Rufus! Rufus! Rufus! Does Havana!: un artista dueƱo de su juego

Volvió a cumplirse lo que asegura el viejo dicho, y a la tercera visita del canadiense-norteamericano Rufus Wainwright a La Habana se unieron por fin los empeños necesarios para que este joven compositor e intérprete ofreciera aquí mismo un concierto. Esta ocasión, la cuarta, ha servido como el puente que sus admiradores y quienes no conocían mucho de su obra (no precisamente promovida con amplitud por nuestros medios) deseaban levantar para que su voz, su presencia y todo aquello que este creador inquieto moviliza se hiciera al fin palpable ante nosotros. El escenario del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso fue el punto de encuentro entre él, la Orquesta Sinfónica de este coliseo, y espectadores de varios lugares del mundo que vinieron hasta aquí para no perderse una ocasión de lujo.


El Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso fue escenario
para Rufus Wainwright. Fotos: Tony Hernández Mena

 

Lo escuché por vez primera en la banda sonora de Moulin Rouge!, aquel filme de Baz Luhrmann, donde entona con su voz de tenor “Complainte de la butte”, una suerte de remanso sonoro en medio de las intensas remezclas que integran los temas de esa película del año 2001, evocando un París donde el can can y Kurt Cobain podían darse la mano en un delirio postmoderno. Justo con esa canción de George van Parys y Jean Renoir se despidió del público que colmó la sala García Lorca, resbalando graciosamente sobre las rimas de esta composición. Hijo de dos notables músicos canadienses y hermano de la cantante Martha Wainwright, desde niño fue parte de las presentaciones de sus familiares, y estudió piano desde corta edad. También en su adolescencia ya escribía canciones, y la influencia de la música de concierto, así como la de importantes figuras de la canción popular, se mezclaban entre sus intereses.

Cuando en 1998 aparece el álbum que lleva su nombre, han transcurrido años de búsqueda, actuaciones en cafés de diversas ciudades, y ha escrito ya muchas canciones. El álbum epónimo es saludado por la revista Rolling Stone, y Wainwright, que ya se había identificado ante su familia como homosexual, es nominado al premio de la Gay & Lesbian American Music Award y a otros galardones. Los ecos de compositores operísticos se combinan con su voz, con el aire levemente irónico y no pocas veces matizado por cierta melancolía con la cual entona sus propias letras, o se adueña de composiciones ajenas para filtrarlas a través de su inconfundible personalidad. Un álbum como Release the stars, lanzado por Geffen Records en el 2007, marca un punto de madurez. Se trata de un retrato del artista que viene de vuelta de sus angustias y alegrías, de sus indagaciones con drogas y sexo, y puede mirarse de un modo enteramente honesto. De ahí proviene “Going to a town”, uno de sus mejores temas, muy aplaudido en el concierto habanero del pasado domingo.


Varela hizo con dignidad mucho más que el rol de telonero

 

Posteriormente, la carrera de Wainwright se ha enlazado a la ópera y el teatro: compuso Prima Donna, estrenada en el Manchester International Festival, y la música para la puesta en escena de los sonetos de Shakespeare que creó, para el Berliner Ensemble, el célebre director Robert Wilson. Reinventándose como showman se entregó a lo que la prensa calificó la actuación de su vida, y que es en realidad un ejemplo de su gusto por los grandes desafíos, al asumir íntegramente el memorable concierto que en abril de 1961 Judy Garland ofreció en el Carnegie Hall de Nueva York. La que se ha mitificado como “la más grande noche en la historia del mundo del espectáculo” fue reconstruida en el propio coliseo neoyorquino, durante las noches del 14 y 15 de junio del 2006. Rufus! Rufus! Rufus! Does Judy! Judy! Judy!, se llamó a esta reinvención, en el DVD que recoge su actuación en el London Palladium, adonde también se fue para cosechar aplausos en un tour de fource que enlaza una admiración rotunda por la Garland, el máximo icono gay de la música popular contemporánea, un rejuego enteramente postmoderno con el camp, la sensibilidad homoerótica y la perdurabilidad de ese repertorio clásico ante nuevos auditorios. Rufus es un artista homosexual que saca partido de todo lo que ello implica: transgrede géneros y limitaciones, toma perspectivas diversas ante el canon al que respeta y también discute, es siempre polémico y al mismo tiempo consecuente con esa idea de libertad que maneja en sus apariciones, como creador y activista de la comunidad LGTBIQ. Qué mejor que inclinarse gozosamente ante el fantasma de Judy, para cantar con Lorna Luft, una de sus hijas, los himnos de guerra y sobrevivencia que la protagonista de El mago de Oz nos legó tan intensamente.

En el 2010 inició su relación con Jörn Weisbrodt, y se unirían en matrimonio desde el 2012. Ya en el 2011 había sido padre, al anunciar el nacimiento de su hija Viva, la cual tuvo con su amiga Lorca Cohen. Out of Game, su siguiente álbum, traería a Mark Ronson como productor. A estas alturas, Rufus Wainwright ha actuado junto a Sting, Cindy Lauper, Indigo Girls, Lou Reed, Anthony and the Johnsons, Tori Amos, Erasure, los Pet Shop Boys y muchos más. Como el propio Anthony (ahora transformado en una nueva identidad: Anohni), o Björk, es un artista que escapa de cualquier definición. La crítica ha querido ubicarlo dentro del pop barroco, por el impacto que la ópera ha tenido en su trayectoria, pero ciertamente lo que se encuentra en sus álbumes es un recorrido que rehúye lo previsible, a riesgo de ser catalogado como un “gusto adquirido”. En su empeño, Wainwright ha sabido lidiar con el linaje musical del que proviene, con las demandas del show bussines y el espectáculo que tiende a frivolizar a sus protagonistas, y no ha dejado de enrolarse en proyectos complejos y riesgosos, como de seguro será Adriano, su segunda ópera, a estrenarse en el 2018. Ha aparecido en varios filmes, ha colaborado con las bandas sonoras de Brokeback Mountain o Shrek, I am Sam y otros títulos de la pantalla; pero sabe que la música es lo que lo sostiene y le deja canalizar hacia el auditorio lo que le importa, lo que disfruta y lo que le angustia. No hizo menos en La Habana, y conquistó a un público que merece conocerlo más con su carisma y su talento vocal.

La invitación con la que pude llegar a la platea del Gran Teatro rezaba: Carlos Varela e invitado. En realidad se trataba de lo contrario, el cantautor cubano era el invitado especial en esta ocasión. Varela hizo con dignidad mucho más que el rol de telonero. No se limitó a animar a los presentes para que recibieran al protagonista de la tarde con calidez, sino que repasó con sus músicos temas que validaron su presencia en nuestro contexto musical. “Siete” y “Una palabra” dieron fe de ello. Menos afortunada fue la idea de traer a Rufus a escena para un dúo que no resultó tan feliz, y que adelantó en vano la presencia de quien, minutos después, se adueñaría del escenario, luciendo una barba que asombró a algunos de quienes recordaban su rostro en la portada de sus primeros discos. Cuando finalmente la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro, dirigida por Giovanni Duarte, ocupó su sitio, estábamos más que ansiosos por saber si Wainwright saltaría sobre la barrera del idioma, y de la escasa divulgación de su obra aquí, para lograr seducirnos. Y así ocurrió.

Relajado, dueño de su voz de timbre tan particular, arrancó con su “Oh what a world”, proveniente de su álbum Want, del 2003: “Men Reading fashion magazines/…”, sacando excelente partido de la orquesta para retomar los aires de Ravel incluidos en esa canción. Alternando ese acompañamiento con el piano que él mismo tocaba para rescatar un aria de su primera ópera, nos regaló luego su “Going to a town”, la canción suya que prefiero, tras hablar sobre lo que ahora mismo pasa en Estados Unidos. En Cuba, dijo, “me siento más canadiense que norteamericano”; y ante una falla en el audio de su traductor, culpó jocosamente a Donald Trump de ese breve accidente. A su pareja dedicó “Tiergarten”, una balada que aparece en Release the stars. Dejó claro que es un artista orgulloso de poder usar su voz no solo para cantar, sino para manifestarse sin tensión alguna, en cualquier escenario, sobre agudos problemas sociales, o para desear que entre nosotros, finalmente, se legalice el matrimonio entre personas del mismo sexo porque, como nos dijo: “créanme que vale la pena”, corroborando que su activismo está lejos de posturas superficiales tanto como lo está cerca de un encanto y un sentido del humor que también son sus armas de gay militante. No sé cuántos hayan agradecido eso, pero me alegra que al fin La Habana pueda recibir a un creador capaz de decir sin embozo la verdad de su sexualidad y de su credo, sin necesidad de lentejuelas ni de la frivolidad que la propia comunidad LGTBIQ a ratos sigue prefiriendo, como prueba de lo mucho que nos falta. Rufus supo ir de la intensidad sonora de los temas que requerían de todo el conjunto orquestal a la brillante intimidad que nos regaló cantando “Hallelujah”, ese tema de Leonard Cohen que no pierde vigencia, y que renace cada vez que un artista de veras regresa a sus palabras.

Los bises fueron cosa de locura. Llegaron cuando el público ya estaba dispuesto a seguir a Wainwright en cualquier propuesta, porque su diálogo con los espectadores supo crecer de modo orgánico, alentado por sus maneras de dandy gozoso y elegantemente provocador. “Soy un pésimo improvisador, pero vamos a cantar una canción cubana”, anunció y muchos temimos por un instante que ese enlace se viniera abajo. Pero no, trayendo de vuelta a escena a Carlos Varela y sus músicos, y con toda la orquesta respaldándolos, se lanzó a cantar “Drume negrita”, dulce tributo a ese otro artista también homosexual e irrepetible que es nuestro Bola de Nieve, máximo intérprete de esa canción de cuna de Eliseo Grenet. Wainwright logró dominar las palabras en español, y gozó, con todo el auditorio, ese momento excepcional.


Wainwright logró dominar las palabras en español, y gozó,
con todo el auditorio, ese momento excepcional

 

Carlos Varela dijo estar contento de ser parte de este encuentro con un artista de la calidad de Rufus Wainwright, al fin en La Habana. No menos contentos estamos los que pudimos llenar la sala Lorca para conocerle mejor, y aplaudirle sin recato. Comedido e ingenioso, simpático en sus gestos y sincero al reírse de sí mismo cuando olvidaba una línea de alguna canción, borró todos los prejuicios y las dudas. No sé si las señoras que se sentaron a mi lado conocían a Rufus Wainwright antes de esa tarde. Sé que lo aplaudieron con sinceridad. Me hubiera gustado que muchos de los que están más enterados de su obra hubiesen podido estar allí, con alguna de las esquivas invitaciones en la mano. Sé que quienes asistimos presenciamos un verdadero suceso, uno de los mejores espectáculos que este año han llegado a esa sala, en la que ya tuvimos la celebración del Día Mundial del Jazz. Como era inevitable, ese concierto me ha hecho volver a los discos de este creador y a sus videos. “I´m out of game/I´ve been out for a long time…”, dice en una de sus canciones. Y es cierto: ha estado fuera del juego, y es que no necesita dejarse llevar por el juego de los otros. Él mismo es dueño de sus recursos y de sus maneras de jugar. Eso nos regaló limpiamente: un retrato maduro, tierno y memorable del ser humano que es ese artista llamado Rufus Wainwright, en una tarde húmeda y cálida de La Habana.