Reynerio Tamayo. Simbiosis entre arte y mercado
Fotos: Tomadas de Internet
 

Con el diseño de una obra titulada Paleta de subasta (2016), reproducida en la cubierta del catálogo de su más reciente exposición personal realizada en el prestigioso espacio galerístico de Villa Manuela (enero-febrero 2016), Reynerio Tamayo se ha propuesto parodiar el negocio del mercado transnacional del arte. Apunta a connotarlo como una sutil carnicería al asumir dicha paleta la imagen-símbolo de un afilado cuchillo: remedo del martillo en las subastas, encargado de dar cierre al fallo en la venta de cada obra, de separar la pieza subastada del conjunto aun no vendido. Se van así descuartizando lotes de obras que guardan cierta coherencia o no, por tipos de piezas y autores, las cuales serán distribuidas entre varios interesados en adquirirlas, como se hace con una res, cuando de acuerdo al costo y las posibilidades de los clientes se separan del conjunto-res las diferentes partes de su cuerpo. El resultado es el descuartizamiento de esa totalidad grupal de piezas artísticas que pertenecieron a un coleccionista o institución que necesita hacer la liquidación, o bien sin ese origen de conjunto, formadas por los lotes sacados a subasta previamente organizados a criterio de la casa subastadora.


 

Se oculta dicho enfrentamiento en las maneras muy elegantes de los coleccionistas privados e institucionales. Detrás del refinamiento exquisito de los costosos trajes y joyas exhibidas, de la significativa emblemática representacional de sus atuendos, de los autos de lujo en los cuales arriban a la celebración de las subastas, se trata en realidad de un encuentro entre verdaderas fieras por la posesión de las presas-obras. Con esto Tamayo establece de antemano el perfil conceptual de esta propuesta artística general suya, donde sin ningún tapujo ni enmascaramiento, da a conocer públicamente sus consideraciones ideo-estéticas sobre el tema del tan anhelado e investido poder cautivador del mercado internacional de arte, que de modo recurrente dispara vertiginosamente el ritmo de los latidos del corazón de mucha gente, y desata los delirios de quienes desean y piensan en poder acercarse y participar en él. 
Como Tamayo es un gran bromista —bromista serio en sus alcances y en los modos visuales de realización— en una de sus series presentadas en la muestra alude directamente a afamados coleccionistas, sin llegar a nombrarlos. De ese modo, aparecen asociados e identificables únicamente por quienes dispongan de ese conocimiento, indicando el carácter muy elitista propio del circuito de venta de prestigiosas obras de arte. Representa a esos coleccionistas enmarcados en cuadros, de una forma caricaturesca con un acento simpático a la manera lejana como lo hiciera en su momento y a su modo Massaguer. Su manera de presentarlos es sarcástica y devienen ellos mismos obra visual. En este imaginario plástico construido por Tamayo con un carácter tan personal, muestra a los coleccionistas a la manera de verdaderos excéntricos y megalómanos, algo que por demás no está nada fuera de lo real.

Crea la interrogante en el público de quiénes son ellos, al no poderlos reconocer por sus rostros. Con eso activa al público, lo condiciona a la indagación ulterior para lograr identificarlos, los hace interactuar posteriormente con las piezas y condiciona sobre todo su no pertenencia a la comunidad reducida de conocedores de esos coleccionistas famosos debido al carácter social excluyente de este tipo de mercado de valores. Introduce además con estas representaciones humorísticas, la idea artística de que pese a la aparatosidad de los grandes coleccionistas internacionales por ganar un abrumador prestigio mediante la posesión preferencial de obras de un gran artista (sean Van Gogh, Modigliani, Daniel Hirst, Edward Munch, Gustav Klimt, Robert Indiana, Roy Lichtenstein y otros), el centro gravitacional del mercado de arte lo sigue ocupando inobjetablemente la obra y no ellos. Como el objeto de deseo de las subastas y del mercado de arte en general es respecto a las obras de arte, se desarrolla en torno a estas la gran especulación de ese tipo de negocios, donde los clientes-coleccionistas se ven obligados a intervenir, sean estos institucionales o privados, a concurrir en su búsqueda, aunque se haga por medio de intermediarios encargados de personarse en la subasta y mantenerse el coleccionista oculto, en el misterio. Como lo importante es la venta, no quien se alce con el triunfo de comprarlas, le afecta poco a la subasta esclarecer del todo, al menos públicamente, quién es su comprador, en caso de que prefiera permanecer su identidad oculta. Lo más importante es el dinero pagado. El destino social de esas piezas no es objeto priorizado de su incumbencia. El poseedor es después dueño y hace lo que estima con ellas. Razón por lo cual el comercio de arte se instituye en las subastas con fines que distan de potenciar el conocimiento socializador de esos valores culturales subastados. El valor patrimonial de los mismos se repliega, se envuelve, deja de ser un bien cultural para conocimiento y disfrute de todos para ser motivo de satisfacción de unos pocos, en especial con fines de ganancia en prestigio social de sus nuevos poseedores.


 

Tamayo disfruta artísticamente jugando con todos esos personajes de coleccionistas famosos y los convierte de una forma sabrosa en personajes de feria popular. En su cuadro titulado significativamente I want you for my collection (2015), la figura representada se la ha apropiado calcada de la singular iconografía norteamericana del Tío Sam, cuyo origen se remonta al siglo XIX y la reproduce con la misma grafía de la cual va acompañada: I WANT YOU... Adapta a los nuevos fines este emblemático personaje norteamericano usado en ese contexto para exhortar al reclutamiento a la guerra, al mostrarlo con manchas de colores como si se tratara de un pintor, mago o emblemático agente social de la plástica que nos apunta de frente para hacernos la pregunta directa de su título con la finalidad de antemano de tomarnos sicológicamente por sorpresa y resquebrajar nuestra disposición a dar una respuesta comprometedora previamente elaborada, es decir, desarmarnos, tomarnos desprevenidos para que se nos escape la respuesta espontánea y sincera, sea afirmativa o no, por curadores, críticos y artistas, propensos a ser atrapados por las redes de este tipo de mercado, para reclutarnos, a ser involucrados en las batallas de la institución mercantil del arte, no a pelear las decisiones e intereses nuestros. Al ser presentado como un anfitrión de la sala expositiva, fija simbólicamente el tono de la muestra. De modo que Tamayo le imprime un festivo toque de feria a la revestida seriedad de las subastas de arte con todo lo que de espectacular tienen estas en lograr una involucración alegre de público entusiasta y encontrar entre sus asistentes a nuevos colaboradores, artistas incluidos que pasen a ser parte de los reconocidos por las casas subastadoras. 

Los espectáculos de subasta conmocionan a la opinión pública como si se tratase de espectáculos de masas y atrapan la atención generalizada aunque muchísimos sectores de la sociedad no participen de ellos. En esa atmósfera de sus realizaciones, tanta es la violencia y el ritmo vertiginoso en la furia de adquisición de las obras de arte por estos coleccionistas, que de ser necesario emplean todos los recursos disponibles e inimaginables con tal de alzarse con sus preciados trofeos a caza. Detrás de todo ese exquisito oropel, de la artificiosa elegancia y la organización racional de las subastas de arte se esconden sus verdaderos resortes. En consecuencia, siguiendo su propia visión del fenómeno, Tamayo las trata de una forma carnavalesca, desmoronando la jerarquía que presupone este tipo de instituciones y actos públicos —en realidad privados, muy restringidos en su acceso— como si se tratara de una jungla de refinadas maneras, escenarios implícitos de duras batallas de conquista, de despiadadas peleas realizadas con estudiadas y cautivantes sonrisas entre los oponentes, en una sostenida y creciente tensión, que demanda toda la agudeza de sus mentes y los sentidos bien activados, en la necesidad de realizar con efectividad las estrategias previamente trazadas con la finalidad de alzarse con el triunfo de lo deseado, entresacadas de las propuestas seleccionadas dentro de las previamente ofertadas. Forman parte de un ejercicio postcolonial de arrebatarlas por quienes puedan disponer de mayores respaldos de fortuna, no importa si el adquiriente resida en Hong Kong y las piezas sean extraídas de parte de la cultura de Occidente, o viceversa. Los vencidos en la subasta ven írseles de las manos a sus presas-obras tan deseadas. Cuando eso ocurre, saben en tanto atacantes de una manada que su momento en esa ocasión habrá pasado irremisiblemente en la obtención de esa pieza. Ya perdida para ellos, deberán reajustarse con una encubridora compostura a disponerse a la batalla por otras piezas, es decir, otras presas aun pendientes de salida en la misma subasta o en otras subastas por suceder.

En buena medida las colecciones formadas por los grandes coleccionistas con piezas adquiridas en subastas prestigiosas, extraídas de contextos culturales disímiles, permanecen cerradas con frecuencia a una continuada exhibición pública, y aunque algunos favorezcan su difusión, no se desprenden fácilmente de las mismas, salvo para exposiciones renombradas porque a ellas van unidos su prestigio y su fortuna. Como ocurriera con las colecciones reales y las de los grandes nobles varios siglos atrás, su observación social está destinada a pocas personas. La complacencia y satisfacción estética por su exclusiva posesión condiciona la deleitosa posibilidad de contemplarlas en solitario de una manera personalizada por su dueño, sin presencia alguna. Se ven reforzados en su ego de poseedores en el orgullo del dominio sobre ellas, en el ser motivo de curiosidad y enigma para los demás. Siendo aclamados esos coleccionistas como privilegiados que provocan la admiración y la envidia de otros que como ellos podrían darse el lujo financiero de tenerlas si hubiesen tenido su oportunidad de lograrlas.

Resultan complacidos estos coleccionistas de recibir la admiración hacia ellos por otras personas, no tan solo por el valor de tesoro cultural guardado, preservado, sino por contemplar el ansioso espectáculo de otras personas por conocerlas, las cuales a su vez se sienten importantes por tener la posibilidad exclusiva en tener acceso a la contemplación de esas obras, de ser recibidos y paseados por las salas privadas de los anfitriones en un recorrido por sus salones privados, expresivos del poderío asociado a esos grandes magnates. Los ricos que les sucederán querrán igualmente emular con ellos y sobrepasarlos en sus capacidades de reunión de tesoros artísticos, lo que les otorgan un carácter de mecenas directo o indirecto respecto a los artistas incorporados en sus colecciones. A la satisfacción de ese propósito sicológico de intensas ambiciones sicosociales, las más poderosas casas de subasta de arte como la Sotheby´s organizan toda una empresa multinacional de selección para dar cobertura y satisfacer las devoradoras apetencias de esos exigentes intereses porque de dichas transacciones obtienen jugosas ganancias.

La posesión simbólica de esos encarecidos bienes es motivo de un gran regocijo y de un orgullo singular de sus nuevos poseedores pues solo los dueños de grandes riquezas pueden destinar una parte de sus fondos a la adquisición continuada de obras de arte, especialmente de un mismo artista, en un afán acaparador que magnifica el gesto de encumbramiento del coleccionista. No todos los coleccionistas son expertos en arte. En caso de no serlo se asesoran por un personal conocedor altamente experimentado para hacer sus propuestas de compras con un alto nivel de seguridad. Son especialmente afanosos en capturar esos bienes, no tanto para ponerlos ocasionalmente al servicio público de los interesados, más bien todo lo contrario. A pesar de su valor museal, el propósito más generalizado de los coleccionistas es sacar dichos tesoros de la cultura del lado de la exhibición pública para almacenarlos egoístamente en sus depósitos personales junto a las joyas y demás bienes legalizados de su pertenencia, en espera de tiempos mejores o peores donde de ser necesario puedan deshacerse de inmediato de algunas piezas, sea únicamente para el intercambio por otras de mayor interés de estos, la adquisición de nuevas y más costosas obras, cubrir hipotecas o estrepitosos desbalances financieros que pudieran llevarlos a la ruina.

Al respecto y de manera elocuente su obra Caja fuerte (2015) en esta muestra, reproduce sobre madera y en técnica mixta uno de los cuadros más famosos de Van Gogh con la imagen de un búcaro con girasoles. Con tan sugestivo título esta pieza del artista cubano esclarece ese sentido radical de la reconversión del valor cultural específicamente traducida en su carácter monetario, la de servir de fondos de respaldo para cualquier contingencia. Su título sugiere cuánto de esta actitud social de encierro conlleva la adquisición de esos bienes, puestos a resguardo, manejados y estimados por los coleccionistas particulares y en ocasiones hasta institucionales, no como bienes culturales a ser socializados públicamente sino como tesoros equivalentes a la posesión de tierras, inmuebles y otros bienes muebles o inmuebles de alto valor económico cuyo valor potencial puede crecer en un tiempo por venir, a sacarle ventaja cuando la condición inflacionista lo posibilite y sea favorable su venta.


 

Muy lejos de valorizarlos como tesoros culturales cuando los que los adquieren son particulares, devienen valores comprados puestos en una balanza, donde lo importante es más bien su “peso” monetario. Por supuesto, no todos los grandes coleccionistas operan con esta filosofía de rapiña pero sus actos de nobleza en préstamos o donaciones a instituciones son acciones de intercambio de otros valores que repercuten en el alza de su prestigio, de su dignificación dentro de determinada comunidad social, de incremento de su simbólico capital cultural. Aspecto en el cual negocian con las instituciones y estas lo saben. Altruismos más desinteresados aparte en alguna que otra ocasión, de todos modos en cualquier circunstancia hacen crecer entusiastamente su capital simbólico como figuras públicas.

Por otra parte, Tamayo lanza a los artistas nuestros, pertenecientes a un entramado poco ejercitado en estos menesteres del engranaje del sistema de arte, la necesidad de saber competir y de hacerlo bien ante empresas mercantiles del arte con una larga experiencia, dado que en el transcurso de los próximos años las nuevas relaciones económicas que se avecinan podrían activarlas de una manera real en nuestro medio. En correspondencia, un cuadro suyo de esta misma exposición realizado este año, muestra abiertamente la presencia de una sucursal de dicha empresa transnacional situada en La Habana. Especialmente ahora en 2016, cuando en un sentido bastante plausible esa pueda ser una realidad también nuestra en un futuro no tan lejano, lo cual nos pone a reflexionar en su carácter hipotético proyectivo como acostumbra a hacer el arte, sobre si nos atrapará y manipulará ese mercado tan directamente. Los artistas y demás agentes sociales saben cuánto podrían ganar. Los coleccionistas de todas partes también. Deberán estar bien preparados los agentes institucionales y particulares nuestros para dar ese salto. Serán parte de una estructura y rigurosa profesionalización en el ejercicio organizacional, la cual exige una claridad certera sin márgenes de error por cuanto esos peculiares productos cuestan miles, decenas de miles.

Lo sorprendente es que esas variadas lecturas contrapuestas se derivan de esta exposición. De un lado la decisión de Tamayo y algunos otros, ¿pocos? de no dejarse caer en esas seductoras trampas del mercado del arte, la necesidad de saber sobre todo los artistas acercarse astutamente y saber eficientemente alejarse para no caer envueltos, enredados hasta la asfixia. Porque el poder del dinero hace reducir los valores culturales a mercancía y a sus ejecutores en dependientes de esas demandas. Comprar y vender son transacciones simbólico-mercantiles, pero lo simbólico implícito adopta muchos matices. Fuera de las experiencias generales de un público diverso a la exposición, solo los vinculados estrechamente a este tipo de negocios pueden percibir los pormenores de esa forma de comercio cultural dado su anterior conocimiento vivencial. Artistas y coleccionistas ocupan los polos opuestos del eje de intercambio del mercado del arte. Los demás median entre ellos.

El problema al ser traducido el valor cultural (sea vanguardista o continuidad de tradiciones) al valor universalmente intercambiable del dinero, son equiparados, medidos y tasados no en razón directa de los valores culturales, espirituales y sus específicos sentidos múltiples. El supuesto valor de equivalencia cultural se traduce a uno referencial y arbitrario de valor universal, el del no cualitativo valor numérico del papel moneda que hace desaparecer en ese intercambio las cualidades específicas de su connotación artística. Los precios de salida en subasta en el margen propuesto suelen dispararse alocadamente en las desorbitadas pujas. Se parece más a una apuesta por la posesión de un famoso caballo de carreras del cual se esperan nuevos beneficios incrementados. Por la posesión de ese “pura raza” vale entregar a cambio enormes cifras de dinero. No se mide por su valor potencial y real como un singular documento cultural, lo cual debiera ser lo primordial a la hora de ser puestas en oferta. Esa relevancia se sintetiza y da en datos resumidos en cuanto al periodo correspondiente del artista y algunos otros detalles, pero lo más resaltado es su precio de salida. ¿Quién puede decir sin equivocarse, ni atribuirles un valor monetario excesivo, cuánto vale un Rubens o un Picasso, correspondientes a un determinado periodo?

Son rejuegos económicos: la casa de subasta crea una puja vertiginosa entre los contrincantes en lidia porque a más elevación del precio de adquisición, mayores ganancias para el poseedor y para la institución. Los dos salen ganando. Los otros poseedores de piezas se embullan a poner las suyas. Siempre sale ganando la casa de subasta por un amplio demás, la cual genera un poder de atracción irresistible para muchos. No es igual vender en una galería de importancia pequeña o media que en una prestigiosa casa subastadora, legitimadora del rango estimativo de las obras de esos artistas. Es un mercado legitimador de las piezas en venta dado el riguroso sistema de acreditación de las mismas, ganancia indudable en ese aspecto para su inicial poseedor-vendedor y para su ulterior poseedor-comprador.
La vertiginosa sed de nuevas compras de los siempre ansiosos coleccionistas es movida por un modo especial de consumismo. No es el consumismo de la gente modesta sino de los poseedores de grandes fortunas. Esa es su manera de consumir productos caros, muy caros, Poseer más y más piezas, como si ellas fuesen creadoras de una nueva acumulación originaria de capital de sus coleccionadores y de todo el sistema social. Inaccesibles para el hombre común. Ni siquiera por personas adineradas pero no tanto para tener en exceso y darse esos grandes lujos.

En el propósito de algunos creadores por hacer arte fuera de los mecanismos vapuleadores y sujetadores de ese peculiar tipo de mercado (Van Gogh por ejemplo), ha ocurrido con demasiada frecuencia que en sus atrevidas propuestas estéticas los artistas más genuinos, unos después de fallecidos, otros aun vivos, después de realizadas sus obras en las más extremas penurias económicas, han sido motivo ulterior de rapiña por coleccionistas, galerías y museos interesados en poseerlas. Ha sido una tarea titánica el no haberse dejado arrastrar y mantenerse con insistencia al margen del mercado. Es uno de los rasgos de la autonomía del arte frente a las manipulaciones y orientaciones directrices de los mercaderes del arte, a la cual se ha enfrentado de modo continuado una parte de la vanguardia del arte moderno y de artistas pertenecientes al periodo posmoderno. No resulta raro encontrar sin embargo cómo algunos de esos artistas rebeldes llegan a claudicar finalmente ante el mercado. Bien tras su muerte, por atribuciones de sus coleccionistas y herederos, o incluso en pleno vigor creativo son objeto de una gran especulación financiera, donde el valor cultural de esas obras como ellos mismos alertaban ocurriría, no ocupará el centro principal de atención, solo sirve de punto de apoyo para catapultar el negocio del arte, institucional y personal, a una espiral de precios que los lanza arbitrariamente hasta las nubes.

Al apropiarse del arte de Van Gogh, uno de los artistas fetiches de Tamayo con el cual se identifica profundamente por ese motivo de austeridad y de no entrega a esos resortes economicistas, lo hace como homenaje y a la vez como una autoafirmación consecuente de sí mismo como un creador en la línea de los que permanecen gustosamente ajenos, apartados de ese enrolamiento en las filas del mercado del arte. Claro, que supongo que Tamayo sería tal vez muy feliz si al término de sus días terrenales o mejor antes de ese inevitable fin, los precios de sus propias obras se dispararan hasta el cielo. Con eso, él, que es tan burlón y descarnado al tratar estos asuntos, se vería en el rol del gozón burlesco de la institución finalmente gozado por esta, absorbido seductoramente por el mercado de arte. Nada más escandaloso para este y otros artistas que se repliegan sobre sí mismos y se pronuncian refutando los desmanes del mercado internacional del arte. Sería en ese caso un nuevo burlón burlado. Algo que una buena parte de la indómita e irreductible vanguardia en el siglo XX ha experimentado muy de cerca en muchos de sus representantes más rebeldes, aceptando finalmente de muy buena gana los billetes como resultado de las ventas. Si son más, mejor. Está por ver si esa gozosa diversión escamoteadora, de las visiones des-ennoblecidas de las subastas no toca a su puerta y a la de otros resistentes entre los artistas cubanos. El problema no es el mercado sino cuando se da una subordinación y entrega a este, y ciegamente los artistas se pliegan a sus dictados por el cambio de billetes. La ética artística no tiene que conmoverse por entrar en los mecanismos de compra y venta de las obras. El dilema está en ser conscientes de cuánto esto arrastra consigo y saber mantenerse libres en la autenticidad de su arte, a la larga lo que los hará trascender como artistas dentro de la producción más representativa de su época.