Revisitaciones a El pan dormido: filigranas de su composición

Hace exactamente 41 años vio la luz la novela El pan dormido, [1] de José Soler Puig. Su impresión se hizo en la imprenta 08, de Bejunmeda 407, en La Habana, para el sello UNEAC. Cuatro décadas parece poco, pero es bastante tiempo en la vida de un ser humano y de un libro, tanto más cuando vemos que un texto tan indispensable como este merecería ser referencia común en el imaginario novelístico de nuestros intelectuales, académicos, docentes y estudiantes, y, sin embargo, no lo es lo suficiente. La razón por la que ocurre esta desmemoria con quién fuera literalmente hablando un trabajador infatigable de la literatura y con su formidable novela y obra en general es un inexcusable desliz. Pero sin más dilación demos paso a nuestro asunto.

.Aunque nunca abandonó del todo lo épico, con el paso de los años Soler Puig fue perfeccionando su estilo en el arte de narrar y moderando poco a poco su tesitura epicista; transitó de las notas marsellescas de Bertillón 166 hasta el sordo rumor de lo fantasmal en El pan dormido. Soler consiguió como un versado instrumentista fusionar la técnica con la música interior del relato, desde el vuelo de un objeto hasta las imágenes en sepia de la dinámica social desarrollada en la novela de 1975, la cual se remonta fabularmente a los tiempos de la dictadura y derrumbe de Machado en los años 20 y 30 del siglo pasado.

Con el paso de los años Soler Puig fue perfeccionando su estilo en el arte de narrar y moderando poco a poco su tesitura epicista.En efecto, aquí los compases de la escritura y de los acontecimientos se mueven al ritmo de una mecedora en la siesta estival; no nos asaltan de golpe como en Bertillón, sino a través de notas sosegadas y ritornellos acumulativos, es decir, por intensidad. Aun desde el mismo título, los epítetos en la narración persiguen esa forma algodonosa. Y ello es algo a tomar muy en cuenta por el lector. El calificativo de la construcción paratextual resulta aviso poderoso de lo que ocurrirá a nivel intratextual, incluso en su explosivo colofón. En la apariencia adormecida del elemento referencial está la sustancia ígnea del vuelo interior que más tarde tomarán los microsucesos para transformarse en hechos trascendentales de la nación cubana.

Tal asordinamiento lo establece la voz principal. Voz irónica, burlona, conocedora de cuanto acontece. Sin duda, un curioso narrador ambiguo que escapa a los cánones descritos por la narratología para lo ambiguo, por lo general atributo de un locutor en segunda persona gramatical dada su gelatinosa proyección en el discurso, pues valiéndose de un “tú” enmascara realmente un “él” omnipresente o un temeroso, enojado o socarrón “yo” consigo mismo (aunque legalmente todos sabemos que detrás existe siempre el yo, si bien en literatura, y disculpen la boutade, lo legal no interesa para nada, salvo cuando peleamos por los derechos de autor).

Otra cosa realiza Soler. Utiliza un narrador ambiguo disfrazado de tercera persona pero que a menudo delata índole de testigo mediante deícticos propios de la primera persona u otros recursos de los cuales se cuida la tercera persona, como la reiterada coordinación oracional, la apelación a estructuras frásticas enumerativas a través de conjunciones copulativas o la proliferación de subordinas encabezadas por “que”. Observemos: “La panadería tiene tres hornos, y están allá lejos, al fondo del taller, y el taller está oscuro y habría que encender la luz y abrir la doble puerta que hay al fin de la rampa para que el taller se viera por dentro, pero los hornos se ven lo mismo, como si estuvieran más acá de la rampa y hasta se siente el calor, ya que los hornos siempre se mantienen encendidos”.

Obviamente, refiere un comunicador mordaz que involucra de inmediato al lector. En algún momento descubrimos bajo sus juegos discursivos, en sus flexiones al contar que este narrador resulta ser uno de los personajes de la historia, el hijo mayor del dueño de la panadería, vale señalar: un “Yo”. Tal elección narrativa responde también a lo contado. Si Bertillón relataba lo inmediato épico, los avatares de la lucha clandestina en Santiago de Cuba; si asumía lo histórico-social en primer orden, la ciudad en calidad de espacio abierto insurreccional; El pan…, en cambio, se apoya en lo mediato, se aleja en el tiempo referencial para describir el fermento social (la fermentación es esencial en la elaboración del pan) durante los años de la dictadura de Machado hasta la sublevación social que lo derrotó. Además, en lugar del ámbito libre, Soler sitúa ahora el conflicto a nivel metonímico: el contexto de La Llave, una panadería-casa donde lo público y lo privado se ligan lúcidamente en varios niveles de significados. Como cabe suponer, esta metáfora revela con una economía proverbial, el adentro y el afuera, lo íntimo y lo general, lo micro y lo macrosocial. No hace falta nada más: en La Llave se murmura y cobija la realidad cubana del período.

Aún la cultura panadera en Cuba no le ha hecho a Soler el homenaje que merece.Sin detenerme en pormenores, debo decir que el mundo de una panadería cubana de aquel tiempo hasta los años 70 u 80 del siglo XX, está simbolizado en La Llave (el simbolismo del nombre queda claro) de manera excepcional. Aún la cultura panadera en Cuba no le ha hecho a Soler el homenaje que merece; nadie como él llevó ese motivo a niveles artísticos y conceptuales tan profundos y universales. Solo Marta Rojas ha conseguido algo parecido en su novela Las campanas de Juana la Loca (2014) con el ambiente de la tabaquería cubana en el siglo XIX y del lector que las animaba. Tanto ella como Soler Puig han buscado rescatar a través de la microhistoria escenarios raigales para la preservación de la memoria histórica y de la cultura de nuestro país. La panadería y la tabaquería devienen signos donde se fraguó igualmente la historia insular. Pero en Soler dicho topos cristaliza de manera excepcional.

Quien recorre junto a la voz narrativa las peripecias interiores de ese enclave connotacional llega a saber, o al menos a intuir, qué era en Cuba una panadería más allá de su simple encargo de fabricar panes variadísimos —por cierto, comestible delicioso a la vista, el olfato y el paladar de quienes lo saboreaban, como diría Lezama sobre otro orden alimentario en Paradiso—.

Para el escritor santiaguero la panadería es eso y mucho más: un sitio que trasciende sus límites y nos inserta en la dinámica del todo. Lo general en lo singular. La filosofía, la política, la sociedad, las creencias y la familia desde la cotidianidad, inclusive de los objetos.

Para el escritor santiaguero la panadería es eso y mucho más: un sitio que trasciende sus límites y nos inserta en la dinámica del todo. Los objetos son vitales en la novela, no representan rellenos para complementar la lógica narrativa. De ellos constantemente dimanan señales que van enriqueciendo el nivel de sentidos, al punto de convertir muchos pasajes en significantes imprescindibles. La atomización pasa a ser instrumento estratégico del narrador y por ello recurso de gran relevancia estética. Con sutileza, la focalización traza un itinerario que va de lo concreto a lo ideológico; observémoslo en este fragmento: “Bastante separada del escritorio, junto a la pared machimbrada del lado del zaguán, está la mesa de Felipe con el teléfono y los talonarios de vale y un tintero en un cuadrito de hierro que tiene un gallo y un arado porque Arturo y Felipe son liberales y defienden a Machado”.

Aquí los objetos no son regodeos psicoanalíticos ni apoyos intelectuales al modo del “nouveau roman”; tampoco esparcimientos irónicos al estilo de las focalizaciones “camp” en la ficción norteamericana de los años 60. Para Soler los objetos contribuyen a espesar la dimensión psicológica, cultural e ideológica de los personajes en función del principio medular del relato. Así pudiera decirse que El pan dormido se yergue sobre lo minúsculo del día a día, fermentando con lentitud su propuesta filosófica.

 

Notas:
  1. Soler Puig, Soler (1975): El pan dormido, Uneac, La Habana. (La Ed. Letras Cubanas publicó una nueva edición en su colección Biblioteca Literatura Cubana, La Habana, 2015).
Texto leído en el foro sobre la obra narrativa de José Soler Puig en ocasión del Centenario de su natalicio, Feria Internacional del Libro de La Habana 2016, Sala Alejo Carpentier de La Cabaña.