Se vacía el nido

Por Hache y por Be. Por esta vida y por la otra. Por varias causas, entre las cuales no puede faltar el gran flujo migratorio de nuestros jóvenes, muchos nidos se vacían. Los hijos no solo crecen, sino que se van. El hecho afortunado de que se conviertan en hombres y mujeres, a los padres nos produce una mezcla de sentimientos contradictorios, difíciles de definir: orgullo, angustia; satisfacción, miedo. Pero si además, se alejan de veras, todo se multiplica, el remolino de emociones se agiganta.

Muchas teorías intentan explicar el fenómeno natural del nido vacío; algunas de esas tesis son acertadas, otras no tanto. La más disparatada de todas, a mi juicio, es una que dice que la melancolía que caracteriza a las madres durante este período de vaciado, se debe a la concientización de la pérdida de los —hasta entonces visibles— atributos físicos en ellas. O sea, en otras palabras: las mujeres nos ponemos tristes debido a que dejamos de ser hermosas.
 

Somos ejemplos para nuestros hijos, o meras cuidadoras responsables. Foto: Escambray.cu
 

Cuando leí esa explicación, —en una revista cubana, por cierto—, me enfurecí. Parecía escrita por alguien de siglos anteriores. Porque hay que ser excesivamente reduccionista para opinar así, a la ligera, con tantas batallas que se han librado y se libran ahora mismo a favor de la mujer, en aras de que nos otorguen digno reconocimiento. Es hora de aclarar que el canon de belleza, variable según cada cultura, ha sido intencionalmente sobrevalorado y explotado, de manera que es insultante atribuir, —por ejemplo—  la disminución del brillo del cabello en las mujeres, a la tristeza que nos embarga cuando los hijos deciden aposentarse lejos de nosotras.

Más bien, en lugar de detenerse en lo físico, se deben analizar las causas del poco compromiso que muchos jóvenes sienten hacia sus orígenes, su familia, sus tradiciones. He sido defensora de la juvenilia siempre, y mantengo que los muchachos nacidos en la terrible década de los 90, llegaron al mundo en medio del caos absoluto, cuando nuestra pirámide social se puso —la pusieron— a dar vueltas, y aún permanece de cabeza. Un joven a quien admiro mucho, dijo que no debía hablarse de la generación del Período Especial, sino más bien de la generación especial de un período muy jodido. Efectivamente, las consecuencias de aquellos momentos, en términos de desarraigo, y de incertidumbres, llegan hasta nuestros días. Yo misma he de rectificarme: No padecen estos jóvenes actuales de total descompromiso hacia la tierra que los vio nacer: es desprejuicio, es falta de confianza, cuya responsabilidad cae sobre nuestros hombros, como un fardo excesivamente pesado. La lógica indica que, a falta de remuneraciones y de puestos laborales acordes con aspiraciones, estudios, sueños y proyectos, se busquen opciones fuera de nuestras fronteras.

Una de nuestras tragedias consiste, precisamente, en la contradicción entre brindar alto nivel científico y artístico en las universidades, y luego no poder garantizar masivamente puestos laborales en esa misma línea de rigor, de atractivo, de perpetuidad. También esta circunstancia tiene varias causas, y permanecer bloqueados perjudica todo intento de proyecto a cualquier plazo.

Estas condiciones sí son motivo de honda angustia entre quienes contemplamos el vaciado de nidos que construimos, y no un manojo de canas, ni la flacidez de las carnes. Nos martillamos con preguntas tales como ¿realmente no pudimos hacer más?; ¿fuimos lo suficientemente apasionadas en las discusiones intergeneracionales?; ¿somos ejemplos para nuestros hijos, o meras cuidadoras responsables?; ¿la responsabilidad llega hasta la inculcación de valores patrióticos?; ¿qué hacer para detener la sangría de los jóvenes?, ¿pueden ser transferibles las emociones, las deudas, las esperanzas y la fe?

Esta constante inquisitoria provoca depresiones, desalientos y, claro está, melancolía. Y sí, las madres cubanas cuyos hijos son veinteañeros (los trajimos al mundo en los dañinos 90), sufrimos de desórdenes afectivos. Pero no se debe el deterioro de las uñas, ni de los pelos, ni de la decadencia de brillos ni de sensualidades corporales, sino de dolor en el alma. Hablando en plata, es difícil pasarnos gato por liebre a nosotras, que seguimos de este lado de la luna, empecinadas y batalladoras. El colmo sería admitir que la languidez emocional que a ratos nos embarga, se debe a dos arrugas alrededor de los ojos ¡A otra con ese cuento!