los Reyes magos.                                     

A-prendo, que son mis garabatos     
                                             (la taza de café es un alivio)    
                                             Sigo en estas cuatro paredes.

Ronda el espejismo de aquellas violetas en mis manos.
Una suite de palomas en el vientre, 
floración real de todos los nombres,
una mujer de mimbre y la Casa
agujereada entre el discurso y la puerta.               

Ésta es la casa última. He querido irme lejos.
                                   Regresaré en el siglo XXII.


 

Eternidad


“Mi campo —dice Goethe— es el tiempo”.
En el tiempo de su vida, un hombre admite una sola moral, y vive aún fuera de  Dios, con tantas justificaciones “Todo está permitido”  

Cuántos plazos tiene el hombre para salvar las sobras de Algo,
para el razonamiento,
para la equivalencia, 
para todas las morales que se fundan en la idea,
para los ojos ciegos, para los que a pie transitan por las calles.

Un hombre elude un campo límite, asume  la costumbre,
dicen que camina en cuatro patas, culpa a su madre, y bebe a despecho de su ausencia, saturado de erudición, medallas, culpas y derrotas.

Ello no tiene importancia: las derrotas y las culpas de un hombre, son las circunstancias, la conciencia y las reglas.
“Mi campo –dice Goethe— es el tiempo”. Saco a la luz los argumentos, el río infinito y  la palabra absurda. Nada está prohibido en esta tierra baldía.



Último


Todo estaba previsto aquel verano,
la palabra nostalgia, el equipaje
el corazón de la mujer con su mala memoria,
un grupo de ojos con la humedad de siempre.
                         Es inútil ser poeta por pura intuición.

Bajo el refugio del cristal perduranlos únicos recursos que solemos tener:
los sueños,
la suerte,
las viejas ilusiones, y
los amigos (a veces) en alguna parte. El Amor ¡No! 

Me espanta el reminiscente yo, 
prototipo de la persona, que soy 
que fui, que seré,
excepto- Dios- y los pequeños seres felices.
Solo tengo palabras de IR A LO PROFUNDO.

Quizás la noche, el silencio  las  ganas de morir,
el candor de muchacha antigua    
y los palios de amor dosificado,
entre el ahora y el nunca, no son ya la certeza.

No basta la conciencia, el coraje de ser niña,
flor,
hierba,
el sueño más dulce    

Nadie dijo que las palomas se convierten en arañas,
Salgo a flote, entre las criaturas de larga duración.
Podría llenar mi soledad
 ―más no me atrevo―
      Sin duda ese fue el plan original, escribir palabras, y más palabras:
todo lo que pudimos ser

―lo que permanece en uno mismo―

 

Especial para La Jiribilla

 

FICHA
Thais Ballenilla Rodríguez: Poeta cubana. La Habana, 1950. Miembro de la UNEAC. Entre otros reconocimientos ha recibido el Premio nacional de Poesía Rafaela Chacón Nardi, 2006; Primera Mención concurso Ada Elba Pérez, 2005; Casa de Cultura de Plaza, Mención en los 27, 28 y 29 encuentros provinciales de talleres literarios de los años 2004, 2005 y 2006; y el Premio de Poesía Oros Nuevos, 2009, de  la Sociedad Cultural José Martí y la Oficina del Programa Martiano, por el poemario Amar. He aquí la Poesía.