“Revista Literaria y Artística” de Santa Clara

Tal fue el subtítulo de esta publicación quincenal nacida en el centro de la Isla el 15 de septiembre de 1934. María Dámasa Jova, emblemática figura de la cultura y la pedagogía de esa ciudad, aún recordada en nuestros días, fungía como directora técnica, mientras que un bisoño Onelio Jorge Cardoso, entonces radicado en dicha capital y nacido en el cercano poblado de Calabazar de Sagua, en la antigua provincia de Las Villas, se desempeñaba como director literario y Carlos Hernández como director artístico. En su primer número, bajo el título de “Decires”, se expresa lo que a continuación reproducimos:

 … anhelamos fortalecer las andas de esos que, iniciados en el arte literario,  puedan, una vez llegados al umbral y después de adquirida la destreza para ellos, escalar las cumbres de la celebridad y sentar en ella plaza. Forasteros serán cuantos acudan a nuestras páginas en busca de enseñanza; de cicerone fungirá todo escritor consagrado que noblemente coopere en estas páginas, para educar el paladar literario de aquellos susceptibles a perfeccionarse y que en un mañana próximo, recorrerán ágilmente las rutas literarias.

En el número correspondiente a noviembre de 1935 Dámasa Jova aparecía sola al frente de las tres direcciones antes señaladas y a partir de 1936 su periodicidad pasó a ser mensual. Aunque la revista fue pobre en relación con el número de páginas, la portada no fue atractiva y el papel era de escasa calidad, en 1938, sin perder esas características, aumenta de tamaño (antes fue de muy pequeño formato) y presenta un nuevo subtítulo: “Mensuario de cultura popular”, pero su contenido nunca varió: poemas, cuentos, crítica literaria, partituras musicales, entrevistas, proverbios, pensamientos y algunos artículos sobre hechos y figuras de nuestra historia.

Emilio Ballagas, notable poeta, quien al fundarse la revista se encontraba desempeñándose como profesor de literatura y gramática de la Escuela Normal para Maestros de dicha ciudad y cuya dirección desempeñó, fue colaborador de la revista, así como la matancera América Bobia y varios escritores locales.

Al parecer, en el número correspondiente al bimestre marzo-abril de 1938 cesó la publicación, cuyo título fue retomado años después para fundar, a finales de la década de los 90 del pasado siglo otra Umbral, auspiciada por el Centro Provincial del Libro y la literatura y con el  propósito esencial de dar a conocer el talento literario local, aunque sus páginas se abrieron también a autores de otras provincias y de reconocimiento nacional.

El espíritu ansioso de cultura de María Dámasa Jova, cuyo nombre se perpetúa en su casa de residencia mediante una merecida tarja, no se olvidó y la nueva Umbral se inscribe entre muchas de las revistas que hoy día ven la luz.

Mientras, leamos de Emilio Ballagas una de sus colaboraciones para aquella primera Umbral. De “El soneto sombrío” son estos versos:

 

Un solitario espejo, un dios caído,

una máscara presa en su agonía;

una paloma de melancolía.

(En la pared un lábaro vencido).

¿Quién pone esa tiniebla en mi gemido?

¿Quién con la uña de una lezna fría

sobre mi corazón traza una estría

dejando en carne viva su latido?