Selección de poemas

Que hay en mí que tanto asusta
La líquida pradera de mi infancia
a borbotones se desliza por las grietas
del día. En la albura del paso otro color
se asienta como una mordedura.
Callan mis manos cuando el viento bate
derramando en la estela los límites del sueño.
Callan los riscos por mi párpado abierto
como un ave en el crisol de la mañana.
Y la pregunta se adueña de mi gesto,
sobre mi pecho blande su oriflama como lanza:
¿Qué hay en mí, mi Dios, que tanto asusta
y en alfanje o badajo torna la mano
apenas venda, fruta, cuerda, azada?
¿Quién me anuda la voz sobre el filo del pétalo,
la asemeja a la roca, a la espina en el ojo
de la ausencia? ¿Quién hiere al animal
de trazo torpe que me acerca al contrario?
¿Quién boga sobre el ojo de mi angustia
y doblega la selva de nítidos contornos?
Dios, entorpece el silencio, tu música.

Tú que has visto esos hondos rincones
encallados al alma, el vuelo antes del vuelo,
la muerte alzada sobre un arco de luz,
dime: ¿Qué hay en mí que tanto asusta?

Árbol invertido
Volverme pies arriba,
ramas adentro, raíz al cielo
como un árbol invertido.
Volverme, sí, confundiendo los pájaros
que torpes anidaban mi pequeñez.
Confundir a los vientos,
el envés de la noche,
los arcos indomables,
la tarde, su jauría.
Las profundas gargantas de los cuervos sosegar,
las sucias transparencias,
el salto no escuchado
del suicida, los nudos,
las vacías ofrendas.
Mostrarles la dureza de mis líneas más íntimas,
mi piel de polvo y llama,
unas cuantas metáforas de praderas y ciervos,
Islas, blancos tallos
que cuecen mi estrenada sangre.
Como en un laberinto de espejos, infinito,
confundirlos a todos,
que no logren llegar jamás
hasta la estrella que en el centro
muere y renace, infinita también,
que no toquen sus giratorias espadas,
el fuego líquido en los labios.

Abrazar la lluvia con mis piernas.
Beberla luego mis cabellos,
los ojos.
Ah, verlo todo distinto.

Noches blancas del emigrante
1.
arrastras un cuerpo por siglos macerado
en la humedad de la provincia
que nace como estación de paso.
alzas el rostro sobre la costumbre:
a la distancia de un cantío
como un rail de tren se tiende la llanura.
viras el rostro y te ves a ti misma:
una niña tenue, con el asombro a flor de piel
que pretende aspirar la inmensidad que la rodea.
te ves a ti misma huyendo del gajo quebrado
en la penumbra del hogar.
sientes los huesos doblarse bajo un almendro,
bajo el rojo y el verde intenso de sus frutos.
el rojo y el verde que te signan el mañana.

2.
arrastras un cuerpo violado por los demonios que lo habitan,
en las noches blancas no encuentras el letargo de la clemencia.
deslizas el alma por los trillos de la memoria:
un columpio se mece en el abandono.
el dolor regresa.
y el dolor ya no es igual.
nada es igual.
en la verja oxidada, tu madre,
remolcando su pierna izquierda, su corazón,
ha puesto a secar la ropa con musgo de los que partieron:
pero pueden más los zarzazos que se le pegan al caer el sol.
la sal puede más.

3.
sobre el sillón en que dormían los abuelos de tu abuelo,
embadurnas los ojos con el fango de los antepasados.
son los espíritus que velan el andar sobre el dolor,
cuyos puntos infinitos cosen tus días, los ladrillos del sueño,
las torres y los sótanos tatuados bajo la piel.

4.
dibujas una miniatura medieval
entre las manos del que todo ha visto.
aquí, al centro del país, tu centro,
el espejo cóncavo donde miras
el espanto y la ternura de lo que eres,
la piedra donde contemplas todos los abismos,
las cumbres del imposible.
allá, el norte de la esperanza,
el misterio que no te es dable develar;
el sur perdido de la candidez, un árbol viejo,
y el sabor de la almendra
inagotable entre los labios hoy resecos;
el este y oeste, el miedo que dibuja la cruz,
la salvación.

5.
luego el viaje,
los muertos en el morral, los recintos
que achicaron tus ojos, la rosa sobre el estanque,
y la rana sobre la rosa que se deshoja ante el peso de la armonía,
que bebe el aliento de la adolescente fea y anhelante.
la partida
y las noches en silencio donde ocultabas
el grosor de la duda, los juramentos,
las emanaciones del miedo,
las promesas ante una virgen de cartón
que ya nadie mira.

6.
la incertidumbre
y los muertos descansando sobre tu médula,
tornados costra en tus huesos,
ya por sí ensombrecidos en el néctar de la tradición.
la interrogante, ¿la respuesta?
y los muertos, sus propias tentaciones
que se acurrucan en el pecho como un disparo de 35 mm.
los muertos que reflejan el vacío del corazón,
el dolor adentro que te empina y te cubre
de la espina mayor de no sentirlo:
del olvido.

7.
tendida sobre la tez brumosa de una ciudad ajena
procuras reunir los fragmentos de carne desperdigada
en el smog de la indiferencia, las gotas de saliva
que aún te quedan tras dar de beber
a los que te patearon con ganas el aliento.
acuclillada bajo la noche alba sientes la desazón del infinito,
el alivio del infinito.
nadie te sabe bajo tanta belleza.
te deslizas como una lombriz sobre el pantano.
ahora te yergues y tus ojos miran el después de las luces
y es como mirar una soledad distinta, más humana.
algo late en el fondo de ti,
en los subterráneos de tu ciudad interior:
paisajes de insospechadas transparencias,
territorios donde acoger el asombro de una estrella,
la redondez de una fruta, las pupilas de una niña
moldeada con el barro de tu carne.

8.
más allá de los agujeros,
otro almendro germina.
más allá despiertas tú.
sobre el aguijón,
creces tú,
de nuevo.

 

Signos 
                                                        a Martha Núñez, hermana.

cada noche se torna un aguzado hierro en mi garganta,
la densidad de la sombras se adueña de mi voz,
del cuerpo abierto como una res, olvidado
sobre la mordacidad de la provincia.

por los entresijos de mi aliento
he tratado de urdir todos los peligros, sus paisajes.
no logro esbozar el que me define.
frente al tedio apisono mis carnes gota a gota,
las moldeo, las arrojo al fuego,
y yo con ellas me arrojo bien serena,
como una vasija acariciada por dios.
es inútil tanto desvarío:
los tábanos reaparecen,
se quiebra la tierra del espíritu
en el polvo huérfano de la costumbre.

lo imposible,
el desierto que abre en la blancura
un horizonte donde el agua es mentira,
la vacuidad y la extrañeza de las imágenes
que me poseen como a una puta de campo extraviada
en la gran ciudad, sollozando bajo la apatía de los rascacielos...
ellos y también la transparencia del estanque
donde se hacina el sosiego de los astros,
su opresión en el amanecer,
perfilan mis contornos, los hieren,
trazan con frenesí las arrugas,
los signos que me ocultan ante el otro...
y tanto fervor también es inútil.

¿el acto inútil me define?

no puedo decir esto es la felicidad. soy feliz mientras miro cómo el arrebol del atardecer penetra en mis ojos y me acerca una ciudad distinta, menos irreal que esta que me anega, de la que siempre estoy huyendo como un ratón gris; tórrida sombra bajo su aburrimiento. yo sé que la felicidad existe y no es con exactitud una pistola caliente. he visto la felicidad como una muñeca rusa, con olor a madera recién curada; una matrioska inmensa donde cabemos cálidamente todos, unos dentro de otros. sé que existe la felicidad. me basta aquella noche en que sentí en los huesos trastocarse los límites y estallar en cristales hambrientos. acaricié su desamparo y ella puso su saliva en mi dolor y el dolor desapareció, y yo le di un corazón que me sobraba y lo puse allí donde a ella le faltaba uno. la felicidad que estaba triste se rió y me besó mi sexo tenazmente húmedo, femenino. pero las chispas de luz sobre mi piel duraron una noche, apenas una brizna que se espesa cuando necesitamos aclarar las sensaciones y encontrar la raíz que nos eleve.
pero ya lo dije antes, yo no sé escribir la noche, no podría jamás iluminarla. ni siquiera podría alumbrar el silencio a oscuras que yace aquí en las palabras carcomidas por tanto crepúsculo, y tanto ratón inmensa, tontamente gris y pertinaz que se atraganta con la palabra precisa y rebota siempre hasta mis manos con el eco chupado entre los dientes.

me aburro,
los aburro, diciéndome, diciéndoles
que siempre estoy al borde de todo abismo,
que siempre estoy de nuevo retornando
a una imagen ya vivida.
yo escribiendo las mismas palabras
en un tren de madrid, que pronto estallará.
abro la boca para que las gotas de horror
no caigan sobre el piso metálico, ajeno,
forzando las conchas de las sílabas
que se atropellan como carbones ardientes
al fondo del abismo que solo nombro,
que no me atrevo a franquear.

nadie me oirá.
nadie se aburre tanto.
nadie ahuyentará mi miedo.
solo me queda el impulso.
al borde el salto permanece, incólume.
y la pregunta que me domina,
que también me endroga, permanece.
y yo varada sin atreverme jamás a conocer
qué nutre su densidad,
¿permanezco?

 

Tomado de AlasCUBA.

 

Ficha
Ileana Álvarez González: Poeta, ensayista, investigadora literaria y editora. Nació en Ciego de Ávila, en 1967. Licenciada en Filología (Universidad Central de las Villas, 1989). Diplomada en Investigación Cultural (Universidad de Camagüey, 1995). Máster en Cultura Latinoamericana (Universidad de Camagüey, 1999). Investigadora Auxiliar y Profesora Auxiliar de la Universidad de Ciego de Ávila. Pertenece a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y es miembro, además, de la Sociedad Cultural “José Martí” y la Fundación “Nicolás Guillén”.