Rumba, patrimonio universal

A las 7:18 a.m. del este miércoles 30 de noviembre, recibo el mensaje de un buen amigo: “Nuestro Comandante inicia su recorrido con un mensaje de resistencia cultural: la rumba ya es Patrimonio de la Humanidad”. Me escribe Ulises Mora, profesor y coreógrafo, y uno de los más contumaces promotores del expediente sometido al escrutinio del Comité Intergubernamental de la Unesco que valoró en Addis Abeba, Etiopía, las propuestas de nuevos ingresos a la lista del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

En sus palabras reveló una conmovedora coincidencia. El pueblo cubano, hacedor y protagonista de la eclosión rumbera, vivía, y todavía vive, momentos de dolor por la pérdida de Fidel Castro. A la misma hora en que se hacía cierta la proclamación de la Unesco, la caravana con las cenizas del líder histórico emprendía su itinerario desde La Habana hacia el Oriente de la isla, donde reposarán definitivamente, a partir del próximo domingo 4 de diciembre, los restos mortales. Pero, al mismo tiempo, esos hombres y mujeres de a pie, que tanto han bailado, cantado y sentido la rumba como expresión raigal de su identidad, cobraban conciencia de que si a la rumba se le reconoce un valor universal, es, en buena medida, porque la política cultural alentada por la Revolución cubana reivindicó y dignificó a los exponentes de una tradición popular.


Foto: Internet


Cierto que la rumba era, desde muchísimo antes, un ineludible referente cultural. A Cuba se le identificaba como cuna de esa manifestación. Pero sus más auténticos cultivadores se hallaban marginados por su origen social. Residentes en barriadas y comunidades de condición humilde, albañiles y estibadores de carga en los puertos, peones agrícolas y torcedores de habanos, trabajadores de oficios eventuales y desocupados, costureras y empleadas en el servicio doméstico, en hacinadas casas de vecindad y espacios públicos venidos a menos, rumbeaban por el mero gusto de sentirse dueños absolutos de un territorio espiritual inalienable.

No hay que olvidar que su linaje parte de la huella de las culturas africanas llevadas a la isla por los hombres y mujeres arrancados del lejano continente para ser explotados como mano de obra esclava en las plantaciones. Las primeras manifestaciones tuvieron lugar en el barracón, alternando con los cantos y bailes litúrgicos de religiones ancestrales. Precisamente, una de sus variantes primigenias es la columbia, bailada solo por hombres.

Al abolirse la esclavitud en 1886, muchos de los emancipados emigraron a las ciudades en busca de trabajo. Matanzas y La Habana se convirtieron en las plazas rumberas por excelencia, aunque ya desde entonces comenzó a irradiarse a escala nacional y a entenderse el término no solo como definición de una expresión músico-danzaria, sino también como sinónimo de celebración profana. Es común escuchar decir: “Se formó la rumba”, para designar el comienzo de una fiesta, en la que se percutía con todo lo que estaba al alcance de los oficiantes: cajones de bacalao, gavetas, taburetes, cucharas y cencerros, pues no siempre se disponía de una tumbadora (conga) o un par de timbales.

El poeta y etnólogo Miguel Barnet situó las coordenadas de ese hecho cultural con estas palabras: “La rumba es inteligente porque asume una segunda naturaleza al cumplir una función social; transcultural, porque sus elementos primarios pasan por los ritmos congos y la plasticidad expresiva del íreme o diablito ñáñigo en la sociedad abakuá; porque asume la crónica del diario vivir, narra aventuras y peripecias del ser social en el guaguancó como el romancero español lo hizo con la copla, la espinela y otras formas literarias; porque desde la opresión de la esclavitud surgió como mito de liberación y fue fuente principal de innovación y ruptura de viejos paradigmas. Es, además, subversiva y catártica”.

También nos recuerda cómo “ni los intentos de mixtificarla entre las farandulescas luces del cabaret o los espectáculos de music hall” la han podido adulterar: “Ella se ha dejado vestir de lentejuelas pero, a la vez, se las ha sabido sacudir cuando el quinto (tambor agudo)  repica con ganas y las cucharas golpean con ardor”.

Hace cinco años, la rumba fue declarada en Cuba Patrimonio de la Nación. El acto consagró lo que era asumido de manera natural y orgánica por todos. Con la declaratoria de la Unesco —que insiste en esa imprecisa definición de calificar como inmaterial cosas que tienen una presencia material irreductible— se reconoce igual una realidad objetiva: su universalidad.