Rodrigo Ferreira: “Regresar a La Habana ha sido un verdadero regalo”

Más que una entrevista, mi encuentro con Rodrigo Ferreira fue casi una clase magistral, el descubrimiento de un mundo por el cual el contratenor brasileño siente una fascinación que es capaz de transmitir a todos a su alrededor. La energía de la música se vuelve objeto perceptible, se puede tocar y ver, al mismo tiempo que escuchar y sentir.


Foto: Kike


Haciendo gala de una oratoria apasionante y sugestiva, durante casi una hora y 30 minutos recorrió la trayectoria toda de su vida profesional, las técnicas del canto, la historia musical de su Brasil natal, el movimiento operístico europeo, los músicos que han marcado su carrera, los prejuicios y retos de la voz de contratenor, y la magnitud de un evento como el que nos dio cita: el Festival Contratenores del Mundo.

La música comenzó para él en la infancia temprana, pero, según confiesa, nunca pensó dedicarse a ella seriamente. Cantaba góspel en el templo protestante al que asistía su familia y, aunque su madre quería que fuera intérprete de este género, nunca le interesó. La certeza llegó después, durante su primera juventud, cuando empezó a estudiar la carrera de Arquitectura; convicción que reafirmó más adelante en el momento en que, debido a un hecho fortuito, apreció por primera vez la ópera.

“Una noche se hizo una actividad cultural en la preparatoria, donde la gente recitaba poemas y cantaba canciones. Yo nunca había cantado nada popular, porque en el templo solo permitían música religiosa, y decidí interpretar un tema de Pixinguinha: De mais ninguém (De nadie más). Al final todos mis colegas de la clase y los maestros se pusieron de pie a gritar, aplaudir y vitorear. Para mí aquello fue un impacto muy grande, porque en el templo no existía un reconocimiento artístico de lo que hacíamos. Ese amor del público que le devuelve al artista lo que este le ha regalado, me dejó muy impresionado y, a la vez, asustado, porque no sabía que tenía un talento. Allí me pregunté: ‘Si gusta tanto a la gente como canto, ¿por qué no hacer de esto mi trabajo?’.


Foto: Cortesía de la Oficina de Leo Brouwer


“El segundo choque que tuve fue una noche que decidí ir al cine y faltar a la clase preparatoria, pero me dormí en el autobús y perdí la parada. Llegué hasta el Teatro Municipal de Sao Paulo y vi que estaba el ensayo general de la ópera Rigoletto. Me ofrecieron una entrada y la tomé. Para mí en esa época la música clásica era inaccesible, una cosa de otro mundo; yo ni sabía cuánto costaban los tickets porque nunca me había interesado en la ópera, pero enseguida reconocí fragmentos, me fasciné viendo a los cantantes interpretar una música tan complicada, bastante estructurada y trabajada, y todo eso actuando. Entonces me dije: ‘¡Es teatro cantado, eso es lo que quiero hacer!’.

“Luego me aceptaron en el conservatorio y ahí empezó todo. Entré en la universidad y mi profesora me dijo: ‘Si quieres hacer una carrera, vete a Europa lo más rápido posible, porque aquí no hay nada’, y las ganas de descubrir otras lenguas, culturas y repertorios me gustó mucho. En ese punto solo hablaba portugués y mucha gente me dijo: ‘Chico, eres negro, vete a cantar samba o pagodi, ¿qué vas a hacer tú cantando ópera?’. Y el hecho de que fuera difícil para mí fue lo que me gustó e impulsó”.

¿A partir de ese momento comienzas a desarrollar la voz de contratenor?

En realidad esta vino tarde, aunque yo era maestro de coro en el templo y enseñando las voces a las sopranos y mezzosopranos, empecé a cantar igual que ellas y me di cuenta de que, aunque había perdido los agudos con el cambio de voz del paso a la adolescencia, podía encontrarlos en el falsete. Siempre me resultó interesante y divertida esa voz, pero había mucho prejuicio, mis amigos me decían: ‘¡Quita esa voz, qué ridículo!’, y la verdad es que hay muchos cantantes de pop con voz de falsete, como el propio Michael Jackson, Freddy Mercury y tantos otros, o sea, utilizar el falsete es natural para el hombre, como es natural para la mujer utilizar la voz de pecho.

Pero la decisión de cambiar la voz por completo llegó más adelante, en Europa, una tarde en el conservatorio que debíamos hacer un trío y nadie quería la voz aguda. Entonces les dije que yo la haría en falsete. La profesora me preguntó si la trabajaba y le contesté que no, que solo lo hacía por diversión. “Pues tienes que trabajarla”, me dijo. Así, empezó a darme todos los solos de contratenor en el coro y mis amigos me decían que poseía mucho talento en la voz de falsete, pero tenía miedo. Ya casi estaba terminando el conservatorio y cambiar de voz a esas alturas me parecía un poco arriesgado.

Una noche hice un solo de falsetista en un evento donde coincidí con Philippe Jaroussky, el contratenor más conocido en el mundo y un chico que admiro mucho como artista y persona por su generosidad y humildad. Escuchándolo, me di cuenta de que esta era mi voz, que había que olvidar los prejuicios y lanzarse. Esa noche tomé conciencia de los roles que jamás iba interpretar porque había decidido cambiar de voz, pero enseguida empecé a trabajar en Francia y en Europa en general. Allí la voz de contratenor es bastante amable y hay muchos repertorios de música barroca y contemporánea. Es un regalo, una suerte y un lujo poder hacer tantas cosas distintas: espectáculos de baile, recitales, ópera barroca y contemporánea, etc.

Con respecto a los referentes musicales, ¿cuáles te han marcado más y por qué?

Son muchísimos. Debo mencionar al maestro de maestros, Bach, cuyas cantatas siempre me gustaron mucho; Händel, que para nosotros los contratenores es nuestro Bellini, porque nos compuso todo; también Monteverdi y Cavalli, que tiene una gran capacidad de emocionar. Soy gran fan de Wagner, aunque nunca pueda cantarlo, de Puccini y de Verdi.

Hablo mucho de ópera, pero también me gusta hacer música de cámara, Schumann sobre todo, por su locura y la angustia schopenhaueriana. Purcell es el gran genio de Inglaterra y a Gustav Mahler también debo citarlo. Entre los contemporáneos, admiro mucho la obra de George Benjamin, su armonía es muy personal y sabe captar la atmósfera precisa de lo que quiere decir el texto. Para terminar de citar compositores, hablaría del maestro Leo Brouwer, que hace una música de mucha riqueza y tiene un alto nivel de sabiduría.

En cuanto a la música contemporánea, creo que hoy se ha relajado, en el sentido de que no es solamente difícil y agresiva, no hace falta, también puede ser sencilla y fácil de escuchar, depende del texto, de lo que estés hablando. Lo que me gusta de la ópera contemporánea es que suele tener muy buenos directores de escena, buen libreto, buenas producciones, y si la música tiene calidad, es un espectáculo total.

Ya habías visitado Cuba anteriormente cuando participaste en el Festival Les Voix Humaines. Ahora retornas como parte del Festival Contratenores del Mundo, un evento dedicado por completo a los defensores de esta voz. ¿Cómo ha sido la experiencia con el maestro Leo Brouwer y tus colegas de otras naciones?

La Isla tiene una historia y una vida fascinante, y la idea de venir aquí a todo el mundo le parece muy grande.

¿Sabes que personas de varios lugares del mundo, cuando me preguntan qué planes tengo y les digo que voy a Cuba se impresionan mucho? La Isla tiene una historia y una vida fascinante, y la idea de venir aquí a todo el mundo le parece muy grande. Yo he estado encantadísimo porque me ha recordado mucho a Brasil: la comida, el clima, la gente, somos bastante parecidos, casi primos. También me quedé impresionado con la instrucción del pueblo cubano y el acceso a la enseñanza. En Brasil no tenemos eso, la gente no llega ni siquiera a la universidad.

En cuanto a este encuentro, el maestro Leo Brouwer es un genio, muy respetado allá en Europa, y con el festival ha puesto nuestras voces en un rango bien alto. Este evento marca un hito en la historia, porque es el primero en el mundo y está sucediendo aquí, en Cuba. Me gusta lo que dice el maestro Brouwer, que es un golpe, y también que podamos compararnos entre nosotros. Es impresionante cómo las voces son distintas. Estuve escuchando el ensayo de Riccardo Strano, que es un mezzo ligero con la voz bastante concentrada, con mucho carácter, y quedé impresionado. Luego fui al recital de Sabata, que es un alto muy majestuoso, con una manera de estar en escena muy relajada, pero tan elegante, y el sonido es otro, la voz suena completamente diferente; también escuché a Darryl Taylor, con una voz súper lírica y un repertorio bastante contemporáneo; todos somos muy diferentes y es una riqueza vivir esta experiencia.

Todos somos muy diferentes y es una riqueza vivir esta experiencia.Además, me han gustado mucho los contratenores cubanos, que ya son plenamente actores en el escenario. Recuerdo a Frank Ledesma y Lesby Batista, que desde que entran a escena el personaje ya está ahí. Me alegro mucho de que en Cuba esta voz se halle tan enraizada y con tanto nivel. En realidad, todos estamos muy impresionados con los recitales, las master class, el concurso… Yo me siento orgulloso de haber venido en el primer concurso y ahora volver en el segundo.

En esta ocasión, participas del festival con una master class y el concierto titulado Saudades do Brasil… ¿Qué tal ha sido el reencuentro con la lengua portuguesa? ¿Cómo ha resultado el intercambio docente con los jóvenes contratenores?

Cantar en portugués ha mejorado mi técnica vocal porque el texto es muy cercano para mí, las vocales están puras, es mi lengua. No cantaba música brasileña desde que salí de Brasil a los 19 años, y nosotros tenemos genios como Chico Buarque, que es un poeta increíble, y Caetano Veloso, del cual soy fan.

El programa que traje a Cuba es del siglo XX. Al principio, con la voz del contratenor solo podías hacer música antigua, pero luego se abrió la puerta de la música contemporánea y es cierto lo que dice Sabata: hoy es casi imposible pensar una ópera contemporánea que no tenga un papel de contratenor, por las tantas posibilidades que brinda.

Este programa de música brasileña lo hemos concebido con Elio Vidal, un pianista brasileño, y es un viaje por Brasil: sur, nordeste, centro y luego noroeste. Empiezo por las canciones de amor, de Cláudio Santoro, con textos de Vinícius de Moraes, que es la parte urbana: Río de Janeiro y Sao Paulo.

Luego hay un ciclo folclórico de Marlos Nobre que se llama Beira Mar y me gusta mucho, es toda una joya. Está inspirado en el candomblé y en los Orishas, que sería el Brasil negro.

Después vamos al centro, el Sertao, que es bastante grande, vacío, el ritmo de vida es otro, todo es muy lejos y lento. El habitante del Sertao es un poco melancólico, siempre cantando a la luna. Las canciones son muy simples y esto me gusta mucho, porque me permite poner el habla coloquial de la gente sencilla en la música clásica. Y terminamos con las leyendas amazónicas, que son historias fantásticas, muy bonitas y graciosas, con seres míticos.

Cuando una persona decide cantar es porque ya tiene el talento, no se le pueden cortar las alas; hacerles creer en su propio arte es lo más importante.

En la clase magistral lo que un profesor regala a su alumno es confianza. La idea de la educación en la infancia es bastante dura, y un artista necesita que se le dé coraje, fuerza, que le sostengan y apoyen mucho. Cuando una persona decide cantar es porque ya tiene el talento, no se le pueden cortar las alas; hacerles creer en su propio arte es lo más importante. Por eso hace falta un poco de locura en la ópera y en la música clásica, porque todavía está muy cerrada. El año pasado le dije a Lesby: “Has lo que te dé la gana, porque ya eres un artista completo. Podrás ir más allá si eres tú mismo al 100%”.  

Cuando cantas transmites lo que eres, lo que ofreces en la vida; todo sale en la voz, lo que sentimos en el momento, lo que pensamos, el sostén, el coraje, y sobre todo el teatro, porque además de cantantes, somos enteramente actores, y bailarines también. Estoy bastante contento con todo, he experimentado cosas distintas y nuevas, por eso regresar a La Habana ha sido un verdadero regalo.