Selección de poemas

La casa rota

Llueve y mi casa está muy lejos
desbordada de patria
guijarros memorizan el instante
para servir el café
juego a que no mueren las hormigas en el azúcar.
Llueve aunque no sobra espacio en el único sitio
intocado por el tedio y la razón.
Bach aplaca la distancia llanera
el eco de mi suspiro
pausa de este cielo devenido.
Mi perra se esfuma en los ladridos
de otros canes sucios en lamentos
no me dejan escribir el poema
porque además llueve
llueve mucho
las palabras huyen hacia el fin del mundo

                                                        con el agua

sin anidarlas sobre este cuaderno.
Llueve y mi casa se ha ido lejos
no pude hacerla antes de caerse el cielo.

De esta lluvia

En Acarigua los techos se mojan
de adentro hacia fuera
agujereando el alma de los que mueren
entre porciones de carne  arepas fritas
reverdecidos por la ausente fe.
Los ojos de quienes habitan inviernos
parecen piedras arrodilladas en el río.
Nada expresan nada entienden
no hay columnas y la palabra es llanura
por donde escapan los versos que te di.
En Acarigua la piel se invierte
con el sabor de tres mentiras
los vecinos muñecos de sal blasfeman.
No hay un alma ecuestre.
En Acarigua amor me vuelvo insomne.
Por mi cuerpo transita un tiempo agridulce
Cruel para mis oídos duele.
Entre las uñas se me desordena la vida
y no puedo magnificarme amor
apenas te escribo
porque en Acarigua todo se moja
y no hay sombrillas para salvar la nostalgia.

Ana

Todos los días antes de azotar al sol
visito la casa de Ana
leo su sonrisa y me convenzo
de que la historia del hombre es como la arena.
Entro en el alma muy lejos
buscándome.
Respiro y los gatos de Ana responden
su ángel de la guarda bendice
converso con todos.
Las horas desordenan cada espacio habitado.
Como en vértigo siento que vivo.
Ana me sonríe con cada arruga
y mientras bebo su despacioso café
revolotean mariposas en mi cuerpo
vibran los verbos
dejándome maravillado tenue
como una mota de algodón
que después de usarse sube al cielo.
No hay tanta luz pero la casa de Ana resplandece.
Nadie sabe cuándo es noche allí
si afuera los demonios montan guardia.
Las confesiones brotan.
Volvemos a ser niños entre tanta erosión
himnos de sirena.
Ana y yo jugamos a que el presente es cierto.
Acechan los fantasmas mi hijo
las botellas que invadieron una vez mi casa
los ojos de mi amor interrogándome
manos que violaron la profundidad de Ana.
Sin embargo aún está por llover.
Real como la magia     la luz nos ciega.
De un techo roto somos hijos
que se abrazan debajo de una bombilla.
Ana me da la bendición milenaria.
Me despido entre sonrisas todavía
con la angustia de saber que al otro lado
está mi cárcel        
el vasto imperio de la pena que soy.
Ana no sospecha que haya escrito este poema.
No habrá por el momento palomas mensajeras.
Mi alma va conmigo para azotar el sol.

Pilatos

Qué  habrás sentido allá en la altura
vértigos de apoyo a cada lado
nube de espina contra las sienes
para que no olvides el viernes del mártir
y el domingo de resurrección.
En cambio nadie te castiga por ignorar mi nombre.
Los maderos ardientes
vibrando por el llanto del amigo
los gritos de mamá
cada aplauso de la plebe que nunca escuchaste.
Antes de subirte ya estabas en la altura.
Acaso sospechas que existo.
Abandonado de ternura con la interrogante
despedazando tus costillas.
No importan los milagros parábolas
 el riguroso sabor de la nostalgia.
Te habrás sentido como un libro
que a la sombra de un muro abandonamos.
Tú que predicabas el perdón
no fuiste perdonado.
Mientras sigo en lo oscuro sin que des conmigo.
En algún momento caerá el velo
cansados de mirarte  los ojos
regresarán al vacío de las cobijas
silencio que empotra el alma en el huacal
escenas que no pudiste corregir  
y en castigo la altura las ensalza.

Qué habrás sentido tan solitario
dos manos releídas por la muerte
ciclo de amor sin completarse
sobre la arena círculos
palabras que hubo soñado la melancolía.
Mamá se espanta los guijarros del odio
saluda su tormento con vino
todos nos quedamos yertos
imágenes en el agua.
Espectáculo antiguo tan poderoso
que siempre arranca un gemido
una sospecha de alegría.
La amargura es sábana que se derrama
sobre cada techo y cada sombra.

Qué habrás sentido tú tan en lo alto
perdido de dios  a estas horas
en que los cuervos salen agujereando nubes
con graznidos de lluvia
sin dar con la hoguera que me asciende
lejana en el tiempo 
confundiendo tu historia y la mía
y que nadie puede sofocar para salvarme.

Tú mi cuerpo

Ten el cuerpo que la tierra labró
saca sus contornos escúlpelos
letras dibújale para esconder fealdades
sea en él la oquedad excusa inmóvil
desvístelo con el alba
que hinche su destino la primera luz.
Nadie deberá desconocerlo.
Como a un objeto sagrado escríbele plegarias
cántalo y permite que el tiempo
alabe los contornos que limitan
pero imponle  un espacio sé el dueño
no permitas que nadie más lo bese
no dejes que el mar me distienda su aroma.

Ten el cuerpo que la tierra labró
y cuídalo ya vengo de regreso mañana.

FICHA
Vasily Mendoza Pérez: Narrador y ensayista. Miembro de la UNEAC y presidente de la filial de Escritores de Ciego de Ávila. Se desempeña como diseñador de Ed. Ávila. Egresado del primer curso del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Graduado de Artes Plásticas en 1990 en la EVA de Ciego de Ávila. Cumplió misión internacionalista en la República Bolivariana de Venezuela 2010-2012. Entre otros reconocimientos ha recibido el Premio de novela corta «Emilio Ballagas» de Camagüey 1999; Premio «Fundación de la Ciudad de Sta. Clara», en el 2000; Premio de narrativa «Casa del Viento 2001», de Ciego de Ávila; Premio Nacional de Narrativa «Eliseo Diego», Ciego de Ávila, 2006.