¡Rubén Darío, acompáñanos!

Este 18 de enero, 150 años atrás, nació Félix Rubén García Sarmiento, conocido en el ámbito de la lengua castellana como Rubén Darío (Matagalpa, 1867-León, 1916). Este nicaragüense universal llegaría a ser el máximo representante del Modernismo, quizás el primer movimiento estético literario genuinamente latinoamericano, que tuvo entre sus precursores al cubano José Martí, al colombiano José Asunción Silva y al mexicano Manuel Gutiérrez Nájera.


Portada de la revista Casa, número 42, dedicada al centenario de Rubén Darío


La importancia de Darío para la literatura de su tiempo es innegable. Poeta de amplísimo registro, su verso se distingue por la calidad sonora, muchas veces conseguida en la adaptación de los metros tradicionales franceses a nuestra lengua. Y aunque en ocasiones sus poemas trasuntan cierta preocupación social (“A Roosevelt”, que denuncia el voraz apetito del imperio del norte), lo cierto es que su temática es esencialmente la amatoria.

Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español
.

Contrario a lo que era costumbre, Darío no cantó a una musa idealizada. Por sus versos pasan disímiles mujeres carnales, seres perfectamente identificables, apetecibles, a los que rinde culto y, también, suplica calor y compañía: “Plural ha sido la celeste/ historia de mi corazón…”, dijo al respecto. Así tenemos a un autor que se debatió entre la “visión panerótica del mundo” (Salinas): “mi espalda aún guarda el dulce perfume de la bella…”; y el “anhelo de trascendencia en el éxtasis” (Grullón): “aún mis pupilas llaman su claridad de estrella”.

Periodista, diplomático, viajero incansable, también fue un fino prosista, y encarna entre nosotros el primer caso de escritor profesional y el primer autor latinoamericano aclamado multitudinariamente. Claro, aclamado dentro del universo de nuestra cultura, pues, paradójicamente, aún hoy ha sido muy escasamente traducido a otros idiomas. Darío era recitado en las escuelas y en los actos públicos, y consiguió con su obra y su profusa mitología, lo que luego también alcanzaría Pablo Neruda: ser aceptado como paradigma del poeta.

Juntamos aquí una pequeña muestra de su obra. El autor de Azul (1888), Prosas profanas (1896) y Cantos de vida y esperanza (1905) fue un ferviente admirador de José Martí, a quien viera en una única ocasión en el Nueva York de 1893, y a quien llamara “verdadero súper hombre” en contraposición al concepto de Nietzsche. No obstante, Darío no entendió en toda su complejidad al apóstol cubano, del cual pensaba que estaba quemando en la hoguera cívica lo que en puridad debería corresponderle a su obra literaria. La muerte de Martí en Dos Ríos, a los 42 años, Darío la vio como una inmolación innecesaria, cuenta de lo cual dio en el obituario que le dedicó en el periódico argentino La Nación, y que después fuera a dar al volumen Los raros (1896), obra en la que el cantor del Ismaelillo se codea (las semblanzas son 19 en total) con escritores de la talla de Verlaine, Allan Poe, Lautréamont, León Bloy e Ibsen, todos capitales en la formación de la sensibilidad del nicaragüense.

Así se lamentaba Darío por la muerte de Martí:

“¡Oh Cuba! Eres muy bella, ciertamente, y hacen gloriosa obra los hijos tuyos que luchan porque te quieren libre… Cuba admirable y rica y cien veces bendecida por mi lengua; mas la sangre de Martí no te pertenecía; pertenecía a una briosa juventud que pierde en él quizá al primero de sus Maestros; pertenece al porvenir”. Y termina casi en un sollozo: “¡Oh Maestro!, ¿qué has hecho...?”.

Algunos poetas españoles se consideraron deudores de Darío en su juventud. Tales son los casos de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán y Pedro Salinas… Federico García Lorca, con su explosiva gracia andaluza, habló de “su mal gusto encantador, y (de) los ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos”, lo cual resulta una eficaz operación de desacralización del llamado Príncipe de las Letras Castellanas.

Tengo a Darío por un abuelo ilustre y bueno. Como tantos de mis contemporáneos, en la juventud lo sometí a una crítica despiadada por sus “afrancesamientos”, por sus “exotismos”, por un simbolismo que me (nos) parecía artificial, evasivo; por su ambivalencia política. Lo cierto es —no lo sabíamos entonces— que se puede criticar con amor, sin ser excluyentes, y que Darío está ahí para siempre, en el acto escolar y en la alcoba de los amantes. Fue pobre, sufrió el racismo, el alcohol le mondó el alma, y en medio de todo alzó una voz que nos singulariza y nos nombra. No está mal parafrasearlo en este 150 aniversario, recordando aquel tremendo poema dedicado a Francisca Sánchez, su amor crepuscular: ¡Rubén Darío, acompáñanos!