Retoques franco-contemporáneos

La presencia francesa en los procesos de transculturación que conformaron esa identidad mestiza denominada cubanía ha estado matizada, sobre todo, por sus aportes al pensamiento artístico intelectual más insurgente, así como por cierto refinamiento estético occidental del eclecticismo criollo. Lo francés, ya sea más como parte del tronco o como quinta raíz de nuestra etnos nación, incluso visto como una especie de enredadera exótica y salvaje que acompaña el árbol de lo cubano, innegablemente es herencia y esencia problemática y enriquecedora de ese ajiaco cultural que se cuece en nuestra Isla.

El recién finalizado Mes de la Cultura Francesa en Cuba retocó, en su plural y agitado programa, algunos de esos matices enraizados y hasta floridos en nuestra historia y nuestra actualidad. El nuevo desembarco francés vino cargado en sí mismo de interculturalidad contemporánea, pues la nómina de artistas visuales que bajo la tutela de Galería Continua abrió las acciones culturales estuvo liderada por Pascale Marthine Tayou, un artista camerunés con notable participación en bienales habaneras, junto al franco libanés Etai Adnan, Kader Attia, francés de padres emigrantes argelinos , y Daniel  Buren, quien aprovechó la invitación para extender su proyecto de intervenciones urbanas que comenzó durante la pasada Bienal del 2015.

Por su parte Pascale, con la colaboración de estudiantes del Instituto Superior de Bellas Artes, desplegó una pintura mural sobre la cerca que resguarda a la Embajada de Francia en la Habana, y en su inauguración, el artista parado sobre un lamentable árbol trunco reclamó al coro de espectadores leer junto a él su texto poético inspirador de la acción plástica. En los primeros versos rezaba: "Imagino un mundo donde cada humano sea un continente. Imagino un campo donde cada planta sea un humano. Imagino una tierra donde cada grano de polvo sea un planeta". Y casi finalizando, todos le escucharon decir: "Este proyecto es la celebración de la diferencia, la sublimación de la diversidad alineada con la fraternidad".

A la apertura protagonizada por Tayou y sus colegas de Galería Continua desde las artes visuales, le continuó muy de cerca la presencia del alemán Karl Lagerfeld quien, con mucho menos hermetismo como fotógrafo que como director de la Casa Chanel, desplegó en Factoría Habana una buena parte de sus modos de construir imagen relacionados, concretamente, con el paisaje natural, la arquitectura urbana y el cuerpo humano.  La muestra del llamado káiser de la moda deja entrever sensibles contradicciones en las formas de mirar lo uno o lo otro y cómo esa convivencia, tensada entre el clasicismo dominante y la posible informalidad en la coexistencia de sus tres obsesiones fotografiadas, genera los más sugerentes momentos de su dossier.

Modelos de Chanel en la expo de del alemán Karl Lagerfeld. Foto: Ricardo Rodríguez Gómez.

 

Del desfile Crucero 2017 solo puedo comentar que no haber hecho otra cosa que pasear a sus prototípicas modelos ataviadas de un tropicalizado estilo prêt-à-porter por el medio del Paseo del Prado (un lugar que lleva aliento francés gracias a la participación del arquitecto paisajista Jean-Claude Nicolas Forestier en su rediseño de 1928), y utilizarlo tal cual es, resultaron unas notables ideas que menos impenetrables como acto social pudieron haber sido más singulares y audaces para una Cuba que nunca ha dejado de valorar en su legado cultural la impronta de la revista Carteles, y donde nuevas generaciones circulan en su imaginario cotidiano publicaciones underground intencionadas en el llamado glamour o fashion. Mejor que esas confrontaciones ideoestéticas de hoy se abran y canalicen también ante connotadas y profesionales  proposiciones  como las de Chanel, que desde ligeros y poco elaborados ejemplares de un mundo complejo y muy clasista como suele ser manipulada la comercialización de la moda.

Junto a Tayou y Chanel se desplegaban y desfilaban por los cines cubanos las decenas de filmes del ya habitual Festival de Cine Francés en Cuba. Inaugurado en su decimonovena edición con el estreno mundial de El Outsider, la recién concluida cinta de Christopher Barratier, también director del propio Festival, es una película que reafirma la vocación de competitividad  hollywoodense de buena parte del cine francés actual. La programación cinematográfica también dejó ver otras propuestas como Margarite, una multipremiada realización de Xavier Giannoli, que da nuevos alientos a ese otro acento creativo del cine que en Cuba todavía mucho deseamos y al cual nos acostumbraron los franceses.

Tal vez  haya sido esta edición del Festival un buen momento para repensar un suceso cultural que no merece acomodarse en aspiraciones populistas incoherentes con las históricas motivaciones que le dieron éxito y público, llevando de la mano una selecta y verdaderamente diferente producción fílmica al mejor estilo francés.

Más de artes visuales y de moda hubo en el Mes de la Cultura que Francia organizó en Cuba, bastante de música también y algo de teatro. Los organizadores aprovecharon la correlación con otros eventos para engrandecer una programación que se hizo inabarcable y donde La Alianza Francesa de la Habana tuvo una estable participación, notable sobre todo con la presentación de El Arte de la Mesa, Diseño y Savoir-Faire Tradicional. Esta propuesta, que incluye a importantes diseñadores franceses (Philippe Starck, Matali Crasset, Castelbajac…) llamados por las principales marcas de vajilla (Deshoulières, Bernardaud), cubertería o cristalería (Baccarat, Saint-Louis) con el fin de realizar diez mesas presentadas como cuadros que evocan diferentes comidas, se instaló con total sentido en uno de los grandes salones del ecléctico Palacio Gómez (nueva sede de Alianza ubicada en Prado y Trocadero).

Para cerrar la lista de desembarcos franceses en el mayo habanero de 2016, se organizó el Focus Danza en colaboración con el Consejo de las Artes Escénicas y participaciones especiales de la Fábrica de Arte Cubano y Danza Teatro Retazos. Concebido por Philippe Murcia y Noel Bonilla-Chongo como continuidad de un grupo de plataformas de intercambio alrededor de la danza, Focus Danza 16 fue la contribución más centrada y transgresora de la ambiciosa cartera del engrandecido Mes, al mirar el acto de danzar como un arte potencialmente ilimitado y dado a sostener, desde el cuerpo y las energías, una movilidad creadora inclusiva, expresiva e inadaptada a los esquemas.


Shirtologie. Foto: Cortesía de la Embajada de Francia
 

Con la presencia del prestigioso y controversial coreógrafo Jéröme Bell, presentando y debatiendo ante el público su Verónique Doisneau, cerró este Focus, que  también abrió con otra pieza de Jéröme: Shirtologie. Si bien Focus orientó sus perspectivas hacia ciertos bordes del hacer contemporáneo de la danza, también aportó desde la diversidad de los protagonistas participantes llegados de Francia (el marsellés Christophe Halep, el brasileño Volmir Cordeiro, la belga australiana Joanne Leighton) a ese observar de la cultura no como un valor genético anclado a una territorialidad, sino como un proceso de cultivación del alma a partir del enriquecimiento de la identidad desde un sistema de experiencias que se contextualiza en las particulares relaciones de intercambio de una comunidad. A ellos se sumaron la franco-chilena radicada en Cuba, Raquel Pavez; los jóvenes cubanos Luis Carricaburu y Jenny Nocedo, del colectivo La Caja, y otros cientos que participaron voluntariamente en la creación de los proyectos abiertos Made in La Habana y Gira, Girasol.

Especial pausa en este final sobre Focus Danza 16 doy a la obra Un sueño despierto, de Christophe Haleb, porque en su proceso de gestación está la esencia de ese respetable retoque franco-contemporáneo a lo cubano. Haleb ha atravesado cielo y mar varias veces desde Marsella a La Habana para vivir y hacer arte aquí y allá. Los tres episodios de su filme sostenido desde la danza concretan un aprendizaje compartido entre un coreógrafo francés y unos atractivos bailarines cubanos fantasiosos, enigmáticos y abiertos a la confrontación del mundo desde un lugar tan contradictoriamente delimitado como es Cuba.


Un sueño despierto de Christophe Haleb  fotografiado por Alain Trompette.
 

Hay en ese sueño despierto que cultivó Haleb, un discutir de la propia danza, de las creencias, de lo económico, de las memorias y el abandono, de los amores, del vestir y el comer, del andar y el decir, del ansiar la comunicación con el lejano; contado todo desde la pauta de un tiempo tan natural como surreal, alterado por unos cuerpos vivos que se dejan llevar coreográficamente, sublimados como lo bello en su diversidad por un lente fraterno.