Retablo con un cerebro pixelado
Fotos: Cortesía del autor

Acaba de concluir la décimo sexta edición del esperado Festival de Teatro de La Habana (FTH), y debo decir, a partir de mis andanzas por varias de sus citas anteriores, que ha sido esta una de las más controvertidas, tanto en el panorama internacional del llamado “teatro humano” como en el que concierne al arte del retablo. Escribo controvertida como pudiera decir discutida, impugnada, porque ha sido esa la reacción de los que desandamos de sala en sala, plazas, calles y parques, buscando ese alimento para el alma y el intelecto que casi siempre la escena nos ofrece. El ambiente de las tablas, tanto en el patio como fuera de nuestras fronteras, responde al tiempo que vivimos, por lo tanto en muchas de las historias expuestas se filtró el deterioro socioeconómico y moral que vive el mundo. Lo común, lo banal, lo reiterativo de la cultura actual abofeteó varias veces a los que buscábamos ese “algo más” en la poética dramática de las agrupaciones participantes.

Hubo de todo en este festival, hay que reconocerlo, producciones que respondieron a intercambios culturales, desparpajo cabaretero, búsquedas ciertas e inciertas, remembranzas, denuncias, tributos, montajes de laboratorio, comedias, clásicos, teatro de figuras y de objetos, rescates, ensayos o lo que ya se reconoce como work in progress, conciertos, danza y ballet. Fue un festival lleno de azares y descubrimientos, de estéticas de las que nada o muy poco conocíamos y sobre las cuales hubiéramos precisado mucha más información de la que se brindó. La información es el arma poderosa de nuestra era cuando se utiliza bien y hasta cuando así no es.

La manifestación de la que me ocupo en Retablo abierto, y donde ya comenté el segmento nacional, se vio copada por ofertas disímiles y por tanto bien interesantes, lo cual no significa que se hayan ganado todo mi aprecio —para gusto colores— pero sí mi respeto y atención. Fue una zona atractiva y misteriosa, con obras marcadas por una necesidad de transgresión, que en ocasiones, por el afán de escapar de los lugares usuales, habitaba esos mismos espacios exhibiendo un poderío desperdiciado. Siento que la gran mayoría de los que se dedican al retablo en los tiempos que corren, sienten unas ganas inmensas de renovar y eso es lícito, siempre y cuando no desatendamos los puntos visuales, sonoros, dramatúrgicos y actorales que convierten al espectáculo en una estocada a la emoción y el cerebro, tan maltratado este último en su necesaria conversación con el espíritu vibrante de los seres humanos.

Ubú sobre la mesa, de Theatre de la Pire Espece, de Canadá, se ganaba el aplauso cerrado del público por su eficaz y simpática versión para adolescentes del conocido texto de Jarry, desarrollado desde el especial teatro de objetos. La Fundación Teatro de Títeres Paciencia de Guayaba, de Colombia, con su propuesta 9.4.48 o El Bogotazo, igualmente objetual, pero para adultosintentó todo el tiempo la conexión con el respetable a través de una acción performática que narraba y reinventaba sucesos claves en la historia de ese hermano país. Ambas puestas en escena mostraron ideas que iban y venían, algunas eran mucho más que ideas, otras todavía estaban en ese vuelo iniciático y arriesgado que precisa algunas horas más de búsqueda y trabajo.

Teatro La Fauna y La Tartana Teatro, de España, trajeron su cuidadosa producción titulada De las manos, también para público de  mayoresConfieso que aunque admiré sus títeres, autómatas, sombras y diapositivas, sentí que el tempo escénico de la fábula se dilataba en demasía a la hora de narrar los diferentes sucesos que armaban la estructura escénica de una historia muy sugerente, que habla del aquí y ahora como si de un futuro imaginado se tratase. No alcancé a ver, por problemas de horarios y programación, la visión sobre Pinocho, de Ultramarinos de Lucas, el otro grupo ibérico que trabajó para niños y con títeres. Tampoco pude asistir a lo que trajo el Pequeño Teatro de Muñecos, de Colombia: Historias de amor, una farsa poética para la familia. Sí conseguí ver el Pequeño circo, del francés Laurent Bigot. Espectáculo de 30 minutos para espectadores adultos, ligado al performance, con música electroacústica, objetos reciclados, una combinación de sonido y artefactos  en movimiento, donde no hay ninguna sinopsis a seguir, sino una perspectiva diferente, que me llevaba de la ansiedad al tedio con instantes de intenso encantamiento.

Sabiduría, conocimiento, diversión, aprendizaje… ¿Qué marca con fuego al teatro de figuras de hoy? Las preguntas acuden a mi mente mientras observo el cerebro pixelado que ilustró el cartel de esta dieciséis edición del FTH dedicado a la dirección artística, a la obra inconmensurable del maestro británico Peter Brook y al grupo Buendía de Flora Lauten, que en su revival de Charenton  mostró muñecos esperpénticos para simular el acto de decapitación.

Creo que los niveles de información que maneja el hombre de hoy deberían incidir en una realización superior del teatro de títeres y en los propios titiriteros. Hay que estar atentos a todo lo que sucede a nivel nacional e internacional en materia social, cultural y científica. El festival de 2015 me ha dejado un sabor raro, indefinido y culpable, pero no negativo. Soy un artista lleno de optimismo. He aprendido que todas las crisis son pasajeras siempre que los hombres y mujeres nos propongamos ser mejores.