Revista Bibliogr√°fica Cubana

Desde la década del 40 del siglo xix irrumpió en el panorama cultural cubano la publicación de bibliografías, aunque hubo intentos muy preliminares hacia el segundo tercio del siglo anterior, cuando el erudito habanero fray José Fonseca entretenía sus ocios en la búsqueda de libros publicados o escritos por nativos de la Isla. Su “Noticia de los escritores de la Isla de Cuba” ha permanecido inédita. Posteriormente, al comenzar la década citada, comienza a aparecer una verdadera preocupación por esta disciplina. Felipe Poey (1799-1891) y Domingo del Monte (1804-1853) se sintieron atraídos por esta disciplina. Del primero se dice que estando todavía en Francia investigó y redactó un trabajo sobre “Algunos historiadores de Cuba”, texto que no ha llegado a nuestros días, mientras que Del Monte, que poseyó una de las bibliotecas cubanas mejores de su época redactó su “Biblioteca cubana. Lista cronológica de los libros inéditos e impresos que se han escrito en la Isla de Cuba y de los que hablan de la misma desde su descubrimiento y conquista hasta nuestros días”, concluida hacia 1846, pero no publicada hasta 1882. También quedó inédita otra compilación titulada “Memoria bibliográfica de todas las producciones literarias publicadas en esta Isla”, preparada hacia 1848 y debida a un poeta menor: Lucas Arcadio de Ugarte, que tampoco gozó de la letra impresa. Tiene el mérito de haber sido el primero de esta índole en emplear  la palabra bibliografía. Igualmente inédito quedó un trabajo que Pedro José Guiteras (1814-1890) fue preparando paulatinamente: “Diccionario bibliográfico americano”, mientras que Andrés Poey, hijo del citado Felipe Poey, en mayo de 1853 lanzó el prospecto para editar un “Boletín Bibliográfico Cubano”, esfuerzo que no pasó de ese intento.

Habría que esperar hasta 1861 para poder afirmar con propiedad que la bibliografía en Cuba finalmente daba carta de presentación gracias al ingente trabajo desplegado por Antonio Bachiller y Morales (1812-1889), quien en el tercer tomo de su indispensable obra Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en la Isla de Cuba (1859-1861) dio a conocer un “Catálogo de libros y folletos publicados en Cuba desde la introducción de la imprenta hasta 1840”. Aunque él mismo lo tacha de incompleto, esta labor le valió ser considerado, con justeza, “el padre de la bibliografía cubana”. Con el transcurrir del tiempo, y hasta los días actuales, muchos nombres se pueden agregar para mantener viva esta importante disciplina científica y técnica, aunque son de mención obligada los nombres de Carlos M. Trelles, Domingo Figarola Caneda, Fermín Peraza, José Augusto Escoto, Manuel Pérez Beato y otros. La Biblioteca Nacional José Martí ha venido desarrollando una intensa labor en este campo con índices de revistas, bibliografías de y sobre autores, sobre géneros literarios, etc., labor en la que se han destacado nombres imprescindibles como las hermanas Araceli y Josefina Carranza, Tomás Fernández Robaina y Feliciana Menocal, entre otros muchos especialistas.

Un empeño notable para dar espacio a los repertorios bibliográficos y a otras manifestaciones relacionadas con la disciplina bibliográfica fue la creación en 1936 de la Revista Bibliográfica Cubana, de carácter bimestral, fundada por Lorenzo Rodríguez Fuentes, cuyo primer número correspondió a enero-febrero. Presentó una amplia relación de redactores integrada por Dulce María Borrero, miembro de una de las familias de más prestigio intelectual de Cuba, encabezada por su padre, Esteban Borrero Echeverría, y a la cual perteneció Juana Borrero, hermana de Dulce María, también poetisa. En 1935 esta había ocupado la Dirección de Cultura adscrita a la Secretaría de educación y tendría a su cargo, en 1937, la fundación de la Asociación Bibliográfica de Cuba. Otros redactores fueron Francisco de Paula Coronado, que se desempeñaba como directos de la Biblioteca Nacional, el erudito José María Chacón y Calvo, el también bibliógrafo Adrián del Valle, los antes citados Trelles y Peraza, el ensayista Félix Lizaso y el historiador Joaquín Navarro Riera.

En “Unas palabras al empezar” el director, después de un análisis de la situación de la cultura en Cuba, expresa de la revista recién fundada:

Los que la animan, más que en éxitos personales, van a cumplir, con su publicación, con una cuestión de conciencia. Cansados de esperar en las Bibliotecas que dirigen al lector que no llega, que los haga sacar los empolvados libros de los anaqueles en que duermen, deciden echarse a la calle, a buscarlo, a hablarle de los libros que guardan, a decirle cariñosamente que lo esperan; porque quieren hacer muchos lectores para dar mayor vigor a la protesta por la desatención del Estado a las Bibliotecas públicas, que consideran de importancia vital en la crisis de la cultura cubana.

Y añadía:

Desde las páginas de la Revista, dirán al Gobierno de Cuba, con datos exactos, qué hacen otros gobiernos por el país que les confió sus destinos, para ver si el contraste sirve de estímulo para interesarlo en estos problemas. Habrá, además, un especial interés en dar a conocer el movimiento cultural hispanoamericano.

Otros nombres que figuraron en su comité de redacción fueron Elías Entralgo, Emilio Roig de Leuchsenring, Ángel Augier, Joaquín Llaverías, director del Archivo Nacional de Cuba y Mario Guiral Moreno, nombres todos de gran valía en la vida intelectual del país.

Uno de los trabajos más notables publicados en esta revista fue la “Bibliografía de la prensa cubana (de 1764 a 1900) y de los periódicos publicados por cubanos en el extranjero”, de Trelles, que quedó inconcluso y solo llegó hasta la letra N al suspenderse la publicación. Otros trabajos que vieron la luz estuvieron dedicados, dentro de la disciplina que la rigió, a cuestiones lingüísticas, literarias, bibliotecológicas, temas relacionados con el libro cubano, tales como la relación de libros publicados en el período que abarcaba el número de la revista en que aparecía la lista. También aparecieron notas bibliográficas sobre libros recién publicados.

Carente del necesario apoyo oficial, esta importante revista cesó de publicarse en diciembre de 1939. Con ella se cerraba un momento importante de la ciencia bibliográfica en Cuba, que continuaría gracias a empeños individuales de muchos de los estudiosos citados. En la actualidad, esta disciplina, si bien continúa ejerciéndose en las más importantes bibliotecas cubanas, por razones económicas ha dejado de imprimirse en papel, pero los adelantos tecnológicos de que hoy disponemos permiten acceder a catálogos digitales y otras expresiones relacionadas con esta importante y abnegada labor.