Reino dividido: Las cartas sobre la escena (Prólogo)

Como (casi) siempre, uno se encuentra, de repente, con las notas esparcidas junto a la computadora, las relecturas frescas en la memoria reciente, las imágenes apareciendo a ritmos diferentes delante o detrás de los ojos —y la pantalla blanca, iluminada, un tanto desafiante, frente a frente, en este minuto de la verdad, del reencuentro.

En este caso se trata de escribir las palabras que siguen a manera de prólogo urgente, por los reclamos decisivos de Ediciones La Memoria, el sello del Centro Pablo donde aparecerá, en su colección Realengo, este Reino dividido de Amado del Pino. Además de la urgencia —imprescindible para que la impresión del libro no navegue por derroteros aún más inciertos que los acostumbrados en estos tiempos—, la extensión de estas líneas estará delimitada por el espacio acordado con la editora y el diseñador: el libro ya está listo y solo espera por estas palabras iniciales para ser enviado a la imprenta.


 

Para esta tarea apremiante tengo a mi favor muchas verdades/razones rotundas y compartibles, de las que elijo mencionar ahora estas cuatro: Reino dividido es una obra aguda, inteligente y profunda, que ratifica y acrecienta el prestigio dramatúrgico de su autor, el más representado en los escenarios de la Isla durante la última década; el hilo central de la obra parte de las personalidades complejas y atractivas de Miguel Hernández y Pablo de la Torriente Brau, compañeros del alma en los trágicos días de la Guerra Civil Española; la génesis, el desarrollo y la culminación de este intenso trabajo dramatúrgico en escenarios de Cuba y España estuvieron firme y sistemáticamente ligados al Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, que confió en los sueños iniciales de Amado del Pino y Tania Cordero y apoyó la posibilidad de que completaran su ambiciosa investigación hernandiana en las fuentes y los territorios de España.

Desde esa perspectiva privilegiada de cómplice centropabliano en esta aventura del rigor y la imaginación, quiero agradecer en primer lugar la existencia de esta obra que estamos poniendo en las manos de lectores y lectoras de nuestros días para que recuerden/conozcan las incidencias dramáticas, a veces terribles, de las cosas que narra, pero también ―y quizás sobre todo― para que puedan reflexionar sobre la proyección contemporánea, actual, en sentido local y también planetario, de muchas de las preguntas que este texto propone como provocaciones sabias de la sensibilidad y el compromiso.

La complicidad mencionada, que comenzó por aquel apoyo inicial para completar la fase investigativa, se continuó con la lectura dramatizada y la puesta en espacio de la obra, ya en manos de Carlos Celdrán y su Argos Teatro, en los dos años subsiguientes, precisamente al calor de las jornadas que el Centro Pablo organizó, a través de su Círculo Hernandiano Cubano, para comenzar a celebrar, desde fecha temprana, el centenario del nacimiento del poeta oriolano, y en las que participaron, de manera entusiasta, la Fundación Cultural Miguel Hernández, de Orihuela, y la Delegación de Juventud y Deportes del Ayuntamiento de Sevilla.

Por ello este prólogo quiere ser también la bitácora rápida de este proyecto cultural en cuyo centro se encontraba, sin dudas, el estreno y las representaciones sucesivas de Reino dividido en escenarios de Cuba y España, acompañando el programa de actividades hernandianas que el Centro Pablo realizó, con el apoyo de otras instituciones, a lo largo del año 2010, y que incluyó la presentación de títulos publicados por las editoriales Arte y Literatura y José Martí del Instituto Cubano del Libro, la edición de un nuevo volumen de la Colección Palabra viva dedicado al poeta, y la realización del concurso de musicalización de su poesía, Una canción para Miguel, cuyas obras ganadoras y finalistas se reunirían en un hermoso volumen discográfico de la colección A guitarra limpia.


Durante la conferencia Reino dividido. Foto: Cortesía Centro Pablo


La obra, estrenada en La Habana en los días de la Feria Internacional del Libro, realizó después un importante recorrido por diversas ciudades de España (Alicante, Orihuela, Granada, Sevilla, Linares, León), acompañando la presentación de libros y discos que Cuba dedicaba al centenario de Miguel Hernández. Nos satisface mucho recordar que esa gira realizada por Argos Teatro ―coordinada por la productora Tania Cordero y el Centro Pablo, con el apoyo decisivo de los amigos de Orihuela y Sevilla― constituyó la presentación más larga y amplia de un grupo teatral cubano en España en la última década.

Además de esos claros índices de comunicación y participación, es aún más importante destacar el valor cultural, histórico, solidario de esta presencia. Creo que el siguiente dato podría servir para ilustrar ―simbólica, emotivamente― estas celebraciones por el centenario del poeta que la cultura cubana llevaba a España a través de las acciones mencionadas: la presentación de Reino dividido en la preciosa sala Arniches de Alicante fue realizada el domingo 28 de marzo del pasado 2010, fecha de la muerte del poeta ocurrida muy cerca del lugar de esta primera presentación de la obra en tierras de España.

Cómplice y testigo de todas esas representaciones ―que alterné con lanzamientos de libros y volúmenes discográficos hernandianos y con conferencias y conversatorios sobre la obra y la vida del poeta en diversas entidades culturales, como la Feria del Libro de Sevilla―, puedo también dar testimonio rápido en este prólogo de la eficaz comunicación que logró la puesta en escena de Reino dividido ante públicos diversos. El trabajo de concepción y dirección de la obra, cerca del cual estuvo siempre su autor para llevar adelante el diálogo creativo necesario, partió de la convicción de que no se trataba de un espectáculo conmemorativo más, sino de una obra ciertamente capaz de celebrar las vidas de personajes intensos y memorables, pero siempre desde el terreno imprescindible de la complejidad y el rigor.

El propio autor lo ha señalado al comentar sus objetivos: Aunque se entreteje la ficción con la realidad histórica y se acude, sobriamente, a fragmentos de la obra de Hernández o de otros escritores, no estamos ante un collage, ni una cantata ni una función homenaje. Se trata de una obra teatral ambiciosa y compleja, que pretende profundizar en las disyuntivas de los personajes y de su época; en la España y la Cuba de entonces y su proyección en la vida contemporánea.

La puesta en escena de Carlos Celdrán y su Argos Teatro cumplió esa expectativa mencionada por el autor a través del aprovechamiento inteligente de los modestos recursos escenográficos empleados y de los resultados actorales obtenidos por los nueve intérpretes que encarnan más de 30 personajes dentro de la obra.

Para terminar estos breves acercamientos a la puesta en escena, resulta necesario subrayar la calidad sostenida de las actuaciones que dieron vida a los textos que el lector encontrará ahora en este libro. Habría que destacar, sin dudas, en primer término, el convincente, a ratos emocionante, trabajo realizado por José Luis Hidalgo. Su Miguel Hernández, favorecido por similitudes físicas apreciables, sostiene la intensidad de la obra durante frecuentes y extensos episodios de su historia y culmina con una memorable intensidad en los momentos finales de la representación. El personaje de Pablo de la Torriente Brau, protagonizado por Lieter Ledesma, aunque comunica la simpatía que el texto de la obra propone como uno de los rasgos de esa decisiva personalidad, a veces no logra expresar el nivel de madurez que el personaje había alcanzado a esas alturas de su vida y en medio de las gravísimas situaciones dramáticas, históricas, en las que estaba profundamente inmerso. La Josefina Manresa de Yuliet Cruz (quien interpreta, además, otros dos personajes de menor presencia dentro de la obra) convence mucho a partir de la apropiación de los rasgos esenciales de esta Josefina, novia, esposa y musa principal del poeta. La labor escénica de Pancho García, con el abanico de personajes que él conduce a lo largo de este reino dividido —algunos de ellos dotados de una intensa carga dramática, como el del padre Almarcha— ratifica su alta calidad interpretativa desplegada durante años en los escenarios del teatro cubano.

Quisiera que esa enumeración de apreciaciones positivas sobre aspectos de la puesta en escena, más cercanas a la reseña teatral, pueda servir también para expresar esta propuesta compartible: la calidad interpretativa y conceptual, la profundidad de análisis y la complejidad no debieran verse como elementos ajenos ―mucho menos antagónicos― con la comunicación abierta y sostenida, con la invitación al diálogo estético y de pensamiento que la obra artística puede ―y debe― animar, incentivar, re-crear. El texto de la obra de Amado del Pino es un excelente ejemplo a favor de esta propuesta artística que menciono y apoyo decididamente. Vuelvo a su autorizada palabra para comprobarlo:

Yo partí de vidas intensas, apasionadas y que se entrecruzan fugazmente pero en medio de una gesta inolvidable. Estaba claro que con los puntos de encuentro reales entre Pablo y Miguel no me bastaba, que debería imaginar, suponer, construir. También arranqué con la certeza de que asomarían la oreja los temas esenciales y recurrentes del resto de mi teatro. Suponía, además, que el debate sobre la utilidad social del arte, el derecho a la selección individual de una fe o una manera de pensar, la vieja y actualizada diferencia entre los que son coherentes con sus ideas y los que se parapetan tras el oportunismo tendrían el sabor, la urgencia, el palpitar de cosas que se discuten hoy.

Por esas razones y otras que laten a lo largo de este “drama de la amistad y el amor, pero también de la violencia engendrada por la guerra, que lo envuelve, lo trastoca todo” ―como lo calificó el crítico Ulises Rodríguez Febles en el programa de la primera representación de Reino dividido en La Habana―, nos satisface mucho que este texto forme parte de las propuestas de nuestras Ediciones La Memoria. Compartimos con Pablo de la Torriente Brau su legado de autenticidad, irreverencia, compromiso y ejercicio del criterio propio. Esa proyección creadora, auténticamente revolucionaria, alienta nuestra labor cultural porque enfatiza la necesidad de entender que la comprensión y el ejercicio de la complejidad forman parte inobjetable de los contextos y las convocatorias de nuestros días.

Reino dividido es una expresión de esa voluntad complejizadora de la realidad que sirve de sostén a su historia, sus personajes, sus visiones y sus propuestas. Desde la aproximación a las relaciones afectivas de las figuras centrales de la historia ―Miguel Hernández y Pablo de la Torriente Brau y sus respectivas esposas y mujeres cercanas― hasta la visión cruda, honesta, incisiva del momento histórico en que se mueven las acciones de la obra, la propuesta del autor se afinca en la importancia irreversible de la contradicción, del conflicto, como instrumentos esenciales para abordar la realidad ―y para transformarla, como afirmó un sabio de su tiempo (también para este tiempo que vivimos).

Por eso este reino dividido de Amado del Pino es también nuestro reino.