Renovación del cine cubano en variante retro e histórica

Exhibido en ocasión del Día de la Cultura Nacional el filme cubano Cuba Libre, tercer largometraje de ficción de Jorge Luis Sánchez (El BennyIrremediablemente juntos), concursará en la muestra principal del próximo Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en diciembre. Cuba Libre hereda la notable tradición de reconstrucción histórica del cine cubano realizado por el ICAIC sobre todo en los años 70 y 80, una tradición cimentada a través de clásicos como La primera carga al machete (1969, Manuel Octavio Gómez), La última cena (1977, Tomás Gutiérrez Alea) o Un hombre de éxito (1986, Humberto Solás).

Sin embargo, el nuevo filme se distingue de la tradición anterior, en tanto se concentra en un momento histórico pocas veces abordado por nuestra cinematografía: el periodo cuando se decide el destino de la nación luego de la independencia conquistada de España y la reciente ocupación norteamericana. Y si bien la película es resultado de una profunda investigación del director y guionista, Cuba Libre está colmada de elementos tanto realistas y documentados, como de situaciones puramente de ficción. En ambos casos se recrea con cuidado el espíritu de la época, y se intenta que el filme a las tendencias del didactismo y la conferencia historiográfica.

Por más que parezca “sintonizada” con la realidad cubana posterior al 17 de diciembre de 2014, el guion de Cuba Libre fue escrito, según reconoció el director en conferencia de prensa, en 1998, y fue aprobado por el ICAIC en 2012. La preproducción solo se inicia en 2013, y entre los diversos móviles del realizador para realizar esta película se cuenta el hecho de que su bisabuelo fue oficial del Ejército Libertador, en la zona de Lajas, al centro de la Isla. Y aunque el filme se inspira libremente en esta circunstancia, tampoco se trata de una biografía ni mucho menos, pues Jorge Luis Sánchez imaginó con toda libertad lo que pudo haber pasado con aquel mambí ante la retirada española y la imposición de la presencia norteamericana.

“Se trataba de una producción de época, complicada, en cuanto a vestuario, fotografía y ambientación, y demandaba mucha fuerza, recursos y energías. Me siento tranquilo, porque tengo el mejor premio que puedo tener: haberla terminado, y haber vencido el reto de trabajar con niños, que es algo dificilísimo, y Conducta salió antes y nos dejó el listón altísimo”, declaró Sánchez antes de reconocer su amor por la historia, y de su deseo de mostrar a dos niños atravesando los diferentes bandos en pugna, en el complicado contexto de la independencia cubana.

Uno de los mayores tantos a favor se relacionan con la credibilidad de los actores (sobre todo el noruego Jo Adrian Haavind, y los cubanos Manuel Porto e Isabel Santos, además de los niños Samuel Christian Sánchez y Alejandro Guerrero). También merecen destaque la manipulación del color y otros elementos notables en el trabajo de la fotografía (Rafael Solís), la intencionada y documentada dirección de arte (Nanette García), la música original de Juan Manuel Ceruto, y la esmerada producción de Ioamil Navarro, con la colaboración certera del Fondo Cubano de Bienes Culturales.

Distante de la obra maestra, pero saludable y correcta película es Cuba Libre, incluso necesaria en un momento cuando muchos opinan, con razón o sin ella, que el cine cubano está gobernado por una cierta visión pesimista y oscura sobre el presente y el futuro de la Isla. Quienes así opinan están olvidando que en los últimos tres lustros aparecieron películas continuadoras de aquella tendencia historicista, relacionada en ocasiones con la épica y con anécdotas originadas en fuentes literarias o teatrales, cercanas a los sucesos que rodearon la vida de una personalidad y los conflictos políticos y sociales documentados por la Historia.

Por supuesto que dentro de tales directrices la obra mayor fue José Martí, el ojo del canario (2009, Fernando Pérez), destinada a mostrar el proceso de entender el mundo, con todos los miedos, incertidumbres, inseguridades y pequeñeces que enriquecieron el genuino perfil de uno de los forjadores de la independencia nacional, un ser humano cuyo martirologio, y trascendencia histórica, se inicia justo en el momento en que concluye la película. El director y sus colaboradores vencieron los escollos que se alzaban ante un proyecto por encargo, de matriz eminentemente televisiva e historicista, y redondearon una creación autoral indiscutiblemente distinguida.

También clasifican en el acápite del cine historicista o nostálgico, “Lila” el segundo cuento de Tres veces dos (2003, Lester Hamlet) que revisa la circunstancia del triunfo revolucionario a la luz de una historia de amor frustrada; Bailando chachachá (2005, Manuel Herrera), El Benny (2005, Jorge Luis Sánchez), La edad de la peseta (2006, Pavel Giroud), Páginas del diario de Mauricio (2005, Manuel Pérez), Lisanka (2009, Daniel Díaz Torres), El premio flaco (2009) y Contigo pan y cebolla (2014) ambas de Juan Carlos Cremata.

Dentro de este cine de vertiente histórica predomina, en general, la revisión de conceptos fuertemente arraigados en el cine cubano anterior, y el pasado comienza a ser observado bajo la óptica del deslumbramiento o la nostalgia, o se revisan circunstancias que creíamos conocer a la perfección desde las lecciones de historia de la escuela. En este segmento de recreación o revisión aparecen Santa Camila de La Habana Vieja (2002, Belkis Vega); Rosa La China (2002, Valeria Sarmiento); Roble de olor (2003, Rigoberto López), Camino al Edén (2007, Daniel Díaz Torres) y Ciudad en rojo (2009, Rebeca Chávez). 

Deben incluirse en el anterior apartado algunas coproducciones con España, rodadas en foros criollos y con importante participación de creadores nuestros, que se apuntan al regusto por resucitar historias y estéticas del pasado: El misterio Galíndez (2003, Gerardo Herrero), Una rosa de Francia (2005, Manuel Gutiérrez Aragón) y Hormigas en la boca (2005, Mariano Barroso).

La épica tuvo su cosecha, mucho menos notable que en otras épocas, con una trilogía de filmes que se inicia con Kangamba (2008, Rogelio Paris), continúa con Sumbe (2011, Eduardo Moya) y concluye en La emboscada (2015, Alejandro Gil) que desprovee de toda aureola épica cualquier tipo de contienda armada, y se mueve entre el pasado y el presente con un balance de frustraciones y pérdidas en ambos periodos.

Igualmente se sometieron a escrutinio los años 80 y 90, revisados a partir de los despropósitos o la desilusión reinantes en cada una de aquellas décadas mediante Páginas del diario de Mauricio (2005, Manuel Pérez), Boleto al paraíso (2010, Gerardo Chijona), Penumbras (2011, Charly Medina), El rey de La Habana (2015, Agusti Villaronga) y El acompañante (2015, Pavel Giroud). En Regreso a Ítaca (2014, Laurent Cantet) se repasa verbalmente el pasado cubano de intolerancias en los años finales del siglo XX, mientras que La obra del siglo (2015, Carlos M. Quintela) se ambienta en el descolorido presente del pueblo donde se iba a construir la planta nuclear soviética, cerca de Cienfuegos; decenas de insertos documentales restituyen la atmósfera triunfalista pero también hipercrítica y delirante de los años 80.