Salud, dinero…o al revés

Una mirada a La Habana de ahora mismo, desde su Parque Central, da incógnitas inquietantes.

¿Cuán poderosas podían ser las emigraciones asturianas y gallegas que legaron edificios majestuosos como el que hoy ocupa la sede de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes o el complejo cultural que acoge al Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso?

¿Qué pujante liquidez podía ostentar la emigración catalana que influyó en la arquitectura que hoy exhiben varios barrios del populoso Centro Habana?

¿Cómo podían sostener sus portentosos centros de salud y eficaces beneficencias?

Ya conocemos la naturaleza de las emigraciones. Algo puede someterse a juicio crítico: ¿habrá sido con el dinero de los pobres emigrantes?

Se afirma que en la primera mitad del siglo XX, era España un país agrario y emigrante, realidad que se mantendría algo más allá de 1950.

“La mayoría de la población activa estaba ocupada en tareas agrícolas y los flujos de emigración tenían un caudal significativo: hacia países de América salieron unos 3,5 millones de personas entre 1850 y 1950” [1].

El alza de la emigración a Sudamérica se prolongó hasta los años 1930, pues tras el “crack de 1929”,  la crisis económica obligó a muchas naciones a poner restricciones a la entrada de extranjeros.

Para España, el éxodo tuvo las mismas complejas repercusiones que tiene toda oleada de emigración/inmigración, pero en este caso hubo, además, ciertas características particulares como el bajo nivel cultural del emigrante y los empleos en trabajos duros y mal remunerados.

Por más tragedia, los ingresos no siempre servían para acumular fortuna, porque casi todo se destinaba a mantener un lugar para vivir. Solo les acompañaba la esperanza colectiva de los que venían con el mismo propósito, y era lógico el intento por mantener vínculos con sus compatriotas.

¿Por qué a Cuba?

La nueva ola de inmigrantes españoles que llegaba a La Habana, venía arrullada por una imagen de nación refundada, tan nueva como pujante y tan necesitada de fuerza productiva como la que más. Sin embargo, se encontraría poco a poco con un país lleno de contrastes, que vivía inmerso en las más complicadas incongruencias.

A poco de la instauración de la República, se firmaba el 11 de diciembre de 1902 el Tratado de Reciprocidad Comercial entre Cuba y los Estados Unidos, que daría la ilusión —vana, como se vio después— de que vendrían años de prosperidad no solo para las grandes compañías, sino también para los simples jornaleros. El valor estimado de la zafra azucarera cubana sería de 19,7 millones de pesos; sin embargo, casi toda la producción —y de paso la ganancia— iba a parar a Estados Unidos.

En la esfera científica, una referencia seguramente no pasaría desapercibida para nadie, y menos aún para un inmigrante. En 1902, al proclamarse la independencia de Cuba, era nombrado Carlos J. Finlay —Puerto Príncipe, 3 de diciembre, 1833-La Habana, 19 de agosto, 1915— Jefe Superior de Sanidad, quien estructuraría un sistema sobre bases nuevas y en 1905 eliminaría en tres meses la última epidemia de fiebre amarilla que se registró en La Habana.

En los albores del siglo XX, lejos de desaparecer junto con la dominación española, los centros y asociaciones de emigrantes se reavivaron con doble función o nacieron otros. Más allá de ser sitios de nostalgias patrias y reafirmación cultural, derivaban en el intento de ofrecer cobertura asistencial básica, que incluía la asistencia sanitaria (quintas), bolsa de trabajo y servicios educativos propios, así como ayudas para la repatriación o la cobertura de los gastos de entierro en panteones propios.

Se dice que en 1927 existían en La Habana al menos 135 de estas sociedades. No eran beneficencias que proclamaban un sincero carácter mutual. Tales hospitales, sanatorios, clínicas o quintas, funcionaban bajo pago y se estructuraron y asentaron bajo un talante mercantil que llegó a ser de alto calibre empresarial corporativo.

Pero en modo alguno puede desconocerse los buenos servicios que prestaron. En los tiempos que corrían entonces, podían resultar vitales para la numerosísima comunidad española asentada en Cuba, la avispada acción mercantil cubierta con el sereno manto de la labor piadosa.

Veamos el caso de cinco grandes, de entre los muchos que tuvieron destacados centros de salud.

Centro Gallego

El Centro Gallego de la Habana fue fundado en 1879, por lo que es la más antigua de las sociedades regionales con sanatorio. Contaba a mediados de los años 50 del siglo XX con 55 000 socios, de los cuales más de 14 000 eran de delegaciones establecidas en todo el país y 44 349 residentes en La Habana.


Fotos: Cortesía del Autor


Se calculaba para entonces un capital social de alrededor de seis millones de pesos. Su presupuesto anual de gastos se elevaba a más de un millón 850 mil pesos, de los cuales un millón cien mil pesos al año se dedicaba al sanatorio La Benéfica, que atendía un promedio diario de 650 enfermos.

Logró establecer el moderno plantel de enseñanza Concepción Arenal, así como el conservatorio y la academia de bellas artes en su antigua sede social paseo de Martí y Dragones.

Centro Asturiano

Constituido el 2 de mayo de 1886, en la intersección de las calles Reina y Ángeles, fue fundado por 50 iniciadores liderados por “el pilonés”, Sr. Antonio González Prado.


 

Su cuerpo social superaba los 80 000 miembros entre niños, mujeres y hombres. Tenía delegaciones en Tampa, Florida; en Gijón y Avilés, Asturias, y más de un centenar en Cuba. Fue famosa la Quinta Covadonga, nombre por el que muchos siguen llamando al hospital que instituyeron. Dicha casa de salud, en los años 50, llegó a contar con un presupuesto de alrededor de un millón 909 mil pesos.

Asociación de Dependientes del Comercio

Se fundó el 11de abril de 1880, con la finalidad principal de amparar a los dependientes del comercio y fue ampliando de forma tal su cometido que contaría con el sanatorio La Purísima Concepción.


 

El patrimonio social se estimaba en 4.632.000 pesos. El 31 de diciembre de 1956 el número total de socios ascendía a 74 979, de los cuales la mayoría —40 mil 982— correspondía al sexo masculino y 33 mil al femenino.

En el caso de la Asociación de Dependientes del Comercio, vale señalar que un censo de la época registraba casi 47000 individuos como comerciantes; de estos, algo más de 25 000 eran anotados como extranjeros, pero se sabe que, con excepciones, se trataba de españoles.

La Asociación Canaria

La Asociación Canaria se fundaría en 1907y al cierre del primer trimestre de 1957, el número de miembros se elevaríaa más de 22 mil pesos.Los ingresos por cuotas sociales se destinaban, en una proporción muy elevada, a las atenciones de “La Quinta”. En un año se gastaron $353 mil 502 pesos.


 

“En el sostenimiento del consultorio de la casa social, $16,247.24. En gastos generales, $ 47,123.64. Y por servicios médicos y medicinas a socios en las delegaciones, $24,444.22” [2].

Hijas de Galicia

La constitución de la sociedad Hijas de Galicia data del 18 de enero de 1917, continuadora de una anterior llamada “Solidaridad Pontevedresa”,  que,  a su vez, había sido inaugurada el 16 de junio de 1912 con el empeño de amparar a la mujer gallega inmigrante.


 

Contaba con 35 996 socios y un sanatorio en las calles Remedios y Regla, en Luyanó, y un balneario en Miramar, actualmente bautizado como Balneario Universitario.

 

Notas:
1. La sociedad española y la inmigración extranjera. Colectivo Ioé (Carlos Pereda, Walter Actis y Miguel Ángel de Prada).
Disponible en http://www.colectivoioe.org/uploads/187713c2f84ff75059034e565a80546cb1c2dee8.pdf
2. Presno, Pablo R: Los Centros Regionales con Casa de Salud. Diario de la Marina, número extraordinario, septiembre de 1957, p. 173.