Santa Lucia y sus premios nobel o la literatura y el azar (II)

A pesar de sus diminutas dimensiones geográficas, situada entre las islas de la Dominica y la Martinica —ninguna de grandes extensiones— Santa Lucía, la más pequeña, ostenta en su haber, a lo largo del siglo XX, dos Premios Nobel en su nutrida y larga historia intelectual, aunque ignorada por muchos círculos del hemisferio. Como decía el imprescindible escritor colombiano Jorge Zalamea a mediados de los años 60 de la centuria pasada: no hay cultura inferior a otra.  En su extraordinario libro La poesía ignorada y olvidada (Premio Casa de las Américas, 1965), por cierto, no frecuentado ni revisitado por los más jóvenes de hoy, afirmaba: “en poesía no existen pueblos subdesarrollados”. El subdesarrollo económico no despoja a la humanidad de sus posibilidades creativas y menos de su talento.

Aún antes de que Esquilo y Homero crearan en Grecia patrones literarios inconfundibles, en Egipto, en China, en Mesopotamia, mediante sus expresiones anónimas, innumerables autores crearon un legado de mitos, fábulas y epopeyas que alcanzan nuestra época. En los inicios de mi carrera literaria, los jóvenes apreciábamos las producciones de los griegos y los romanos pero comenzábamos a descubrir y apreciar ciertas creaciones poéticas de gran esplendor que para entonces habían alcanzado poblaciones nómadas de las regiones polares. La rama dorada, de Fraser, alcanzó una popularidad inusitada.

Dicho lo cual no debe asombrarnos que Santa Lucía posea dos Premios Nobel en la segunda mitad del siglo XX: El que fuera otorgado al economista Sir Arthur Lewis, en 1979, y el que recibiera, en 1992, el poeta, dramaturgo y ensayista Derek Walcott.

No sé si aceptar la existencia tangible de lo real-maravilloso, que revelaron y defendieron en sus obras escritores de la talla del haitiano Jacques-Stephen Alexis y del cubano Alejo Carpentier. Lo cierto es que Sir Arthur Lewis, nació en 1915, un 23 de enero. Y, Derek Walcott, en 1930 pero también un 23 de enero.

La Universidad de Santa Lucía lleva el nombre de Sir Arthur Lewis quien con una sólida formación académica, aquel joven profesor e investigador, logró desplegar una incansable labor sin precedentes, diseminada entre Europa y Nuestra América.

Walcott fundó el Trinidad Theater Workshop en 1959 y allí pudo crear, de forma entrañable, las fuentes más legítimas de las artes escénicas del llamado Caribe anglófono con base precisa en la isla de Trinidad-Tobago. El autor de Dream on Monkey Mountain (1967) ha sido un hacedor, en verdad un mago de las tablas y, al mismo tiempo, supo sentar las bases de una dramaturgia original, altamente personal —aunque casi nunca autobiográfica— que llevó siempre a los primeros planos del teatro los conflictos, la controversia de identidades en su diversidad, así como los rasgos característicos de pescadores, labriegos, campesinos, en fin, hijos innegables de la suculenta tierra antillana.

Su condición de dramaturgo arrojó luz sobre su gran poesía, única, excepcionalmente lírica y épica, que lo ha convertido en uno de los grandes poetas contemporáneos en lengua inglesa, como se sabe. Jorge Zalamea hubiera disfrutado, como nadie, la inclinación de Walcott por retrotraer al mundo contemporáneo obras clásicas no solo teatrales sino personajes históricos como su interpretación de Henri Christophe que data de 1950 cuya ejecutoria está en el centro de la Revolución haitiana de fines del siglo XVIII y que fuera objeto de la célebre pieza La tragédie du Roi Christophe (1963) de su vecino martiniqueño Aimé Césaire a quien dedicara, por cierto, una conmovedora elegía incluída justamente en su más reciente poemario White Egrets.

Por ejemplo, ha resultado un acontecimiento editorial la aparición en Madrid, en 2014, de su adaptación del clásico El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, en excelente versión castellana del escritor antillano Keith Ellis.

Desde la aparición del poemario In a Green Night (1948-1960) hasta Omeros (1990) no por azar, los críticos y los lectores más exigentes lo congratulan leyendo, releyendo y visitando sin cesar su creación literaria, ya incomparable. Prueba fehaciente de ello es que su más reciente colección de poemas obtuvo el Premio T. S. Eliot 2011, considerado como una indudable piedra angular de la poesía de nuestro tiempo.

De modo que los dos Premios Nobel de Santa Lucía vieron la luz un mismo día de enero, el 23, de 1915 y 1930.  ¿Destino?  ¿Confluencia?  Muy posible. Ese azar concurrente, como diría José Lezama Lima, hizo realidad la ya famosa Semana de los Premios Nobel, en Castries, cuya edición de 2016 hizo posible mi visita y esta crónica. Esa iniciativa ha sido diseñada para que, precisamente, un 23 de enero de 2016, se inaugurara la Casa de Derek Walcott. Hoy es un hecho que estimula la creación literaria no solo de la Isla sino de la región; a propósito de lo cual se publicó una hermosa y significativa Antología de poetas y artistas plásticos nombrada Sent Lisi, a la usanza del habla popular, creole, de la isla. Diseñada por Kendel Hippolyte, John Robert Lee, Jane King y Vladimir Lucien, el lector recibe una lluvia de identidades y esa luz en espiral que lleva al visitante hacia los cielos.