Rubén Darío en La Habana

Se han cumplido 100 años de la muerte del escritor nicaragüense  Rubén Darío y la fecha —6 de febrero de 1916— ha sido recordada en todo el mundo de habla española. No es para menos. La influencia de Darío fue enorme y palpable aun después de su muerte. Su obra per se (príncipe de las letras castellanas se le ha llamado) y trascendencia como una de las figuras cimeras del movimiento modernista en la literatura, explican el porqué de una permanencia sostenida en la preferencia de críticos y lectores. Aun cuando fue un renovador del lenguaje poético, dejó también una importante producción en prosa de relatos, crónicas, crítica literaria…

No es propósito de estos apuntes reseñar su vida, intensa en diversos aspectos, digna de las varias biografías que se le han dedicado. Rubén Darío tuvo admiradores, epígonos y  amigos en Cuba, una Isla que visitó en más de una ocasión y en la cual se sintió como en casa propia.

La primera visita se remonta al 27 de julio de 1892, época en que Cuba vive una larga tregua —espera que los más entusiastas y avezados patriotas reconocían como inevitable— en tanto ya José Martí prepara “la guerra necesaria” desde el exilio heroico y laborioso.

Darío desembarca del vapor México, en tránsito hacia España, como representante de Nicaragua a los festejos por el cuarto centenario de la aparición de Colón por estas tierras americanas.

En la redacción del periódico El País se estrechan las manos Rubén Darío y Julián del Casal, quienes se conocían —gracias al correo— desde 1887, por medio de las páginas de la revista La Habana Elegante, que el poeta nicaragüense recibía con cierta frecuencia y en la que aparecieran trabajos de ambos.

La redacción de El Fígaro ofreció un banquete a Darío, al que asistieron Casal, Enrique Hernández Miyares (que en el número del 31 de julio de 1887 publicara un artículo sobre Darío en La Habana Elegante), Manuel Serafín Pichardo y otros. Uno de los comensales de aquel mediodía, Raoul Cay, redactor de El Fígaro, cuenta que “Casal apenas almorzó, la admiración que siente por Rubén y el regocijo de tenerlo cerca, quitaron el apetito al sombrío poeta de Nieve”.

Los días habaneros de Darío transcurrieron en continuos paseos, tertulias, agasajos y correrías. Al partir en la tarde del 30 de julio en el vapor Veracruz, dejaba una estela de encanto entre la intelectualidad cubana.

Sin embargo, el 5 de diciembre de aquel mismo año, de regreso de España en el vapor Alfonso XIII, Darío hizo una segunda escala de solo pocas horas, pues al día siguiente embarcó en el México, el mismo que lo trajo la primera vez, aunque dejó algunos textos inédi­tos en la redacción de El Fígaro.

Pero además ocurre un episodio significativo en su vida que no puede quedar al margen, aun cuando no tiene lugar en Cuba. En 1893, en Nueva York, Darío es presentado a José Martí, por quien siente profundo respeto. Martí tiene la gentileza de invitarlo a la velada que se celebra en Hardman Hall, donde él hablará. Al escucharlo, al departir con él, se acrecienta la admiración de Darío por el pensador y político cubano.

Tuvo Darío estrechos vínculos con personalidades cubanas de las letras. Sintió igualmente marcada atracción por sus mujeres. Juan Marinello ha señalado que “los poemas cubanos de Rubén nacen del trato con nuestros compatriotas o de sus visitas a la Isla. La amistad y la galantería apuntan siempre y las cubanas, escritoras o no, se abren paso en sus versos”.

Pasan los años. Atrás ha quedado la segunda intervención norteamericana en Cuba. El Partido Liberal gana las elecciones y José Miguel Gómez ocupa la presidencia desde el 28 de enero de 1909. Su gobierno se hace célebre por entronizar algunas “costumbres”: la lotería nacional, la lidia de gallos, los negocios de dudoso carácter.

Este es el panorama prevaleciente el 2 de septiembre de 1910, cuando Darío está en La Habana por tercera vez. Acuden a recibirlo don Ramón Catalá, de El Fígaro; Max Henríquez Ureña, dominicano que mucho amó a Cuba; Eduardo Sánchez de Fuentes, autor de la inmortal habanera Tú, y otros. Un periodista de La Discusión obtiene el siguiente autógrafo:

“Paz y progreso y gloria a Cuba, país que admiro y que he amado siempre.

Rubén Darío”.

Durante su brevísima estancia, visita al patriota y diplomático Manuel Sanguily, en cuyo despacho conoce al periodista Márquez Sterling. Los círculos intelectuales se disputan las horas de Darío. En la noche se le ofrece un banquete en el hotel Inglaterra. Se llega hasta la legación de Santo Domingo en La Habana. Al día siguiente parte rumbo a México, en La Champagne.

Pero para sorpresa de sus admiradores, Darío está de nuevo, el día 4, de vuelta en La Habana, pues llega apenas hasta Veracruz y retorna en el mismo vapor.

Permanece en la capital de Cuba, deprimido y con poca salud, hasta el 8 de noviembre, cuando embarca con destino al Havre, en el vapor Ipiranga, de bandera alemana. Durante este lapso el poeta se alojó en el hotel Sevilla y luego en una pensión de El Vedado. Asistió al acto celebrado el 21 de octubre ante la tumba de Casal, ocasión en que leyó sentidas palabras preparadas para ese acto.

Que sepamos, fue aquella la última vez que nos visitó. Tenemos pues los cubanos motivos especiales para recordar a este nicaragüense universal.