Rojas y pálidas

La larga tradición periodística cubana se manifestó ampliamente en la etapa que corre entre 1899 y 1923. Este período abarca desde la salida de Cuba de las tropas españolas, sustituidas por las norteamericanas; la implantación en 1902 de la república mediatizada para cerrar en un año clave en nuestra historia cultural y política, 1923, cuando la intelectualidad cubana comenzó a integrarse de manera más monolítica en torno a la necesidad de darle un giro a la empobrecida cultura nacional y, sobre todo, por el enfrentamiento de su núcleo más progresista al gobierno de Gerardo Machado, instalado en 1925. 

Pero antes de que ocurriera ese giro, ampliamente estudiado en sus más variadas manifestaciones, desde las propiamente históricas hasta las literarias y las referidas a las artes plásticas ―las dos últimas notablemente favorecidas por la irrupción de la vanguardia artística—, hacia el año 1910 y aún antes, hubo una conjunción favorable para la prensa periódica. En una rápida mirada puede advertirse que si bien persistían publicaciones que provenían del siglo XIX, como el Diario de la Marina, y surgieron otras desde comienzos de siglo, como La Unión Española, El Comercio y El Avisador Comercial, tan recalcitrantes e hispanófilas como aquel, en 1901 apareció El Mundo, primer periódico de empresa de tipo moderno e iniciador  de la impresión mecánica en Cuba. Gracias a la iniciativa de sus dueños, en 1904 editaron un suplemento literario de relevancia, El Mundo Ilustrado, en el cual colaboraron importantes escritores del momento. Surgieron también periódicos como Cuba (1907), El Triunfo, de igual año, La Prensa (1909), La Noche (1912), Heraldo de Cuba (1913), El País (1922) y El Heraldo (1923).

En cuanto a las revistas, merecen tomarse en consideración El Fígaro y Cuba y América, ambas aparecidas en los últimos decenios coloniales, y posteriormente Letras (1905-1914; 1918), Azul y Rojo (1902-1905), la muy importante Cuba Contemporánea (1913-1927) y, con posterioridad, otras  también relevantes como Bohemia (1910) y Social (1916).

En esos años las provincias tampoco permanecieron ajenas a este movimiento y sobre todo en Oriente, donde se gestó un movimiento renovador en poesía, liderado por José Manuel Poveda y Regino E. Boti, nacieron El Pensil (1907-1908; 1909-1910) y Oriente Literario (1910-1913), ambas en Santiago de Cuba; mientras que en Manzanillo emergía Orto (1912-1957), que alcanzó notable relevancia nacional y continental, y en Santa Clara veía la luz El Estudiante, que acogió a las voces más reconocidas de esos años, como el mencionado Poveda. Fue un verdadero movimiento insular de revistas literarias promovido por voces que se iniciaban y que pronto tendrían un espacio de reconocimiento no solo en Cuba.

La bien llamada Atenas de Cuba contribuyó, quizá discretamente, a este importante renacer de publicaciones periódicas literarias. En el año 1910 un poeta que alcanzaría posteriormente notable importancia en el panorama literario cubano, Agustín Acosta (1886-1979), fundó una “Revista dominical ilustrada”, Rojas y Pálidas, título que acusa sabor modernista y, a no dudarlo, de estirpe posiblemente heredada de la influencia que el gran poeta nicaragüense Rubén Darío ejercía por entonces entre los poetas cubanos en ciernes. Acosta, a la vez que trabajaba como jefe del servicio de telégrafos entre Matanzas y La Habana, y sin ningún libro de poesía aún publicado —lo que no sucedería hasta 1915 con la aparición de Alas— se dio a esta labor de revistero con el ánimo de colocar a la ciudad de Matanzas en el sitio de privilegio que ocupó allá por la década del 30 del siglo XIX, gracias a una coyuntura favorable, sobre todo económica, para su renacer cultural.

La coincidencia en esa ciudad, en aquellos años ya remotos, de hombres clave favorecedores de ese brote literario, como Domingo del Monte, Cirilo Villaverde y Ramón de Palma, entre otros, quienes, sobre todo el primero, llevaron adelante una labor relevante que haría decir a José Martí, muchos años después, que fue el “cubano más útil de su tiempo”, hacía pensar a los matanceros de comienzos del nuevo siglo que era posible, gracias a la mencionada coyuntura que permitió el reverdecer de nuestras revistas literarias a comienzos del XX, volver a aquellos tiempos. Lamentablemente, no fue así.

Rojas y Pálidas comenzó en enero de 1910 y desapareció con el número 8, del 20 de febrero, fecha en que se despedía del público “por la poca ayuda recibida”, lo que demuestra que, al menos en esos años, no se podía disfrutar de la riqueza cultural de etapas anteriores. Aunque tuvo pocas páginas logró amenidad e interés notables. Incluía trabajos sobre figuras literarias, temas relacionados con la mujer y presentaba intercambio epistolar entre los intelectuales, además de las habituales secciones de cuentos, poemas y notas sociales circunscritas a la ciudad de Matanzas.

El colaborador de mayor interés, entre los cubanos presentes, fue Medardo Vitier (1886-1960), quien por entonces había publicado un volumen titulado Reflejos (1909) y se proyectaba como un estudioso de la obra de José Martí, que plasmaría en un libro publicado en 1911, Martí, su obra política y literaria, premiado por el Colegio de Abogados de La Habana. Otros escritores  colaboraron, como Carlos Prats, Francisco Romero, Pepe Quirós y Rafael Cataneo, pero ninguno alcanzó trascendencia. 

Tras este esfuerzo rápidamente interrumpido por falta de apoyo, Acosta se trasladó a La Habana y comenzó a obtener reconocimientos como poeta en varios juegos florales celebrados en Santiago de Cuba y en la propia capital, pero una vez graduado de abogado regresó, en 1918, a su pueblo natal, Jagüey Grande, para desempeñarse en la profesión estudiada. No realizó nuevos intentos por fundar una revista literaria, pero estuvo presente en otras como Letras, El Fígaro (donde había publicado sus primeros poemas), Orto, Social, Ariel y Archipiélago. Posteriormente, publicó varios libros de poemas como Hermanita (1922), Los camellos distantes (1936) y Las islas desoladas (1943), entre otros.

Rojas y Pálidas queda en la biografía de Agustín Acosta como la voluntad de un joven de apenas 24 años por probarse a sí mismo como fundador de revistas. Aunque su empeño fue de escasa duración en el tiempo, le valió, sin embargo, para subrayar su espíritu de hombre preocupado por la cultura de su provincia natal.